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Si Dios no ha muerto, la universidad sí

Una lista asombrosa de barrabasadas estudiantiles, aquí abajo

La universidad ha perecido, necesitamos un registrador que expida la partida de defunción. ¿Quién será el prohombre?

Universidad de Oxford, la primera, junto a París. Gloria de la Cristiandad, faro del saber, monumento del gótico. Epa, espera, ya no existe la Cristiandad, nadie quiere el saber, los monumentos se tienen por pilas de piedras, a punto de ser derruidas

Mi entusiasmo es abrumador, voy a ser profesor universitario. Cuando estaba chiquito, mis papás se preguntaban si llegaría a graduarme en el colegio. Más tarde, la sorpresa fue mayúscula, cuando entré a una universidad más que decente. Luego de graduarme de abogado, no sé ni cómo, seguí de largo, la filosofía, la maestría; ¿el doctorado?, en una institución internacional, en la que se oía el húngaro, el polaco, el alemán, el inglés, el ucraniano, el castellano. Fui un completo batacazo, de principio a fin… Y llegué a profesor. No se imaginan, había descubierto mi lugar en el mundo…

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La epopeya terminó en tragedia.

Las torres de sabiduría, los faros de la ciencia, los atalayas de la luz, habían sufrido un tremendo ataque. Fue muy curioso, algo apocalíptico: Cristo lo anuncia, un tiempo de la más grande tribulación que ha habido o habrá, un tiempo en que sembrarán y cosecharán y ni se darán cuenta del gran drama que se despliega a derecha e izquierda. Yo era de estos desavisados, hasta hace un poco de tiempo. Hoy por hoy, estoy de cabeza y corazón dentro de la Gran Tribulación, es devastador, un arrase, algo de magnitud inconmensurable…

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Una mañana, en 1215, el sol salía en el horizonte, como todas las mañanas, no imaginaba que su luz estaba por recibir la ayuda ese mismo día de Laurelín y Telperion, árboles de luz de Valinor, tierra de ángeles, enviados del gran creador Ilúvatar. En París y en Oxford, simultáneamente, se encendían esas luminarias deslumbrantes. Luego Colonia, Nápoles, Padua y por aquí y por allá, faros grandes y pequeños, se encendían en plena luz del día y regiones que nunca había divisado el resplandor, recibían claridad directa. La obra estaba consumada, la Cristiandad lanzaba esos centros universales de la verdad, hasta las últimas consecuencias, hasta los más apartados rincones, hasta lo más profundo del abismo, hasta lo más alto de las cimas… y más allá, por encima de las nubes, allende las estrellas y las galaxias y las esferas exteriores y más allá, fuera de este universo, en las regiones superiores, cielos de los cielos… Y, de un solo golpe, los aportes de los siglos, los trabajos de las sociedades, de las civilizaciones, se asimilaron, clasificaron, ordenaron, se pusieron a disposición de todos, listos para la tarea impresionante de subirse a los hombros de esos gigantes, con las lámparas de la Tradición cristiana y llegar más lejos que lo que el hombre nunca soñó. El siglo XIII puso las bases y dio la altura, para que el XIV se sintiera en plena libertad de derribar lo que era lastre y lanzar nuevos avances en el campo de las ciencias básicas. Ese espíritu de libertad, de confianza en sí misma, de investigación, de aventura, de deseos de conocer y penetrar fue lo más grande dado por la humanidad y sentó las bases para la sociedad más poderosa de la historia… Y se mostró él mismo de un poder y fecundidad asombrosos, capaz de soportar embates inmisericordes de muchos siglos de revolución enemiga de la razón, de Dios, de Dios Noesis Noéseos y, por tanto, de toda noesis… Espíritu que, en su momento, cuando convino, se mostró enemigo de Dios Dilectio, porque, espíritu de falsedad, es también espíritu de rencor y frustración…

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Y pasaron los siglos y llegaron los reformadores, reformadores hermosos, hombres llenos del espíritu… del espíritu últimamente presentado. Hombres que proclamaron: la razón es la prostituta del diablo, la razón es la esclava de las pasiones. Y proclamaron que la vida y la nobleza eran vitalidad salvaje; y que no había sentido; y que no hay verdad ni justicia ni amor ni fidelidad; a lo sumo, sexo y economía. Ahí llegó la noticia infausta: el Dios verdadero, Ser sumo subsistente, absolutamente trascendente, suma Intimidad, que nos mantiene en el ser a todos, que es Vida infinita y fuente de nuestro existir, fue declarado muerto. Es tonto, es ilógico, es estúpido, pero, para lograr su hazaña, declararon en largos y elocuentes discursos que la lengua debía abolirse, que la razón, en consecuencia lógica inevitable, debía ser avasallada, apabullada. Era la era de la razón y de la post-razón; la era de la mayoría de edad, la era en que, para proclamar la libertad, había que decir que somos pura plastilina informe, con estructura azarosa, que no existe la conciencia ni la vida, son ilusiones sin ilusionado, pues no hay sujetos ni inherencia. Y, para que se sostuvieran razonamientos que de manera tan eximia destierran a la razón, tenían que completar la faena, cortar rabos y orejas y el derecho mismo de preguntar; y se inventaron todo tipo de estratagemas, hasta la más estricta cortesía, la que dice que, si preguntas qué tiene de racional lo anterior o algún movimiento revolucionario, debes recibir tus sanciones: los que negamos el bien, el orden y la moral, no podemos permitir desórdenes e inmoralidades, no. Así, el hombre lo logró, no como dicen hoy, se produjo la “inteligencia artificial”, eso no es posible, no: el hombre… unos hombres, al menos, todos más iguales que el resto, se erigieron en Dios, en algo que, según ellos, no existe; o sea que, no existiendo ellos ni habiendo yo, ellos pueden autocrearse y definir su propio yo. Qué hombres más preclaros, cuánto les debemos. Ya todos somos filetes, no, mucho menos que filetes; y no hay familia, no hay relaciones, no hay papás e hijos, pues no hay causalidad ni esencias, naturalezas comunes; no hay derecho, orden de las relaciones, pues no hay relaciones ni orden; no hay tradición, vínculos entre las generaciones; no hay aportes de los siglos, pues todo es intrahistórico y lo de allá se proclama que sólo tuvo sentido allá: lo dicen unos que dicen que ése es el sentido de la historia, su naturaleza, que vale para toda historia posible, en todo universo posible. Son como el que dice que todo es eros, que uno quiere matar a su papá, para tener sexo con su mamá; y, por eso, todo lo que uno, quiero decir, el hombre, diga es pura falsedad, producto de pasiones bajas, menos cuando él dice eso. Ya podemos tiranizar a las sociedades y matar a todos los que queramos… o, no, nada de matar, pues no hay vida, ni tiranizar, pues no hay justicia. Y esto último no se sigue de lo anterior, pues nada se sigue de nada; y, si tú lo dices, es sólo tu opinión; y, si lo quieres enseñar o mostrar como tal consecuencia necesaria, a partir de las premisas anteriores, eres un tirano y un loco, que quieres imponer tus opiniones subjetivas… ¡¡¡Dios mío, la corrección política!!! “Mira, disculpa, vas preso, ¿cómo es eso de ‘Dios mío’?”.

[Para la lista de barrabasadas, lee un poquito más, vale la pena:]

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Revolución cultural, origen y genealogía, hasta el porno y el sex, drugs and rock and roll

Rolling Stones, las drogas y Play boy tienen abuelos y ascendientes, hasta un monjecito de 1300

La civilización cristiana, teología civil y revolución cultural

Adamitas, hippies de 1400, desnudos como Adán, hasta que los hussitas los masacraron

Adamitas, hippies de 1400, desnudos como Adán, hasta que los hussitas, sus compañeros revolucionarios, los masacraron

Hay dos tipos de revolución, de subversión del orden existente, reinante en la sociedad política o en la civilización como un todo. El primero es sencillo, se trata de quién está en el poder, la sociedad se comprende de una determinada manera, que va de lo profundo a lo superficial, siendo todo informado por aquello, y, dentro del marco cultural, al cual se deja intacto, que es ambiente común de todas las facciones, que no se pone en cuestión ni se sueña con hacerlo, un grupo conspira, con éxito o no, contra los gobernantes o, más ampliamente, la clase dominante. El otro modo de revolución es mucho más fundamental, más profundo, más decisivo: las sociedades son expresiones del orden universal, del orden del mundo, como dice Brownson, son “Pueblos Elegidos”, destinados a hacer un aporte a la humanidad. Siendo el hombre un animal político y teniendo su sociedad un orden y una finalidad natural intrínseca y trascendente, las mismas son respuestas estructuradas a ese movimiento humano hacia el sentido. Como el mismo se realiza en la historia, con una institucionalidad, unas creencias fundamentales, unos avatares y vicisitudes, unas expresiones de lo bello, una liturgia religiosa y civil, propios, la sociedad tiene lo que Voegelin llama una teología civil, al lado, posiblemente, de una trascendente. El segundo tipo de revolución ataca este nivel fundamental, tiende a adulterar la identidad de la sociedad, sus teologías, sus ideas directrices, su autocomprensión, el sentido de sus símbolos, sus mitos fundacionales, etc. Éstas se llaman “revoluciones culturales”. Vamos a barajar y volvamos a repartir, para que quede más claro: Cultura es el resultado, no cristalizado, vivo, de la acción del hombre en sociedad en la búsqueda de su plenitud. Incluye modos de comprensión de toda la realidad, del hombre, de la virtud, especialmente, de la propia sociedad, de su ser y de su condición de encarnación del orden cósmico, incluye modos de relación, símbolos, mitos, ritos, expresiones artísticas e institucionales. La revolución cultural ataca al núcleo de la cultura, por lo que implica una cierta adulteración de la identidad social, hasta eventualmente su aniquilación, en cuanto a esa identidad.

En Occidente, las creencias fundamentales, en sus etapas que Toynbee llama de nacimiento y crecimiento, eran creencias cristianas: de Cristo venía toda concepción sobre el mundo y la vida, en su orientación radical y total a lo divino. Era una civilización que no agotaba al Pueblo de Dios, a su Iglesia, en su peregrinar terreno, pero que se constituía en Cristiandad, que veía a la sociedad de los creyentes como una comunidad espiritual universal, actual y virtualmente, es decir, a la que pertenecían todos los bautizados, pero que debía difundirse hasta los confines de la Tierra. Tomando fuertemente en cuenta la Ley Natural, la Cristiandad tenía clara conciencia del carácter político del hombre, de la necesidad del Estado y de su autoridad terrena (“dad al César lo que es del César”), pero su inclinación a lo trascendente era intensa (“y a Dios lo que es de Dios”). Así, se seguían dos consecuencias: 1) la sociedad veía la subordinación de lo político a lo religioso, a pesar de su necesaria “autonomía”: el poder político era supremo en su ámbito, pero su ámbito no era el último y más alto, estaba subordinado a Dios: el rey no era sirviente del Papa, pero los mandamientos y leyes lo obligaban, en todos los ámbitos de la vida; esto implica, como consecuencia adicional, el carácter religioso del patriotismo y de la obediencia a la autoridad legítima (salvo corrupción de esa autoridad, en ciertos casos muy bien definidos). 2) La sociedad cristiana era internacional: lo era A) en cuanto todos los cristianos pertenecían a dos sociedades y eran hermanos por el bautismo, aparte de conciudadanos de sus connacionales; B) porque las naciones eran hermanas y se sabían partes de una realidad que las trascendía; C) porque estaban, en consecuencia, sometidas a un orden superior; C) porque había instancias meta-políticas, transnacionales, que se erigían como árbitros de los asuntos entre estados e, incluso, en lo que se refiere a la religión y la moral, internas a las naciones: el Papado y el Imperio, eran mucho más que lo que pueda esperarse hoy de la ONU u organizaciones similares. Para tener una idea más completa de la cultura que subyacía a esta estructura, se pueden recomendar muchas lecturas, de Toynbee y Voegelin, quienes no eran, ni por asomo, católicos, ni siquiera cristianos, pero me parece que el mejor de todos ha sido Christopher Dawson (The Making of Europe, Religion and the Rise of the Western Culture, El Cristianismo y surgimiento de la civilización occidental, The theological development of medieval culture, La secularización de la cultura occidental y el surgimiento de la religión del progreso, etc.; hay una recopilación de ensayos, en castellano: Historia de la cultura cristiana); también es de primerísima línea Michael Jones. En éste, mi blog, recomiendo leer, al menos, los artículos: 1) La herencia del oscurantismo (I), 2) La herencia del oscurantismo (II) (no debe confundir el nombre de estos dos artículos: se trata de un sarcasmo destinado a atacar la estulticia contemporánea de quienes niegan la etapa de construcción de esta sociedad civilizacional, poniendo, de este modo, en serio peligro su destino); y 3) Modernos ¿Presocráticos? Ojalá, no estaríamos al borde del abismo.

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