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Bruen y el derecho post-nietzscheano

6 ilegitimidades jurisprudenciales gringas acaban con la racionalidad en el mundo entero

Racist Margaret. En nombre de su odio, la emprendió contra la moral, para destruir la sociedad, corrompiendo a la mujer. A engendros como éste es que Kasper y compañía quieren que la Iglesia de Jesucristo dé su aprobación

Racist Margaret. En nombre de su odio, la emprendió contra la moral, para destruir la sociedad, corrompiendo a la mujer. A engendros como éste es que Kasper y compañía quieren que la Iglesia de Jesucristo dé su aprobación

Hace unos días, tuve una discusión de ésas… una discusión de las que te arrancan el corazón. No era la primera vez que un estudiante llegaba a los extremos a los que llegaron estos hijitos míos, nada por el estilo, pero, por primera vez, me di cuenta de hasta dónde llega la hecatombe revolucionaria. De unas premisas, se sigue válidamente la conclusión correspondiente sólo si ésa es mi verdad. Dos más dos es igual a cuatro, sólo si ésa es mi verdad. Si no hay verdad, si no hay orden, si no lo podemos conocer, se impone lo que a cada quien le parezca, lo que le dé la gana, sólo si ésa es mi verdad. No ha quedado parado nada ante el ataque revolucionario, no ha quedado en pie la lógica. No hay un concepto, una intención mental, una dignidad: el principio de no contradicción es verdadero, si ésa es mi verdad, es principio si es mi verdad, es el primer principio absolutamente ineludible para decir lo que sea, para pronunciar, siquiera mentalmente, una palabra, ¡¡¡sólo si ésa es mi verdad!!! Ésos, los enemigos, los demonios, han logrado el éxito más apabullante que hubiera podido soñar un Diderot, un Marx, un Nietzsche. Dios no puede hacer lo contradictorio (Contra Gentiles, I, 84), pero los revolucionarios, los antropoteístas pueden más: ellos pueden negar el principio, contradecirse, etc.: ¿no es eso lo que pide la ortopraxis de Marx? Por supuesto, esto requeriría un libro entero para explicarlo, pero, en términos sencillos: ellos no incurren en contradicción estricta, eso es imposible; y Dios no hace lo contradictorio, porque eso repugna al ser y la perfección, por lo que repugna a Dios, como el mal. Lo que importa, no obstante, es que la gente ha llegado a tal nivel, que ya nadie es capaz de ver este tremendo escamoteo y su peligro imponente.

James Bruen[i], un abogado escritor, compañero del gran Michel Jones en Culture Wars Magazine, hace una exposición fantástica, fuera de serie, del modo en que la revolución aplicó estos principios, desde la Corte Suprema de los Estados Unidos, como ya había confesado el guerrero cultural Leo Pfeffer, jactándose de la paliza que los revolucionarios habían dado a la Iglesia Católica, para imponer el mal al mundo entero, desde el poder y la influencia y el dinero gringo. No se engañen, hermanitos, que no los ofusque la envidia, la revolución se impuso en Estados Unidos y… de gringolandia, para el mundo…

Bruen comienza por describir de manera que un chiquito pueda entender lo que es el escepticismo, el postmodernismo, el nietzscheanismo. “Es un modo de pensar que ha llegado a ser general en el Occidente. De acuerdo con el postmodernismo, nosotros creamos nuestra propia realidad; no hay verdad”.

Nuestro intelecto vive por la realidad. Nosotros, como personas, seres conscientes, vivimos por la realidad, pues somos conscientes por el intelecto, él es nuestro rasgo más esencial. La realidad, en cuanto inteligible, es la luz del intelecto y la fuente de su estructura: por eso, el arte imita a la naturaleza: la realidad es una estructura de imponente consistencia, ella nos enseña el principio de no contradicción, el del tercero excluido; el del que el todo es mayor que las partes; todo efecto se sigue de una causa, la causa es anterior al efecto; la proporcionalidad entre fines y medios; la razón del medio procede, depende, de la razón del fin; causa y efecto son proporcionados; lo bueno es lo apetecible, lo bello lo deleitoso, etc. La realidad es la fuente, es el horizonte, el origen de la conciencia, pues el intelecto despierta al captarla, al distinguir en ella sus seres, de donde capta su primer principio; y, así, es su bien primario y fundamental. La mentira, el error, la alucinación, cualquier desviación de ella, es un gran problema, hasta la locura, pasando por borracheras, estados de estupefacción (de causas naturales o inducidos artificialmente), etc. La realidad tiene una consistencia impresionante, quien la desconoce introduce tremendas distorsiones. Es lo que dice Solzhenitsyn. “la historia es un río; éste tiene sus propias leyes que gobiernan su flujo, sus curvas, su serpenteo. Entonces viene una gente inteligente que dice que el río es un estanque y debe ser desviado a otro canal mejor; todo lo que se debe hacer es escoger un lugar mejor y cavar un nuevo cauce para el río. Pero el curso de un río no puede ser interrumpido –pártelo unos centímetros y él ya no fluirá más–. Y se nos dice que el cauce debe ser desviado forzosamente varios millares de metros. Los lazos entre las generaciones, lazos de institución, tradición, costumbre, son los que mantienen las márgenes del cauce del río unidas y sostienen a la corriente en flujo […]. Puede que sean incognoscibles [las leyes que gobiernan el flujo del río]. A todo evento, no se hallan en la superficie, donde cualquier tonto lleno de ocupaciones puede buscarlas. Las leyes de la sociedad humana perfecta sólo se pueden encontrar en el orden total de las cosas. En el propósito del universo. Y en el destino del hombre (Alexander Solzhenitsyn, August 1914, Farrar, Straus and Giroux, New York, 1.971, pp. 410-411).

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