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Una rápida consideración sobre el ataque: “la religión es plaga”, “r. oscurantista”, “la r. y sus reglas sinsentido”

No aguanta 2 rounds

Hay que ser tolerantes: no denunciar que se esterilizan a millones forzosamente en India, Perú, Uzbekistán, Argentina, etc. Se mueren muchas "beneficiarias". Se mata a millones de chiquitos. Se destruye a la familia; se castiga -persigue- a quienes la defienden. Sí, hay que montarse en este tren; pero es necesario, entonces, decir que la religión (sobre todo el Cristianismo) es mala. Comamos, bebamos y forniquemos, que mañana moriremos

Hay que ser tolerantes: no denunciar que se esterilizan a millones forzosamente en India, Perú, Uzbekistán, Argentina, etc. Se mueren muchas “beneficiarias”. Se mata a millones de chiquitos. Se destruye a la familia; se castiga -persigue- a quienes la defienden. Sí, hay que montarse en este tren; pero es necesario, entonces, decir que la religión (sobre todo el Cristianismo) es mala. Comamos, bebamos y forniquemos, que mañana moriremos

A según, las guerras vienen de la religión; a según, la religión es oscurantista y se opone a la ciencia; a según, la religión impone reglas morales sinsentido, pura represión del ELLO freudiano. Qué loco, ¿no?

Hasta el siglo XVIII de nuestra era CRISTIANA, no se conoce un solo científico que no fuera creyente y la mayoría inmensa de ellos es cristiana. Fíjense, Clairaut y D’Alembert son los primeros científicos que se conozca que hayan sido hostiles a Dios y todo por estar metidos en esa rebelión contra Él mal llamada “ilustración”, que vino a quemarse en la tremenda oscuridad del genocidio de La Vendée, el Terror de la Bastilla, la revolución de 1848 y las sucesivas, contando la rusa, la china, la nazi (que, claramente, se puede ver como hija de la mal llamada “ilustración”, aunque en la superficie y en ciertos rasgos no se vea la semejanza familiar). No se puede decir, siquiera, que, luego de ellos, la ciencia fuera atea, Navier fue un gran físico creyente, como Fresnel. Ha habido muchos otros, Einstein y Heisenberg no eran enemigos de Dios ni nada por el estilo; Max Plank, padre de la vuántica, era creyente, como el cura Lemaitre es el “inventor” de la teoría expansiva del universo, de la que sale lo del Big Bang, en física hay muchos otros, por supuesto: Marie Curie y Enrico Fermi, por ejemplo. En otras ramas, uno tiene a Mendel, el padre de la genética, que era un monje agustino, o a Fleming y a Pasteur, quien era un devoto católico. Mucho menos se puede decir que la ciencia de esos pensadores nombrados sea “anticristiana”, pues se debe a una tradición que viene de la Cristiandad, es más, los dos nombrados son newtonianos y Newton es un ferviente creyente (incluso con tendencias “crédulo”-heterodoxas) Antes de la “mal llamada”, uno tiene a Roger Bacon, Roberto Grossetesta, Freiberg, Oresme, Cusa, Leonardo, Soto, Copérnico, todos curas (obispos y cardenales) menos Leonardo, Brahe y Keppler, luteranos [hasta aquí, sólo unos cuantos de los siglos XIII al XVI], Galileo, Roberval, Descartes, Pascal, Huygens, Leibniz, Newton, Boscovich, los miembros de la Academia del Cimento (Italia), Torricelli, Malebranche: todos cristianos. Antes, antes de que Occidente existiera como una civilización plenamente formada, uno tiene a gente como Scoto Eriúgena, cristiano occidental, o Juan Filópono, cristiano oriental, a los árabes, a los griegos, a los sacerdotes egipcios o babilónicos. ¿Quién no es religioso ahí? La acusación en tan ridícula que no da risa o lástima, alternativamente, si no fuera por el mal que encierra.

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Sexo, Catolicismo y modernidad

El sexo: algo sublime en el amor y la gracia de Dios, mancillado por el ateísmo revolucionario

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

“Quien, en el amor casto, ve la belleza y no piensa que la carne es bella, sino el espíritu, admirando, como juzgo, al cuerpo como una imagen, por cuya belleza se transporta a sí mismo al Artista y a la verdadera Belleza; exhibiendo el símbolo sagrado de la rectitud a los ángeles que esperan la ascensión; quiero decir, la unción de la aceptación, la cualidad de la disposición que reside en el alma que se alegra por la comunicación del Espíritu Santo” (Clemente de Alejandría, Stromata, IV,18). Esto es el sexo para un católico: una manifestación y una comunicación profunda de la persona, del espíritu, de la verdad del propio ser, de la Gracia misma de Dios, que nos comunica con su Espíritu. Es una manifestación sublime del amor, de la entrega mutua, una consecuencia, como dice Platón, en el Banquete, de esa “procreación en los cuerpos y en las almas”, que es el amor. Es una característica propiamente nuestra, propia del hombre, “única criatura en la Tierra a la que Dios ha amado por sí misma”, la cual “sólo puede encontrar su plenitud, en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, n. 24). El amor es fuerza de unión, de conservación, de entrega y recepción del don personal del otro; el sexo es su manifestación. Se da sanamente entre amantes verdaderos, entre gente dispuesta a darse totalmente. Entre gente que, como una característica esencial del hombre es la temporalidad, implica la entrega de todo el tiempo, hasta la muerte: “permítaseme que no admita impedimento al enlace de las almas fieles: no es amor el amor que al percibir un cambio cambia ni el que propende con el distanciado a distanciarse. Oh, no, el amor es un faro inmóvil, que contempla las tempestades y no se estremece nunca. El amor es la estrella para todo barco sin rumbo, cuya virtud se desconoce aunque se tome su altura. El amor no es juguete del tiempo, aunque lleguen al alcance de su corva guadaña los labios y las mejillas de rosa; el amor no se pasa con las horas y las semanas rápidas, sino que perdura, hasta el fin de los días. Si esto es error y puede probárseme, entonces yo no he escrito nunca ni hombre alguno ha amado jamás” (Shakespeare, Soneto CXVI). El sexo, manifestación del amor, se da plenamente en la entrega abierta a la vida y a la entrega del otro, excluyendo todo egoísmo buscador del propio placer, excluyendo el ser del otro. Como dice Víctor Frankl, los actos naturalmente establecidos para la entrega tienen que dirigirse a ella, de lo contrario, al ir cerrándose en el egoísmo, los caminos de la realización en la entrega van cerrándose, una vez cerrados, no hay quien vuelva a abrirlos. Por eso, Quien “revela el hombre al propio hombre”, Jesucristo, establece al matrimonio como sacramento, una vez que, en la creación, se establece como medio natural de realización, que es, de suyo, indisoluble (Mt. XIX,3-9; Mc. X,2-12). Y, así, el sexo pleno está en el matrimonio, el sexo que está ligado a la realización existencial, en santidad, de los cónyuges: así “el tálamo nupcial es un altar” (San Josemaría).

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