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La modernidad como desolación: su ataque la Iglesia del Corpus Christi

El Infinito se entrega y los modernos, dioses usurpadores, rechazan

Participando de su Cuerpo, nosotros, pobres mortales caídos, participamos de esta Gloria, en lo escondido, y estamos en camino de participar de ella, a plena luz del día, del Día que es Él mismo

Participando de su Cuerpo, nosotros, pobres mortales caídos, participamos de esta Gloria, en lo escondido, y estamos en camino de participar de ella, a plena luz del día, del Día que es Él mismo

Contenido:

I.- Occidente se subleva contra la realidad, repudia bienes sublimes

II.- Dios crea, es el fundamento trascendente del ser de las criaturas, todo es muy bueno

III.- Dios es alfa y Omega, sentido de la realidad toda

IV.- El hombre, cúspide de la creación sensible, se rebela

IV.A.- El pecado original, sus consecuencias funestas

IV.B.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en la Promesa: Isaías, profeta y evangelista

IV.C.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en el Nuevo Testamento

V.- La Redención es el sentido de todo, el cumplimiento del “designio [invencible] de Yahwéh”

VI.- La Redención es obra de Cristo y su Iglesia, que lo porta a Él, especialmente en la Eucaristía

VI.- La Eucaristía, Sacrificio redentor, lo que lleva al designio de Yahwéh a su pleno cumplimiento

VI’.- La Eucaristía es “nuestra Misa”

I.- Occidente se subleva contra la realidad, repudia bienes sublimes

En Occidente, se ha instalado una tradición muy amplia y muy arraigada de ataques incesantes a la Iglesia. No es Occidente la única sociedad que arremete al Cuerpo Místico de Cristo, pero sí es de donde se dirigen los ataques más fieros, inmisericordes, mucho más enconados que los que vienen de otras sociedades que no fueron formadas por la Iglesia. De esos ataques, muchos no pasan de calumnias sin sentido. Algunos tienen parte de verdad; otros, quizás, tengan base real. Pero lo interesante del caso es que, al lanzarse todas esas agresiones, constantes, es más, continuas, se deja de lado un aspecto capital de la cuestión: la infinidad de bienes que trae la Iglesia al mundo, el mayor de los cuales, por supuesto, es la Salvación que obró Jesús, el Hijo unigénito de Dios, por nosotros: al rechazar a la Iglesia, la mayor parte de las veces hoy, se rechaza a Dios mismo, y ésta ha venido a ser la más terrible de las consecuencias de la mal llamada reforma y la ruptura de la unidad de los cristianos, como lo vio tan claramente el Salvador: “para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí” (Jn. XVII,23). Pero, al lado de la Salvación y como manando de ella, hay infinidad de otros bienes que el mundo rechaza, al rechazar a la Iglesia: la Tradición de doctrina, toda la sabiduría que pueda esperar el hombre y mucho más, sin errores y la promoción del saber, de la filosofía, de la teología, de las ciencias; la Tradición de oración y de piedad, manifestada también en el arte, las muchas formas del arte cristianos y de su realismo sublime, en todos los tipos de manifestación, incluidas, claro, la música, la literatura, las tablas, la arquitectura, la escultura, la expresión pictórica, con todas esas obras que elevan la humanidad hasta el Cielo mismo, sin necesidad de sofisticación individual del contemplador; los Sacramentos: principalmente la Eucaristía. Veamos éste “nada más”, como muestra paradigmática. Viendo este Sacramento, y el inmenso valor del mismo, será muy claro de qué se pierde el mundo.

El espíritu de rechazo a la Iglesia surgió en Occidente hace varios siglos, quizás en el Renacimiento, desde el siglo XIV con Juan de Huss y otros. Seguramente hay antecedentes de esta actitud, como lo muestra el emperador Federico II de Hohenstaufen, en la primera mitad del siglo XIII. Pero la plaga se esparció y se hizo convirtió en pandemia a partir de Lutero, Zuingilo, Calvino, Müntzer, los anabaptistas, Enrique VIII y los demás revolucionarios, mal llamados reformadores, del siglo XVI.

Al final de las guerras de religión en Francia, tuvo lugar un incidente que merece la consideración. En esas guerras se enfrentaban los calvinistas hugonotes contra los católicos (aunque también tuvo un papel importante el partido de los “políticos”, que puede ser un germen de la actitud de un siglo más tarde: la Ilustración). Del lado hugonote se encontraba Enrique, rey de Navarra, liderándolo. En 1.594, este señor era el primero en la línea de sucesión al trono de una Francia ya cansada de tanto odio fratricida, tanto dolor y tanta sangre. Francia estaba, pues, dispuesta a aceptar a Enrique; pero Francia era católica y lo aceptaba con la condición de que se tenía que convertir al Catolicismo, tenía que volver al redil de la Iglesia. En esa circunstancia, Enrique de Navarra pronunció aquella famosa frase, que lo llevó a la historia como uno de los hombres más cínicos que haya visto el mundo: “París bien vale una Misa”. Sin embargo, “Francia exigía de él no sólo una ‘conversión simulada’, sino una adecuación completa a la realidad religiosa y política de la nación. Sólo en esas condiciones París se entregó a su legítimo monarca (22 de marzo de 1.594)”. Luego, Enrique pacificó todo el territorio francés, aplacando la rebelión calvinista; con lo que mostró una actitud conforme con lo que exigía de él el pueblo católico (Vicens Vives, Historia General Moderna, Tomo I. Editorial Vicens Vives. Primera edición, sexta reimpresión. Barcelona, España, 1.999. pp. 216-219).

En realidad, Enrique de Navarra, mientras sostuvo su actitud cínica, estaba en un error que era diametralmente opuesto a la verdad. Es decir, hablando con precisión, París no vale sin una misa. Y es que toda la creación toma su sentido del acto central de la Eucaristía: la Consagración, cuando el pan y el vino se transustancian y pasan a ser realmente Cuerpo y Sangre de Cristo. A continuación, la prueba de que esto es así, tal como la podemos tomar de la Revelación. Requerirá de un rodeo largo, pero que vale la pena, según es de vital importancia la materia de la que se trata. Ese rodeo irá desde el sentido que puede asignarse a la creación, tomando en cuenta el “momento” de la creación misma; e irá desentrañando en ese sentido lo que él tenga que ver con la Redención; hasta hacer claro que es la Misa la que da sentido a los seres causados todos.

II.- Dios crea, es el fundamento trascendente del ser de las criaturas, todo es muy bueno

En artículos anteriores de este blog (https://eticacasanova.org/2013/07/31/acreedor-del-agradecimiento-de-dios-2/; https://eticacasanova.org/2013/07/18/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang/; https://eticacasanova.org/2013/07/18/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang-2/), se muestra que Dios es el Creador del mundo. Pero, más importante aún, es lo que se en este otro: https://eticacasanova.org/2013/07/19/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang-3/: comparando la teología de Santo Tomás de Aquino con la filosofía de Aristóteles, se muestra que el Aquinate había llegado más lejos que el Estagirita, y, entre otras cosas, había mostrado que en la creación Dios producía el ser de las criaturas de la nada.

Mas hay que ir a las Sagradas Escrituras, en las que es claro que Dios, por su poder infinito, creó al universo, visible e invisible, de la nada. En los capítulos I y II del Génesis esto es diáfano. Ha de verse, pues, el sentido de los textos. Aunque sólo es necesario reproducir algunos pasajes del capítulo I, entre los que destaca el de la creación del hombre: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra […]. Dijo Dios: ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra’. Y creó Dios al hombre a su imagen, imagen de Dios los creó hombre y mujer los creó. Y los bendijo […]. Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno” (Gén. I,1.26-27.31).

Pero lo mismo es atestiguado en gran cantidad de pasajes, como Sb. XIII o Is. XLVIII,12-13: “Escúchame, Jacob, e Israel, a quien llamé: Yo soy el primero y el último. Mi mano fundó la tierra y mi diestra extendió los cielos. Cuando Yo los llamo se presentan a una”. En este pasaje de Isaías se muestra, además, la Providencia de Dios sobre su creación.

De ahí que todo, en cuanto es, sea bueno, verdadero y bello; pues es participación de la gloria divina. Pues, hizo “todas las cosas para llenarlas de sabiduría y amor” (Plegaria Eucarística número IV) y todo habla de la gloria de Dios. Así, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 299: “nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cfr. Sal. XIX,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr. Jb. XLII,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (‘y vio Dios que era bueno […] muy bueno’: Gén. I,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material”.

III.- Dios es alfa y Omega, sentido de la realidad toda

La creación, pues, nos habla del Creador: “desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras” (Rm. I,20). Mas, la creación, que sólo es un reflejo pálido de esa gloria, no puede ser ella ni estar en ella lo que le dé sentido:

Pregunta a las criaturas

¡Oh, bosques y espesuras,

plantadas por la mano del Amado!

¡Oh, prado de verduras, de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

Respuesta de las criaturas

Mil gracias derramando,

 pasó por estos sotos con presura,

e, yéndolos mirando,

con su sola figura

vestidos los dejó de hermosura.

Esposa

¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy ya más mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

Y todos cuantos vagan,

de ti mil gracias refiriendo,

y todos más me llagan,

y déjame muriendo

un no sé qué que quedan balbuciendo” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).

Es, entonces, sólo el Creador mismo, el sentido de la creación, como no podía ser de otro modo, pues Dios, al obrar, no puede tener otro fin que Sí mismo, a Quien ama necesariamente (Contra Gentiles, I, 72-96). Así lo atestigua incesantemente la Escritura: “Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que va a venir, el Todopoderoso” (Ap. I,8, cfr. XXI,6 y XXII,13). “Así dice el Señor, Rey de Israel, y su Redentor, el Señor de los ejércitos: ‘Yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay Dios’” (Is. XLIV,6; vid. también, por ejemplo, XLI,4 y XLVIII,12-13, transcrito arriba).

IV.- El hombre, cúspide de la creación sensible, se rebela

Las cosas creadas, pues, son buenas; pero, si se considera al universo y a éste con el hombre, la creación es muy buena. Sólo el hombre, imagen y semejanza de Dios, puede realizar el sentido de la obra creadora; y por él las demás criaturas: “llenos de alegría, y por nuestra voz las demás criaturas, aclamemos su nombre cantando” (Plegaria Eucarística número IV).

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