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Antisemita

El mundo, desde la perspectiva del racismo… y fuera del sinsentido sólo-para-mediocres que es el tal racismo

El Número 13 es Carlos Lwanga. Ellos son corona de Cristo, gente hermosa, caridad y heroísmo

El Número 13 es Carlos Lwanga. Ellos son corona de Cristo, gente hermosa, caridad y heroísmo

Contenido

Precisando los términos: no digas ‘raza’, por favor, no seas marginal

El materialismo como causa del racismo, la extrañez del mismo para el Cristianismo

Hess, racismo judío y antisemitismo

¿Cristiano y antisemita? Qué contradicción tan estúpida

¿Pero no persiguieron los cristianos a los judíos siempre?

Pero tú eres antisemita, ¿no?

Conclusión y reflexión final

Boston, junio de 1979. Apenas han pasado 11 años desde el asesinato de Martin Luther King Jr. La batalla por los derechos civiles es algo muy reciente. La migración masiva de negritos “sharecroppers” del sur hacia el norte, desde lugares como Mobile, Alabama, a lugares como Boston, que comenzó con la Segunda Guerra Mundial y terminó, más o menos, con las amenazas de King Jr., usando a la banda criminal de los Blackstone Rangers, a los lituanos de Chicago de que les quitarían sus casas a la fuerza, también era algo de extremada reciente data. Yo acababa de cumplir 10 años, cuando me dirigía, vía Boston, a un camping de muchachos, en New Hampshire, en la época en que los venezolanos hacíamos cosas así sin ningún problema, sin pensar en el gasto. Por la calle, nos encontramos a una familia de negritos, una señora con sus hijos, uno de los cuales era un chiquita, de unos 2 años, si recuerdo exactamente. Íbamos mi papá, mi hermano mayor, mi primo Edgar y yo. Yo era el chiquito de nuestro grupo; y tuve un impulso: le hice un cariño a la negrita linda… Mi papá me regañó. ¿Racista?, se preguntarán. Obviamente, NO, rotundamente, NO. El problema es que mi papá tenía 41 años (casi, los cumpliría una semana más tarde): él sabía la clase de problema que eso nos podría generar: un niño, inocente, de 10 años, acariciando a una chiquita, inocente, de 2… Habría sido, y mi papá tenía suficiente discreción para saberlo, como una de esas escenas de película en que el policía blanco, Steve Zahn, es acosado por el violentamente racista ciudadano negro, Martin Lawrence, porque el otro, por definición, es racista y éste, por definición, es víctima…

Precisando los términos: no digas ‘raza’, por favor, no seas marginal

En junio del 2013, publiqué una serie de artículos llamados Rubén B.: ¿sabes por qué “en Latinoamérica matan al hombre, pero no matan la idea”? (fueron 7 y éste es el enlace del primero). La idea era destruir esa típica cadena del mundo de hoy, forjada por algún mediocre radical, en la rama de “racista radical” de los mediocres radicales, según la cual todo rechazo a otro es “racismo” o “clasismo” (éste, claro, tiene tanto sentido como el otro [0, cero, nada, niente, nothing, nihil], pero no es el tema de este artículo). “Es que los gringos son unos racistas, por eso la tienen cogida con nosotros, los latinos [nombrecito sin sentido aquí, dicho sea de paso]”. Éste era el espíritu de mi espiritual serie de artículos: “Imagínense esta propaganda de televisión: van saliendo imágenes de 2 segundos de Bernie Williams, el Negrón pelotero puertorriqueño, con Bárbara Palacios, la Miss Universo venezolana; Pampita, la modelo argentina, con Pelé y Alex Aguinaga, el ecuatoriano; Cecilia Bolocco, la Miss Universo chilena, con Fernando Valenzuela el pitcher mexicano con rasgos indianos; Javier Sotomayor, el saltador de alto cubano, con alguna de las muchachas peruanas que hacían nubeluz; Messi con Glebys Ibarra la actriz morenaza venezolana de ojos verdes; Rubén Blades y Oscar D’León; el “Pibe” Valderraba, junto a Carlos Vives, Shakira, Juanes y la bella muchacha que protagonizó aquella telenovela, Café, con aroma de mujer o con Betty, la fea; Arturo Peniche y Talía, con Wilfrido Vargas. Al principio, Rubén se pregunta, ‘¿por qué aquí no matan la idea?’, todos van preguntándoselo. Al final, se responden: ‘es que nosotros no somos una raza… Iberoamérica es un espíritu…’. Y todo bajo un fondo musical de Celia Cruz, con una orquesta dirigida por Dudamel y Baremboim, con fotos de Bello, Neruda, Borges, Gardel, Bolívar, Sanmartín, Sucre, Juan Pablo Duarte, José Martí, Teresa Carreño, Romero, la Virgen de Guadalupe, la Coromoto, San Martín, Santa Rosa, San Roque Santa Cruz, San Juan Diego Cuauhtlatoatzín, etc., etc. We didn’t start the fire…”. Era una burla a sinsentidos como éste: “Dice Juan Luis Guerra, de su justamente querida República Dominicana, en la bella isla de La Española, más bien, de su simpático y alegre pueblo, que son ‘una raza encendida, negra, blanca y taína’”: ¿una raza de tres razas, no será un espíritu, lo que Briceño Iragorry llama un “mestizaje cultural”, espiritual, geniecito?

Seamos formales: la raza, en la especie humana, es más un constructo que una realidad.

Cuando uno habla, refiriéndose a la categoría de la sustancia, de especies y géneros, en metafísica, uno está hablando de cosas esenciales, del ser mismo de algo, de una cosa, de una realidad que existe en y por sí misma. En biología, las clasificaciones zoológicas y botánicas tienen un sentido derivado del metafísico y, precisamente, las definiciones tienen que ver con niveles de generalidad y especificidad proporcionales. Sin embargo, por esa vía, se llega a un punto en que las diferencias no son esenciales, se llega a la última especie, al perro, por ejemplo. Más “abajo” de esto, se pasa a diferencias dentro de modos de ser de una misma esencia: se trata, entonces, de diferencias ACCIDENTALES. Uno tiene un REINO (animal), que se bifurca en DIVISIONES (vertebrado), que se divide en CLASES (mamífero), que se dividen en ÓRDENES (carnívoro), que se clasifica por FAMILIAS (cánido), bajo las cuales encontramos a los GÉNEROS (can), a los que pertenecen las ESPECIES (perro). Éstas últimas, coinciden con la ‘especies’ metafísicas y los ‘géneros’, con los “géneros próximos” de las definiciones aristotélicas, según las clasificaciones dialécticas de Platón (por ejemplo: en El Político y en El Sofista). Por debajo de las especies, están las razas. Biológicamente (y aún para el comercio), tiene sentido ver que hay pastores alemanes y chihuahuas; pero, metafísica y éticamente, la diferencia es insignificante, pues, ‘perro’ se dice unívocamente de ambos, son lo mismo, se definen de la misma manera y, por tanto, valen lo mismo, en cuanto seres…

Eso es así, en lo que se refiere a los perros, ¿qué será en lo referente a las personas corpóreas? Para un perro, puede que el tamaño y la fuerza sean punto clave, pues, alguien puede querer una ayuda para cuidar el ganado o un compañero para los niños. Pero no se ve que tenga ninguna relevancia a la hora de medir cuánto vale uno cuya madurez esté atada no a la capacidad de defenderse de las fieras o de procrear, sino de la inteligencia, la verdad, la capacidad de amar, el bien, la virtud. Lo peor es que, en este ámbito, casi el único criterio es el color de la piel y muy poco más y el color de la piel es un asunto simple de pigmentación, casi una nadería… salvo para los menos que mediocres, sobre los que vamos a hablar ahora, en un minuto.

Vean una película de ésas gringas de vaqueros, Los siete magníficos, por ejemplo: un “blanco” se enfrenta a un “indio” y por ahí hay unos mejicanos: ¿qué distingue al gringo y a los mejicanos? No será la cultura occidental de unos y otro, por más que unos sean hispanos de Catolicismo escondido en la película (aunque en su pueblo haya Iglesia) y el otro anglosajón-protestante, esta diferencia es menor, en cuanto a la identidad cultural. Pero ¿qué distingue al “indio” de los mejicanos? No será la raza, pues son de exactamente el mismo origen. El gringo y los mejicanos son más lo mismo que los mejicanos y el indio, ¿qué les parece?, qué resultado tan paradójico… para el mediocrísimo mundo de hoy, gobernado por gente muy baja, en los medios de comunicación, sobre todo…

Es lo mismo que uno ve cuando vive para asombrarse y ver a un judío ashkenazi, catirito (rubiecito, en venezolano), con su pelo amarillo y sus ojos azules, acusando a un árabe de “antisemita”. El sinsentido es demasiado evidente para que nos pase desapercibido. Ahí tiene que haber un problema adicional, porque ¿cómo puede un NO-semita, bajo ninguna consideración, acusar a un semita por los cuatro costados de “antisemita”? Ahí, de nuevo, está operando alguna grave corrupción de la razón.

Una corrupción parecida aparece cuando, a alguien de una cultura no materialista, la gente, haciendo proyecciones desde la actualidad occidental, le lanza acusaciones de racismo. Es como si, Aristóteles o Platón pudieran ser racistas. Alguien puede decir que los griegos lo eran, que trataban a todos los demás de “BÁRBAROS”. Pero eso es una proyección, como les digo, los griegos, quizás, algunos de entre ellos, eran xenófobos; muchos otros, muy probablemente, fueran conscientes de su superioridad cultural patente y, por ello, estuvieran afectados de algún tipo de orgullo nacionalista. Claro, eso no afectaba a Platón, quien decía que la susodicha distinción no tenía base. Sin embargo, aunque tuviera formas incipientes en otras sociedades, el racismo es una forma revolucionario-materialista, post-cristiana, moderna, occidental; y, en cuanto tal, es una ensoñación gnóstica; y, en cuanto tal, es una guerra contra la realidad, que causa tremendas distorsiones, en la comprensión de la misma y en el actuar en el mundo, no en balde es un factor importante en la ignición de la más grande guerra en que se ha enfrascado la humanidad [no era sobre racismo la historia, pero éste fue un importante factor de ignición].

Uno entiende, sin embargo, estas peleas entre grupos de identidad étnica diferente, aunque con las distorsiones del gnosticismo post-“pseudo-ilustración”. Cuando un ashkenazi le dice a un árabe ‘antisemita’, está reaccionando a un condicionamiento, se trata de algo que le enseñaron desde chiquito, que todo conflicto de este tipo es racial y que él es semita y que todos los demás son antisemitas, sobre todo, si en ciertos medios informativos y ciertas organizaciones líderes judías así lo señalan. Es así, aún cuando la raza NO es [evito el subjuntivo sea, para evitar cualquier confusión: no estoy hablando en sentido deprecatorio, sino negando una actualidad] materia de identidad nacional, cultural, étnica. Miren a las tribus del África, a los hutus matando tutsis, en Ruanda, negros matando negros, mientras que uno, desde afuera, no sabía cómo se distinguían entre ellos… Es como la guerra Irak-Irán o el odio entre sikhs e hindúes o el odio entre indios hindúes y musulmanes, etc. Son odios reales, muy acerbos, pero no RACIALES, eso sería completamente ridículo, son problemas étnico-culturales, lo que es muy distinto.

El materialismo como causa del racismo, la extrañez del mismo para el Cristianismo

Pero ¿de dónde sale el racismo? Bueno, tiene dos fuentes. 1) El racismo “empírico es uno típico de los ingleses, por ejemplo. Ellos inventaron que eran superiores y se lo creyeron con mucha fuerza, cuando empezaron a tener tremendos éxitos en el comercio internacional, lo que les formó (junto a su no tener límites, sobre todo en el aspecto de “despiadados”) un imperio y los hizo el país más rico del mundo (bueno, sus clases dominantes, porque los demás pueden verse en su extrema miseria en los libros de William Cobbett, los de Dickens o en El Capital, de Marx). En ese momento, en el surgir del imperio, gente como Hume se elevó a la prominencia, diciendo que la moral consistía en las maneras de los lores ingleses y sus ladies. Si eso era así, lo que no fuera inglés o lo que a ellos no les gustara era desechable, algo esperando para ser destruido. Y, por el contrario, si a los ingleses les convenía, eso debía ser moral y muy digno y bueno: el tráfico de drogas en Asia, sobre todo para quebrar a las poblaciones lugareñas, China y la India, y para percibir los pingües beneficios, en cuya defensa armaron TRES GUERRAS (las Guerras del Opio); o, también, la destrucción de naciones y culturas, como la cultura tabú hawaiiana; o formar estados artificiales que, a la salida de los ingleses, fueran hervideros de desorden y odio étnico, con la potencia del estado nacional occidental y sus modos de organización: Birmania-Myanmar y sus continuas masacres puede ser un ejemplo bastante claro de esto (vean Rambo IV: una pequeña ojeada). En este ámbito, los negritos son muy diferentes de los ingleses, por tanto, son feos; sus sociedades no tienen las valoraciones intraculturales de los ingleses, por eso, son brutos, bárbaros, estúpidos y otras cosas así: en una palabra, son “NATIVOS”: esta palabra significa, que uno nació, pero, en boca de los ingleses, degeneró en SALVAJE, que es como se entiende hoy. Ahí tienes un racismo, el “ingenuo”, superficial, si bien trágico, en manos de los ingleses, al menos.

2) El otro es el del nacionalismo, “post-cristiano”, europeo, que, por post-cristiano, es materialista. Cuando los europeos rechazaron a Cristo y a su Iglesia, se quedaron sin nada que dijera quiénes eran ellos: eso es lo que significa “post-cristiano”, el suicidio de Europa. Lo que quedó fue gente como Nietzsche (aunque él sea tardío: es sólo un ejemplo), diciendo que la nobleza era ser alemán, germano, un guerrero, con vitalidad salvaje: así nació Hitler. Aunque faltan datos. Quedó gente como el ideólogo gringo Madison Grant, diciendo que Europa tiene tres razas, la eslava, la germana y la latina (lo que es, por supuesto, falso, como muestran galos, anglos, íberos, etc., aunque esto sea, claro, irrelevante); y que la noble es la germana, faltaba más, que tiene derecho al imperio y, aún, a buscar la subyugación y degradación de las otras razas europeas y hasta su reducción, por la eugenesia y la eutanasia; no digamos nada del resto del mundo. Por supuesto, tanto Nietzsche como Grant son productos de movimientos anteriores, porque esto sale de gente que escribe y habla muy temprano, luego de la mal llamada ilustración y su revolución francesa. Negada la identidad espiritual, rechazada la identidad espiritual, lo que queda es rechazar el espíritu y afirmar una ficción: la afirmación de que lo que explica logros europeos es una raza superior, que ahora podría lanzarse a la justa conquista del mundo, pues se ha deshecho del lastre de la fantasía anti-científica cristiana y del yugo de la cultura latina, con su oscurantismo y su inferioridad frente a la verdadera nobleza… Como es común en todos estos movimientos gnósticos, modernos, este racismo ideológico, programa de acción y de justificación de una tiranía salvaje, se presenta como la explicación CIENTÍFICA de la realidad, basada en la herencia (y luego de Darwin y Spencer, en la evolución y la selección natural), en este caso, y puesta como alternativa a las explicaciones teológicas y FILOSÓFICAS, no en balde el positivismo reformó las universidades para expulsar la filosofía de los claustros, en una operación tan profunda que hasta el lenguaje se vio fuertemente afectado: de ahí que “ESPECULACIÓN” ya no sea sinónimo de conocer efectivo, sino de ELUCUBRACIÓN, y TEORÍA sea un término peyorativo y, a lo más, sinónimo de HIPÓTESIS. De gente como ésta (y otra de igual altura intelectual) viene la otra ficción ésa de que la ciencia es materialista.

En una cultura cristiana, como la europea pre-revolucionaria, cuando Occidente se elevaba a su verdadera talla, ahora tan deprimida, luego de dos siglos de ataque incesante e inercia que hizo creer, en la bestial ceguera espiritual, que todo estaba muy bien (a pesar de las guerras y todo el desastre), en una cultura cristiana, el racismo no cabe. Los cristianos somos del espíritu y adoramos en Espíritu y Verdad; nuestra genealogía es espiritual, lo mismo que toda la sustancia de nuestras relaciones. Basta abrir el Nuevo Testamento, donde lo agarres, sea en los evangelios o en los Hechos o en las epístolas o en el Apocalipsis, nada ahí impulsa a lo carnal, de hecho, parte esencial de ser cristiano estriba en un total rechazo de la carnalidad (no de la materia, claro: “el Verbo se hizo carne”, en el vientre virginal de Santa María), sin rechazar la naturaleza, a la manera gnóstica: “No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro […], lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo XV,11.18-19). Reconviene Jesús a los fariseos, que dicen ser “simiente de Abraham”, a la manera carnal, mientras que la verdadera herencia de Abraham es para quienes aceptan al Mesías y los que descienden de él en la Fe, como dice la Carta a los Hebreos. Es decir, se trata de una descendencia espiritual, no de una “raza”, nada de ADN o de “simiente” o vientres: no, se trata del bautismo, que usa agua, como materia, pero que es en Espíritu Santo y Fuego. Jesús, Creador de la naturaleza, afirma la naturaleza, aunque la eleve por la gracia. Por eso manda dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; y, por eso, abole el divorcio, pues por naturaleza el matrimonio es indisoluble. Ese mismo Jesús dice que la Salvación viene de los judíos, pero que es para toda la humanidad (Juan X). Y, así, Él mismo era judío, como la Virgen y los apóstoles… y judíos semitas originales, descendientes de David y de Abraham, Isaac, Jacob y Judá, pero cristianos son los europeos y los chinos y los indios de la India y los indios americanos y los filipinos y los australianos y San Pablo Miki, el protomártir japonés, y San Carlos Lwanga, el mártir de Uganda, y los mártires mejicanos y los vietnamitas y los rusos y los polacos y los alemanes y los caldeos y los árabes: y los cristianos no hacemos ficciones de que todos somos de una raza, no lo somos, porque el Cristianismo es universal, porque es del Espíritu; y viene de los judíos, pero no es para los semitas ni está para preparar el imperio semita universal ni el ario ni el chino ni el de Fu Manchú. El Reino de Jesús no es de este mundo; es levadura, es simiente, catalizador, para que haya justicia y paz, la única verdadera, la de la verdadera caridad y hermandad universal, de modo que tiene que operar en la sociedad humana; PERO NO ES DE ESTE MUNDO, aunque las sociedades humanas lo tengan como modelo eminente; como decía aquel gran autor hispano-venezolano, Manuel Gracía Pelayo, padre de nuestros estudios constitucionales: El Reino de Dios, arquetipo político

Rechazado esto, en nombre de la raza y, posteriormente, del ADN, entonces lo que queda es racismo desnudo… En ese ámbito entra Moritz-Moisés Hess, inspirador del sionismo y padre del racismo judío contemporáneo, en la línea del racismo alemán entre el que vivió.

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Papista soy, total, pero Francisco no

Kamehameha II abolió el tabú hawaiano, Francisco quiere abolir la Ley de Dios

Kamehameha II, abolió el tabú, cuando ya estaba vacío de sentido, de manera irreparable. Eso no puede pasar con la Fe verdadera

Kamehameha II, abolió el tabú, cuando ya estaba vacío de sentido, de manera irreparable. Eso no puede pasar con la Fe verdadera

Religión, polis y cultura: la caída de Hawa-íí y la tiranía mundial

Una sociedad política, en gran parte, nace de una religión; y nace para esa religión. No hay dudas, la sociedad viene al ser cuando el pueblo se conforma como un pueblo orgánico, cuando el LOGOS le insufla vida, cuando una cultura, una idea directriz, lo hacen avanzar, articularse, cuando una autoridad, representante del pueblo, en cuanto articulado por esa idea directriz, le da unidad y lo hace ser una unidad en forma para actuar en la historia. La idea directriz, lo que los griegos llamaban constitución, el LOGOS, la ley profunda existencial del pueblo, es teología. Todo pueblo en la historia se ha articulado alrededor de una convicción central: la sociedad es un orden, un orden privilegiado que, aunque no sea un preparado cósmico real, se concibe a sí mismo como tal, porque, en verdad, es algo muy valioso, un “Pueblo Elegido”, un hijo predilecto del orden del universo, su expresión sobresaliente (vid. Eric Voegelin, The New Science of Politics; y Orestes Brownson, The American Republic). Dentro de ese marco, la comprensión que el pueblo tiene de sí mismo, en cuanto “pueblo elegido” y orden cósmico, es una parte de su propio ser, es la idea que tiene de su destino existencial, eso es lo que Voegelin llama “teología civil”. Creía Voegelin que esta teología debía ir separada de la teología propiamente tal. Pero, aunque deso sea parcialmente verdad, las relaciones entre una y otra son complejas, porque el primer punto de comprensión del pueblo es religioso y la religión empapa cada aspecto de los pueblos. Tanto, que las crisis mundiales, como decía San Josemaría, son crisis de santos; en vulgar, en un lenguaje natural, las crisis de las sociedades son crisis de sus religiones. Lo único que puede amalgamar a un pueblo, lo único que vale más que el hombre, lo que hace que la vida mundana valga la pena, lo que enaltece a la justicia y la cooperación, lo que encalma a los apetitos y pacifica el furor es la relación, religación, a lo divino, a quien, además, debemos todo, incluso la existencia patria, por la que estamos dispuestos a dar la vida y la hacienda y todo lo demás.

Cuando entra en crisis ese espíritu, la sociedad entra en lo que Toynbee llamó etapas de colapso y desintegración. Se ha visto una y otra vez; y el Occidente actual es una muestra impresionante de ello. Es más, en cuanto sociedad cristiana o hija de la Iglesia, el Occidente es la sociedad más luminosa de la historia, sin dudas; en cuanto tal, su crisis es la peor, la más mortífera, amenazante para la humanidad que haya habido: la corrupción de lo mejor es la peor, dice Santo Tomás. Mas, si acaso alguien tenga dudas, por su desconocimiento de la historia o por haberla visto con prismas prestados de tiranos orwellianos, de los que, en palabras de Dawson, conocen el poder justificador de la historia y, por eso, adulteran el pasado, porque “quien controla el presente controla el pasado, quien controla el pasado controla el futuro”, si alguien no me creyera, hay un caso único en el que la caída de una sociedad se dio en cámara rápida, para que pudiéramos captar sus causas, sin lugar a dudas, al revés que en los deportes que nos ponen en la televisión para embrutecernos. Estamos hablando de Háwa-íí (así debe pronunciarse: jáva-íí, como dos palabras pegadas, con esa acentuación).

Hawaii era un universo en el medio del océano pacífico, a miles de kilómetros de cualquier otro pedazo de tierra. De ese modo, sus habitantes estaban convencidos de que el universo era ése, nada más. Su religión, politeísta, era, claro, la religión única y universal y, sin discusión, verdadera. Ella, como en toda otra sociedad sana, tenía todo un sistema de vida, impregnado de esa religión. ¿El nombre del sistema? El TABÚ-KAPÚ. El nombre, entre paréntesis, nos da una idea del asco que es la sociedad contemporánea, la del “cada quien tiene su verdad”, si eso es inmoralidad, cultura inglesa (liberal-capitalisto-materialista radical), comunismo y, en general, todo ateísmo y lo que éste conlleva… Para los hawaiianos, antes de la llegada de los europeos, todo acto de la vida tenía rituales, como en El Principito, tenía sentido, estaba preñado del infinito. Su sociedad era algo preñado de significado. Algo que, por supuesto, se añora por aquí, como se ve en la admiración por ridiculeces como, por ejemplo, las de Karate Kid II, Daniel-san en Japón…

La quema de los templos: el sueño de Franc

Pero Hawa-íí se encontró con la Europa “post-cristiana”, peor, con los ingleses, con los despreciadores ingleses, ésos para los que, con Hume, la moral era sentir como un Lord inglés… aún cuando éste esté matando de hambre a Irlanda (un millón en cuatro años de hambruna inducida, genocidio a cámara lenta: 1845-1849) a propósito o esté cortando dedos de muchachas hindúes en la India o contrabandeando opio para destruir el gobierno chino… Los ingleses llegaron, despreciaron y se salieron con la suya. Para una mentalidad como la hawaiana eso fue demasiado: el tabú cayó como castillo de barajas… Pero no todo fue pura gravedad, hay historia.

El penúltimo rey de Hawa-íí, antes de que llegaran los ingleses fue Kamehameha I, quien fue el que unificó todo el archipiélago y quien tuvo un heredero, claro, Lío-Lío, Kamehameha II; aunque también legó su corona a su segunda esposa, Ka’ahumanu, la quintaesencia de la feminista, cuenta su majestad David Kalakahua, último rey de Hawa-íí: “Kaahumanu, la esposa favorita de Kamehameha I […], era audaz, inescrupulosa y ambiciosa. Habiendo quedado como segunda en autoridad bajo el joven rey [Kamehameha II], estaba molesta por las restricciones que el tabú imponía a su sexo. Muchas de las comidas más sabrosas se le negaban por costumbre y, en su relación con extranjeros, los actos de cortesía eran enfriados y obstaculizados por molestas prohibiciones tabú. Para que se le permitiera comer y beber lo que quiera que sus apetitos desearan y para hacerlo en presencia de hombres, Kaahumanu estaba dispuesta a asestar golpes mortales a la raíz de un sistema religioso que había mantenido a sus ancestros en su lugar y en el poder, Aún cuando ella no tenía ningún conocimiento definido de la fe con que ella esperaba suplantarla”. Digamos que nuestra Margaret Sanger-Alexandra Kollontai-Judith Butler hawaiana le dio su empujón a la caída de su sociedad, desheredó a sus sucesores, a la desdichada Kaiulani, heredera frustrada del trono hawaiano, quien contempló la anexión de su país a los Estados Unidos y murió de amor. Kamehameha II, bajo los golpes de su madrastra y del natural descrédito de su religión falsa abolió el tabú. ¿El “natural descrédito”? Por supuesto, ellos esperaban que los dioses infligirían castigos, universalmente, a quien no se sometiera al kapú y, evidentemente, eso no sucede así en la realidad. Aquí aparece Francisco, si él supiera esta historia, él soñaría con Ka’ahumanu y con Kamehameha, soñaría alternativamente que es uno y otro o los dos, en esos juegos raros que juegan los sueños: “umm, dar golpes mortales a la Iglesia y reconocer que ella ha llegado a su final, al menos como entidad independiente, umm”…

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La gran Meretriz que… se inventaron todos los desgraciados de la Tierra

A los que creyeron los tontos y otros más…

Ésta es la verdadera cara de la Iglesia, no la rina que quieren vender los mentirosos enemigos de Dios, que quieren acabar con todo resto de la moral natural

Ésta es la verdadera cara de la Iglesia, no la rina que quieren vender los mentirosos enemigos de Dios, que quieren acabar con todo resto de la moral natural

Siete historiadoras, alguna judía, salen al paso del mito y sus más comunes aristas, en un volumen que recoge diez artículos, editado por la Librería Editrice Vaticana. “Madre de todas las inquisiciones”, “enemiga de la ciencia”, “opresores de las mujeres”, “la Iglesia quiere que los fieles sufran”. “los protestantes son más modernos”, “el odio por el sexo”, el antisemitismo (tratado por Ana Foa, judía, quien también escribe sobre la inquisición). Se llaman así: Lucetta Scaraffia, que coordina al grupo, Sylvie Barnay, Cristiana Dobner, Anna Foa, Giulia Galeotti, Sandra Isetta, Margherita Pelaja. “Su objetivo es “aclarar desde el punto de vista histórico algunos estereotipos muy difundidos sobre la historia de la Iglesia: no con intención apologética, sino, con intención histórica de rectificación de clichés que parecen haber sustituido la realidad en lo relacionado con la historia de la Iglesia, y que por tanto también han contribuido a deformar la identidad pública””.  “Refiriéndose a los numerosos libros polémicos que circulan contra el Vaticano, la coordinadora revela que “se multiplican en estos textos errores y referencias históricas erróneas, que se refieren a estos clichés, ya convertidos en verdades petrificadas aunque estén fundadas en informaciones falsas”. Tan difundidos e indiscutibles que quien los lee no procede ni siquiera a un control: de todos modos quien lo lee le dará la razón porque “todos saben que es así””. El libro acaba de salir en las librerías de Italia (La gran meretriz, un volumen contra los estereotipos sobre la historia de la Iglesia, Zenit, 16-05-13).

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