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Tag Archives: materialismo y sexo

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Teología del cuerpo, sexo y modernidad

Sobre cómo los tradicionalistas, obsesionados con el modernismo, caen en la gnosis

Una discusión en internet

Monseñor Richard Williamson, atribuye la teología del cuerpo a una iluminada y no a una profunda visión antropológica y teológica: se equivoca

Monseñor Richard Williamson, atribuye la teología del cuerpo a una iluminada y no a una profunda visión antropológica y teológica: se equivoca

En estos días, como siempre hago, pues me gusta bastante, participé en un blog de internet, cuyo nombre prefiero dejar en blanco, por mi respeto al autor del blog y para que no le salpiquen lo que digan sus lectores. Yo expresaba mi preocupación por un asunto muy grave, que ahora no viene al caso, un hecho revolucionario terrible; yo decía lo siguiente, en un contexto más amplio: “la moral sexual cristiana, la moral matrimonial [está] enraizada en LA TEOLOGÍA DEL CUERPO y en la de las relaciones de Dios y el mundo, de la Alianza, de Cristo y su Iglesia”, y, sin embargo, los revolucionarios infiltrados en la Iglesia estiman que estos puntos, los más importantes que se puedan concebir en el sentido de la vida del hombre sobre la Tierra, “han sido superadas por la modernidad”, decía. Parece como si no hubiera nada que objetar a eso, sobre todo si eres católico o alguien decente, aunque profeses la religión de Shaka Zulu: quiero decir, es ley natural [la constitución natural del hombre y su repercusión en la moral sexual], en parte, y, de lo demás, parece algo que cualquiera que crea en Dios y en nuestra dependencia respecto de Él podría aceptar o creer plausible sin problema, si se le explicara lo que significa. Claro, no para los infiltrados, que no son gente decente, que eso es lo que significa su infiltración, ¿no es la cosa? Entones, todo decente debería asentir, ¿no? Bueno, espérense un minuto, entre los “tradicionalistas” católicos hay gente que no tiene paz con nada que haya dicho ningún papa, en los últimos 57 años, así sea el Padre Nuestro.

Un anónimo del blog, me salió con que eso de la “teología del cuerpo” era modernismo… por eso lo resalto tanto arriba. Citando un documento titulado Los que creen que han ganado (http://www.statveritas.com.ar/Cartas/CartaWilliamson11.htm), del obispo Williamson, de la SS Pío X, me mandó una andanada de retos. Parece que este hombre cree que, cuando me refiero a la teología del cuerpo, me refiero a unas loqueras que Von Balthasar sacó de una supuesta mística llamada Adriana von Speyr. Ella habría ejercido una enorme influencia en la “teología conciliar” (término despectivo con que los Pío X se refieren al Concilio Vaticano II). Esa influencia se extendería a varios temas; entre ellos, a según, la “teología de la sexualidad”, que sería nada más y nada menos que la teología del cuerpo de Juan Pablo II. Speyr, mientras tanto, habría tenido unas revelaciones en las que algún ser celestial le habría “revelado” que debe tenerse un gran aprecio por “el amor erótico”, por el “‘valor positivo’ de la ‘corporeidad’”; eso habría llegado a extremos que habrían debilitado a miles de vocaciones.

La inadecuación histórica de la acusación

A esto puede responderse de dos maneras. Una histórica y otra filosófico-teológica, que incluye un poco de historia de la teología, es decir, de la teología de Juan Pablo II, que no debe nada a ninguna señora Speyr. Para empezar, la caída en el pansexualismo de la Iglesia, a lo mejor, en algunos casos, tuvo que ver con esa señora; a lo mejor (puede que sí, puede que no), en la generalidad, encontró en su relación con Von Balthasar un importante impulso. Pero, para poner un caso inmenso, en los Estados Unidos, eso viene de curas, religiosos y obispos que eran homosexuales, mucho antes de que Von Balthasar fuera conocido fuera de su casa en Suiza. Ellos, en 1972, usaron a un tal padre Kennedy, que ha abandonado el sacerdocio, que era freudiano y que se dedicó a difundir prácticas psicoanalíticas, con el aval de Dearden, de Detroit, y el rey de la Iglesia gringa, del 68 al 2005, Joseph Bernardin, conocido homosexual, desde mucho antes de su ascenso impresionante (http://www.renewamerica.com/columns/abbott/060818). Esta operación es la causa principal del escándalo de los abusos en ese país (http://www.culturewars.com/2004/ModernPsych.html). El complejo jugó un papel central, el complejo que es hoy tan central en la pérdida de la Fe, el complejo frente a la “ciencia” que, para rematar, es “moderna”. La mediocridad, pues, que hizo que se sucumbiera a Freud, que se avergonzarán de decir que había milagros (“¿tú de verdad crees que Cristo alimentó a 15.000 con 5 panes?”), de admitir que hubiera profecía… Freud, Rogers, Watson, así como Buda, el Hinduismo y el New Age en general, entraron en los conventos y los seminarios… Eso, ni es Concilio ni es Speyr ni es Von Balthasar ni es teología del cuerpo de Juan Pablo II. Hacer estas cuentas históricas así es como vivir en un ensueño y no saber ni dónde se está parado… Y, lo peor del caso, ponerse en el filo, al menos, del cisma, sobre base tan firme: la casita sobre la roca, mi pana.

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Sexo, Catolicismo y modernidad

El sexo: algo sublime en el amor y la gracia de Dios, mancillado por el ateísmo revolucionario

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

“Quien, en el amor casto, ve la belleza y no piensa que la carne es bella, sino el espíritu, admirando, como juzgo, al cuerpo como una imagen, por cuya belleza se transporta a sí mismo al Artista y a la verdadera Belleza; exhibiendo el símbolo sagrado de la rectitud a los ángeles que esperan la ascensión; quiero decir, la unción de la aceptación, la cualidad de la disposición que reside en el alma que se alegra por la comunicación del Espíritu Santo” (Clemente de Alejandría, Stromata, IV,18). Esto es el sexo para un católico: una manifestación y una comunicación profunda de la persona, del espíritu, de la verdad del propio ser, de la Gracia misma de Dios, que nos comunica con su Espíritu. Es una manifestación sublime del amor, de la entrega mutua, una consecuencia, como dice Platón, en el Banquete, de esa “procreación en los cuerpos y en las almas”, que es el amor. Es una característica propiamente nuestra, propia del hombre, “única criatura en la Tierra a la que Dios ha amado por sí misma”, la cual “sólo puede encontrar su plenitud, en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, n. 24). El amor es fuerza de unión, de conservación, de entrega y recepción del don personal del otro; el sexo es su manifestación. Se da sanamente entre amantes verdaderos, entre gente dispuesta a darse totalmente. Entre gente que, como una característica esencial del hombre es la temporalidad, implica la entrega de todo el tiempo, hasta la muerte: “permítaseme que no admita impedimento al enlace de las almas fieles: no es amor el amor que al percibir un cambio cambia ni el que propende con el distanciado a distanciarse. Oh, no, el amor es un faro inmóvil, que contempla las tempestades y no se estremece nunca. El amor es la estrella para todo barco sin rumbo, cuya virtud se desconoce aunque se tome su altura. El amor no es juguete del tiempo, aunque lleguen al alcance de su corva guadaña los labios y las mejillas de rosa; el amor no se pasa con las horas y las semanas rápidas, sino que perdura, hasta el fin de los días. Si esto es error y puede probárseme, entonces yo no he escrito nunca ni hombre alguno ha amado jamás” (Shakespeare, Soneto CXVI). El sexo, manifestación del amor, se da plenamente en la entrega abierta a la vida y a la entrega del otro, excluyendo todo egoísmo buscador del propio placer, excluyendo el ser del otro. Como dice Víctor Frankl, los actos naturalmente establecidos para la entrega tienen que dirigirse a ella, de lo contrario, al ir cerrándose en el egoísmo, los caminos de la realización en la entrega van cerrándose, una vez cerrados, no hay quien vuelva a abrirlos. Por eso, Quien “revela el hombre al propio hombre”, Jesucristo, establece al matrimonio como sacramento, una vez que, en la creación, se establece como medio natural de realización, que es, de suyo, indisoluble (Mt. XIX,3-9; Mc. X,2-12). Y, así, el sexo pleno está en el matrimonio, el sexo que está ligado a la realización existencial, en santidad, de los cónyuges: así “el tálamo nupcial es un altar” (San Josemaría).

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