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Dios: existencia, atributos, unidad y acción; una mirada a la filosofía y la ciencia

Ser sumo y perfecto, es uno, crea y nos oye

Contenido:

San Lucas dice que “nada es imposible para Dios” y que, por eso, Cristo es Dios y hombre

Dios todopoderoso y objeciones a partir del absurdo

Ciencia y Dios

La necesidad del ser y el universo precario y contingente

Acto y potencia, el Primer Motor Inmóvil, las cadenas causales y el Acto Puro

La tercera vía de Santo Tomás: lo contingente, lo necesario ab alio, lo necesario per se

Ser, actualidad, es verdad, bien y belleza; y eso muestra que Dios existe y es Verdad, Bien y Belleza infinitos

La quinta vía, revisited; y los milagros

Dios es Uno

Dios crea, produce el ser de la nada, produce los entes sin materia ni ningún otro sujeto preexistente

Los nombres de Dios, el Tetragrammaton y la analogía del ser

Dios nos oye y Dios se revela

Nos oye

Se revela

San Lucas dice que “nada es imposible para Dios” y que, por eso, Cristo es Dios y hombre

El modernismo, que domina al mundo hoy de manera total, no tiene ningún problema con decir las cosas más absurdas, con tal de no admitir que Dios existe y de Él dependemos: que de la nada viene, no algo, sino todo…

Así es, en el primer capítulo del Evangelio según San Lucas (vv. 35-36), se dice eso, que nada es imposible para Dios y que, por eso, la Virgen podría parir (como había dicho 700 años antes, el profeta Isaías [7,14]), que San Juan Bautista venía en camino, que Isabel, anciana y estéril, había salido en estado grávido, que Dios se haría hombre y sería el mesías prometido a Israel, para toda la humanidad. Es interesante ver cómo es esto posible, cómo es que en el Cristianismo, se pueden hacer todas estas afirmaciones: que hay Dios, que es uno, que todo lo puede, que es eterno, que hace milagros, que se ocupa de nosotros, que se revela, que se hace Hombre, que salva. Como todas estas afirmaciones, menos las dos últimas (Dios se hace Hombre, Dios salva) se pueden estudiar filosóficamente, vamos a estudiarlas, hasta donde la razón humana pueda averiguar. Puede que estemos haciendo el estudio más importante de nuestras vidas…

Dios todopoderoso y objeciones a partir del absurdo

Dios no puede crear una piedra que no pueda levantar, dicen, como objeción insuperable, sus enemigos. Oh, ¿qué haremos, ahora, quién podrá defendernos, quién podrá defender a Dios, impotente ante estos grandes objetores? Qué bobada: el obrar sigue al ser, de la nada nada viene, lo que actúa ES; y lo que actúa y obra lo hace según su naturaleza. Dios es todopoderoso, porque es Ser puro; como es Ser puro, es pura perfección subsistente, acto puro; en cuanto tal, es Infinito y Todopoderoso: el obrar sigue al ser, al Ser Infinito corresponde Poder infinito. Pero, evidentemente, esto se trata de perfección, Dios no puede hacer lo que repugna a la perfección: no puede hacer ni querer el mal; no puede hacer ni querer lo contradictorio; no puede hacer algo que no dependa en su ser de Él, en consecuencia; no puede hacer lo defectuoso; no puede hacer lo absurdo. El asunto de la piedra es, obviamente, un absurdo; luego, quienes ponen la trampita para decir que Dios es absurdo son los absurdos, que quieren poner en la perfección suma aquello que le repugna, el absurdo. Tontos.

Ciencia y Dios

Hay principio de la conservación de la energía, luego, o Dios no existe o es irrelevante. Ahora sí salieron con una razón irrefutable: el universo, dice Searle, es causalmente cerrado; por eso, no hay Dios, tampoco alma, tampoco libertad. O sea, no hay cosas evidentes como almas, principios de vida, vida no hay; no es libre ni él, para decir su sandez… Muy bien. Pero hay mucho más, para éstos que quieren que el Dios que creó la materia y la energía y las leyes que las rigen no exista, porque, según ellos, las energías están completas; que el Dios trascendente, del que depende todo para existir y que no depende de nada, no puede existir, porque es irrelevante, porque las energías están completas. Para empezar, hay entropía, hay pérdida de energía y tendencia al caos. Y, en segundo, bueno, lo ya dicho: ¿quién dijo que se trataba de algo así? La cosa es que Dios es el origen de la energía, de la conservación de la energía y de la entropía y de la pérdida de energía por parte de los sistemas; y, para colmo, si fuera bueno el argumento, quién dice que eso impide que haya alma y libertad; si fuera así, tú no estarías hablando, despistao. Aparte, que haya algo como la conservación de la energía no quita que haya contingencia, que las energías que hay en la materia no puedan ser dirigidas por principios inmateriales y, aún, por nuestra libertad, etc. ¿Qué cabe, en esta línea, sobre Dios, que las tiene a todas en sus manos, como Quien las sostiene en la realidad?

Lo mismo sucede con la evolución: no hay Dios, todo viene de la evolución, empezando con el Big Bang. Dios no crea, fue el big bang, ¿Sí, qué explotó? Nada. De la nada, nada viene; de una explosión no viene el orden, sino caos, desorden y destrucción. “Oye, quiero un hijo, voy a lanzar una granada”: así, ¿verdad? De lo inanimado no viene la vida. De lo inconsciente no viene la conciencia.

Además, todo indica, en el registro fósil, que no hay evolución y sí mucha confusión y estafa: australopitecus, neanderthal, el “Nebraska man”, el homo erectus han sido manipulados, son pedazos de esqueletos, a veces de cerdos, delfines y otros animales, a veces de monos, a los que se les hacen representaciones esculturales o pictóricas con rasgos humanoides; o, a veces, hombres, a los que se les hace lo mismo, para que tengan rasgos simiescos. Sin contar las veces en que se ha manipulado el material: lijas y cinceles, para acomodar parecidos, para forjar eslabones de cadenas inexistentes. En otras especies, ni eso ni nada se ha presentado. Todavía más, un análisis somero de la “explosión cámbrica” [no explosión literal, sino figurada], en la que, en un período muy corto surgieron la mayoría de las especies conocidas, como de un golpe, sin antecedentes ni sucesor, muestra que, más bien, los seres vivos surgieron de un golpe, no en largos períodos evolutivos.

Además, el concepto mismo es ridículo: de una pareja de hombres, vienen hombres; de parejas de otras especies, hijos de esas especies; cuando se cruzan especies cercanas, los críos son estériles, como las mulas. Las mutaciones son aberraciones que no se replican y que son caídas, no “evolución”. En cualquier sistema, así sea uno sencillo, un programa de computadoras, una mutación azarosa tiende a destruir al programa, no a mejorarlo [Berlinski]. Pero los darwinianos pretenden que las mutaciones sean azarosas, cuando se dan, pero que, después, haya un determinismo que haga que las beneficiosas permanezcan, sin propósito alguno. Si, acaso, dentro de una especie, hay cambios pequeños, de adaptación a condiciones disímiles. Por otra parte, si uno lo considera bien, de una vaca, a una ballena, hay un camino tan intrincado: se necesitarían unas dos millones de mutaciones, todas coordinadas mutuamente, que tendrían que ocurrir de manera instantánea y simultánea y concomitante con el paso de la tierra al agua: los órganos respiratorios, son de agua o de aire, no hay intermedio [Berlinski]… Y, para colmo, no hay un fósil que sugiera este paso, en ninguna parte [Berlinski]. A esto se reduce la creencia en la evolución: la novela primigenia fue Don Quijote, pero unos monjes se dedicaron a copiarla y, al hacerlo, fueron muy malos, todo se fue dando por azar, de modo que, quitando una letra aquí y poniendo otra allá, paulatinamente, en millones de años, de Don Quijote, salió, en ruso, La Guerra y la Paz, y Los Novios, en italiano, y La Vida es sueño, en castellano, etc.: algo bastante lógico, ¿nooo? [Berlinski]… Eso y un poco de dibujitos y esculturas de museos, todos fraudulentos, diseños realizados a partir de un diente o de una costilla de delfín o de las fantasías y las ganas de obtener prominencia, presentados como ciencia. Y al que se queje lo penamos, así sea con el ostracismo o con algún caso judicial, como sucedió en los años 20 en los Estados Unidos con el sonado Monkey Trial, de la anti-Dios American Civil Liberties Union, caso que se blande hasta el día de hoy… De nuevo, los deseos de prominencia… junto al compromiso ideológico, junto al peso de la historia… junto al deseo de prominencia, con el poder (sobre la educación y el discurso, etc,) y el dinero, del presupuesto, de los patrocinios, etc., que todo esto trae. Y, si te quejas, te penamos, ya te lo dije.

Y, finalmente, como se dice arriba, en el supuesto negado de que hubiera evolución, hipótesis, en el estado actual, absurda y nada científica, pero presentada a los niños como hecho comprobado, el obrar sigue al ser, nadie da lo que no tiene, de una cosa inferior, no puede venir una superior, sin el concurso de un tercero que sea superior a ambas, hasta el punto en que él pueda explicar la elevación; pensar en que otra cosa sea posible es absurdo, completamente… Hay otro punto en el que los anti-Dios, caen en absurdos análogos, sea con argumentos de la evolución o algún otro: quieren poner a Dios como dependiente de las criaturas, a la Causa de los efectos: Dios, absolutamente trascendente, no depende de nada del mundo; Causa de Todo, de Él dependen los entes, no viceversa; Ser puro, como veremos abajo, no recibe nada de nadie y su inexistencia es absolutamente indemostrable, mucho menos, a partir de un universo del que no depende.

Asimismo (este pasaje no pretende ser una prueba estricta, sino preparar las pruebas, que se aportarán abajo), si hay orden, hay Dios. Mira, todo es inteligible, está hecho para nuestra inteligencia, hay Dios, no puede haber nada más asombroso. Cuando Platón trata de explicar la formación, no creación -que es de la nada-, del mundo, por parte de Dios, usando como sujeto a la materia, pone al Demiurgo (así se llama “Dios-formador del universo”, en el Timeo, el diálogo de Platón que habla de estas cosas) a conformar las cosas materiales, imprimiendo en ellas de manera participada a las ideas; cuando trata de explicar cómo se produjeron las almas, ya sin materia, pues no son materiales, el pobre está en un aprieto insoluble en sus términos, en los que no cabe que Dios sea el agente universal del ser, incluso de la materia y de lo inmaterial, partiendo de la nada, esto es, poniendo el ser, las cosas, los entes, de manera total, donde no había nada. Bueno, Dios crea todo de la nada y crea nuestra inteligencia y ella puede captar universalmente, de manera conceptual, toda la realidad, hasta su ser y su esencia, hasta sus dimensiones más profundas, más allá de los datos sensibles; por su naturaleza, claro, pero también porque toda la realidad sensible es inteligible, en cuanto ES: qué bárbaro, hechos la una para la otra, es como demasiado.

Pero los enemigos de Dios no se arredran por cosas tan superiores, ellos siempre tratan de responder, rebajando todo a lo rastrero. Dicen: “no, todo viene del azar, no hay orden”. Otros, ciertos amigos de Dios, que lo quieren defender, responden: “no, hay diseño, porque todo es muy complejo, las probabilidades son muy desfavorables al azar; quiero decir, sólo una molécula de ADN, se forma -no digo opera, no digo opera muchos trillones de operaciones- venciendo las probabilidades fabulosas, una en millones de billones de trillones. Eso es una molécula, ¿qué tal todas, qué tal que haya especies diversas de las mismas, qué tal las células en las que están, qué tal los organismos?”. Los otros, los primeros, los anti-Dios, responden: “en un tiempo infinito, con infinitas pruebas, se pueden producir células”. Respondo yo: “claro y esas células se mantienen operando, como si estuvieran vivas, durante esta prueba que unos ‘nosotros’ estamos contemplando y discutiendo sobre ellas y en todo tiempo”. Pero NO, NO, NO, NO, NO: la cosa es así, no se trata de estructuras mecánicas puramente materiales, que es lo que supone la discusión anterior sobre el azar y las probabilidades. Se trata de lo que dijo Platón: de almas, de esencias, etc. Esencias, naturalezas, conformadas por principios inmateriales reales; es decir, se trata de que yo no soy un mero mecanismo ni, siquiera, un complejo laboratorio químico-físico-biológico, sino un todo real, sustancial, con algún principio que da unidad a la inmensa diversidad de mis partes, que me da vida, que me hace ser hombre, de la misma especie que los otros hombres, aunque tengamos cuerpos distintos, un YO, con una esencia, con un principio inmaterial que me conforma, que estructura mi ser: aquí no operan las estadísticas, sino niveles de ser: del nivel mecánico no puedes brincar al nivel formal. El argumento del orden mecánico es bueno e irrefutable; pero el de los niveles de ser es prueba necesaria, punto. El mecano no produce un alma; mucho menos un alma intelectual; y no produce el compuesto de alma y materia que es el ser vivo; ni siquiera produce el compuesto de forma y materia que es, por ejemplo, un átomo, según Heisenberg.

Después de todo esto, unos tontos recurren a una forma de ad hominem: La ciencia es anti-Dios. Claro, la ciencia no es anti-nada, las ciencias son cuerpos de conocimiento e investigación acotados a unos objetos. ¿Que los científicos son ateos? A ver: D’Alembert vivió en el siglo XVIII y es el primer científico, que yo sepa, que es ateo; antes de él, de hecho, la inmensa mayoría son cristianos, de hecho, católicos: Grosetesta, Roger Bacon, Teodorico de Freiberg, Oresme, Leonardo, Nicolás de Cusa, Copérnico, De Soto, Stevino, Tyco Brahe, Kepler, Galileo, Descartes, Roberval, Pascal, los  miembros de la Academia del Cimento, Newton, Huygens, Leibniz y un largo etc. Luego de D’Alembert, ha habido muchos científicos que se declaran ateos, pero eso no es por ciencia, sino por presión cultural (sobre este punto, y para tener una idea buena, no infantil, como la tergiversada que circula hoy popularmente, véase: https://eticacasanova.org/2015/01/20/historia-de-la-fisica-de-pierre-duhem/). Pero, de todos modos, Mendel, Plank, Heisenberg, Marie Curie, Fermi, Pasteur, Fleming, Einstein y muchos más de los más prominentes se declaran creyentes, muchos de ellos, cristianos. Es pura falacia ad hominem esto de la ciencia atea: si todos los científicos fueran ateos, no cambiaría nada, pues la realidad no depende de las convenciones y, aún, el conocer no altera de ningún modo lo conocido y, peor, no hay ciencia natural que se refiera al estatus metafísico de sus objetos, mucho menos de otros objetos que se escapan del ámbito de las disciplinas. Pero, para colmo, es mentira que “los científicos” [expresión que, por general, ya muestra que va cargada de falsedad] sean ateos, quizás ni siquiera hoy una mayoría lo sea… Finalmente, la ciencia, mostrando que hay un orden del mundo, que se expresa en las leyes que ella halla, encuentra, no fabrica, orden que no depende de nosotros, muestra claramente, para la reflexión humana (de cualquier hombre, sea científico o no), que en el mundo hay un ordenador original, absolutamente superior, que excede con mucho lo que todos los científicos juntos puedan llegar a desentrañar. Ése es Dios.

La necesidad del ser y el universo precario y contingente

Martin Heidegger, uno de los ideólogos más influyentes en el mundo de hoy, padre del existencialismo, nihilista e historicista, se pregunta: “¿por qué el ser y no la nada?”. Pregunta absurda y muy ignorante. No se leyó a Parménides: hay ser, no puede no haber ser: hay ser, existe desde la eternidad, el ser no puede venir de la nada. Luego, si hay ser, siempre tuvo que haber habido. El asunto no es ¿por qué el ser y no la nada? El asunto es cómo es que hay infinidad de seres, contingencia y paso al no ser, ya que, de suyo, el ser reclama eternidad, homogeneidad, necesidad. Eso es lo que muestra Parménides y, en sus términos, parece imposible de refutar, parece, de hecho, inescapable. Pero no contaban con la astucia de Platón, que encontró la participación y sacó al pensamiento de la perplejidad: todo es, pero no es EL SER, sino participa de él, sólo hay uno que sea el SER [por Aristóteles y Santo Tomás, sabemos que ese SER, es Dios, pero eso lo veremos más abajo]. Claro, nosotros, mortales, vemos al ser, a los entes [no al SER puro], a partir de la experiencia sensible y nuestro conocimiento está marcado por ella. Por eso, las vías para mostrar que Dios existe comienzan con lo más evidente para un conocedor como nosotros: el ser móvil, sujeto a cambio, el ser participado. El SER per se es punto de llegada para el conocimiento humano; y se comienza por el ser material, sensible, que cae en nuestra experiencia. Y se sube del ser participado al PURO, por procedimientos necesarios de la razón, porque, en las evidencias, se encuentran razones necesarias, universalmente y per se, irrefutables. Eso es lo que vamos a hacer, a partir de ahora; pero teniendo en cuenta que, si hay ser, siempre hubo ser; y, si, en el universo precario y contingente en el que vivimos, nos produce perplejidad esa necesidad del ser, entonces esa precariedad y esa necesidad apuntan a un SER Eterno, origen de todo.

Acto y potencia, el Primer Motor Inmóvil, las cadenas causales y el Acto Puro

Acto y potencia. Potencia es poder hacer y poder ser. Estamos hablando del ser, porque, para poder hacer, hay que ser, porque el obrar sigue al ser, de la nada no viene nada y todo lo que obra obra según lo que es y nadie da lo que no tiene. Entonces, la semilla es potencia, el árbol es acto; pero, ojo, la semilla crece, ella sola, según su propio dinamismo y según sus leyes internas: es, porque puede actuar y es tal cosa, según la naturaleza por la que crece, hacia la que crece: la semilla es la mata, la planta, de frijol, la semilla de frijol es de frijol, no de otra cosa, pero, además, si puede actuar, es porque ya tiene algún rasgo que es la mata, porque obra, opera: la posibilidad no es nada, si no la realiza algo otro que ella. Si la semilla se realiza ella misma, en ella hay posibilidad y actualidad. Entonces, pura potencia es el polen, que puede llegar a semilla, según potencia operativa de su madre, la mata, la planta. Cuando llega a semilla, hay un bebé de mata. Entonces, la potencia es poder ser; el acto, realización de la posibilidad. La potencia es actuada, el acto actúa; la potencia es posibilidad, el acto es ser y es activo, dinámico. Entonces, cuando hay cambio, cambia lo que está en potencia; y el paso procede de lo que está en acto; y, así, nada cambia en cuanto está en acto, aunque haya cosas que, para mover, tienen que moverSE: las que no son puro acto, sino que, siendo parcialmente potenciales, se actualizan para actuar sobre otros. Cambian en cuanto se mueven, actúan en cuanto mueven, en cuanto son actuales; no cambian en cuanto actuales, el cambio es paso de la potencia al acto.

Así, si algo se mueve, cambia, en sentido amplísimo, sea que es alterado o que crezca o que cambie de lugar, sea que se trate de una generación o de una corrupción o de un movimiento en un sujeto preexistente, es movido por otro. Ese otro o, para mover, se mueve o es inmóvil, es puro acto. Esta cadena no puede ser infinita, pues el infinito no puede ser recorrido. Mas, si se admitieran cadenas causales infinitas, de todos modos, es lo mismo, pues la cadena de motores potenciales no pueden explicar que la cadena esté efectivamente dándose: unos dominoes no caen si no hay alguien o algo que explique su caída; una cadena guindada no se sostiene, a menos que esté pegada de algo que la sostenga, por más que la misma sea infinita; una serie de reflejos en espejos frente a frente no se da, si no hay un objeto que se refleje en ellos. Tiene que haber un Ser absolutamente actual, que no se mueva de ningún modo, que explique el movimiento total del universo. Ése es Dios.

No se puede afirmar una cadena circular, es ridículo, pues, si así fuera, una misma cosa es causa de lo que la causa a ella y, por tanto, causa de sí y anterior a sí: un absurdo. Y de aquí no sale, como dice Kant, que Dios se altere para empezar a mover, pues, como es puro acto, puro Ser, no puede moverse de ningún modo: el cambiar le pertenece a lo que está en potencia, que pasa al acto; lo que está en acto no cambia, menos si es acto puro (como acabamos de ver) e infinito (como veremos más abajo). Otra objeción aplastante de Kant es lo arbitrario del momento de la creación: ¿por qué ahora y no antes o después? Es como si el tiempo, el antes y después temporal, se aplicaran a Dios: Dios es eterno, está fuera del tiempo, el antes y después son algo de lo creado; la anterioridad de Dios respecto del mundo no es temporal, sino de naturaleza…

Hay otro tipo de objeciones a esto. Si Dios gobierna, ¿cómo hay contingencia y libertad; por qué hay mal? Bueno, gracias por las preguntas, dan ocasión de explicar mejor algunas cosas sobre Dios. Primero, que Dios sea eterno, sin cambio, absolutamente perfecto y necesario (lo cual veremos dentro de un ratico), y que gobierne todo, no quiere decir que no haya contingencia. Primero, porque Dios sólo se ama con necesidad a Sí mismo; a lo demás lo ama en cuanto participa de Él. Dios está en situación de plena libertad respecto de sus efectos y, por eso, pudo crear universos distintos de éste y éste lo creó porque quiso. Claro, Dios obra, primero, por su Sabiduría y el conocer se relaciona de manera igual con los opuestos: la ciencia de la enfermedad es la misma ciencia de la salud, la de la justicia es la misma que la de la injusticia, etc. Así, al Dios crear, siendo su Intelecto el director de todo, queda el Creador en situación de total libertad sobre los efectos. Lo mismo vale para la divina Voluntad, pues ella ama al bien, según el Intelecto lo conciba… Asimismo, en el mundo hay contingencia, libertad y necesidad, pues Dios crea el ser de las cosas de la nada, esto es, absolutamente, de modo que lo crea con su naturaleza; Dios no toma algo preexistente con lo que trabaja y de cuya naturaleza depende su acción, no, Dios crea de la nada, todo depende de Él absolutamente. Así, cuando Dios crea algo, lo hace según su naturaleza, con las determinaciones propias del ser y de la esencia, contingente o necesario, por ejemplo, y, aún, necesario con una necesidad dependiente de éste o de aquél otro ser: es hombre, es racional, pero no tenía por qué existir, en primer lugar. Así, las cosas tienen a Dios como origen primero y Él sostiene a todo en el ser y todo obra según que es, pero obran, actúan, realmente, y según sus naturalezas; y sus efectos son proporcionales a sus causas próximas, no a su Causa remota. Es decir, todo efecto es proporcional a sus causas; hay diversos tipos de proporciones: en las causas unívocas, una pareja de hombres, producen a unos hombrecitos, mi esposa y yo a nuestros hijos. En una causalidad equívoca, una cierta formalidad o actividad, produce unos efectos tales: un gran artista, hace una gran obra; un gran técnico, ingenia un tremendo diseño de celular; un buen golpe saca a la pelota de jonrón. Pero, entre todas las causas y todos los efectos hay una proporción, que es, ésa sí, universal: toda causa está en acto y actualiza a su efecto, lo pasa al acto, eso es causar, pasar de la potencia al acto, porque todas las cosas provienen de un origen común, el Acto, el Ser puro e infinito. Entonces, causas contingentes, producen seres contingentes; aunque en ellos haya algo necesario, que pasa a los efectos: mi esposa y yo hacemos a unos racionalitos… Ahí está, hay contingencia; aún, hay libertad, pues Dios nos creó con inteligencia y voluntad, para que obráramos como antes describí de Él, según la inteligencia, según ella conciba el bien, que es como lo ama la voluntad… Y, por supuesto, aunque el mal sea algo misterioso, de ahí se ve que no es un imposible ni una contradicción, pues tenemos albedrío y Dios hizo un universo en el que hay mérito y demérito y podemos hacer el mal, pero es encomiable que hagamos el Bien. Aquí, un paréntesis, más allá de la razón, sabemos que el mal procede de aquí, de que los primeros padres de los hombres pecaron, que eso hirió a la naturaleza y, aún, al universo que Dios había puesto como casa del hombre, eso dice la Fe, que se muestra como solidaria de lo razonable, de la razón: la supera, pero no la mortifica.

La tercera vía de Santo Tomás: lo contingente, lo necesario ab alio, lo necesario per se

La contingente y lo necesario. Lo contingente es causado, recibe el ser. Lo necesario puede ser necesario per se o por otro (ab alio). Lo necesario por otro depende de otro para ser. Lo contingente y lo necesario por otro dependen de causas. Esas causas son necesarias per se o por otro. La cadena causal no puede ser infinita. Pero antes de sacar la conclusión, vamos a ver algo: las cosas tienen el ser o lo son, las que no lo son, sino lo tienen, lo reciben, lo reciben de una causa. Esa causa lo tiene o lo es. Si no lo eres, tienes una relación contingente con él, es decir, existes porque alguien te actualizó. El que te actualizó, o es el ser o lo tiene y, por tanto, lo recibió y tiene una relación no necesaria con él, sino dependiente de la causa, de lo que lo actualice. La cadena causal no puede ser infinita. Si lo fuera, de todos modos, necesitaría de uno que lo sea y no lo reciba, pues los que no sean así son como los seres potenciales en referencia a su paso al acto, no pueden explicar el paso, necesitan de la mano que lance los dominoes, de la cosa reflejada, del ancla de la cadena que guinda. Ese absolutamente necesario, por sí mismo, no por otro, Ése que es su Ser y no lo recibe, Ése es Dios.

Ser, actualidad, es verdad, bien y belleza; y eso muestra que Dios existe y es Verdad, Bien y Belleza infinitos

La teología ingenua de Platón, con la reverencia que me merece. Advertencia: si puedo hablar así del maestro es gracias a él, que nos enseñó y abrió el camino, en primer lugar; y gracias a otros maestros, discípulos suyos, que recorrieron el camino y nos lo enseñaron: yo no tengo nada de superior a Platón, sólo que tengo el beneficio de él, Aristóteles, Santo Tomás y un millón de otros genios. Dicha esa advertencia necesaria, se puede pasar al meollo del asunto.

En el Timeo, Platón expone su cosmología y su cosmogonía, de manera plenamente desplegada, explícita. En él, nos presenta a un Dios que forma el universo, contemplando las ideas, los arquetipos formales; y, entre ellas, principalmente, la de bien, Agathón-Kalós, bien-belleza. O sea, se trata de un Dios que no era Él el bien y que tenía que fijarse en perfecciones fuera de sí para producir el mundo. Como lo bueno participa del bien y Dios es ajeno a él, Dios es ajeno al bien. Como esa conclusión sería aborrecible para Platón, si él la hubiera visto, habría reformulado su doctrina fuertemente. No pudo, trató, cuando vio que tenía problemas, aunque veía que era fundamentalmente verdadera; trató, pero ya estaba muy viejo, no le dio tiempo. Aunque, para la corrección, para que la humanidad hallara la verdad -que es lo que hace un hombre de verdad, no buscar imponer sus “opiniones subjetivas”-, dio todas las indicaciones que pudo encontrar. Y, así, quien encontró el camino fue Aristóteles, su mejor alumno. ¿Cuál será ese camino? Vamos a verlo, no por quien lo encontró, sino por quien transitó por él hasta lo más lejos que ha podido hombre alguno: Santo Tomás.

Los seres del mundo, son limitados; y, por eso, entre ellos, hay mayor y menor perfección. Eso no sería posible, si todos fueran infinitos, todos serían igualmente perfectos: infinitos. Claro, de suyo, las perfecciones puras, no son limitadas. Es decir, la sabiduría, por ejemplo, en su propia definición, no admite límites, los límites proceden de que se da en un sujeto, sujeto que es limitado en su naturaleza y, además, ignorante de muchas cosas. Las perfecciones puras se oponen a perfecciones no puras, de las que es absurdo pensar que sean infinitas (Seifert, Discurso sobre los métodos de la filosofía, pp. 22-23​). De modo que estas perfecciones no se realizan acabadamente en los entes, pero se dan en ellos, de cualquier modo, son perfecciones suyas y las conocemos precisamente porque se dan en ellos de manera suficientemente clara como para que podamos captar, incluso, su naturaleza infinita, pues potencialmente estos seres tienden a realizarlas, según su ser (un inanimado no puede aspirar a ninguna de las perfecciones que suponen la vida y un bruto no puede ser sujeto de perfección alguna que necesite de la inteligencia: justicia, prudencia, sabiduría, ciencia, religión, libertad, amistad, amor esponsal, historia, etc.). Seifert nombra expresamente algunas entre estas perfecciones puras: ser, persona, libertad, justicia, bondad, amor, unidad, sabiduría, verdad, conocimiento (ibíd.).

Como se ve, no nombra a la vida ni a las capacidades cognoscitivas, pero, por lo dicho en el párrafo anterior, es evidente que la vida y la inteligencia son presupuestos de la mayoría de las “perfecciones” que aparecen en la lista. Claro, la vida y esas capacidades todas, de suyo, no implican ni imperfección ni límite. Nada impide pensar en el entendimiento absolutamente perfecto; y la vida eterna, de hecho, es perfecta, según la definición clásica de eternidad de Boecio: “perfecta posesión, toda simultánea, de la vida [absolutamente perfecta, actual] sin fin [y sin principio]”. Ahora, el ser, esto es, el existir, y la existencia son perfecciones puras. Por eso, todo esse habens, todo ens, todo ente, posee participadamente, como algo suyo, perfecciones puras. Los vivos participarán de ellas en una medida superior. Y los inteligentes corpóreos, los hombres, capaces de la justicia, la sabiduría, el amor consciente, poseedores de la libertad, etc., tendrán una participación mayor en las perfecciones bajo estudio. De modo que se admitirá una gradación en cuanto a la perfección, según que el propio ser admita, según su naturaleza, una mayor capacidad susceptiva de perfección. De manera tal que todo ente, todo ens, posee perfección, es más, participación limitada en perfecciones que no tienen límite ni están mezcladas con defectos. El ser, pues, perfección primera, es la medida y la fuente de las perfecciones, pues se poseerá tales y tales según el nivel de ser que se posea; y todos los entes, en cuanto tales, poseerán perfecciones, según que son tales y tales entes, correspondientemente.

Claro, la verdad, el bien y la belleza deben ser perfecciones puras, por las razones ya apuntadas; pero serán, además, rasgos de cada una de las otras perfecciones: todo lo que, según su naturaleza, es perfección pura será un determinado modo de lo que no es perfecto según algún modo, sino perfecto omnino. Por eso, toda perfección pura de naturaleza determinada tiene que ser determinación de lo que es perfecto sin determinación, de la manera más absoluta. Para ilustrar, digamos que un infinito de una dimensión, esto es, en un sentido, es inferior a un infinito en todo sentido: la infinitud de la culpa por el pecado es inferior a la infinitud de plenitud de la Redención operada por Cristo: “donde hubo pecado sobreabundó la gracia” (Romanos V,20). La sabiduría, la inteligencia y la justicia, por ejemplo, tienen razón de cualidades y, por ello, de determinación; mientras que ser, unidad, belleza, bien y verdad, no están confinados a ningún tipo de ser, sea sustancial o sea de los que son en y por otro. Por ello, cada una de las perfecciones puras tiene que tener algún tipo de “mezcla” con estas otras perfecciones (Vid. El Sofista, 250c-257e), que serían algo así como las perfecciones de las perfecciones. Pero, si todo ente, todo ens, participa de ellas, según su naturaleza, todo ens es bueno, verdadero y bello, porque es, porque le pertenece el ser, una de las perfecciones de las perfecciones. Supóngase que se objeta que, por ejemplo, las perfecciones no tienen que ser, que existir; entonces habría de responderse: ¿qué, las perfecciones existen sin ser, sin existir o son algo sin ser, o sea que son nada? Y, por lo demás, si una perfección no es buena, verdadera, bella y actual, entonces no se puede saber en qué sentido se puede tener por “perfecta”: digamos que, al menos, parece contradictorio el “imaginar” que así pueda ser.

Ahora, bien y ser son lo mismo, pues el bien es la perfección en cuanto apetecible, en cuanto mueve a la voluntad; todo tiende a su plenitud, los animales a la madurez de su ser; o la perfección que mueve al apetente a tender al objeto que sea. Mientras que el ser es, también, verdad, pues es lo inteligible, el horizonte de la inteligibilidad; y, por cuanto, siendo verdad, es lo proporcionado, lo connatural, a la inteligencia, es también, de suyo, lo bello, lo que produce gozo al contemplarlo. Así, las perfecciones puras absolutas y omnino, que se dan en todo lo que sea y que son perfecciones de toda perfección, son éstas, que se identifican con el acto mismo de ser. Pero, entonces, los entes no se identifican con su ser y estas otras perfecciones máximas, pues, en ellos, las mismas son limitadas y eso no puede venir de ellas mismas, que, de suyo, son infinitas. Siendo perfecciones limitadas en los entes, muestran que ellos no son el ser, sino lo reciben, por causalidad, son compuestos de acto de ser y esencia sustancial, sujeto potencial de esa actualidad primera. Ahora bien, la causa del ser de este ente es ella su propio ser y, por tanto, perfecta de manera ilimitada, infinita, o es ella misma ente [contingente en cuanto a su no identificación con su actualidad -3ra vía-]. Si es ente, entonces es causada y su causa es Ser puro o ente. Esta cadena no puede explicarse por una sucesión ilimitada de entes, sino por el propio Ser, que Es, Él mismo, sus propias perfecciones, que se identifica con ellas, que es absolutamente simple y necesario. Ése es Dios, perfección infinita subsistente, todopoderoso, absolutamente simple, absolutamente necesario y eterno.

Pero aquí podemos ver alguna otra cosa. Si podemos conocer a Dios por las criaturas, como, por lo demás, afirma la propia Biblia [Carta a los Romanos, I,18; y Libro de la Sabiduría, XIII,1], es porque en ellas, como decían Platón y Aristóteles, hay una dimensión divina: el ser, la actualidad, un vestigio de Dios, porque, si Dios ES SER y nosotros somos, tenemos ser, limitado, no infinito, participamos de la Naturaleza misma de Dios. Él ES, nosotros tenemos el ser, somos. Eso se llama “analogía del ser”. Algo hermoso, todo el universo es reflejo de la gloria de Dios; todo es verdadero, bueno y bello, participa, limitadamente, pero participa, de las perfecciones puras principales y universales, que en Dios son infinitas y su propio Ser absolutamente simple.

Finalmente, aunque esto se vea de manera más diáfana en la próxima vía, la quinta y última, ya podemos decirlo: lo dicho hasta ahora muestra que Dios es persona. Si las perfecciones puras se dan en grado más perfecto en los entes personales, Dios es una persona, en un grado eminente. Si sabiduría y justicia e inteligencia se dan en nosotros y no en lo inferior, en Dios se dan de manera infinita, según la ya mentada analogía del ser: las perfecciones, en su grado sumo, son de una persona.

La quinta vía, revisited; y los milagros

Arriba la tocamos, pero, aunque argumentamos, no trabajamos la demostración efectiva. Dimos pasos, ampliamos panorama, pero no pusimos las premisas de manera ordenada para sacar la conclusión necesaria. Eso lo vamos a hacer ahora. Todo lo que se mueve tiene un fin. Pero el fin se traza por una inteligencia. Detrás de todo movimiento, hay un fin; pero no todo es inteligente; luego, hay algo que ordena los movimientos, es decir, al moverse algo, o lo hace por ser inteligente o lo hace por una ordenación de otro. Pero, si lo que mueve es bruto, es movido por otro. Pero la cadena causal no puede ser infinita, tiene que haber un inteligente que mueva todo. Aaaahhh, dices que nosotros somos inteligentes y no necesitamos de Dios para ejercer la libertad. Perfecto, mira, tenemos una naturaleza definida, que tiene sus cosas que le son connaturales, no nos ponemos nuestros fines ni los objetos de nuestras capacidades, hay algo que las ordena, antes de que existiéramos; de hecho, eso sucede con todo: todo tiene naturaleza y modos de comportarse y de reaccionar, etc. Eso vale para las partículas, para los átomos, para los elementos, las moléculas, las aleaciones, los seres vivos, los todos naturales de orden, incluso para tipos de accidentes, como los colores, para las ondas, etc. ¿Que hay errores y monstruosidades en la naturaleza? Eso no es obstáculo para reconocer que hay orden; lo contrario: la noción misma de error es imposible sin la de verdad y la de acierto; la de monstruosidad y fallo sin la de lo sano y de curso normal. ¿Que la naturaleza no delibera? No, claro, no se delibera respecto de fines, sino de medios para alcanzarlos; y la naturaleza tiene esos medios determinados, ésa es la base del determinismo sobre ella. ¿Que hay decadencia? Por supuesto, unas cosas decaen para dar paso a otras y eso es el curso normal de lo temporal. Lo asombroso es la solidaridad temporal, que el universo posea unidad, que haya una ubicación común, que todo esté en el mismo plano y que las mismas leyes rijan para todo. Las leyes son razón potente para que muchos de mentalidad científica concluyan que Dios existe, como el profesor Anthony Flew, quien, hasta el 2004, era el ateo más famoso de Occidente. Y hay mucho más, como la relación inteligibilidad-intelecto y el carácter fundamental para la ciencia de esa inteligibilidad del ser, como dicen Einstein e Infeld, en La física, Aventura del pensamiento. Todo esto, de nuevo, muestra que Dios, que crea un universo verdadero, bueno, bello, es una Persona superior. Lo dicen Einstein: “yo no soy ateo [dice] y no creo que pueda llamarme panteísta. Estamos en la posición de un niño chiquito entrando a una inmensa biblioteca llena de libros en muchas lenguas […]. El niño apenas sospecha de un orden misterioso en el disposición de los libros pero no sabe cuál sea. Eso, me parece, es la actitud del ser humano más inteligente hacia Dios”. Y Newton: “¿nos muestran los fenómenos que hay un ser incorpóreo, vivo, inteligente, omnipresente, que ve en el espacio infinito (como en su sensorium) las cosas íntimamente y que piensa? En esta filosofía, quizás, cada paso al frente no nos dé inmediatamente el conocimiento de la Causa Primera, pero nos acerca a ella y, por tanto, debemos considerarla sumamente relevante” (Óptica, III,1,28). En Dios hay toda perfección, de manera infinita, la vida, la inteligencia, toda perfección, en la suma simplicidad de su Ser…

Aquí hay un punto muy importante. He insistido en que las cosas obran por su propia naturaleza; por eso, dije arriba, se muestra que, en el mundo, aunque él esté en manos de Dios, puede haber contingencia y libertad, pues nosotros los entes creados obramos según nuestras esencias, según lo que somos, somos causas reales de lo que producimos, actuamos realmente unos sobre otros. Y, sin embargo, todos estamos en manos de Dios, nuestra causalidad, que es nuestra, depende de Él: nuestra naturaleza la recibimos de Él y está en sus Manos. Así, puesto que Él crea el universo por sus fines; y, aunque se vea que Él tiene un tremendo respeto por el funcionamiento natural de todo el universo, de modo que intervenciones extraordinarias suyas sean, más bien, frente al conjunto inmenso de los fenómenos, muy raras, estas intervenciones no tienen nada de imposible, de hecho, son, desde la perspectiva correcta, algo perfectamente normal: Dios puede, en vista de sus fines, hacer que algo opere de manera diferente a la que su naturaleza dictaría, dejada a sí misma; Dios puede poner en acto la potencia obediencial de las cosas. Eso no va contra la naturaleza, pues se trata de algo más profundo y fundamental para ella misma. Por otra parte, la Transustanciación del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, la Encarnación, la Resurrección y otros prodigios que la Fe enseña que Dios realiza, en el curso de nuestra salvación, como el darnos la Gracia, Vida suya, no son milagros, son prodigios de otro tipo, pues estos misterios no tratan de que las cosas se comporten de manera diferente a su naturaleza, por el poder de Dios, sino de otro tipo de intervenciones y acciones…

Dios es Uno

Así, muy brevemente, no hace falta, casi, argumentar, pues la totalidad de las perfecciones, de manera infinita, sólo pueden pertenecer a Uno solo; lo contrario es un absurdo: la totalidad, que pertenece a dos, que es lo que constituye, digamos así, a dos: absurdo. Y el universo, con la unidad que anotamos antes, es otro fuerte signo, la acción de un solo Creador… Claro, el primer argumento es concluyente; pero el segundo es un buen signo para nuestro débil entendimiento.

Dios crea, produce el ser de la nada, produce los entes sin materia ni ningún otro sujeto preexistente

Bueno, para hablar de esto, hay que comenzar por aclarar qué significa “crear”, ya que, hoy en día, se llama así a otras muchas acciones que no son, técnicamente, “crear”. En general, se llama hoy así a la actividad de diseño e ingenio y a la producción artística. Por supuesto, ninguna de éstas es “creación”, estrictamente, pues crear es producir de la nada. Si quieren llaman así a esas actividades, por nombres no se discute; pero no es muy apropiado, pues, ellas tienen ya esos nombres y crear es producir de la nada: lo más conveniente es que las cosas se distingan por los nombres, no que se use a éstos para confundir, sea en el discurso o sea respecto de las realidades. Pero, bueno, como sea, vamos a hablar de la creación como producción de la nada.

Dios lo hace, produce de la nada, todo el universo es creado por Él. Es muy claro de lo dicho arriba: Dios es el agente universal del ser; luego, produce a los entes, con todo lo que los compone, materia y forma. ¿Cuál es el problema para admitir esto? En Grecia, no se sabía de la creación, se creía en la formación del mundo, a partir de la materia, por parte de Dios, porque todas producciones que vemos en el mundo tienen por sujeto a la materia, que no se produce, sino se transforma, esto es, recibe otra forma, otro principio esencial inmaterial. Por eso, cuando Santo Tomás va a demostrar que Dios crea, se dedica al asunto de la producción de la materia de la nada; y no dice nada de las formas. Da argumentos contundentes. Como éste: la materia, evidentemente, a diferencia de lo que pensó Aristóteles [de manera un poco extraña], es perfectamente proporcional a la actualización formal, hasta el punto que su unión forma a los seres materiales, que son compuestos de ellas dos. El orden entero del universo, se basa en una gradación de estas formalidades en la materia; y, como dijimos arribas, es obvio que es así, que existe este orden inteligible, este orden que los científicos trabajan arduamente por desentrañar, poniendo de manifiesto algunas de sus leyes inteligibles. Claro, eso es así pues, así como el ser, inteligible, y la inteligencia fueron hechos el uno para el otro, la materia y la forma también fueron hechas con tal proporción admirable de modo que, incluso, no existe materia que no sea conformada por principio inmaterial formal. Dios la crea. Igualmente, Al ver el orden, uno ve que tiene que todo el universo proceder de causa ordenadora y que, de hecho, tiene que haber anterioridad y posterioridad de las causas: el Intelecto ordenador [5ta vía] antes que la materia ordenada. Dios crea a la materia.

Claro, el argumento de Dios como la causa universal del ser es demostrativo, teniendo en cuenta las vías tercera y cuarta, expuestas arriba. Todo lo que es, porque recibe el ser, lo recibe del que ES. La materia es ser potencial y parte del ser de los entes; luego, la materia es producida por Dios. Claro, todo se hace más diáfano, si se amplía la perspectiva: si se consideran los problemas de Platón en el Timeo, por ejemplo, para explicar la producción, a partir de algún sujeto preexistente, de las almas, ya que los griegos helénicos no sabían de la producción de la nada. Vemos muchas producciones en las que la forma, aunque no se produzca propiamente, pues se produce el compuesto, la sustancia, como totalidad, la forma, digo, viene al ser con esa sustancia de la que ella es principio de actualidad en su propio ámbito. Vemos, pues, que se producen formas, que reciben el ser; y que lo reciben de la nada, aunque sea en sustancias con materia como sujeto último. Las almas, formas sustanciales naturales por excelencia, no están hechas de materia, no del alma de los progenitores no de ningún sujeto sensible: son hechas de la nada: la materia no se crea ni se destruye, por agente particular, las formas, tampoco, pero vemos que se crean y se destruyen, cuando hay transformaciones sustanciales. Entonces, las almas son creadas por Dios, agente universal del ser, ser necesario per se y que se identifica con su actualidad, pues la Es, es su esencia misma. Dios crea según su poder, no como los agentes particulares, que necesitan de un sujeto sobre el cual actuar.

Los nombres de Dios, el Tetragrammaton y la analogía del ser

Cuando San Pablo fue a Atenas, lo que se cuenta en el libro, escrito por el mismo San Lucas, de los Hechos de los Apóstoles (capítulo 17), fue al famoso Areópago, donde se reunían los intelectuales de la ciudad, que ya conservaba sólo la gloria pasada, el nombre que le hicieron los pensadores más grandes: Sócrates, Platón y Aristóteles, padres de tres civilizaciones y del verdadero movimiento humano hacia una sabiduría propiamente tal. Ustedes saben, siempre se habla, con una historiografía muy mediocre, de la “revolución científica”, como un movimiento que tiene unos 6 genios (Copérnico, Kepler, Tyco Brahe, Galileo, Descartes o Huygens o Leibniz, Newton), que va de mediados del siglo XVI a comienzos del siglo XVIII. Por supuesto que la historia no opera así, que esa presentación, no es mediocre por ser poco precisa, sino por ser una mentira muy grosera, pues la tradición científica occidental procede del siglo XIII y siguió ininterrumpida hasta hoy. Pero decir eso todavía es poco. La revolución científica, la verdadera, no es obra de la Cristiandad, aunque ella haya llevado a la ciencia a niveles no soñados fuera de ella. La revolución científica es Tales de Mileto, que fue el primer hombre que se dio cuenta de que los fenómenos ocurren por causas propias de la naturaleza, de sus esencias, causas intrínsecas, que cada movimiento no tiene atrás a un genio, a un espíritu, que lo produce. Las castas sacerdotales babilonias y egipcias comenzaron a ver los cielos y a descubrir patrones que se podían estudiar y poner en tablas; Tales vio que eso se debía a causas naturales, propiamente tales. Ahora bien, quienes llevaron a la razón humana a su basamento eterno fueron los clásicos, quienes vieron que, aunque las cosas operen según su ser propio, eso sólo es posible por la acción de la divinidad, porque ella sostiene al mundo y le da orden. Los clásicos son el origen de la metafísica, la geometría, la lógica, la astronomía, la física, la biología y, en general, de la ciencia, tal como la conocemos. No que la física newtoniana o cuántica sean como las veía Platón, pero de él nace el rigor científico y salen las armas y herramientas intelectuales.

En la Biblia, toda la vida de San Pablo es un gran movimiento providencial; y realmente lo fue, cuando, yendo hacia Asia, el Espíritu lo mandó a ir a Europa (Hechos 16), a, sin saberlo, sembrar las bases de la nuestra, la más grande de las civilizaciones, hoy en tan grave crisis. San Pablo es quien nos dijo a los cristianos que podíamos y debíamos investigar hasta lo profundo del ser, para encontrar a Dios (Romanos I,18); aunque también nos dejó bien claro que la Revelación de Dios es muy superior a la sabiduría humana. Bueno, este San Pablo, fue al Areópago y se quedó asombrado de la cantidad de “dioses”, de ídolos, que se representaban allí. Y lo capturó una estatua, al “dios escondido”. Fue y le dijo a los “sabios” griegos que él predicaba a ese Dios escondido, “en Él vivimos, nos movemos y existimos”. Todos estaban muy interesados, hasta este punto. Luego habló de lo que es “locura para judíos y necedad para paganos”, la Encarnación, muerte en Cruz y Resurrección de Cristo; y lo rechazaron… Todos, dice San Lucas, salvo un tal Dionisio, el areopagita.

Unos siglos más adelante, un señor oscuro, de identidad desconocida, como Jason Bourne, pero mucho más vivo, tomó la historia del gran Apóstol, con su compañero sabio y le dio aura de y aroma cuasi bíblico a sus doctrinas teológicas:firmo sus libros así: Dionisio Areopagita. Mucho después, el engaño se descubrió, pero ya habían circulado con gran autoridad lo suficiente. Yo leí sus obras principales, Sobre los Nombres divinos y Sobre las jerarquías angélicas. El pseudo Areopagita estaba influido por los neoplatónicos y creía que Dios era algo por encima del ser, que no Es, porque es superesencial, es decir, que está sobre el ser. Si uno lee el libro, sin embargo, queda muy claro por qué Santo Tomás lo apreció tanto: el Areopagita no dice que Dios esté por encima de todo tipo de ser, sino que Él no es como los entes que conocemos, que tienen esencias limitadas. Entendido bien, entonces, esto es lo que dice Santo Tomás, que cita mucho al pseudo Dionisio en la cuestión XIII de la parte I de la Suma Teológica, precisamente, sobre los nombres de Dios.

¿Cuál es el nombre propio de Dios, qué palabra humana podrá expresar su esencia? Hay varios buenos candidatos, pero vamos a ver los principales. El primero es muy obvio: ES, Dios ES ES, dice San Agustín. Y ése es el nombre que el mismo Dios dice a Moisés en la zarza ardiente. Ésa es una revelación divina, pero ¿pueden las palabras humanas contener todo el significado de la realidad y, más aún, del Infinito, infinitamente superior a todo el universo? Claro que no. Cuando hablamos, nuestros conceptos son eso, conceptos, concepciones de realidades de las que tenemos experiencia intelectual. Nada en nuestro conocer es infinito; nada es perfección pura. Ser es actualidad y perfección, son sinónimos, dijimos ya arriba. Dios no es perfecto de manera limitada y precaria como las cosas que conocemos, es infinito y no tiene cambios ni principio ni fin. ¿Pero eso quiere decir que, cuando decimos que es perfecto y, por tanto, verdadero, bueno y bello, decimos lo falso? De ningún modo: Dios es perfecto, verdadero, bueno y bello. Sólo que no lo es como nosotros lo decimos, sino en un grado eminente y sin límites o defectos, sin cambios, sin temporalidad. Dios es bueno, es verdad, pero, para que sea netamente verdadero, hay que decirlo: es bueno, pero sin límites y defectos. Por la ANALOGÍA DEL SER es bueno; pero, como dije, esa analogía consiste en que Dios Es y nosotros poseemos el ser, Él es infinito y absolutamente simple y nosotros limitados y compuestos. Dios ES, pero es más de lo que podamos concebir. Entonces, ésos son nombres de Dios, pero aclarando que lo son de una manera impropia. Otro cosa: la palabra humana “per-fección” es una palabra que se aplica a Dios de una manera metafórica, pues ella significa, literalmente, “súper-hecho”; lo que no puede ser Dios, que no tiene causa, que no es hecho de ningún modo.

Así sucede con todas nuestras palabras, hasta las más altas, como el Ser, la Verdad, el Bien, la Belleza y, aún, Dios, que significa Ser supremo, Creador y gobernante del universo, Altísimo y Reverendísimo, es más, Glorioso. Él es todo eso, pero, de nuevo, de modos que no podemos expresar. Porque, por ejemplo, Dios es sumo Intelecto, suma Voluntad, suma Verdad (objeto intelectual), sumo Amor (acto y disposición de la Voluntad), sumo Amable (objeto de la Voluntad), es todo eso, pero no de manera compuesta, no como si tuviera un alma, con diferentes capacidades, lo Es, de manera absolutamente simple, de modo que Inteligencia, Verdad, Voluntad, Amor y Amable, en Él, son una sola y misma cosa, sin distinción de ningún tipo.

Dios es inefable y, por eso, incluso antes de Cristo, a Dios se lo llamaba “el Innombrable”, es decir, Ése que escapa a nuestros conceptos, el que tiene un Nombre tan sagrado, que no podemos alcanzarlo. De ahí viene una denominación de Dios, que es la más perfecta: Dios es el “Tetragrammaton”, “el de las cuatro letras”, por eso, pues esas cuatro letras, puestas juntas, escapan de nuestra comprensión y son de una santidad que nos supera. Podemos conocerlo, por la analogía, podemos conocer sus atributos, pero sólo en nuestra medida, en lo más alto nuestro, no según la suya, en esta vida no. En la otra, por la gracia, por esa maravilla que llamamos Visión Beatífica…

Dios nos oye y Dios se revela

Nos oye

Una vez, discutiendo con unos amigos ateos en Facebook, yo solo contra muchos, sucedió que uno de ellos quiso burlarse o manifestar su perplejidad o su curiosidad (sumamente infantil), preguntándome si yo creía que, al rezar, Dios me escuchaba. “Compi, no es que escucha, como si tuviera oídos, es que todo lo que sucede es conocido por Él; es más, no sucedería, si Él no sostuviera en el ser, absolutamente, a los entes que lo realizan y padecen. Creo que ‘oye’, sí, pero no con el sentido del oído; sino con su Intelecto infinito”. He ahí el destino de objeción tan poderosa.

Se revela

Dios es absolutamente perfecto, es absolutamente simple, inmutable, infinitamente feliz, no necesita de nada, ni siquiera tiene relación con nada fuera de Sí, nada le añade nada. Y, sin embargo, Dios crea, saca de la nada y, por tanto, sin ningún mérito a todo un universo de seres y les da todo lo que tienen; y, a algunos, les da el ser imagen suya, tener inteligencia y voluntad, libertad, el conocimiento y la posibilidad de ser felices, de poseer el universo inmenso en propiedad; les da hasta la posibilidad de ofender al Creador y hasta, de algún modo, de salirse con la suya, sin aniquilarlos al instante. Qué gran misterio. Misterio de Poder infinito, claro, porque no entendemos una producción de la nada. Pero misterio más grande de generosidad, pues no hay nada que pueda obtener de ese despliegue de poder: los creados ganan todo, el Creador ni pierde ni gana nada. Pura generosidad. Y, más todavía, al crear, siendo la creación un reflejo suyo, en cuanto es, en cuanto es participación de la esencia misma de Dios, ella es revelación del Ser divino. De modo que, en el mismo existir de las cosas, Dios se revela a la inteligencia que puede investigar en esas cosas. Tanto que Platón y Aristóteles son los maestros de la mayoría de las cosas que digo arriba, de toda esta investigación.

***

Pero Dios se revela de otro modo. Digamos, de manera lingüística, hablando a los hombres e inspirando a los profetas, hablando a través de ellos. Él revela su Ser, su Amor por nosotros, su Voluntad de llevarnos a vivir con Él, si cumplimos lo que nos exige, que es lo que nos hará felices, según lo que somos y la gracia que nos da, nos revela todas sus acciones para salvarnos, su perdón, sus dones, su Vida íntima, ésa que ninguna persona da a conocer, si no quiere; y quiere, sólo respecto de aquellos que ama, en los que confía. Eso es la Biblia, eso es lo que creemos los cristianos. ¿Es ridícula creencia? Bueno, ¿qué es más, que el Dios generosidad inefable y poder infinito cree y dé el ser a lo que no era nada; o que, luego, para guiar a los intelectos débiles de los hombres, les dé este regalo, en la línea de la razón por la que los creó, la de su generosidad inenarrable? Lo ilógico sería que no lo hiciera, aunque no estuviera de ningún modo obligado a ello: sería como incompatible con todo lo demás que sabemos de Él. Se rebela, se rebela… ¡Y se encarna, se hace hombre, salva y nos ama infinitamente y le debemos todo, más de lo que podamos barruntar y es nuestra felicidad, lo único que puede responder a nuestros deseos de infinito y el Bien más amable y la Verdad suma. Amar a Dios y reconocer sus atributos, su grandeza, nuestra dependencia respecto de Él, eso es la rebelión, la rebelión de la esencia, en todo tiempo, especialmente, en éstos horribles de la revolución…

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