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Navidades en Caracas

Esto escribí, en 2009

velazqueznavidad

Adoración del gran Velázquez, en cuanto hispanos, un “NUESTRO”

Y, aunque mucho ha cambiado, en retrospectiva, es válido, a pesar de todo

Es 15 de julio y voy en el carro con mis hijitos de las clases de karate a la casa. Es la primera vez este año que oigo la pregunta: “papi, ¿cuánto falta para que venga el Niño Jesús?”: esto empezará a ocurrir con mayor insistencia, a medida que pasen los días. Por el 10 de septiembre, cumpleaños de mi esposa y un día antes de la Coromoto, prendo la radio y, por primera vez también, oigo unos tambores con una guitarra y otros acompañamientos y… “anda y dile al tamborero que le dé más duro ahora, anda y dile al tamborero que le dé más duro a hora, que, si acaso rompe la tambora, yo le regalo otro cuero, que, si acaso…”: de Maracaibo o, quizás, de los llanos o de los Andes –“si la Virgen fuera andina y San José de los llanos, el Niño Jesús sería un niño venezolano”–, ha llegado la Navidad. Aquí también experimentaremos un ritmo creciente de los acontecimientos. Va creciendo la alegría y la trepidación del espíritu, en la misma medida que se va olvidando todo lo demás. Para el 25 de noviembre, la respuesta será: “falta un mes, mi amor”; y ya no habrá otro motivo de preocupación (salvo alguno que otro examen de la universidad o una barbaridad del gobierno): “mamá, ¿vamos a hacer hallacas este año?”. “¿Y el Nacimiento, la corona de Adviento?” “Hay un amanecer gaitero en tal sitio”; o bien: “unas gaitas en el Don Bosco”.

Unas vez se me preguntó, en un país hermano, que cuál era la mayor riqueza natural de mi país. Yo respondí: “la risa”. En el momento de la mayor tragedia histórica de la patria, nuestra riqueza es que nos reímos a carcajadas, aunque nos hayan secuestrado el petróleo. Un venezolano que no se ría es un pobre hombre; por eso, Laureano y Emilio o el Conde son héroes de la Patria, por más que alguno se manche de irreverencia y chabacanería. Por eso, en parte, el invasor nacido en el seno de nuestro territorio es tan antipático. Ahora puedo agregar que un venezolano que no cante aguinaldos y parrandas y no baile gaitas, desde, por lo menos, octubre, es un ser muy triste. Tenemos que reír y bailar. Ése es el encanto de nuestra idiosincrasia. En Navidad, el Nacimiento, las hallacas, el pan de jamón, el pernil, la ensalada de gallina, se unen a la música, el baile y la risa, para llenar nuestras vidas. Todo se completa con la ilusión, sobre todo de los niños, pero de todos, por lo que nos traerá el Niño Jesús y las promesas de Año Nuevo. Pero hay también algo extraordinario, un plus, un añadido, si nos dedicamos a ver quién hizo la mejor decoración, pública o privada, y cuál es el mejor Nacimiento o el mejor arbolito de la ciudad.

Nos reunimos a bailar, en una fiesta o unas gaitas en el Poliedro o en un colegio, o nos reunimos a prepararnos, por cuatro domingos, alrededor de la Corona de Adviento, rezando y leyendo sobre la vida del Señor que está por nacer. Atiborramos los centros comerciales, buscando los regalitos de agradecimiento a personas buenas o de manifestación de nuestro amor a amigos y familiares. Por unas semanas, la vida gira en torno al más grande acontecimiento de la historia, ése “en el cual la Trinidad de carne al Verbo vestía” (San Juan de la Cruz) y entraba el Creador a morar con la criatura y se tocaba el cielo, la eternidad, con el tiempo que Ella hacía.

Llega el gran día. Todo es fiesta el 24 de diciembre, cada casa es una fiesta, todas las casas están abiertas, mi casa es la casa de todos. Salimos a la calle, el cielo es pura luz de estrellas verdaderas y de cohetones, la gaita y el aguinaldo ahogan nuestras voces. Los niños se acuestan a las 11:30, para esperar al Niño generoso, que los llenará de regalos. En la mañana, el Nacimiento, el arbolito, estarán repletos de juguetes. En las Iglesias, las misas de Gallo: la gente rezando, saludando al Recién-llegado, dándose las felices pascuas, cantando aguinaldos y parrandas y, oh Dios, empinando el codo.

Así ha sido desde mi niñez, cuando, en una tarde de julio, por allá, por 1.973, le preguntaba a Carlos Julio Casanova Núñez: “papi, ¿cuánto falta para que venga el Niño Jesús?”

Epílogo, sólo para venezolanos:

Lo que es una pena es que no hayamos sabido apreciar lo buenos que éramos, lo bueno que teníamos. Una vez, una amiga de afuera me dijo, a mediados de los 90, que si ella fuera presidente de Venezuela, metería presos a todos los periodistas: no se puede estar oyendo todo el día que todo es una porquería, que no hay futuro y que como pueblo somos un desperdicio. ¿Cómo extrañarse de que el que dijo “pulverizaré todo” haya llegado al poder, si tal es la basura que somos que no podíamos sino merecer que nos pulverizaran? [Ahora es distinto, ahora me quito el sombrero ante muchos periodistas]. Estoy en Chile, un “país del primer mundo” (¿qué querrá decir eso?). En la fiesta anual del colegio de mi hija mayor, este año, el motivo es la misión continental, lanzada en la reunión de obispos iberoamericanos de Aparecida, Brasil, del año pasado. Por ese motivo, cada stand de la verbena, a cargo de cada salón de clases, debía escoger un país de la Región y vestirse de su cultura. El 2° de básico escogió, ¡oh sorpresa!, a Venezuela. Y nosotros hemos tenido que dirigir el “concepto”. He tenido que investigar, incluso, las recetas de nuestros platos típicos (loada sea Venezuelatuya.com). He repasado nuestra música, nuestra historia, nuestras costumbres y fiestas, la mayoría de las cuales son religiosas (la Chinita, la Divina Pastora, el Nazareno, la Virgen del Valle, San Sebastián, San Benito y San Juan, en las costas, la Navidad, por supuesto, etc.). Escribí, para los chilenos, el articulito de arriba. Y, aunque eso no lo he podido meter en la “exposición”, he ponderado mucho un detalle como éste: en mi amada Unimet, cuando mi computadora personal se echó a perder, me la arreglaron y le pusieron los programas del office de la universidad, porque, como profesor, tenía acceso a ello, como si fuera la propia universidad; en Chile, en la mentalidad capitalista salvaje, si a una unidad administrativa de una universidad (la Pontificia Universidad Católica, por ejemplo: ¿qué quedará para las demás?) se le tiene que hacer servicio a una computadora, tiene que pagar a la unidad de informática el servicio. Más allá de toda ideología, la solidaridad es nuestro espíritu; y, por eso, todavía (o hasta hace poco) teníamos universidades de primera línea, como la UCV, la ULA y la USB (por lo menos), que prestaban sus servicios de manera absolutamente gratuita. En Chile, una universidad pública cobra un mínimo de 500 dólares mensuales. No se equivoquen: tenemos que hacer mucha reflexión y conectar nuestro interior con lo que está inmediatamente presente a nuestra conciencia. Y tenemos que recuperar, como quería don Mario Briceño-Iragorry, el sentido total de nuestro ser, por la recuperación del sentido total de nuestra historia (para lo que es fundamental leer sus Tapices de Historia Patria y su Mensaje sin Destino, mínimo). Éstos son pasos fundamentales para salir de la inmensa crisis en la que nos hallamos.

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