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La pena de muerte

Una afirmación de la sabiduría de los siglos, ante el ataque del marxismo actual

Cerrado el camino del fin trascendente por el gobierno "ateísta" actual, no se entiende nada de lo humano, no se entiende nada en la soceidad. Se cierra la trascendencia, se cierran los ojos a la Causa Ejemplar

Cerrado el camino del fin trascendente por el gobierno “ateísta” actual, no se entiende nada de lo humano, no se entiende nada en la soceidad. Se cierra la trascendencia, se cierran los ojos a la Causa Ejemplar

Contenido:

Presentación: la Tradición católica, tradición humana y el socialismo contemporáneo

Introducción: La sociedad política, el gobierno y el derecho penal

La pena de muerte y la proporcionalidad de las penas

La pena de muerte y la conveniencia política

La pena de muerte: argumentos en contra

Siempre

Hoy

Respuesta a los argumentos en contra

Conclusión:


Presentación: la Tradición católica, tradición humana y el socialismo contemporáneo

“A la exigencia de la tutela del bien común corresponde el esfuerzo del Estado para contener la difusión de comportamientos lesivos de los derechos humanos y las normas fundamentales de la convivencia civil. La legítima autoridad pública tiene el derecho y el deber de aplicar penas proporcionadas a la gravedad del delito. La pena tiene, ante todo, la finalidad de reparar el desorden introducido por la culpa. Cuando la pena es aceptada voluntariamente por el culpable, adquiere un valor de expiación. La pena finalmente, además de la defensa del orden público y la tutela de la seguridad de las personas, tiene una finalidad medicinal: en la medida de lo posible, debe contribuir a la enmienda del culpable.

LA ENSEÑANZA TRADICIONAL DE LA IGLESIA no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si esta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas. Pero si los medios incruentos bastan para proteger y defender del agresor la seguridad de las personas, la autoridad se limitará a esos medios, porque ellos corresponden mejor a las condiciones concretas del bien común y son más conformes con la dignidad de la persona humana” (Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2266-2267).

En los parágrafos transcritos del Catecismo, se hallan de manera sumaria los principios que guían la existencia misma del derecho penal. En el último párrafo se ve –y resalto yo– que la tradición absolutamente inveterada de la Iglesia admite la licitud de la pena de muerte. Del mismo modo como se ha admitido en toda sociedad histórica; y como lo admitieron los clásicos griegos.

Sólo los obispos modernistas, la mayoría de los cuales tiene fuertes tendencias, mínimo, socialistoides, si no comunistas, de plano; y los socialistas, comunistas disfrazados, y los comunistas descarados, se ponen hoy a negar el derecho a establecer penas privativas de la vida, para los culpables. Al tiempo que defienden genocidios de gente ya grandecita (a genocidas despiadados los tienen por dioses mortales: Lenin, Stalin, Mao, Tito, Ho Chi Minh, pare de contar), de viejitos y enfermos (y algo más… ¡¡¡!!!) y de bebés no nacidos, recién nacidos y no tan recién…; mientras, para rematar su descaro gnóstico, defienden la integridad física y los derechos de mosquitos, toros, delfines y renacuajos, matas de alcachofas y de yuca; propugnan la adoración de la Tierra, la Pachamama, Gea, Gaya, pero prohíben la creencia en Dios o que la sociedad tienda a su fin natural en la trascendencia; propugnan el amor “libre”, la homosexualidad, el sexo extramarital, la exaltación pública de los hijos naturales, y atacan sin misericordia al matrimonio y la familia. Tienen una estricta moral de la “tolerancia”, en la que, si crees que hay bienes que defender, serás perseguido y reducido, si no hasta multado, preso y muerto. Son anti-racistas, pero si se trata de gente que no sea ÉTICAMENTE o racialmente occidental, es decir, si se trata de gente que no encarna el espíritu de la cristiandad y si se trata de blancos, de las distintas razas blancas, europeos y norteamericanos: éstos deben ser tratados con un neo-anticoloniasmo, lo que quiera que eso signifique (odio a los nombrados), virulento. Se las echan de defensores de la libertad, pero quieren y luchan con denuedo por que se legalicen las drogas ESTUPEFACIENTES. Atacan la alimentación, la cadena alimenticia y la alimentación balanceada, natural humana, a base de animales, vegetales, azúcares, grasas, cereales, frutas, pan, proteínas, carbohidratos, lípidos, etc., con animalismo, “vegetalismo” y la promoción de sustitutos sintéticos que no divulgan de dónde proceden: ¡¡¡LA HAN EMPRENDIDO CONTRA EL PAN NUESTRO DE CADA DÍA!!!… ETC.

Con los medios de comunicación, las editoriales, el dinero de grandes fundaciones gringas y europeas, como la Ford, la Gates, la Rockefeller, así como el apoyo del gobierno de Obama, de Merkel, de la UE y la OEA, aparte de la ONU, Soros y su Open Societies, Amnistía Internacional, USAid, como dije, de infinidad de órganos católicos, lo mismo que de muchos protestantes, de universidades controladas financieramente por los potentados nombrados, etc., ellos dominan la cultura de hoy, con estas sandeces insostenibles, aunque trágicas. La gente es, en general, buena, ¡¡¡PERO ES BORREGA!!!; con estos líderes culturales, con esta guía, la cosa va muy mal, porque les creen hasta cuando dicen que el pan es malo, que una comida de pan, carne, lechuga, tomate, papas, pepino y otros nutrientes es “CHATARRA”; y en los colegios de Chile ya no se vende pan en los puestos de comida… En este ámbito, la pena de muerte es dura de defender hoy por hoy. A eso dedico este escrito; aunque debo aclarar que lo escribí para ayudar a mi hija bella a hacer una asignación del colegio. Entonces, se lo dedico a eso y a mi chiquita querida. Es un punto más en el que el gnosticismo contemporáneo, ya casi universalmente dominado por el marxismo cultural, pretende desechar la naturaleza y la sabiduría de las sociedades y los siglos, pretendiendo refundar el agua. ¡¡¡Que Dios bendiga la Fiesta Brava…!!!

Introducción: La sociedad política, el gobierno y el derecho penal

Para estudiar rectamente la pena de muerte, hay que profundizar un poco, hasta las causas de la existencia de la comunidad política, la necesidad del gobierno y su poder punitivo, siquiera de la manera más sumaria y fugaz, aunque no por eso menos profunda. La razón de ello estriba en que la pena de muerte es un caso particular y peculiar, si bien no el más extremo, de los poderes que debe tener a disposición la autoridad política en su cometido de dirigir la sociedad al bien común, es decir, como su representante existencial, es decir, del logos u orden profundo que la subyace, la ley fundamental de su propio existir.

Así, pues, los hombres no se unen en sociedad, viven en sociedad, un hombre fuera de una comunidad humana es una abstracción fantasiosa, pues no hay manera de que comience a existir, de que pueda sobrevivir sus primeros 15 años (siquiera en las condiciones más salvajes), de desarrollar su entendimiento y de satisfacer el resto de sus necesidades, desde las básicas a las más elevadas, si no es en grupos sociales. En el libro II de La República, Platón demuestra esto cabalmente; al tiempo que, en ese libro y en el II de La Política de Aristóteles, se muestra que la sociedad humana perfecta es la política, la sociedad natural para el hombre; al modo como la madurez moral es el estado natural del hombre individual, la perfección de la forma natural, esencial.

Del mismo modo, Brownson (The American Republic) muestra que las sociedades son el producto de avatares históricos, es decir, según él, son causadas por la Providencia: a dos niveles, la causa es azarosa, en el plano material; natural, en el formal; y dirigida por el gobierno infalible de Dios, en el plano de las Causa última. En los tres planos, sin embargo, hay algo claro que se transparenta en el estudio de la historia: las sociedades son hijas de alguna religión común a un pueblo, que es como la crisálida de la que surgen, que aporta el caldo de cultivo, del que se generan (entre otros lugares: Fustel de Coulanges, La ciudad antigua); lo mismo que no hay sociedad política si no es unificada, como en el caso de las formas en el plano sustancial, por un principio apto para ello: ése es el gobierno. No existe sociedad humana, de ningún tipo, ni el partido anarquista ni el club social o la Cosa Nostra, que no tenga un principio de orden y mando, que unifique a la sociedad. Puesto que la autoridad es ese principio, es representante de la sociedad, ella encarna su orden profundo, ella es quien debe hacer que ella lo realice plenamente. De nuevo, puesto que la sociedad es la unión estable de los hombres, una red de relaciones entre ellos, articulada institucionalmente, para que ellos lleguen a la plenitud en todos los ámbitos del ser humano, el gobierno debe tender a que los hábitos y creencias y mitos e instituciones sociales sean sanos, virtuosos, a fin de que la población, en general, esté abierta al fin trascendente del hombre, abierta a Dios, leitmotiv de todo lo humano.

En ese ámbito de dirección, promoción y protección de los bienes de la sociedad, en su reconocida jerarquía, la autoridad debe dictar leyes, leyes que se inspiren en la protección de esos bienes, la justicia y el bien común, el bien de la comunidad, en cuanto es un todo y formado por tales partes, con tal talante, tales características, y, principalmente, tal fin último. Esas leyes aseguran el bien común y la identidad particular de la sociedad. Éste es el apoyo fundamental del derecho penal: hay elementos en las comunidades que no se atienen al orden, elementos que tienden a ser dañinos de unos y otros bienes y, por tanto, amenazas para el bien común y el bien de los ciudadanos particularmente considerados. Para proteger los diferentes bienes jurídicos, el estado establece penas para los transgresores.

La pena de muerte y la proporcionalidad de las penas

Ahora bien, al establecer las penas, el estado atiende al orden y la jerarquía de bienes antes mencionados. “No tendrías poder sobre Mí, si no se te hubiera dado de lo alto; por eso, el que me entregó a ti tiene un juicio más severo”, dice Jesús (Juan 19,11); y Aristóteles lo pone de manera muy aguda: las relaciones humanas son la medida de la justicia en ellas: el daño al padre es más grave que el daño a un mero amigo y éste más que a un extraño, ceteris paribus, en circunstancias iguales. Por lo tanto, hay una jerarquía de bienes y de perspectivas en los que las personas se relacionan con ellos. Y, por eso, tiene que haber una proporcionalidad entre los delitos y las penas; y, aún, de causas atenuantes y agravantes de los casos particulares: el homicidio del violador de la hija, no es lo mismo que el del psicópata, que lo hace por diversión, es decir, por motivos innobles.

En esa proporcionalidad, para los casos de delitos más graves, aquellos en que se violan bienes ya considerados sagrados o en casos en que se muestra tremenda peligrosidad, crueldad o imposibilidades de redención, la autoridad política puede tener acceso al medio legal de la pena de muerte. Es de notar, de subrayar, que se trata, en primer lugar, de esta causa: la autoridad para determinar penas, en casos de transgresiones a bienes sociales, por tratarse de quien debe protegerlos; y de casos en que se trata de delitos muy graves, que requieren penas drásticas. Esta primera consideración debe ampliarse y profundizarse.

Lo segundo a tener en cuenta es quiénes son los ofendidos en los casos de los delitos. Un delito puede tener dos componentes, uno público y uno privado. Si se asesina a una persona, ella y sus deudos cercanos son, obviamente, víctimas de tal atrocidad; pero no sólo los particulares son víctimas, el estado entero, como totalidad, lo es: lo han privado de uno de sus miembros, de un gran bien, que él debía proteger y que era una de sus partes constitutivas.

Así, se entenderá mejor la pena, como corrección infligida al delincuente, a fin de buscar la justicia. La justicia es, digamos, la condición de las relaciones sanas, en las que cada quien obtiene lo que le toca y ocupa el lugar que le corresponde. Las desviaciones deben ser corregidas. La justicia correctiva corresponde a una autoridad política, la judicatura, que debe aplicar con equidad la ley, para corregir los desafueros. Esa corrección, en el mejor de los casos, consiste en la reparación exacta de los bienes dañados, en la nivelación patrimonial de las partes: te choco, te arreglo el auto en el taller. Sólo que, a veces, esa reparación no es posible y se tiene que recurrir a la expiación y a otros medios de “restitución sustitutiva”. El castigo, la pena, en casos de homicidio de violación y otros de daño directamente personal e irreparable, son modos típicos de expiación; los daños morales civiles y las multas son modos de indemnización sustitutiva. En casos de delitos muy graves en los que se causaron daños irreparables, las penas muy rigurosas deben estar a la orden de los jueces y magistrados, pues la sociedad reclama la expiación (de eso hablan las Euménides de Esquilo). Sólo con la justicia se alcanza la paz, la paz necesaria para la convivencia ciudadana; sólo con penas muy fuertes, en ocasiones, se calman los anhelos de expiación, que no es lo mismo que la venganza. La película Batman comienza tiene un tremendo argumento dramático sobre la diferencia entre ambas: la justica trata sobre el orden, dice Rachel Dawes a Bruce Wayne, la venganza es asunto de satisfacción individual egoísta.

Pero el estado debe buscar el bien de todos sus miembros, también de los delincuentes, ¿no se trata de su inmolación cruel, para apaciguar los demonios? El argumento es especioso, es argumento de delincuentes: como dice Platón, en el Gorgias, la pena no es un mal, el mal es la injusticia, el delincuente castigado participa del bien, pues participa de la justicia. Quizás sea su única oportunidad de alcanzar el bien trascendente. Las penas, del lado de los ofensores, es un medio para su expiación, para su regeneración y deben incluir programas de reinserción social. Crimen y Castigo, de Dostoievsky, tratan sobre la redención por la pena, de una manera altamente poderosa. En el caso de la pena de muerte, no hay reinserción social, pero tiene que haber apertura a la conversión y el perdón. Finalmente, el gobierno, la autoridad política, representante del orden social, como un todo, promotora de la virtud y la verdad, establece penas para que los ciudadanos mediocres, los que no pueden conformarse al orden por su voluntad, lo hagan por miedo: el miedo al castigo último será un disuasivo importante para los peores elementos.

En este ámbito, hay un argumento muy fuerte: el gobierno debe defender a la sociedad de todo enemigo, interno o externo. Un hombre cuyas acciones muestren que es un peligro para la sociedad… y para sí mismo y su mejor interés, como hombre, muestra que la sociedad debe tratarlo con la última dureza, así sea dándole a conocer la puerta de la misericordia divina y el perdón.

La pena de muerte y la conveniencia política

Bajo este tipo de razonamientos, la política criminal del estado puede hacer uso de penas potentes para ciertos delitos graves, que estén brotando como epidemia, así sea de mediana o pequeña escala. El estado tiene derecho a usar de medios coercitivos y de la fuerza, que, por ser justa, no es violencia, para mantener el orden, sobre todo en situaciones de conmoción civil y de conflicto bélico con terceras naciones. Puede, por ejemplo, establecer la pena de muerte para el traidor, en casos de guerra, aunque no se trate con tal rigor en época de paz.

Finalmente, la política carcelaria puede usar, aunque sólo bajo las consideraciones anteriores, de la pena de muerte, en casos extremos de hacinamiento; y sólo como medida estrictamente temporal, mientras se adecua la estructura carcelaria del país.

***

Estas razones, muestran que es justificado que un estado, en ejercicio de su soberanía, establezca en sus leyes, para casos graves, la pena de muerte. Ahora vamos a considerar argumentos en contra, aparte de los ya tratados, y vamos a responder a los mismos.

La pena de muerte: argumentos en contra

Siempre

1) El argumento más fuerte que podemos vislumbrar, en cualquier circunstancia, contra la pena de muerte radica en la posibilidad humana de error. Muchas veces, se ha condenado a inocentes. No sólo en esta materia, sino en todas las ramas del derecho. Eso es más que conocido.

2) El segundo argumento, proviene de la sensibilidad, más que de cualquier otro lugar: nadie tiene derecho a quitar otra vida. El hombre no es dueño de la vida, no puede quitar lo que no está en sus manos.

Hoy

3) En verdad, el argumento más difícil de responder es uno que tiene que ver con el estado actual de la cultura occidental, a la que pertenece nuestro país. Hoy se cree que esta vida es todo lo que hay; se rechazan la muerte y la trascendencia. Así, parece que no podría haber un bien que pudiera compensar la vida de un hombre; por lo que, en tal circunstancia, la pena de muerte no sería más que una venganza, pues no puede ser ordenado violar la jerarquía de los bienes. De forma tal que la misma no sería expresión del cuidado del bien común y la virtud y la trascendencia, sino una crueldad sin fundamento. En sí misma, no es tal cosa, pero es expresión de esos rasgos en manos de la sociedad secularista. Como a lo que se debe tender es siempre a la virtud, hoy en día, la pena de muerte parece que debe limitarse, mientras la sociedad se dedique a negar su vocación radical a la trascendencia.

Respuesta a los argumentos en contra

1) Por supuesto que es difícil de responder a la primera de las razones. Un error, en tal circunstancia es muy grave y lamentable, sin que, siquiera, se ejecute la pena: el descrédito, la angustia, la perspectiva de futuro del reo y de su familia. Pero eso sucede en toda circunstancia; es decir, en cualquier caso de error, el reo queda muy mal, por el hecho de la condena errónea o, mucho peor, arrancada con dolor, con triquiñuelas judiciales u otras maniobras. En tal virtud, las garantías procesales para estos casos deben ser muy amplias: la exigencia probatoria debe ser sumamente estricta y las posibilidades de apelación y de conmutación de pena tienen que ser muy accesibles. Finalmente, el error es posible en todo lo humano y eso no implica la parálisis. En el caso de un error en esta materia, con ejecución de la pena, el resarcimiento de los afectados tiene que ser importante, incluyendo la restauración del nombre del ejecutado.

2) Sobre el asunto de la ilegitimidad de que una estructura humana establezca penas como ésta a otras personas, hay que decir que el argumento es especioso, es inválido. Hay guerras justas, legítima defensa y estado de necesidad, circunstancias todas en las que sería ridículo afirmar que es ilegítimo arrebatar la vida de un agresor injusto, con los medios debidos y protegiendo los bienes pertinentes. Además, la vida no es el sumo bien y, por ello, un padre puede dar la vida para salvar a su familia y celebramos a los héroes de la patria y a los mártires de la Iglesia, etc. El peor pecado está en poner a la vida como lo más alto, pues eso trastoca todo, niega que haya un sentido de la vida, dice que nuestra existencia terrena no se diferencia de la de los vegetales, obtura la vía para diferenciar entre vidas buenas y malas, etc.

3) Este razonamiento está en íntima conexión con el anterior: hoy se comete casi universalmente el trastoque del que hablamos en el párrafo anterior. Y, por tanto, ante una cultura (o enfermedad cultural) así, parece que no queda alternativa: hoy en día se tiene que ir con mucho cuidado, pues, de ese error inicial, pueden surgir severos males sociales, humanos: empezando por el fomento de la crueldad y la inhumanidad. Lo cual no es admisible.

Conclusión:

La pena de muerte es un castigo justificado, en manos de la autoridad política, que puede establecerlo legítimamente, en casos de delitos graves, en las leyes, si así lo determina, como velador del orden público y representante, guía y principio de unidad de la comunidad humana. Puede incluso ser un bien definitivo para los propios delincuentes. Como se dijo al principio, esta conclusión es apoyada por la Tradición inveterada de la Iglesia, así como por la sabiduría de todas las sociedades históricas de la Tierra, sin excepción; mientras que es adversada sólo, que se pueda vislumbrar, por el secularismo contemporáneo, gnóstico, “antropoteísta” y desquiciado. Pero la pena de muerte debe aplicarse con mucho cuidado y con exigentes garantías, asegurando la defensa procesal de los enjuiciados. Ahora bien, en el mundo occidental actual, es algo con lo que se tiene que tener mucho cuidado, pues, por las razones apuntadas, por el gobierno de los gnósticos secularistas, puede dar lugar a que la cura sea peor que la enfermedad, fomentando actitudes sociales indeseables, en la población en general.

***

Luchar por la vuelta a la sabiduría humana verdadera así como a aquélla que, por la gracia, animó a la Cristiandad, la que es don del Espíritu Santo, es un imperativo de nuestros días, en los que una partida de nihilistas encontró las teclas precisas que tocar para engañar, con sensiblerías y falsas máximas de experiencia, al mundo entero, que anda en la mayor desorientación histórica: los pormotores del pedófilo masivo que Kinsey, los traficantes de droga de la Guerras del Opio, que hacen guerras para defender su comercio maldito, los destructores de la civilización islámica como un todo, los financistas y perpetradores de la revolución bolchevique, los guerreros culturales de los años 60, agentes de la CIA, según confesión de Gloria Steinem misma, esta gente, la más perversa de la historia, se ha adueñado del panorama, en un mundo que ya no parece muy dividido por soberanías y civilizaciones, merced a su gobierno global, su tiranía mundial, su Nuevo Orden Mundial… Oponerse es necesario, afirmar la primacía de la trascendencia, afirmar que el secularismo es la muerte de la comunidad política, ´pues ella no se entiende sin su tendencia radical a Dios, oponerse es una necesidad. LA REBELIÓN ES NECESARIA, ES UN IMPERATIVO, EN ESTOS TIEMPOS DE REVOLUCIÓN, DE MARXISMO CULTURAL, COMO FILANTROPÍA RADICAL Y PROGRESO…

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