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La vida es trama

Es tómbola, es trama, es dura, es bella

La vida es un teatro, con claroscuros. Dios la dirige, seguro, pero no somos marionetas, somos actores (foto de la página sobreaustria.com)

La vida es un teatro, con claroscuros. Dios la dirige, seguro, pero no somos marionetas, somos actores (foto de la página sobreaustria.com)

Contenido

Tómbola, Trama, Dura, Bella

La moral cristiana y clásica, in a nut shell

La trama teatral, protagonista y Autor

Pasado, presente y futuro

El protagonista humano de mi biografía, los otros actores y la raíz de la solidaridad

Mi biografía, la comunidad que me define, el nosotros que explica al Yo

Niveles de comunidad: la familia y la patria, comunidades por antonomasia, otras comunidades

El Autor, Guionista, Director y Productor de la Obra

1ra prueba: el sentido de la historia universal: 1) antiguos hebreos, 2) la Roma imperial, 3) las civilizaciones y las iglesias universales

2da prueba: El autor de la naturaleza y de todos sus rasgos sostiene el desenvolvimiento de los mismos

3ra prueba: las bellezas y la Belleza suma subsistente

4ta prueba: el orden de la naturaleza y el de nuestra vida particular y la unidad del universo. Nada es MÍO

5ta prueba: la caducidad de la vida presente

Conclusión

Tómbola, Trama, Dura, Bella

Ves hacia el futuro, es incierta, es una tómbola, no sabes lo que te viene; negocio de prestidigitadores, estafadores, pecado contra la Providencia bondadosa, ocasión de la prueba de la autenticidad de los profetas…

Ves para atrás, te paras en el presente, ves quién eres y, entonces, ves para adelante: sabes qué esperar, sabes qué querer, qué planear… sólo si te sientes seguro, porque, como dice la canción, “un muchacho que trepa, que trepa a lo alto de un muro, si se siente seguro crea su futuro con claridad”, seguro de quién eres…

No ves para atrás… ves para atrás… ves para atrás, reniegas de ti… ves en el espejo y reniegas de ti… te quejas de quién te hiciste… te quejas de lo que Dios te dio, todo es tinieblas, quieres definirte contra ti mismo

Estamos en medio del torbellino, la vida es dura, hay que trabajar, cansarse, no obtener nunca lo que queremos, preocuparse, los hijos, la pareja, los celos, la inconstancia, el gobierno, la injusticia, las tragedias naturales, la enfermedad, los años, la vejez, la frustración, las separaciones, las traiciones, los amigos infieles, los bienes que caducan, la victoria de los malos, el hambre, la sed… LA VIDA SÍ ES DURA

Dios, los hijos, los logros, la promesa del futuro, la virtud, los mártires, su victoria en la muerte misma, que es VIDA, las bellezas, el arte, los paisajes, la vida, en cuanto tal, la amistad, la ternura, la infancia, la gracia de Dios, la Iglesia, el heroísmo, la abnegación, la ciencia, la filosofía, las comunidades humanas, la historia, el cariño, el haber atravesado los obstáculos y seguir siendo lo que somos, con cicatrices y todo, la sinceridad heroica, la conversión de los malos, el Verbo Encarnado santifica todo, nos rebela todo, la Trinidad de Personas, nos deja sus sacramentos y su Iglesia, se entrega en una Cruz, resucita, la Virgen María, el monacato, el Papado, la resurrección y la esperanza indeclinable, la Omnipotencia-el Amor Infinito-la Sabiduría Infinita, el Señor de los Anillos, Cervantes, Dante, los clásicos, Santo Tomás, el Siglo de Oro, metan lo que quieran, que sea bello… La vida es tan tan tan tan BEEEELLAAAA

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La moral cristiana y clásica, in a nut shell

La felicidad es un asunto de la realización de un bien que es último y proporcionado al hombre. Último, es decir: es un bien que da sentido a todo, al que se refiere todo y que no remite a nada más allá de sí mismo, si el bien X remitiera a otro, el bien Y, entonces X no sería el bien último, sino Y. Por eso, sabemos que el dinero no puede ser la felicidad, porque es un bien en cuanto es un medio para intercambiar otros bienes en la sociedad y sirve para “acumular valor real”, producto del trabajo.

Igualmente, el placer no puede ser la felicidad, pues el bien cuya posesión o realización la constituye, en cuanto sentido de todo, es medida de toda acción humana, pues el medio participa de la razón del fin y, por tanto, si todo tiene sentido por ese bien, todo es bueno en cuanto participe de su razón. Aparte, claro, si el sentido del hombre estuviera asociado a capacidades sensibles, entonces, lo más propiamente humano, lo que nos distingue del resto de la creación sensible, la inteligencia y la voluntad, quedaría sin sentido y, por eso, quedaría sin sentido la especie humana, toda, pues lo que nos hace tales sería un sinsentido, mientras que lo que compartimos con los brutos, los desprovistos de intelecto, sería nuestra razón de ser.

Por eso, entre muchas razones, se puede ver, en primer lugar, que el bien de toda la vida tiene que ser proporcionado al hombre, pues, si no caeríamos en el absurdo ya dicho. Pero es más que eso, hermanos: obviamente, estamos hechos para el infinito, para la contemplación intelectual y el amor, en esa contemplación, del infinito. De ahí vienen el arte, que es de la belleza, por ser lo amable, de ahí viene que lo normal sea que amemos con la vida a otras personas y comunidades humanas, de ahí vienen la ciencia, la filosofía, del anhelo de conocer, de llegar a la raíz de todo, de hallar el sentido en el infinito. Claro, como podemos ver lo que valga más y lo que valga menos y por aspirar al infinito, Nuestra felicidad está en Dios, el más amable, el infinito, el Eterno, conforme a la intemporalidad de nuestro intelecto; pero necesita, debe ir acompañada, también, de otros bienes humanos, de la amistad, de la belleza, de la verdad. La virtud es lo que nos hace conformes a los bienes mayores, es lo que nos permite amarlos. Digamos que ésta es la ética cristiana y clásica, en el más apretado resumen…

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La trama teatral, protagonista y Autor

Pero se puede tomar lo dicho hasta ahora sobre la vida feliz y releerlo de un modo un tanto distinto. Uno que ayude a dar pistas para reinterpretar cada quien su propia vida e identificar en ella “lo que no sea vida”, lo mismo que lo que sí lo sea.

De lo que se trata es de que nos demos cuenta de que la vida es una trama, al estilo de una obra de teatro. En esa obra se puede identificar, desde el mismo principio de la consideración, un actor principal: uno mismo. Seguro habrá otros, pero claramente el protagonista principal es el propio interesado. En la misma entran y salen personajes y algunos permanecen. Entre los que salen y entran y los que permanecen hay algunos importantes y otros que no lo son tanto. Además, hay escenas cruciales y “actos” distintamente identificables.

Pasado, presente y futuro

Una parte importante de la clave para hacer las distinciones dichas está en la reflexión sobre el pasado, lo que él nos dice ahora, y lo que en él hay de formación de nuestro carácter y de nuestras expectativas para el presente y para el futuro. Es, pues, una proyección de la manera como nos hemos ido formando en lo pasado, para el presente y los planes o deseos futuros. El amor a la Patria, por ejemplo, tiene un importante fundamento en el amor a lo que somos: esas maneras nuestras, que podemos distinguir (sobre todo cuando tenemos contacto, fuera, con otras maneras); la asunción de la grandeza de lo que fue o ha sido la trama de la formación de lo que es nuestro país; esos parajes que nos son familiares y en los que nos “hallamos”, aún inconscientemente, que son, por eso, bellos, aunque no captemos el encanto que ejercen sobre nosotros. Lo mismo sucede con los padres, los hermanos, los maestros, los amigos, la plaza del centro del pueblo, aquellas canciones que oía nuestro padre, el abasto de la esquina… y el portugués del abasto… y con tantas otras cosas…

Sin la reflexión, la vida es nada más que “a tale told by an idiot”, nada más que una sucesión sin sentido. La reflexión es indispensable. Saber quién se ha sido es un requisito necesario para saber quién se es. Y, “al echar la vista atrás”, es claro que el sentido aparece, que no es ningún artificio. Pero la mirada atrás, muchas veces, no debe remontarse hasta cuando uno era niño: a veces se necesita llegar unas generaciones atrás, en el árbol genealógico, para comprender un hecho temprano que nos ha marcado de por vida. Un padre inscribe a su hijo en unas clases de música, por los sueños que inspiró en él su abuelo; luego el niño llega a ser un gran pianista. Un padre maltrata a su hijo, para repetir el maltrato que él recibió cuando niño, pues su padre (el abuelo), siendo un héroe de la lucha contra algún estado de injusticia, perdió algunos circuitos mentales. En este último caso, la persona de que se trata, tiene que vencer el atavismo y hacer que la maldición familiar, los demonios particulares, no lleguen a la cuarta generación; sin reparar en el sentido de ese aspecto de su niñez, muy posiblemente no sea capaz de identificar el problema y no podrá evitar esparcir más allá de sí mismo las consecuencias de la mala experiencia de su abuelo.

El presente y el futuro, entonces, dependen en no pequeña medida del pasado. Conocer mis posibilidades implica conocer quién soy; y mis planes serán realizables o no según se adecuen a mi capacidad, no sólo eficiente, sino también “moral”, es decir, mi constancia, mi fortaleza para resistir tentaciones o situaciones adversas, etc. En el presente, debo poder identificar los rasgos relevantes de mi carácter, el talante de las comunidades en las que vivo (la comunidad política, la familia, el trabajo o la universidad, etc.) y mi posición en la estructura de relaciones en la que me muevo, lo mismo que el carácter de las otras personas que se desenvuelven en esa misma estructura de relaciones y su modo de orientarse afectivamente hacia mí y hacia los demás. Sólo entonces yo seré capaz de prever de manera medianamente aceptable el futuro, podré hacer planes y sabré, más o menos, qué esperar.

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El protagonista humano de mi biografía, los otros actores y la raíz de la solidaridad

He ahí un cuadro de los aspectos temporales esenciales de la vida de un hombre que es necesario considerar. Pero todavía el cuadro está muy incompleto. En realidad, hasta ahora, sólo se puede decir muy precariamente que se ha hallado el sentido de la vida, si la reflexión se detiene en este punto. Hay tres virtualidades presentes en él, que es necesario explicitar. En primer lugar, de lo anterior es claro que hay un aspecto crucial de la trama: el protagonista es un hombre, con un intelecto capaz de conocer bienes y males en cuanto tales, de reflexionar sobre su vida y contemplar su propia historia como un cuento con sentido. No sólo podemos medir las escenas de una historia por el sentido general, en cuanto entrecruzamiento “lógico” de los sucesos. Es menester darse cuenta de que es una historia humana, de que lo que se realiza o deja de hacerlo es un hombre (o una mujer). Es menester, por tanto, revisar, dentro del relato que se hace, qué conduce a la “humanización” de la persona y qué la aparta de la humanidad. Cuándo ha obrado en orden a obtener un mejor referirse a los bienes sensibles deleitables y cuándo ha sido lo contrario. Cuándo sus acciones han favorecido un oscurecimiento del intelecto, por la ofuscación que se sigue como consecuencia de emprender un camino en el que, primero, se acostumbra la borrachera, y, luego, se hace de ella un hábito (desdicha poderosa). O, en cambio, cuándo se han dedicado las energías a averiguar bien por qué causas se ha de vivir la castidad; y a rechazar los vínculos con personas que no ayudan en nada en el camino del provecho personal. La vista al pasado y la interpretación del presente deben tomar en cuenta cuánto se ha hecho para ser realmente humano; para que los planes futuros incluyan todas las medidas necesarias, de modo que podamos adquirir un carácter sólido.

En segundo lugar, quien reflexiona sobre la obra de su vida debe tener presente que, siendo protagonista de su trama, no es sino un personaje más en las tramas ajenas, importante o de relleno, pero no el principal. Las tramas se entrecruzan; hay una solidaridad cósmica entre los seres que comparten sus respectivas temporalidades. Intervenimos en las vidas de los demás; los demás intervienen en nuestras vidas. Eso implica tres cosas: responsabilidad, agradecimiento y apertura a los demás. Responsabilidad, porque cada acto nuestro afecta a los demás; a veces no nos damos cuenta y la vida de otro pende de lo que para nosotros no es sino un juego. Un pequeño acto y cambiamos, para bien o para mal, el destino terrestre de un ser humano, querido o no para nosotros. Hay actos que hacemos en lo secreto, rezar o lo vergonzoso, que afectan nuestro modo de ser y de relacionarnos, en consecuencia. Implica agradecimiento, ya que sin el aporte de otros, incluso del chofer del autobús que nos lleva al trabajo (lo haga o no por la paga; de buena o mala manera), no podríamos desarrollarnos.

Implica, en fin, apertura, puesto que tenemos que darnos cuenta de que cada una de esas personas con las que estamos vinculados son también seres humanos, con todo el valor que eso implica, con una historia llena de heroísmos, de deseos nobles, de amor y compromiso; también, quizás, de claudicaciones y traiciones, pero con sus arrepentimientos y sus excusas absolutorias: por eso no los podemos juzgar. Así como mi obra sin mí no puede existir y por eso hay un amor radical a mí mismo; las de ellos no son distintas. Saber esto es entender, de algún modo, al menos, que tenemos que amar a los demás como a nosotros mismos. Reconocer todo el valor humano de la vida de cada quien (con su vocación, incluso inscrita en su naturaleza, conforme con lo trascendente, con lo intemporal y lo eterno) es mucho más que una exigencia de un respeto negativo, que se traduce en no ofender; es el quicio para afirmar la necesidad de reconocer y amar la dignidad de cada uno y así respetarlo, por su valor inconmensurable con nada de esta Tierra. El egoísmo consiste en una sobre-valoración del propio yo, obviamente; esa sobre-valoración lleva a cerrar la propia historia a los demás, en cuanto personas, valiosas en sí mismas, es decir, valiosas no por mí, sino por ellas. En muchas ocasiones, el egoísmo termina por cerrar la puerta a mi historia a nada que no sea funciones mías, todo lo veo, en términos matemáticos, como una F(yo), función de mí; y creo que no hay indeterminaciones, ni en el infinito, para mi satisfacción egoísta. Si el egoísta particular de que se trate resulta ser gobernante político, será, en consecuencia, muy posiblemente, un tirano; si es un particular, podrá ser alguien de carácter tiránico, que traerá problemas constantes a las personas relacionadas con él.

Mi biografía, la comunidad que me define, el nosotros que explica al Yo

Igualmente, la historia de cada uno no es propiamente una historia que únicamente se pueda describir mediante el adjetivo “mi” o el pronombre ‘mía’; en muchos sentidos, “mi” historia es “nuestra” historia. Se trata de todo lo cercanos que son nuestros parientes y amigos íntimos. Un grupo de hermanos, separados por pocos años cada uno del otro, no puede recordar su infancia sino como la de un “nosotros”. “Nosotros jugábamos con papá”; “rezábamos con papi y mami”; “nos metieron en la natación”; “íbamos al colegio”. De igual modo sucede con algunos amigos, con los que hemos compartido tanto, que los vemos realmente como otros “yo”. En ocasiones, un hermano o un progenitor son para nosotros como esos amigos; para estrechar aún más el sentido común de las historias. Ese “nosotros”, quizás, no expresa un sentido radical y pleno de la intersección entre dos historias, pero la cercanía es tal, que es muy difícil comprender la vida propia sin la de ese otro; y se sabe además que la percepción es recíproca.

Sin embargo, hay una unión en nuestras vidas en la que verdaderamente dos historias llegan a ser una sola, un compromiso de unión total, hasta el fin. En esas uniones ambos interesados llegan a ser una sola carne y un solo espíritu. Se trata de las uniones conyugales, fundadas en el amor esponsal; fuerza de entrega y apertura radicales, que fundan la unión total. Dos historias se funden en una; y, al hacerlo, toma su pleno significado la parte anterior, en la que cada uno parecía llevar una existencia independiente. La historia de cada uno parecía estar dirigida a la unión en una de las dos. Ya eran uno y no lo sabían; el sentido de lo anterior era preparación para lo que se actualizó y para lo venidero.

De este modo, el divorcio se muestra como un gran fracaso, no comparable a, por ejemplo, el fracaso en un trabajo. El divorcio es una derrota en lo más íntimo de la persona; es, en realidad, una aberración. Quizás, para que la historia común tenga éxito, pueden, en algún caso, suspenderse la vida bajo un mismo techo y otros rasgos inherentes a la relación conyugal; pero la pretensión de disolución del vínculo es ya muy distinta. En realidad, por fugaz que haya sido la vida común y por muy largo que hay sido el tiempo vivido luego de la ruptura, los cónyuges nunca se desligarán, quiéranlo o no: el compromiso permanece hasta el final, sobre todo, cuando la unión es de carácter sacramental; ¿de qué sitio se habrá tomado en nuestra sociedad la idea de que lo sagrado es disponible por el hombre?

Niveles de comunidad: la familia y la patria, comunidades por antonomasia, otras comunidades

De esta forma, la obra propia, la trama de la propia vida, no es una trama aislada. Convive con las tramas de otros, y se entrecruza con ellas. Los diversos modos de entrecruzamiento se derivan de los distintos tipos de relaciones. En la familia, la vinculación es tal, fundada en las relaciones conyugales y paternales, que, sin olvidar lo propio de la vida de cada uno de los miembros y su valor, se ha de hablar de una obra familiar. Pero no es la familia, con su vida propia, hecha de ritos, costumbres, símbolos y categorías suyas, la única trama colectiva.

Una institución cualquiera, la empresa, la universidad, un ministerio, un club, una peña de fútbol, un círculo de lectores, una fundación, un sindicato de trabajadores, produce una vinculación tal entre las vidas de sus miembros que, por ellas, capítulos enteros de la vida de varias personas pueden escribirse en un solo volumen. Y, por sobre las aportaciones de este o aquel miembro, esas instituciones tienen un carácter propio, una vida suya, reconocible distintamente.

De manera aún más amplia, en la tradición institucional y familiar; en los símbolos y rituales, en las manifestaciones artísticas, en la arquitectura y en la música; en los modos característicos de concebir la virtud y el vicio, la justicia y la piedad; en la historia, donde se forja el presente, en las expectativas comunes respecto del futuro; y, de manera muy importante (como elemento formal central), por el gobierno y sus modos de ejercerse, la patria tiene un alma, según la cual nos acoge (y nos forma) y según la cual encauza los propios modos en que se desarrollan nuestras vidas y nuestros aportes a ella. Todos somos partícipes de sus dramas y comedias y de sus poemas épicos; o los sufrimos o nos levantamos al ella levantarse; o formamos parte del impulso que la mueve. El historiógrafo, principalmente, y el filósofo (aunque no sea su tarea exclusiva) tienen el encargo de definir y hallar las líneas básicas –y los detalles en los que se desarrollan esas grandes “directrices”– de la trama de la nación; para que el resto de los ciudadanos pueda orientarse en el mundo, teniendo en cuenta el dato fundamental del sentido de su nación, para que cada quien pueda entenderse más cabalmente a sí mismo y, en consecuencia, tenga un mejor sentido de lo que en su país puede esperar y con lo que puede contribuir. También, por supuesto, es menester de los pensadores nombrados y de los políticos determinar el papel que toca a la nación en el concierto de todas las naciones del mundo en cada época.

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El Autor, Guionista, Director y Productor de la Obra

En este punto, se ha de detener quien analiza su vida, quien reflexiona sobre su existir. Se ha de dar un rodeo, aunque sea brevemente, para hallar el rasgo más fundamental de toda la interpretación de nuestra existencia temporal, de la de cada uno. Si uno es el protagonista de una historia, se ha de encontrar al Autor.

1ra prueba: el sentido de la historia universal: 1) antiguos hebreos, 2) la Roma imperial, 3) las civilizaciones y las iglesias universales

Hagamos como Platón en el libro II de La República y tratemos de leer lo que se halla en nosotros en algo en lo que también se halla, pero “en caracteres [más] gruesos”: la historia universal.

1) Antiguos hebreos: Tomemos un ejemplo admirablemente significativo, para ilustrar un primer aspecto relevante. Volvamos hasta hace 2.750 años, cuando el imperio asirio estaba en pleno crecimiento. Ha de tenerse en cuenta que las perspectivas de los distintos pueblos se entrecruzan. Pero quedémonos, primero, con la de Israel, el Pueblo de la Promesa.

Las doce tribus están divididas en dos reinos, al sur, Benjamín y Judá forman el reino de Judá; al norte, las 10 tribus restantes forman el reino de Israel, en el que resalta la tribu de Efraín. Asiria toma el reino del norte y deporta a toda su población en el año 722; Judá se salva milagrosamente en 704 del asedio y la destrucción. Pero no duraría mucho su tranquilidad; Asiria decae y un nuevo pueblo se levanta con el extraño delirio imperial: Babilonia. En 587, las tropas de Nabucodonosor entran en Jerusalén, la saquean y deportan a sus personajes principales, del rey hacia abajo. Luego, en 538, el turno tocaría al persa: Ciro el Grande tomaba Babilonia y, por un famoso decreto, recogido en el libro de Esdras, devuelve a los judíos a su tierra. De nuevo la locura imperialista daba alas a un pueblo: Macedonia; Alejandro, tomadas Tebas y Atenas y toda Grecia, se lanza a arrebatar a los persas la totalidad de su imperio. Muere Alejandro y su imperio se divide en cuatro partes. Israel queda en manos de los lágidas de Egipto; hasta que los seleucidas de Siria se lo arrebatan en la guerra entre una y otra potencia, a finales del siglo III antes de Cristo. Hacia 140 a. C., Judá logra su independencia por primera vez en más de cuatro siglos, merced a la reacción que en la familia de Matatías y Judas Macabeo generara el intento de abolición de la religión surgida de la Alianza por parte de Antíoco IV Epífanes. Así vivió el Pueblo de la Promesa hasta que, en 63 antes de Cristo, cayó en manos de Roma.

En el 70 de nuestra era, Tito demolió hasta sus cimientos el templo de Jerusalén; en 131, la ciudad fue reconstruida, bajo el nombre de Aelia Capitolina. Israel, un pequeño “pueblito”, si se toma en cuenta su relativo poder material, vio surgir y caer, uno tras otro, en la época del delirio imperialista, todos los grandes imperios; y sólo los persas no trataron de destruirlo. Para un hebreo, el sentido de tal historia no puede revelar más que una predilección de Dios por “su” Pueblo, merced a la Alianza, establecida por el mismo Dios. Los cristianos, que sabemos por Revelación que la Iglesia es el Nuevo Israel, el Pueblo de la Alianza Nueva y Eterna, definitiva, entre Dios y los hombres, sabemos que, aunque la alianza antigua haya cesado, el nuevo pueblo judío es objeto de profecías ciertas que nos aseguran que él durará hasta el final, pues, terminará por convertirse a la Fe que se origina en el Cumplimiento sobrecogedor de la Promesa de la que ese pueblo fue portador por tantos siglos, del que, según la carne, viene el Mesías (cfr. Romanos 11; esto, valga aclarar, no es “teología del reemplazo”: la Iglesia no reemplaza al pueblo antiguo, la Iglesia es Israel, el Israel de la Fe y del Cumplimiento de la Promesa, no es reemplazo, ES el Pueblo: al que pertenecen los creyentes bautizados, sean de procedencia gentiles O judíos, por lo que hay que llevar a todos, gentiles Y judíos, el Evangelio)…

2) Roma Imperial: Desde otra perspectiva, que no toma en cuenta la supervivencia impresionante del pueblo judío, el sentido está vinculado a un orden: “Cuando Polibio fue llevado a Roma, el ilustrado y agnóstico griego descubrió que el pueblo romano todavía tenía un fuerte respeto por la religión tradicional. Esto fue, de hecho, de acuerdo con sus observaciones, la fuente de su fuerza institucional. La ecumene (tierra habitada) estaba destinada a ser conquistada por los romanos porque ellos eran el único pueblo que podía darle un orden. El orden que podía lograrse por los romanos era el télos del impresionante movimiento de conquistas que había empezado con los persas marchando en dirección oeste [habría que agregar, yendo más atrás, con las conquistas asirias y babilónicas]”*. Huelga decir que un orden tal no puede ser sino metahistórico.

En un cristiano del siglo IV como Prudencio (citado por Rops, en La Iglesia de los apóstoles y los mártires. Editorial Palabra. Madrid, 1.992. pp. 141-142), se integran ambas perspectivas, pero, por supuesto, se traducen en clave cristiana: “¿Cuál es el destino histórico de Roma? Es que Dios quiere la unidad del género humano, puesto que la religión de Cristo pide un fundamento social de paz y de amistad internacionales. Toda la tierra, del Oriente al Occidente, ha sido desgarrada hasta aquí por una continua lucha. Para domeñar esa locura, Dios ha enseñado a todas las naciones a obedecer a las mismas leyes y las ha hecho todas romanas. Y ahora vemos vivir a los hombres como ciudadanos de una misma ciudad y como miembros de una misma familia. A través de los mares y desde los países lejanos vienen hasta un mismo forum que les es común: las naciones se hallan unidas por el comercio, la civilización y los matrimonios; y de la mezcla de los pueblos ha nacido una sola raza. He aquí el sentido de las victorias y de los triunfos del Imperio: la paz romana ha preparado el camino de la venida de Cristo”.

3) Las civilizaciones y las iglesias universales: Para un gran historiador occidental, como Arnold Toynbee, las civilizaciones que conocemos tienen tres generaciones: 1) Egipcia, Minoico-Micénica, Sumeria, Azteca, Maya, Inca; 2) Siríaca, Babilonia (en la que incluye a Asiria), Persa, Helénica, Sínica (China), India; 3) Occidental, Ortodoxa, Islámica, China, Coreano-japonesa, Hinduista. El sentido de la historia, en una mirada poco atenta, según Toynbee, puede parecer la civilización; pero, mirando más profundamente, parece que las civilizaciones tienen un sentido ulterior, un bien superior al que tienden: la creación de Iglesias universales, como las que han venido a surgir en las civilizaciones de tercera generación.

Y de esto es de lo que se trata en toda esta parte del rodeo: todo lo que nace en el tiempo, por esplendoroso y poderoso que parezca, desaparecerá en el tiempo. Tiene que haber, y hay, un algo más allá que da sentido a todos los movimientos, un sentido último de tanta guerra, tanta opresión… y, también, tanta creación, tanta obra admirable (más admirable aún al ver que los autores, muchos de ellos, tuvieron que superar semejantes obstáculos ambientales). Dios es quien da sentido a la historia…

Aunque esto tendría que ampliarse y profundizarse, se puede retener que la pregunta por el sentido está presente al observar el propio fluir y al ir viendo cómo, aunque no exista realmente un “progreso”, en el sentido que da al término la mal llamada ilustración, sí son claras algunas líneas de “contacto” en las distintas culturas (referidas a la justicia, gobierno y la organización institucional de las comunidades, a la necesidad de tales rasgos; a la piedad, con lo divino, la patria y la familia; la virtud es importante, el vicio lleva a la perdición, etc.), en las que resalta el poder del monoteísmo, entre otros rasgos [vid. Se puede juzgar a las culturas]. Lo mismo puede retenerse la conclusión: Dios es el sentido de todos los movimientos, entre otras cosas, porque es el Bien y la Belleza sumos subsistentes, que funda todo otro bien y toda belleza, que nos mueven y nos encantan. Además, porque si, como no puede sino ser patente para cualquiera, hay un orden de la historia a algo, y esa ordenación no la controla el hombre, sino más bien se debe a aspectos suyos inscritos en su naturaleza, no puede sino haber un Ordenador de la historia y de la naturaleza, también la humana. Esta prueba se profundizará, en lo que se refiere al hombre individual, un poco más adelante.

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2da prueba: El autor de la naturaleza y de todos sus rasgos sostiene el desenvolvimiento de los mismos

Del sentido de la historia de la Humanidad, de la que formamos parte, podemos pasar al sentido de la historia personal de cada quien. La clave aparece, en primera instancia, claramente al considerar nuestros aspectos más propios. De la inmortalidad de nuestra alma, de la capacidad de reflexión, de la capacidad de lo intemporal y lo eterno, así como de la libertad, fundada en nuestras capacidades para captar el bien –final e intermedio– en universal y de permanecer “independientes” respecto de la presión de los apetitos sensibles, surgen puntos centrales de la antropología que es menester considerar. Podemos tener un amor personal, con todo lo que eso conlleva de entrega y unión, llamada a llegar allende el tiempo, gran paradoja, aún en esta vida, aunque también en la otra. Apetecemos conocer, conocer en universal y las causas de los fenómenos que percibimos, también universalmente: sólo nos satisfacemos conociendo, por la fe así como por la luz de la razón, la Causa de toda causa.

En esa realidad con la que nos relacionamos, primero con los sentidos y el intelecto y luego con la voluntad y los afectos, está otra parte de la clave. Esa realidad nos solicita, nos encanta, incluso nos constituye como personas conscientes, por su inteligibilidad, cuando, al captarla, nos “ganamos” a nosotros mismos reflexivamente. Esa realidad, con sus personas y sus dimensiones que remiten a una Gran Persona, porque es amable, inteligible y agradable a la contemplación, mueve a los grandes y pequeños a sus investigaciones, es “quien” las fecunda y respecto de “quien” reciben su valor, por ser verdaderas, falsas o aproximadas, como dice Duhem de las teorías físicas (La teoría física, su objeto y su estructura, Herder Editorial, Barcelona, 2.003). Como en la interpretación de la historia, la inteligibilidad, el bien y la belleza de los seres del mundo, remitiendo a una Verdad, Bien y Belleza infinitos, reunidos en la suma simplicidad de su Ser, muestran un anhelo profundo por algo más que esos seres, que no son capaces de llenar nuestras ansias.

3ra prueba: las bellezas y la Belleza suma subsistente

De nuevo, ¿qué hay de común entre un carro bello, una rosa bella, una canción bella, una mujer bella, un olor bello, una comida bella (agradable al sentido del gusto), una casa bella y un atardecer bello, un color bello, una relación bella, un poema bello? Siendo cosas tan distintas, incluso pertenecientes a categorías ontológicas irreductibles, ¿qué comunidad hay entre ellas, puesto que de cada una decimos ‘bella’ o ‘bello’ de igual modo y con pleno sentido? Pero el asunto no termina allí, llega mucho más lejos: una viejita, físicamente arruinada, carga a un bebe tan desnutrido, que no debe medir más de 30 centímetros de largo; es muy desagradable a la vista; pero es un asunto de lo más admirable que podamos imaginar: es la Madre Teresa de Calcuta desplegando su gigantesca obra, con la que viene a chocar todo el egoísmo contemporáneo. ¿Cómo es ‘bella’ la madre y su escena con el niñito minúsculo del mismo modo que la “miss Universo” y aún con un sentido mucho más pleno, por más humano?

A un biólogo, autoridad en el tema, le es bellísima una cucaracha. Para todos, toda la realidad se presenta como buena y verdadera, además de bella; el mínimo ser puede despertar a un espíritu contemplativo; y en efecto despierta nuestra conciencia. De hecho, nuestra personalidad es, en lo más fundamental, formada por la atracción poderosa que la realidad ejerce sobre nosotros, porque se nos impone con todo su valor trascendente.

Es así como, no dándose inmediatamente la suma Belleza en la contemplación de la realidad, ese anhelo que ella despierta en nosotros nos remite a Él, si tenemos ojos y afectos abiertos. De todo esto, aparece a las claras que la vida interior no es sólo una opción entre otras, es decir, que no es indiferente para nosotros tener o no vida interior; la vida interior es un llamado existencial que está en nuestra propia médula: sólo en ella, volviendo continuamente de lo exterior a nuestra interioridad, hallamos el quicio de todo. La reflexión y la libertad interior del hombre, puntos esenciales, son una llamada natural constante para las personas; que sólo pueden realizarse plenamente cuando, estando dentro, se consigue en el alma al Señor del castillo, como diría Santa Teresa.

4ta prueba: el orden de la naturaleza y el de nuestra vida particular y la unidad del universo. Nada es MÍO

Pero hay más aún. Una vez más, análogamente a lo que veíamos con la historia de la Humanidad, si en nuestra vida se puede encontrar un orden, que tiene de específico, es decir, que se ha de leer en una clave tal que incluya que somos humanos, pero que es, a su vez, concreto, sólo nuestro, irrepetible, de algún modo, incomunicable; y, si ese orden no nos lo damos, entonces hay una ordenación y un Ordenador que nos trasciende. Esto es aún más claro al ver que nuestras historias se cruzan, y aún se pueden unir, por el amor esponsal, pues, si no hubiera una ordenación de todo el universo, con los seres que incluye, no podría haber coordinación y contacto entre ellos, de ningún tipo, no habría causalidad, por ejemplo, y las respectivas temporalidades serían tan ajenas, que no podrían comunicarse.

Pero, además, es muy cierto (‘cierto’, algo de lo que se tiene certeza) que la vida y su ordenación no son conducidas por nosotros, sino muy precariamente (vid. Mío). No controlamos ni el número de nuestros cabellos, ni los latidos de nuestro corazón; ni lo que nos gusta ni lo que opinamos; no controlamos ni las reacciones de nuestro cuerpo, ni la posibilidad de agradar o desagradar a otros; no controlamos ni nuestro humor ni el de los que nos rodean. Tanto esfuerzo por dominar el mundo por la tecnología y no dominamos ni los aspectos formales de los seres materiales de los que hacemos uso al producir los artefactos ni la duración de su funcionamiento adecuado. No que no intervengamos, no que no seamos principios conscientes de nuestras operaciones libres; pero lo que está en nuestras manos es mínimo.

En cambio, hay Uno que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza: “Nada de eso; no creo en presagios; hasta en la caída de un gorrión interviene una providencia especial. Si es ésta la hora, no está por venir, si no está por venir, es ésta la hora; y si es ésta la hora, vendrá de todos modos. No hay más que hallarse prevenido. Pues si nadie es dueño de lo que ha de abandonar un día, ¿qué importa abandonarlo tarde o pronto? Sea lo que fuere” (Hamlet, Acto V, escena II). El sentido último del existir, propio de cada ser humano y, en última instancia, de cada partícula subatómica de todo el universo, es Dios, no puede caber duda de ello.

En el hombre, “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, n. 24), el sentido se vincula a un reconocimiento agradecido del hecho, para ponerse voluntariamente, con toda el alma, en las Manos en las que estamos de todos  modos, de Quien no podemos escapar, de Quien no nos podemos esconder, a pesar de toda la estulticia que desplegamos cuando damos alas a nuestra soberbia. Y la ventura será como inmediata al empezar un movimiento de conversión del alma a Dios, que no puede detenerse, ni en el descanso y la diversión, en toda la vida terrestre.

5ta prueba: la caducidad de la vida presente

Ha de tomarse, como último punto clave, precisamente al final de nuestra existencia terrena: la muerte. Ahí llegaremos, sin planear cuándo sucederá, o sea que, más bien, ella llegará a nosotros, y no podemos hacer nada al respecto. Y, sin embargo, ella tiene que inspirar muchos aspectos de nuestros planes; pues toda expectativa humana viene a chocar con ella. O habría que decir, si no se tiene como una desaparición total, por el conocimiento que tenemos de la inmortalidad de nuestra alma, que no es propiamente un “choque”, cuando se la acepta, sino un “toparse” con ella; para algunos es un toparse con la gran amiga de toda la vida, que los devolverá a la Patria del Padre. Sólo teniendo presente a la muerte, podemos tener una correcta ponderación de nuestras posibilidades y del sentido de nuestras vidas. Y sólo en la perspectiva de nuestra inmortalidad y del gobierno justo y misericordioso de Dios sobre todo cuanto ocurre, esa ponderación puede alcanzar su medida plena.

***

Conclusión

He aquí, pues, los aspectos indispensables de la interpretación de la propia vida. Como el sentido se da en lo concreto, cada quien tiene que vérselas con su propia trama. Pero, como es específico, nadie puede dejar de lado ninguno de estos aspectos del análisis. Se ha de revisar lo pasado, presente y futuro, las relaciones, las virtudes y lo relativo al Autor de la trama, a  Dios, y lo demás trascendente. Así se puede obtener un cuadro de la vida en el que lo que se hace, cada pequeño detalle, se enmarca en una estructura plena de sentido. Sólo así puede haber satisfacción real. Sólo así se puede saber bien qué es pecado, traición o claudicación; sólo así se puede saber qué es negligencia, lo mismo que ser agradecidos con quienes –aún queriendo nuestro mal… o queriendo nuestro bien– nos hicieron el bien; sólo así reconoceremos cuánto hemos puesto y cuánto nos fue otorgado, y lo que debemos a quienes o Quien nos lo otorgó; sólo así podemos medir los éxitos exteriores e interiores, igual que los fracasos y lo necesario para levantarnos al caer; sólo así sabemos de dónde venimos y adónde vamos; sólo así podemos medir nuestra vida laboral y las situaciones dolorosas.

***

La profunda reflexión y el vivir conforme a lo que la misma nos devela es fundamental; requiere esfuerzo, esfuerzo por aprender la doctrina cristiana, por aprender la filosofía, por aprender la historia e, incluso, por deslastrarnos de las innumerables mentiras que nos mete a diario la revolución, sobre el sentido, sobre lo malos y bajos que somos, sobre las supuestas maldades de la Iglesia del pasado, sobre el sentido de nuestras patrias o sobre las relaciones entre los sexos y, más cercanamente, entre los cónyuges, desenmascarar a ideólogos de género y feministas (la peores esclavizadoras de la mujer de la historia), desenmascarar a los comunistas, demás materialistas y cientificistas y un enorme etcétera. PROCEDER CON SERIEDAD, CON PROFUNDIDAD, QUE CONLLEVAN LA VERDADERA ALEGRÍA, LA REALMENTE ARRAIGADA EN EL SER, ESO ES REBELIÓN, REBELIÓN DE LA ESENCIA EN ESTOS TIEMPOS DE REVOLUCIÓN…


* Éste es un extracto del trabajo intitulado “Religion and the Nation”, realizado por el profesor Carlos Augusto Casanova, de la Universidad de Notre Dame, en los Estados Unidos, que hemos revisado en su versión manuscrita, p. 4. En lo que se refiere a Polibio, véase: Order and History (Baton Rouge: Louisiana State University Press, 1974), Vol. 4, 126-133.

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