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El Cristianismo como la fuerza más opuesta al gnosticismo de la historia

O del gnosticismo como el más perfecto anticristo concebible

Tikkun Olam, reparar el mundo. No suena tan mal. El problema es que arranca de una visión de la realidad como caída, como pecado a combatir

Tikkun Olam, reparar el mundo. No suena tan mal. El problema es que arranca de una visión de la realidad como caída, como pecado a combatir

Contenido

La definición del asunto, en palabras de Benedicto XVI

El anticristo gnóstico

Cristianismo, la religión del ser, verdad-bien-belleza, de su orden, de la libertad

Gracia y naturaleza, en el pensamiento de Santo Tomás

La Moral, las virtudes directrices y los dones del Espíritu

Sobre la capacidad natural de conocer la verdad y amar y realizar el bien y el auxilio de la gracia

Los sacramentos, vehículos por excelencia de la gracia, se diseñaron con miras en la naturaleza

Conclusión

La definición del asunto, en palabras de Benedicto XVI

“¿Qué hay en el origen? ¿La Razón creadora, el Espíritu creador que obra todo y suscita el desarrollo, o la Irracionalidad que, carente de toda razón, produce extrañamente un cosmos ordenado de modo matemático, así como el hombre y su razón? Ésta, sin embargo, no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en el fondo, también algo irracional. Los cristianos decimos: ‘Creo en Dios Padre, Creador del cielo y de la tierra’, creo en el Espíritu Creador. Creemos que en el origen está el Verbo eterno, la Razón y no la Irracionalidad. Con esta fe no tenemos necesidad de escondernos, no debemos tener miedo de encontrarnos con ella en un callejón sin salida. Nos alegra poder conocer a Dios. Y tratamos de hacer ver también a los demás la racionalidad de la fe […]. Creemos en Dios. Lo afirman las partes principales del Credo y lo subraya sobre todo su primera parte. Pero ahora surge inmediatamente la segunda pregunta: ¿en qué Dios? Pues bien, creemos precisamente en el Dios que es Espíritu Creador, Razón creadora, del que proviene todo y del que provenimos también nosotros. La segunda parte del Credo nos dice algo más. Esta Razón creadora es Bondad. Es Amor. Tiene un rostro. Dios no nos deja andar a tientas en la oscuridad. Se ha manifestado como hombre. Es tan grande que se puede permitir hacerse muy pequeño. ‘El que me ha visto a mí, ha visto al Padre’, dice Jesús (Jn 14, 9). Dios ha asumido un rostro humano. Nos ama hasta el punto de dejarse clavar por nosotros en la Cruz, para llevar los sufrimientos de la humanidad hasta el corazón de Dios” (Benedicto XVI, Homilía en la explanada de Isling de Ratisbona, del 12 de septiembre de 2.006).

El anticristo gnóstico

El anticristo será lo opuesto de Cristo, luego, será un gnóstico, pues ésa es la gran diferencia: Jesús es la Verdad y el gnosticismo es la gran mentira y la más grande de las tentaciones, porque la verdad es lo inteligible y lo inteligible es el ser, el pecado es esclavitud y la verdad es lo que nos hace libres, el someternos a la naturaleza, a su ley, bajo Dios Creador; y el gnosticismo es rebelión contra esa realidad, contra la verdad, contra la libertad, es tiránico, totalitario, es una fantasía de la voluntad de poder, exactamente diabólica.

Es así desde el primer antagonismo que surgió contra el Logos encarnado. Porque, en él, se embarcaron los judíos, cuando, habiendo matado al Logos y, habiendo Éste resucitado, lo rechazaran, y su templo fuera destruido, con su sacerdocio y su religión. Inmediatamente asumieron un mesianismo destructor, el de Bar Kochba y Rabí Akiba, que llevaron a ese pueblo a las tragedias que terminaron con la construcción de Aelia Capitolina y la prohibición de que se acercaran al antiguo emplazamiento de Jerusalén. En un principio, el sanedrín combatió a la Biblia, torciendo la definición de los libros sagrados, en Jamnia. Pero muy pronto salió a la superficie que el antagonismo hacia el Logos no podía admitir a la Palabra que era Palabra suya. Así, la Mishná, la Mercabá y la Zohar, la Cábala (vid. Gershom Scholem, Origins of the Kabbalah, sobre las relaciones entre la mercabá y la cábala), con su Tikkun Olam, surgieron, relegando a la Palabra de Dios a un segundo plano, puesto que, según el Talmud, los rabinos derrotaron a Dios. Su guerra contra el logos y el Logos los llevó por la vía de todos los desastres, las barrabasadas del Talmud, Moisés de Creta, Shabbetai Tzebi y sus hijos, por la vía de Jakob Frank, la ilustración, el sanedrín napoleónico, Ricardo-Rothchild (la banca de reserva fraccionada, el sistema montado sobre el crédito: 90% on thin air, en manos de los banqueros, a intereses, pagados por el gobierno y los prestatarios particulares, en una pantalla de computadora [antes de eso, lo que regía era el gold standard, porque el oro estaba en sus manos y todo el mundo, ahorcado ya, podía quedar ahorcado]), Marx, Hess-Hertzl y el ultranacionalismo sionista, Freud, Reich-Marcuse-Bernays y su revolución cultural-sexual, Leo Strauss-Irwin Kristoll con sus neo-cons y sus guerras interminables, la pornografía y la ideología del género, etc. Una tragedia sin fin que atraviesa toda la historia de la Salvación, desde el Cumplimiento de la Promesa y como profetizó el Salvador. No es ninguna casualidad que los orígenes más remotos del gnosticismo moderno, sea “cristiano”, judío, musulmán o ateo (vid. Dawson, Historia de la cultura cristiana, ensayo XVIII: la secularización de la cultura occidental y el surgimiento de la religión del progreso), deban emplazarse en Armenia y el Cáucaso: Khazars, iconoclastas-paulicianos-bogomiles y fatimitas.

***

En San Ireneo (Adversus Haersses, I,1-5), se puede leer sobre el origen del gnosticismo, sobre las concepciones de los gnósticos del siglo II. Hay dos rasgos que saltan más que cualquier otro a la vista en esas fantasías abstrusas: en primer lugar, está el corte que hay entre el “mundo” divino del Pléroma (en el que los aeones, que son tan superiores que no se pueden ni vislumbrar, tienen sexo) y el universo en el que vivimos nosotros. En segundo lugar, está el hecho de que ellos concebían al mundo como el resultado de un pecado, del intento de un aeón, sabiduría-Achamoth (muy probablemente, del hebreo, hachmoth), de ocupar un lugar que no le corresponde, de las tinieblas que se siguen para ésta de su pecado y de las pasiones que se generaron del tal pecado. El mundo es pecado y pasión; la materia y la pasión son malas; y en el universo no hay luz ni inteligencia.  Esto es diametralmente opuesto a Génesis I (7.10.12.18.21.25 y, sobre todo, 31) y II, donde las cosas son causadas por un Dios infinitamente bueno, que las va viendo, mientras salen de su “boca”, y constata que son buenas, muy buenas. También dista una infinitud de Génesis III, pues el pecado original de la criatura, no del Creador, es el origen del mal.

Luego de que Occidente naciera y creciera como civilización cristiana, con sobresaltos y brotes gnósticos relativamente menores, hasta el siglo XVI, pero, sobre todo, hasta finales del XVII, cuando el gnosticismo ya era imparable, el mismo fue cada vez más haciéndose anticristiano, cada vez más abiertamente tal y cada vez más fuerte. Dawson relata su desarrollo secular, desde el principio, pero resumiré lo que dice, desde esta época crucial, la del nacimiento del rosacrucismo, de la masonería, de la ideología de la mal llamada ilustración, de la Revolución Gloriosa en Inglaterra. Luego de las divisiones en el Cuerpo de la Iglesia o, más bien, de las rupturas protestantes, la alta cultura no se dividió. Los hombres de ciencia estaban divididos étnicamente entre protestantes [Newton, Huygens, Leibniz, Kepler] y católicos [Descartes, Galileo, Mersenne, Pascal, Gassendi, Torricelli, Roberval, Copérnico]. Pero la cultura los unía; pues, culturalmente, a pesar de las divisiones, y de la intensa religiosidad que movía las disputas religiosas, la cultura permanecía siendo europea o pan-europea. En esa circunstancia, se tendió a buscar una religión común racional (esto es la masonería), común a toda la gente “sensata”: Montaigne, en el XVI, y Locke, Cherbury y Chillington, en el XVII [éstos dieron lugar a Tolland, Collins, Marchand, Rousset de Missy, en el XVIII; y éstos a Voltaire y d’Holbach, D’Alembert, Rousseau, Helvecio, Condorcet, Diderot, La Mettrie, Phillippe Égalité]: el naturalismo como religión mundial, de los ingleses a los philosophes franceses, en el XVIII [aparte del ateísmo, claro].

Esa religión secular tiene una intensa deuda con el Cristianismo: todo lo positivo que tuvo se deriva de él [como con el arte]. Las ideas centrales de la nueva religión son ideas cristianas secularizadas (respecto de la ética de esta religión, MacIntyre dice que es una ética cristiana, sin Dios; en: Tras la Virtud. Editorial Crítica. Barcelona, 1.987. pp. 78-84). Entre tales concepciones, se hallan: Dios creador y benefactor, la moral, la Providencia convertida en leyes mecánicas [esto lo dice también Toynbee, en el Estudio de la historia], la escatología convertida en progreso, principalmente. Entre otros factores, la causa de que esto se dé de tal modo, estriba en que muchos de los pseudo-ilustrados son curas escépticos reformadores: Mably, Condillac, Morelly, Raynal y Sieyès. Curas como Saint-Pierre: el progresista del paraíso en la tierra. Esta idea judaizante cala en Francia, Inglaterra, Alemania: el idealismo, el positivismo, el socialismo-comunismo, el liberalismo se deben a ella (como ya señalé arriba; lo que explica la gran adhesión de los judíos a estas ideologías). En Inglaterra, los curas unitaristas desafectos y revolucionarios, como Price y Priestley, llevan la batuta. Thomas Paine, lo lleva a Estados Unidos, donde William Ellery Channing le da un fuerte impulso, que impacta en los trascendentalistas, liderados por Ralph Waldo Emerson, aunque Benjamín Franklin ya era progresista de primera línea. En Adam Smith, el progreso era un asunto religioso: el milenarismo puritano devenido en progreso y paraíso en la tierra, pero no de Jesús, sino del progreso: de nuevo, se trata de cristianos fuertemente judaizantes, fuertemente secularizados [como muestra abundantísimamente E. Michael Jones, en muchas de sus obras]. Los philosophes franceses son fanáticos sectarios del nuevo evangelio; su recurso a la Razón era un acto de fe que no admitía cuestionamientos; creían en la trascendencia de la razón y la ineluctabilidad del progreso, “aunque nada había en sus premisas que apoyara tales suposiciones”.

Rousseau fue un personaje pronunciadamente religioso, más que los anteriores, revolucionó la sociedad con violencia, hasta que se llevó por el medio todo y cambió a toda la sociedad europea, con sus mitos calvinistas en reversa del estado de naturaleza inocente y de la caída que era la sociedad (a la manera gnóstica) y la perfectibilidad infinita del hombre y la sociedad. Mitos éstos que fueron seguidos por fanáticos furiosos, de manera que aquí se trata de una segunda Ruptura luterana [mal llamada “reforma”]. Los destructores como Tolland, Collins, Locke, Voltaire, Diderot, dieron al traste las bases espirituales de la sociedad, Rousseau dio bases nuevas sobre la convicción y el entusiasmo religiosos. Batido como lo fue el suelo y el subsuelo del espíritu europeo, así como por un sentir escatológico indefinido, aunque intramundano, y la guerra contra la realidad, siamesa de la voluntad de poder, Europa se convirtió en revolución, eso es la modernidad [esto mismo es lo que dicen Voegelin y Jones]. Esto condiciona toda la vida de nuestra sociedad actual: no vivimos tiempos normales, las revoluciones son raras, son acontecimientos extraordinarios, mientras que nosotros vivimos en permanente revolución[i].

La destrucción del ancien regime fue algo episódico, una mera ocurrencia, en los movimientos tectónicos en el alma de la civilización occidental. Lo importante fue la revolución, que llevó el jacobinismo a todas partes [de ahí la bonanza de los judíos en el nuevo Occidente, como dice Jones]. Hasta el nuevo calendario de los revolucionarios, fanáticos ilusos, con sus fructidores, sus termidores y su pretensión de nuevo comienzo de la historia y de haber dado lugar a una nueva edad, sin guerras. En ese contexto, Robespierre institucionaliza la fiesta del “Ser Supremo”; y, a su vera, lo que vino fue el Terror, que se llevó por el medio todo, hasta a Robespierre y Condorcet y varios centenares de miles de almas, en uno de los genocidios, en proporción, más grandes de la historia.

Esto generó la fuerte reacción que lideró Metternich: el intento de resurrección de la Cristiandad, el romanticismo y el nacionalismo. La gente cayó en la cuenta, cuando se despertó del ensueño revolucionario primero, de cuán cristiana era Europa; y no sólo por la cantidad de fieles, sino por la profundidad de las raíces cristianas. Ésta fue, pues, la batalla en el continente europeo en los siguientes años: los revolucionarios contra los católicos. Hasta historiadores revolucionarios de la Revolución reconocen la deuda de ésta al Cristianismo; dice Lamartine que el escepticismo de los philosophes se extendía a la “periferia”[ii], lo sobrenatural del dogma, pero que asumía la enseñanza moral y la función social. No es lo mismo el racionalismo de la mal llamada ilustración que el idealismo revolucionario de Rousseau; cada uno de éstos es una tradición religiosa distinta, pero ambos dependen de un ideal religioso anterior, secularizado. Los racionalistas dependen más de la Fe ortodoxa; mientras que los jacobinos dependen más de los milenaristas y anabaptistas. Godwin, “principal representante inglés del idealismo revolucionario”, es un jacobino y, entonces, un soñador bastante loco, milenarista secular; Shelley, su yerno, el pornógrafo inspirador de la literatura terrorífica, va, más o menos, por la misma línea. Entre los socialistas, Fourier es un milenarista bastante desquiciado. Owen y Saint-Simón y los suyos son mucho menos trastornados, pero son milenaristas y todos pasan sus locuras a los socialistas posteriores. Lessing es un joaquinita, un gnóstico creyente en las tres edades de Fiore, seguidor explícito de Joaquín, pero secularizado, de modo que su Tercera Edad no es Edad del Espíritu, sino de la Razón. Éste tuvo tremenda influencia: está en la raíz del desarrollo del protestantismo liberal o modernista[iii], influyó en los sansimonianos y en Comte y sus tres Etapas, todos los idealistas alemanes, cada uno cogiéndola como le pareciera. En el Fichte de las 5 etapas, la quinta siendo la plenitud, imagen libre y viviente de la Razón Eterna, el Reino Milenario del Apocalipsis, el Reino del Espíritu [puro Joaquín]; en Schelling, plenitud de la interpretación religiosa del gnosticismo milenarista y Joánico. En el romanticismo, Schlegel y Krause. En Hegel, detrás de su apariencia racionalista, en la que no busca nuevas jerusalenes, sino que coloca como el pináculo de la historia al estado prusiano, tiene una fundamentación teológica bastante evidente, siendo Lessing un factor bastante fuerte [o sea que Joaquín lo es; eso sin contar su deuda con los rosacruces, principalmente con Jakob Boehme, quien ya creía en las etapas; y quien, de hecho, puede ser un vínculo entre Joaquín y Lessing]. Los hegelianos de derecha y de izquierda, Marx y Feuerbach, continúan la gran labor. En la primera mitad del siglo XIX el progreso se había apoderado de Europa: liberalismo, idealismo trascendental, socialismo [y positivismo]; muchos creyeron que los sueños de Saint-Simon estaban por cumplirse. Lo que vino fue el horror que ya sabemos, claro, no fuera de este espíritu, sino por su causa, como también sabemos (esta historia se lee en Dawson, en: Ibíd., pp. 375,1-385,3).

En este ámbito, el de la guerra contra la realidad y la voluntad de poder y la ensoñación escatológica, aparece un fenómeno central, a saber, la deificación usurpadora, la apoteosis de la criatura, lo que yo prefiero llamar, aunque sea un neologismo, ‘antropoteísmo’, por su precisión y exactitud. Desde los Marcio Ficcino, Picco della Mirándola y Johannes Reuchlin, los mal llamados renacentistas y humanistas tuvieron una fuerte influencia de la cábala y el gnosticismo judío, eufemística y pomposamente llamado ‘misticismo’; esa influencia no dejó de crecer y, luego, en gente de la ralea Miguel Servet o Nicholás Flamel o Isaac Newton y la gente de Rosenkreuz, Dee, Bruno, Francis Bacon, Agripa, Paracelso, Boehme, se hizo total. Los señores talmúdico-cabalistas enseñaron la magia de la alquimia (realizada plenamente en la banca moderna y sus intereses, capaces de hacer que el dinero se reproduzca, estando quieto, en una pantalla de computadora), el ideal de la construcción del Gólem (padre de Frankenstein y de la inteligencia artificial fuerte) y la derrota de Dios a manos de los rabinos, según ellos mismos en el Talmud, en el debate de astucia. Ahí tenemos, entonces, a Descartes, diciéndole a Cristina de Suecia que el hombre puede deificarse; de él, pasando por Condorcet, Kant, Hegel, se llega a Marx y a Nietzsche o al demonio Nilich de Dostoievski, diciendo que la línea de separación del hombre y Dios es el miedo a la muerte, que nos haremos dioses, al perder esa inhibición y nos hagamos capaces de matar y matarnos, sin obstáculos afectivos.

Marx, profeta del bajísimo, es una excelente ilustración de la guerra contra la realidad-como-antropoteísmo, que define al gnosticismo o a las ramas del mismo representadas por el talmudismo y la modernidad, que convergen fantásticamente en él, sobrino del rabino. Voegelin, cita la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1843): “la crítica de la religión es lo que presupone toda crítica”, Dios es un producto del hombre y, si se sabe esto, el hombre llega a su plenitud: Dios es una proyección de lo mejor del hombre [como en la psicología de la religión de Feuerbach], si se borra la proyección, queda lo proyectado, el superhombre. El hombre religioso, el iluso, es un no-hombre, el verdadero hombre es el ateo, el que absorbe al superhombre-dios: éste es el hombre nuevo, un superhombre-dios. Ya la religión está en su sitio, ahora viene la política, a lo que Marx iba desde el principio, o sea, pasado el presupuesto necesario, pasa al meollo: la lucha contra la religión es una lucha contra el mundo del que ella es el aroma, es el comienzo para salir del ‘valle de lágrimas’. El hombre real está en la sociedad, cuando ésta se pervierte, produce la religión, el corazón y espíritu del mundo des-corazonado y des-almado, es el grito desesperado del oprimido, es el opio del pueblo. No es buena ni siquiera como un analgésico, es anestesia para evitar la lucha, o sea que es radicalmente mala, en los parámetros del Manifiesto Comunista. Por eso, la crítica de la religión es crítica de este mundo malvado; y tiene que completarse con la crítica total del derecho y la política. Pero la crítica no es teórica, es práctica: “a lo que se refiere [la sociedad des-almada] es su enemigo, que no busca refutar, sino aniquilar… La crítica ya no actúa como un fin en sí mismo, sino sólo como un medio. Su emoción esencial es la indignación [no habla de principios intelectuales, sino de emociones]; su tarea esencial es la denuncia [no la búsqueda de la verdad]”. Dice Voegelin: “aquí habla la voluntad de asesinato del mago gnóstico. Los lazos de la realidad se han roto. Los prójimos humanos ya no comparten el ser con él; la crítica ya no es debate racional. Se ha pasado sentencia; lo que sigue es la ejecución” (Science, Politics and Gnosticism, cit., pp. 64-67; la alusión al Manifiesto comunista es mía). Esa ejecución implica la negación de todo aspecto de la realidad que le impida convertirse en Dios: la religión, la política, la moral, la cultura, la familia, el estado nacional, reduciendo todo a lo más cercano posible a lo material, a la economía, y entendida ésta como plastilina infinitamente maleable, él, el partido comunista, manejado por él con brazo de hierro y sin ninguna piedad (que lo digan Bakunin, La Salle, etc.), manejará a la humanidad como un dios… uno que fuera un tirano totalitario…

Así, claramente, la revolución gnóstica es un movimiento del anticristo, es mentira y esclavitud e intento de negación de la realidad y de su orden, guerra contra ellos. Es Daniel Dennett diciendo: “no hay Yo, te lo aseguro yo”; “estoy plenamente convencido de que no existen las creencias, son trazos de psicología folk [expresión que usa, en efecto]: hábitos mentales, la ciencia –hábito mental– pulverizará toda creencia en las creencias”; “estoy plenamente consciente de que no hay conciencia”. Con razón el materialista John Searle asegura que el materialismo es la religión irracional de hoy; así como el promotor del totalitarismo y la psicodelia, Aldous Huxley, asegura que nadie es ni puede ser materialista, en realidad, metafísicamente, es imposible creer en eso (a menos que se tenga una “psicología folk”): sólo lo sostienen, conscientemente, vivarachos con un programa, Marx, para la dominación política, La Mettrie, para la promoción de la pornografía… Sus ejemplos.

Así llegamos a nuestra situación actual, con el lema “ordo ab chao” siendo potentemente ejecutado por los neocons y sus marionetas en Afganistán, Irak, Egipto, Libia, Siria, Yemen, Irán… Luego vendrán, no lo duden, Arabia Saudita y Turquía, como, estúpidamente, quizás, lo revelara el New York Times hace unos meses… Y tenemos a la revolución de la contracultura, con su estridencia-con-ritmo-por-música y su horripilancia-esnobista-por-arte-“visual” (Arte Povero, Up, Pop, etc.); y su rebelión contra la familia y el orden moral, llamado feminismo e ideología de género. Los activistas de esto declaran su antropoteísmo sin ambages, en Yogyakarta: “La orientación sexual se refiere a la capacidad de cada persona de sentir una profunda atracción emocional, afectiva y sexual por personas de un género diferente al suyo, o de su mismo género, o de más de un género, así como a la capacidad de mantener relaciones íntimas y sexuales con estas personas. La identidad de género se refiere a la vivencia interna e individual del género tal como cada persona la siente profundamente, la cual podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo la vivencia personal del cuerpo (que podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole, siempre que la misma sea libremente escogida) y otras expresiones de género, incluyendo la vestimenta, el modo de hablar y los modales”. Guerra contra el ser y contra el Ser sumo subsistente, antropoteísmo, voluntad brava de poder… y dualismo cartesiano. Es como el tal transhumanismo, tenemos las capacidades que nosotros decidamos, aplicando los mismos principios de Yogyakarta, a la manera postmoderna, es decir, sin coherencia: nuestra conciencia, concebida a la cartesiana, fuera del mundo y con una fuerte voluntad de poder, maneja a su antojo a una materia concebida en la línea del nominalismo-materialismo radical, sin ninguna formalidad de ningún tipo; mas, luego, esa conciencia puede ser transferida a “soportes materiales”, “magnéticos”, diferentes, siguiendo el principio de la “múltiple realizabilidad” de la gente de la “inteligencia artificial fuerte”, que consiste en la posibilidad de que la mente pueda realizarse en esas bases físicas distintas… En el extremo, están los “transable”, los que afirman, como los transhumanistas, nuestro poder sobre qué capacidades debemos y podemos tener, pero que optan, legítimamente, claro, por la mutilación, pues quieren tener menos capacidades que las naturales… Antropoteístas muy extravagantes, ciertamente… Y, con su guerra contra la familia, se sitúan en lo que sor Lucía de Fátima asegura será la batalla final: la batalla por la familia…

Cristianismo, la religión del ser, verdad-bien-belleza, de su orden, de la libertad

Nadie lo podría haber dicho mejor que Nietzsche: “mucho me temo que no conseguiremos librarnos de Dios mientras sigamos creyendo en la gramática…” (Nietzsche, El ocaso de los ídolos, La “razón” en filosofía, n. 5). Si en el mundo hay un orden racional real, incluso en las construcciones de la lengua, a diferencia, por ejemplo, de lo que pensaría un empirismo-materialismo-ocasionalismo radical, que lleve a sus cultores a un nihilismo, del tipo del nietzscheano, hay Dios: Nietzsche sabe qué está atacando, es un verdadero demonio gnóstico. Por un momento o, más bien, a efectos de un trabajo intelectual concreto, como éste, uno puede omitir, al menos al principio, las implicaciones de teología natural de semejante frase y concentrarse en uno de los presupuestos de la misma. Ella puede provenir de pensamientos radicales como aquél que afirma que “Por su origen el lenguaje pertenece a otra época de la forma más rudimentaria de la psicología” (ibíd.). Y, así, se puede abrir paso a la consideración de la necesidad misma de estructuras “racionales” en la base de la posibilidad misma de la comunicación, con todo lo que ella entraña. Entonces, se puede plantear, en un principio, la hipótesis de que el lenguaje es sólo un caso particular muy paradigmático de la estructura del mundo, que el ser es estructura o, más bien, estructurado, de suyo; y, por tanto, hecho a la medida del intelecto o el intelecto a su medida o ambos, cada uno a la medida del otro.

El asunto va más allá. Es lo que dice Rafael Tomás Caldera, en La primera captación intelectual: la realidad es bien fundamental, porque es verdad, primer inteligible, que da lugar a la conciencia; la verdad es la madre y el ámbito del intelecto, es la belleza, por antonomasia, pues es aquello que es su más profunda connaturalidad. Connaturalidad que estriba, precisamente, en su ser el uno para el otro, constitutiva, originalmente, desde la mente que los hizo, una Mente que es Ser sumo subsistente, hizo el ser inteligible y el intelecto; esa mente también es Amor y Bien, e hizo la voluntad y el ser-bien; siendo Belleza, hizo el ser-belleza y el gozo contemplativo como coronación de la anterior connaturalidad. El gnosticismo es, entonces, desde Simón Mago, Valentiniano y Basílides, hasta los ideólogos de género y lo transhumanistas, pasando por los cabalistas-talmúdicos, una guerra profunda, una guerra contra lo fundamental, una guerra contra la realidad y su Fundamento ontológico. Claro, como en el caso del libro IV de la Metafísica, puesto que el ser y su captación son la condición misma de que ellos puedan hablar, moverse, argumentar, tener voluntad de poder y, aún, la base de su mismo existir, se trata de una pelea contra los que “con la razón pretenden destruir a la razón”, “con el ser y sus consecuencias pretenden destruir al ser y su Fundamento”, es una batalla como la de Apocalipsis XII, una batalla del fundamentado contra el fundamento, algo tan desquiciado, que da lástima… se dice que el transhumanismo, por ejemplo, es una violación de la dignidad humana, claro que lo es, pero es claro que es algo más profundo, es Apocalipsis XII, en vivo…

Esa Guerra contra el ser del ser por participación es hasta cómica: es como si los que hacen la clonación produjeran la materia y las leyes formales que la rigen, a sí mismos y a su inteligencia, con independencia del Creador, como fuente absoluta de todo. Como eso es ridículo, como es ridícula la pregunta por el ser, sobre todo después del Poema de Parménides, entonces habría que tenerles mucha paciencia, si no fuera por lo tremendamente dañinos que son ellos y los demás de su ralea gnóstica…

El Cristianismo es la perfecta antípoda, en la medida en que se puede: ellos no pueden llegar al extremo negado en el párrafo anterior, porque “la vía de la nada es impracticable”; pero, en la medida en que ellos, como niños que se creen grandes, lo pretenden, es su antípoda. El punto de partida es Sabiduría XIII,1-9: “1 Sí, vanos por naturaleza son todos los hombres que han ignorado a Dios, los que, a partir de las cosas visibles, no fueron capaces de conocer a ‘Aquel que es’, y al considerar sus obras, no reconocieron al Artífice. 2 En cambio, tomaron por dioses rectores del universo al fuego, al viento, al aire sutil, a la bóveda estrellada, al agua impetuosa o a los astros luminosos del cielo. 3 Ahora bien, si fascinados por la hermosura de estas cosas, ellos las consideraron como dioses, piensen cuánto más excelente es el Señor de todas ellas, ya que el mismo Autor de la belleza es el que las creó. 4 Y si quedaron impresionados por su poder y energía, comprendan, a partir de ellas, cuánto más poderoso es el que las formó. 5 Porque, a partir de la grandeza y hermosura de las cosas, se llega, por analogía, a contemplar a su Autor…”. Romanos I,18-22, que afirma la posibilidad de llegar a Dios por la teología natural, a partir de las criaturas, refuerza esta conclusión.

Santo Tomás, cuya teología comprehende esta verdad más que ninguna otra en la historia, la desarrolla admirablemente. El orden del universo de Contra Gentiles II,39 es una vía poderosa para mostrarlo: “Lo bueno y óptimo en el efecto es el fin en su producción. Pero lo bueno y lo óptimo del universo consiste en el orden de las partes entre sí, el cual no puede darse sin distinción, pues por este orden se constituye el universo en su totalidad, que es lo óptimo de él. Luego el orden mismo de las partes del universo y la distinción de ellas es el fin de la producción del universo”. Por eso, en su mentalidad que admite el absurdo y la petición de principio a cada paso, los gnósticos no tienen problemas con decir que de la nada viene el ser y del caos el orden y de lo inerte la vida y de la inconciencia la conciencia. En el Cristianismo, el caso es el contrario. Santo Tomás da cuenta de eso, a cada paso. Así, aunque no se pueda demostrar la existencia de los ángeles (CG III,41-43), conviene al orden del universo que ellos existan y, por tanto, es razonable pensar que así lo hagan.

La religión cristiana es descrita certeramente, en la I carta de san Pedro, III,15: “estad siempre prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere”. Comenta Su Santidad, el Papa Benedicto XVI: “En su primera carta, San Pedro urgía a los cristianos a siempre estar listos para responder (‘apologia’) a todo aquél que les preguntara por el logos, la razón, de su Fe (cfr. 3,15). Esto significaba que la Fe bíblica tenía que ser discutida y contactarse con la cultura griega y aprender a reconocer a través de la interpretación la línea divisoria, pero también la convergencia y la afinidad, entre ellas en la única razón, dada por Dios” (Benedicto XVI, Discurso sobre la hermenéutica de la continuidad a la Curia Romana, 22 de diciembre de 2005, en: http://rorate-caeli.blogspot.com/2015/12/10th-anniversary-of-hermeneutic-of.html).

Esta solidaridad entre la Fe y la esperanza y la razón humana, se transparentan, incluso, en manifestaciones sobrenaturales de Nuestro Señor, que están en radical oposición a la pretendida maldad de la materia, las pasiones y lo creado sostenida por los gnósticos. La transfiguración, la resurrección, el cuerpo-Templo del Espíritu: en todos estos misterios de la Fe-realidades históricas, registradas por los testigos y sus inmediatos discípulos, la dignidad del cuerpo, capaz de ser portador de la Gloria divina, es reafirmada con potencia. “Jesús asumió en todo nuestra naturaleza, menos en el pecado” (Hebreos IV,15). Esta sentencia termina toda discusión posible, todo intento de llevar al Cristianismo, la religión fundada por el “Hijo del Hombre”, al desfiladero gnóstico. Para los gnósticos, el mundo será pecado, pero para nosotros, Dios creó el mundo y vio que era “muy bueno” (Génesis, I,7.10.12.18.21.25 y, sobre todo, 31).

Desde ese punto de partida, lo único que cabría esperar –de la religión fundada por el mismo Creador– es una decidida enseñanza, promoción y defensa de la Ley Natural. Jesús da innumerables ejemplos directos: “en el principio los creó Dios hombre y mujer […] por eso, dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne; por tanto, lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”; “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios [dando la más cumplida respuesta histórica, en 16 palabras al asunto de las relaciones entre la autoridad religiosa y el poder político]”; “la levadura”, es decir, la gracia es levadura, que hace levantar a la Tierra, no una especie de sustitución de lo natural; el 4to mandamiento y el sexto mandamientos como defensas de la familia y afirmados por Jesús tan poderosamente en el Sermón de la Montaña; “¿quién me ha constituido como juez entre vosotros?”; “mi Reino no es de este mundo”…

A partir de éstas y otras enseñanzas, surgirá el realismo católico, que se demostrará tan fecundo y poderoso en la historia. En la separación [sana, verdadera] entre la Iglesia, institución religiosa y no circunscrita a ningún estado nacional, universal, y el gobierno político, afirmando el deber de éste de poner las bases para que se cumplan los fines sobrenaturales de los hombres, propuestos, portados, por la Iglesia. La defensa de la condición natural de la comunidad política, tan central en la lucha actual contra la revolución internacionalista. La defensa de la familia y de la vida; la defensa de la libertad y de la calificación como maldad moral del cobro de intereses. La defensa de la institucionalidad intermedia, del principio de subsidiariedad, de la separación entre lo público y lo privado, así como la defensa de las pequeñas asociaciones, frente a los gigantes transnacionales. La universidad, como institución autónoma de la sabiduría, distinta del poder e, incluso, de la Iglesia.

Es, entonces, una gran verdad decir que “el cristianismo no traía un mensaje socio-revolucionario como el de Espartaco que, con luchas cruentas, fracasó. Jesús no era Espartaco, no era un combatiente por una liberación política como Barrabás o Bar-Kochba. Lo que Jesús había traído, habiendo muerto Él mismo en la Cruz, era algo totalmente diverso: el encuentro con el Señor de todos los señores, el encuentro con el Dios vivo y, así, el encuentro con una esperanza más fuerte que los sufrimientos de la esclavitud, y que por ello transformaba desde dentro la vida y el mundo” (Spe Salvi, 4). El Cristianismo es la levadura, pues, como dije antes.

La Iglesia, en su universalidad, por su carácter y su respeto profundo de la realidad, de la que es levadura, ha sido capaz de adaptarse, sin perder un ápice de su integridad, a las más diversas situaciones culturales a la más variada gama de etnias de todo el planeta y la historia; ése es el origen de los diversos ritos y una muestra irrefutable de su fecundidad. Además, siendo de Dios para los hombres, la Salvación es historia, Historia de la Salvación, no por intrahistórica, sino porque la Eternidad entra en el tiempo y por la Providencia, que obra por causas segundas, naturales. Así, la Iglesia tenía que ser una institución, con derecho y autoridad establecida, con un servicio Primacial de Unidad, como el ministerio Petrino, que tan fecundo se ha mostrado en la historia, frente a todas las herejías, que, en los contados casos que se ha desviado ha mostrado su tremenda importancia. Esto, que es una refutación formal de la “iglesia invisible de Lutero”, como muestra Rops, no pudo sino ser previsto por Quien conocía más y mejor nuestra naturaleza:

“Tampoco cabe formarse de su organización [de la Iglesia] más que una idea aproximada. La tenían ciertamente, pues toda empresa humana la supone y el mismo triunfo del Cristianismo en el plano temporal prueba que su crecimiento obedeció a esa profunda ley de la historia que quiere que, para desarrollarse, un movimiento haya de tener un personal sólido, un principio de mando y un método de acción, todo ello en estrechas relaciones y como fundido con la doctrina. Por otra parte, el mismo Jesús había dado todo eso a los suyos e incluso uno de los más asombrosos aspectos de su actividad en la Tierra es, para quien sabe leer el Evangelio, ese esfuerzo práctico de organización y de educación que realizó y cuyas consecuencias se prolongan hasta nosotros. Todo prueba que Dios hecho hombre sabía que, para sobrevivirle, su obra necesitaría de instituciones humanas. Por eso, los fundamentos institucionales creados por Él se encuentran también en la Iglesia primitiva” (La Iglesia de los apóstoles y los mártires. Editorial Palabra. Madrid, 1.992. pp. 23-24).

Pero Rops todavía comenta estos hechos así:

“No es éste uno de los aspectos de Cristo que más se estudian, pero es, sin embargo, uno de los más apasionantes y quizás en el que más ha de ahondar el porvenir. Jesús no fue sólo un poderoso despertador de almas, el autor y portavoz de la sublime doctrina y la víctima sobrenatural que todos sabemos, sino que se reveló también como el más sabio de los educadores y el más eficaz hombre de acción. Dio a los suyos una enseñanza concreta, digna de una escuela de mandos o un curso de propaganda; les enseñó una táctica. En todo caso, tenemos derecho a decir que la Iglesia nació de Cristo, pues tanto las instituciones como los dogmas que veremos desarrollarse en el curso de los siglos, tienen sus raíces en su enseñanza, y así, desde sus comienzos, presentó a la Iglesia ese doble carácter que persistiría hasta nuestros días (y hace que su historia sea tan difícil de captar) de ser, al mismo tiempo, una manifestación de fe, como Cuerpo Místico del Dios vivo, que es su alma, y un conjunto de instituciones humanas, queridas también por Dios” (ibíd.).

La verdad es, si cabe, un anti-gnosticismo y, por tanto, es, al mismo tiempo, una demolición de la mentira luterana. La verdad es sumamente emocionante y está llena de realidad y orden… Por eso, la Iglesia que la siguió y se comprometió con ella fue la que terminó venciendo y levantando una nueva civilización, de la cenizas de Grecia y Roma y de las sucesivas oleadas, marejadas, bárbaras, como dicen Voegelin y Toynbee; y como detalla tan luminosamente Christopher Dawson. A eso se debe, también, la traducción y asimilación  de toda la ciencia humana conocida hasta entonces, en los siglos XII y XIII, asimilación que se realizó en tiempo récord, gracias a la Gran Universidad (hoy tan de capa caída por el gnosticismo); lo que permitió que, tan pronto como se había digerido, sirviera como punto de partida para los espectaculares avances que tuvieron lugar desde el siglo XIV, en Oxford y París y, después, en toda Europa. Y eso todavía no da cuenta de lo que sucedió con la filosofía, la teología, la música, la historiografía, etc., etc., etc.

Gracia y naturaleza, en el pensamiento de Santo Tomás

Uno de los puntos en los que se ve más claramente la profundidad de la síntesis que, en la Iglesia, se da entre lo natural y lo sobrenatural, está en la doctrina sobre la gracia, que no anula la naturaleza, sino la perfecciona, la restaura y la eleva. En las razones que Santo Tomás da para mostrar la conveniencia de la revelación de puntos doctrinales que puede conocer el hombre por su sola razón (como la existencia de Dios, la creación de la nada, la existencia del alma y la inmortalidad del alma humana, etc.) hay una veta muy importante. Otro punto extraordinario está en el origen del mal y en la necesidad de Redención. Hay muchos puntos muy trascendentales. Pero, luego del punto fundamental de la Encarnación del Verbo divino, es en el tema de las relaciones entre la gracia y la naturaleza donde se hallan puntos más claros.

La Moral, las virtudes directrices y los dones del Espíritu

Un hombre puede poseer todas las excelencias imaginables y ser un total malvado, es más, puede ser, con innumerables excelencias, el peor de los hombres. De hecho, no podría serlo, si no las tuviera. El tener excelencias o no, no es lo que separa a un hombre bueno de un malvado. Lo que lo hace es la posesión de ciertas virtudes directrices: la prudencia, que busca los medios para dirigir todos los esfuerzos al bien último, la justicia general, que dirige las demás virtudes al bien común, la sabiduría, que consiste en el conocer y gozar del bien último mismo, y la caridad, que es el Amor amicitiae Dei, que dirige todo esfuerzo y toda virtud a ese bien común.

El hombre anteriormente descrito, lleno de cualidades “positivas”, si no son dirigidas a esos bienes, sino al de la soberbia y el dominio inicuo, por ejemplo, no posee virtudes, posee excelencias diabólicas, virtudes falsas, que no participan de la razón perfecta de virtud (S. Th., IIª-IIae, q. 47, a. 13 y Iª-IIae, q. 65, a. 1, entre muchos lugares pertinentes). Él es “prudente”, ha de notarse, y en un grado eminente: es bueno en el consejo, el juicio y en el imperio sobre lo decidido y, de nuevo, en grado eminente. Según esto, él debería ser considerado virtuoso, ya que hay un orden integral de la virtud y una íntima conexión entre ellas, en el que prudencia, justicia, fortaleza y templanza y, máximamente, la prudencia, en el orden formal, constituyen la vida ética (S. Th., Iª-IIae, q. 61, a. 2). Pero no realmente, le falta algo, un requisito dirimente… o quizás dos. Le falta la verdadera sabiduría, por la que nos relacionamos con el bien último: “como la prudencia se refiere a las cosas humanas y la sabiduría a la causa más alta, es imposible que la prudencia sea virtud mayor que la sabiduría, ‘a no ser que el hombre fuera lo más grande que hay en el mundo’, como dice el Filósofo, en el libro VI de la Ética. De donde ha de decirse, como se dice en ese mismo libro, que la prudencia no rige sobre la sabiduría, sino más bien lo contrario, ya que ‘la sabiduría juzga de todo y no es juzgada por nadie’, como se dice en I Cor., II. Así, pues, la prudencia no ha de entrometerse en lo que se refiere a lo más alto, lo que considera la sabiduría, sino imperar sobre aquellas cosas que se ordenan a la sabiduría, a saber, indicando de qué modo pueden los hombres llegar a ella” (Ibíd.: Iª-IIae, q. 66, a. 5, ad 1).

Pero hay dos planos de virtud (Ibíd.: Iª-IIae, q. 62, a. 1), uno natural, que nos dirige al fin de este orden, la felicidad natural (Ibíd.); y otro sobrenatural, que nos dirige a la eterna bienaventuranza y al amor amicitiae Dei, por el que amamos más a Dios que a nosotros mismos e, incluso, más que la bienaventuranza, que el propio disfrute eterno del Bien sumo, ya que Él es bien mayor que este gozo (Ibíd.: IIª-IIae, q. 26, a. 3, ad 3). En este amor amicitiae Dei impera la caridad, que, si bien es virtud de la parte intelectual, no lo es del intelecto, sino de la voluntad (Ibíd.: IIª-IIae, q. 24, a. 1, ad 2). De modo que, al parecer, en el plano sobrenatural no impera el intelecto o alguna virtud suya, sino la voluntad. Y, en el propio ámbito natural, la virtud imperante parece pertenecer a la voluntad, pues, como se dice en S. Th., Iª-IIae, q. 56, a. 3, las virtudes intelectuales permiten razonar y juzgar bien en su ámbito, pero corresponde a la buena voluntad dirigirlas al bien de toda la vida. Y, más aún, la propia prudencia se refiere a los medios para el fin, pero sin la virtud apetitiva, máximamente la buena voluntad y la justicia, no se dirige al bien adecuado, como es patente de la Suma Teológica (Iª-IIae q. 57 a. 1, q. 57 a. 4 y q. 58 a. 5).

Mas ha de saberse lo siguiente. La caridad misma tiene como medida y norte no la sabiduría humana, pero sí la divina (Ibíd.: Iª-IIae q. 66 a. 5 ad 1), don del Espíritu Santo. Y, en el plano natural, el apetito recto supone la recta razón, como es claro dado que la razón misma de virtud apetitiva incluye la conformidad del apetito a la razón (Ibid.: Iª-IIae q. 59 a. 1).

De todo esto es claro, pues, que sin unas virtudes directrices, que se refieren a la razón última de bien, que es medida de cualquier razón particular, cualquier excelencia de carácter es falsa virtud (Ibíd.: Iª-IIae q. 1 a. 6 y q. 19 a. 9). Esas virtudes se refieren al fin último, sea señalando las acciones adecuadas para llegar a él, como la prudencia; sea señalándolo directamente, como la caridad y la sabiduría. Lo que he llamado buena voluntad no se incluye aquí como virtud directriz, pues, en el plano natural, una voluntad así es el resultado de la posesión de las cuatro virtudes cardinales y las que les son anejas, no una virtud especial. Ahora bien, en ambos planos, lo más propiamente directriz es la sabiduría, que guía al apetito en su referencia a los bienes respectivos, subordinando todo al bien último. Esa sabiduría es la natural, en el plano de las virtudes humanas; o divina, en el orden de las virtudes teologales infusas. Sin éstas, un hombre, ciertamente y en algún sentido, excelente, puede ser el más nefasto de todos los tiranos y un verdadero demonio.

La moral natural, por tanto, sólo halla su propio cometido, con la ayuda de Dios, mediante las virtudes infusas y los dones del Espíritu, que no actúan hacia llevarnos a otros fines que los que Dios nos fijó al crearnos, sino nos dan la fuerza y la guía para lograr esos mismos fines: la gracia es corona y auxilio de la naturaleza; el Cristianismo es lo contrario de cualquier gnosticismo, incluso en la afirmación del auxilio sobrenatural al hombre… Pero, sobre esto mismo, se puede llegar a puntos mucho más profundos.

Sobre la capacidad natural de conocer la verdad y amar y realizar el bien y el auxilio de la gracia

Arriba queda claro que, para la perfección moral, es indispensable la gracia; pero eso no niega, de ningún modo, que el hombre tenga capacidad para el bien, fuera de la Iglesia, como, por ejemplo, en el caso de Sócrates, Platón y Aristóteles, que me gusta tanto como ilustración, por la tremenda bondad y verdad que resplandecía en ellos. La Suma Teológica da una respuesta muy equilibrada a la cuestión, conforme a la Fe y a lo mejor de la razón humana.

En Ia-IIae, q. 109, aa. 1-3, trata sobre si podemos conocer verdades, querer y hacer el bien y amar a Dios sobre todas la cosas por la sola naturaleza, sin la gracia. Es muy importante, pues se trata de si, en la naturaleza, hay alguna capacidad verdadera de obrar lo que somos, de obrar el bien, según nuestra capacidad, comenzando con nuestra capacidad para hallarlo, verdaderamente. Santo Tomás comienza por el tema del conocimiento de la verdad, en el artículo 1, poniendo las bases para responder a toda la cuestión. Primero, hay que distinguir entre la gracia y la acción de Dios, como base metafísica del universo que Él crea; como hay que distinguir entre la naturaleza humana, simpliciter, y la naturaleza herida por el pecado, herida que consiste, precisamente, en una tendencia al desorden, una ignorancia de la verdad, una debilidad para realizar la obra natural. Ahora, claro, se trata de una herida y no de una corrupción total de la naturaleza y, en virtud de ello, el Aquinate pone su respuesta perfecta, que muestra la solidaridad del Cristianismo con la naturaleza, creación de Dios, su apego a la misma, su tremendo realismo y lo potentemente verdadero que es.

Dios, en cuanto Primer Motor y Actualidad primera, de la que procede todo acto, por participación, está en la base de todo movimiento, incluso de los movimientos naturales. Pero es no quiere decir que las cosas no obren según su naturaleza, sino una compleja coordinación de causas, que no remueve la “autonomía” de cada causa en su orden (vid. Comentarios al libro VI de la Metafísica de Aristóteles, lección III), pero que, a su vez, sostiene la Providencia universal de Dios (Contra Gentiles, III, 64-76). El intelecto conoce, por su luz, las cosas inteligibles que caen en su capacidad; pero, aunque eso no requiera de una gracia, sin embargo, Dios es quien mueve, como Providente, dicha captación: “cada forma comunicada por Dios a las criaturas tiene eficacia respecto de un acto determinado, del que es capaz por su propia naturaleza; pero su acción no puede ir más allá a no ser en virtud de una forma sobreañadida, como el agua no puede comunicar calor si no ha sido previamente calentada por el fuego. Así, pues, el entendimiento humano tiene una forma determinada, que es su misma luz intelectual, de por sí suficiente para conocer algunas cosas inteligibles, aquellas que alcanzamos a través de lo sensible. Pero otras cosas inteligibles más altas no las puede conocer más que si es perfeccionado por una luz superior, como la de la fe o de la profecía, que se llama luz de gracia, porque es algo sobreañadido a la naturaleza”. Del mismo modo, el hombre puede amar y hacer el bien, pero se requiere subrayar que tales operaciones proceden de Dios, como de su Causa primera; lo mismo que hay que hacer las distinciones debidas: “En el estado de integridad, la capacidad de la virtud operativa del hombre era suficiente para que con sus solas fuerzas naturales pudiese querer y hacer el bien proporcionado a su naturaleza, cual es el bien de las virtudes adquiridas; pero no el bien que sobrepasa la naturaleza, cual es el de las virtudes infusas. En el estado de corrupción, el hombre ya no está a la altura de lo que comporta su propia naturaleza, y por eso no puede con sus solas fuerzas naturales realizar todo el bien que le corresponde. Sin embargo, la naturaleza humana no fue corrompida totalmente por el pecado hasta el punto de quedar despojada de todo el bien natural; por eso, aun en este estado de degradación, puede el hombre con sus propias fuerzas naturales realizar algún bien particular, como edificar casas, plantar viñas y otras cosas así; pero no puede llevar a cabo todo el bien que le es connatural sin incurrir en alguna deficiencia. Es como un enfermo, que puede ejecutar por sí mismo algunos movimientos, pero no logra la perfecta soltura del hombre sano mientras no sea curado con la ayuda de la medicina. Así, pues, en el estado de naturaleza íntegra el hombre sólo necesita una fuerza sobreañadida gratuitamente a sus fuerzas naturales para obrar y querer el bien sobrenatural. En el estado de naturaleza caída, la necesita a doble título: primero, para ser curado, y luego, para obrar el bien de la virtud sobrenatural, que es el bien meritorio. Además, en ambos estados necesita el hombre un auxilio divino que le impulse al bien obrar” (a. 2).

Finalmente, “amar a Dios por encima de todo es algo connatural al hombre, como lo es a cualquier creatura, racional o irracional, y aun inanimada, según el modo de amar que compete a cada una de ellas. Y la razón está en que cada uno apetece y ama por naturaleza aquello que corresponde a la disposición natural de su ser, pues, como dice el Filósofo en II Physic.cada cosa obra según lo que es. Pero es evidente que el bien de la parte se ordena al bien del todo. De ahí que cada cosa particular ama su propio bien, incluso con apetito y amor natural, en orden al bien de todo el universo, y este bien es Dios. Por eso dice Dionisio en el libro De div. nom. que Dios dirige todas las cosas al amor de él mismo. Por consiguiente, el hombre en estado de integridad ordenaba el amor de sí mismo al amor de Dios como a su fin, y hacía otro tanto con el amor que tenía a las demás cosas. Y así amaba a Dios más que a sí mismo y por encima de todo. Mas en el estado de naturaleza caída el hombre flaquea en este terreno, porque el apetito de la voluntad racional, debido a la corrupción de la naturaleza, se inclina al bien privado, mientras no sea curado por la gracia divina. Debemos, pues, concluir que el hombre, en estado de integridad, no necesitaba un don gratuito añadido a los bienes de su naturaleza para amar a Dios sobre todas las cosas, aunque sí necesitaba el impulso de la moción divina. Pero en el estado de corrupción necesita el hombre, incluso para lograr este amor, el auxilio de la gracia que cure su naturaleza” (a. 3). En este artículo queda claro de manera sucinta algo que Santo Tomás toca ampliamente en otros sitios (como Contra Gentiles II, 39): hay un orden perfecto del universo, en el que cada parte ocupa su lugar y tiende al mismo, por un amor fundamental al Creador, que Éste mismo les insufló al producirlas, pues las partes se disponen para el bien del todo. El hombre en estado de inocencia, “de integridad”, ponía de manera natural a Dios sobre todas las cosas, pues amaba de manera proporcionada; en el estado de pecado, con la naturaleza herida, eso, aunque sea parte de nuestro ser íntimo, no lo podemos realizar sin la gracia que nos cura y nos da fuerza. Un corolario de todo esto es que, por ejemplo, el hombre puede fundar sociedades sobre la base de su amor a Dios y de verdades que conoce sobre Él (cfr. Romanos I, 18-22; y Sabiduría XIII,1-9), pero, sólo en una sociedad cristiana, la religión puede contener la plenitud de la verdad sin mezcla de error y en ella puede haber hombres que con perfección amen a Dios y dirijan a la sociedad con base en estas perfecciones…

Los sacramentos, vehículos por excelencia de la gracia, se diseñaron con miras en la naturaleza

Sobre este tema, sólo queda citar al Aquinate, in extenso:

“Como ya se ha dicho anteriormente (q.62 a.5q.63 a.1), los sacramentos están destinados a dos fines: a perfeccionar al hombre en lo que se refiere al culto de Dios practicando la religión cristiana; y a ofrecer un remedio para el pecado [dos caras de una misma moneda: la dirección de todo el ser del hombre hacia Dios, por el culto y por la rectificación y la cura en la caída]. Pues bien, para conseguir ambos fines es oportuno que el número de los sacramentos sea siete.

En realidad, la vida del espíritu tiene una cierta semejanza con la vida corporal, como, en general, todas las cosas corporales tienen una semejanza con las espirituales. Ahora bien, en la vida corporal el individuo tiende a una doble perfección: una, referida a la propia persona; otra, referida a la comunidad social en que vive, porque el hombre, por naturaleza, es un animal social. En lo que se refiere a sí mismo, el hombre se perfecciona en su vida corporal de dos maneras: una, directamente, adquiriendo alguna perfección; otra, indirectamente, evitando los inconvenientes de la vida, como son las enfermedades o cosas parecidas. El perfeccionamiento directo de la vida corporal tiene tres etapas. La primera es la generación, por la que el hombre comienza a ser y a vivir. Y a esta etapa corresponde en la vida espiritual el bautismo, que es una regeneración espiritual, según lo que se dice en Tit 3,5: por el baño de la regeneración, etc. La segunda etapa es el crecimiento, por el que uno llega a la plenitud de su estatura y de su fuerza. Y a esta etapa corresponde, en la vida del espíritu, la Confirmación, en la que se nos da el Espíritu Santo para robustecernos, por lo que Jesús dice a los discípulos ya bautizados, en Lc 24,49: permaneced en la ciudad hasta que seáis revestidos con la virtud de lo alto. La tercera es la nutrición, con la que el hombre conserva la vida y el vigor, y a ésta corresponde, en la vida espiritual, la Eucaristía, por lo que dice el Señor en Jn 6,54: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre no tendréis vida en vosotros.

Esto le sería suficiente al hombre si, corporal y espiritualmente, tuviese una vida impasible. Pero, como el hombre está sujeto a la enfermedad corporal y espiritual, que es el pecado, el hombre necesita un remedio para su enfermedad. Y este remedio es doble: uno, de curación, que le restituye la salud; y a este remedio corresponde, en la vida del espíritu, la Penitencia, según las palabras del Sal 40,5: Sana mi alma porque he pecado contra ti. El otro remedio es la recuperación de las fuerzas con una dieta adecuada y un conveniente ejercicio: y a este remedio corresponde, en la vida espiritual, la Extremaunción, que borra las reliquias del pecado y deja al hombre dispuesto para la gloria final, por lo que se dice en Sant 5,15: Y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados.

En lo que se refiere a la comunidad social, el hombre se perfecciona de dos maneras. Primera, asumiendo el poder de gobernar la sociedad y de ejercer funciones públicas, cosas que corresponden en la vida espiritual al sacramento del orden, conforme a lo que se dice en Heb 7,27, que los sacerdotes ofrecen víctimas no sólo por sí mismos, sino también por el pueblo. Segunda, reproduciendo la especie, lo cual tiene lugar mediante el matrimonio, tanto en la vida corporal como en la espiritual, ya que el matrimonio no solamente es un sacramento, sino también una función de la naturaleza.

Y también se justifica el número septenario de los sacramentos por estar éstos destinados al remedio del pecado. Porque el bautismo está destinado a remediar la carencia de vida espiritual. La confirmación, a remediar la debilidad espiritual de los neófitos. La eucaristía, a remediar la proclividad hacia el pecado. La penitencia, a perdonar los pecados personales cometidos después del bautismo. La extremaunción, a perdonar las reliquias de los pecados no del todo desaparecidos, por negligencia o por ignorancia. El orden, a remediar la desorganización de la multitud. El matrimonio, a remediar la concupiscencia personal y la disminución de la población, producida por la muerte de los individuos” (S. Th., III, 65, 1).

La tensión de los sacramentos hacia la naturaleza es intensa y evidente. Mas, una vez que queda claro que son esos siete, para cubrir todas las necesidades del hombre, se muestra que el ponerlos en ese orden no es capricho, sino una necesidad de la misma lógica (III, 65, 2). Y, más aún, por ejemplo, aunque la vida sacramental sea una condición dirimente para la entrada al Paraíso, la naturaleza humana no permite que se violen derechos familiares y de libertad, para hacer entrar a personas en la Iglesia, de modo que, a un infante, no se le puede administrar el Bautismo, sin el consentimiento de sus padres; lo mismo que a un adulto, si éste no presta adhesión voluntaria a la Fe (III, 68, 10).

***

Conclusión

El gnosticismo es el exacto contrario del Cristianismo o, más bien, el extremo más remoto al que puede el hombre llegar en la vía de la contrariedad de la religión auténtica, esto es, la fundada por el mismo Principio ontológico respecto del que nos religamos por su medio. Es tal, porque es una guerra contra el ser, comandada y fomentada por la voluntad de dominio; una voluntad de dominio que es lo que se llama ‘antropoteísmo’ y que puede estar adornada de excelencias, pero que, a fin de cuentas, es demoníaca, en el mejor de los casos, por faltarle la dirección hacia el fin verdadero del hombre, en el que consiste su plenitud. Se trata de una tendencia muy profunda del hombre, que ha atravesado la historia, como enemiga de Cristo y de toda decencia humana; y que apareció desde el mismo rechazo de la Luz del mundo, por las tinieblas, que no la recibieron (Juan I,5). Finalmente, es una tendencia totalitaria, extremadamente peligrosa, que domina el mundo contemporáneo, con tendencias de lo más nocivas, que rechazan profundamente al ser y su orden. En el lado opuesto está la verdad, la verdad del ser, que es verdad, bien y belleza, en cuanto tal, que es padre de nuestra conciencia y ámbito de nuestro intelecto y lo más connatural a él. Está, además, su orden, que se manifiesta en las naturalezas de los entes y, concretamente, en la humana, con todos sus rasgos. Esa naturaleza, por el pecado, cayó y quedó herida; pero la gracia la restaura, la perfecciona y la eleva, para realizar el fin que el Creador le puso al crearla. Esto es lo que sostiene la Iglesia, en obediencia a su Fundador divino. Por eso, la Iglesia es el perfecto enemigo del gnosticismo demoníaco y se paran uno y otro, en la historia, como irreconciliables. Mas, a pesar de todo, y esto es corolario, añadido, a pesar de las apariencias actuales, cuando todo indica que el mal se impone invicto, no hay que tener miedo, pues ese Fundador todopoderoso, que tiene el universo entero en sus manos, que sustenta en el ser hasta al diablo y sus esbirros, sean sustancias separadas o personas corpóreas, así como al resto de los entes, por lo que es invencible, ese Fundador lo prometió y nos anunció lo que Él, en su eternidad, veía como realidad plenamente presente: “las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella”, contra SU Iglesia. PERMANECER FIELES Y CON ESPERANZA INCONMOVIBLE ES REBELIÓN, REBELIÓN DE LA ESENCIA, EN ESTE MUNDO DE GOBIERNO GNÓSTICO REVOLUCIONARIO…


[i] Esta profunda acotación de Dawson lo coloca en un nivel de los grandes pensadores de la historia, sin lugar a dudas.

[ii] Comillas mías, no es cita, es interpretación con un poco de ironía.

[iii] Ojo, esto es lo que contamina a la Iglesia en la actualidad –aparte del comunismo, claro– y parece que desde Pío X, por lo menos.

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