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Antisemita

El mundo, desde la perspectiva del racismo… y fuera del sinsentido sólo-para-mediocres que es el tal racismo

El Número 13 es Carlos Lwanga. Ellos son corona de Cristo, gente hermosa, caridad y heroísmo

El Número 13 es Carlos Lwanga. Ellos son corona de Cristo, gente hermosa, caridad y heroísmo

Contenido

Precisando los términos: no digas ‘raza’, por favor, no seas marginal

El materialismo como causa del racismo, la extrañez del mismo para el Cristianismo

Hess, racismo judío y antisemitismo

¿Cristiano y antisemita? Qué contradicción tan estúpida

¿Pero no persiguieron los cristianos a los judíos siempre?

Pero tú eres antisemita, ¿no?

Conclusión y reflexión final

Boston, junio de 1979. Apenas han pasado 11 años desde el asesinato de Martin Luther King Jr. La batalla por los derechos civiles es algo muy reciente. La migración masiva de negritos “sharecroppers” del sur hacia el norte, desde lugares como Mobile, Alabama, a lugares como Boston, que comenzó con la Segunda Guerra Mundial y terminó, más o menos, con las amenazas de King Jr., usando a la banda criminal de los Blackstone Rangers, a los lituanos de Chicago de que les quitarían sus casas a la fuerza, también era algo de extremada reciente data. Yo acababa de cumplir 10 años, cuando me dirigía, vía Boston, a un camping de muchachos, en New Hampshire, en la época en que los venezolanos hacíamos cosas así sin ningún problema, sin pensar en el gasto. Por la calle, nos encontramos a una familia de negritos, una señora con sus hijos, uno de los cuales era un chiquita, de unos 2 años, si recuerdo exactamente. Íbamos mi papá, mi hermano mayor, mi primo Edgar y yo. Yo era el chiquito de nuestro grupo; y tuve un impulso: le hice un cariño a la negrita linda… Mi papá me regañó. ¿Racista?, se preguntarán. Obviamente, NO, rotundamente, NO. El problema es que mi papá tenía 41 años (casi, los cumpliría una semana más tarde): él sabía la clase de problema que eso nos podría generar: un niño, inocente, de 10 años, acariciando a una chiquita, inocente, de 2… Habría sido, y mi papá tenía suficiente discreción para saberlo, como una de esas escenas de película en que el policía blanco, Steve Zahn, es acosado por el violentamente racista ciudadano negro, Martin Lawrence, porque el otro, por definición, es racista y éste, por definición, es víctima…

Precisando los términos: no digas ‘raza’, por favor, no seas marginal

En junio del 2013, publiqué una serie de artículos llamados Rubén B.: ¿sabes por qué “en Latinoamérica matan al hombre, pero no matan la idea”? (fueron 7 y éste es el enlace del primero). La idea era destruir esa típica cadena del mundo de hoy, forjada por algún mediocre radical, en la rama de “racista radical” de los mediocres radicales, según la cual todo rechazo a otro es “racismo” o “clasismo” (éste, claro, tiene tanto sentido como el otro [0, cero, nada, niente, nothing, nihil], pero no es el tema de este artículo). “Es que los gringos son unos racistas, por eso la tienen cogida con nosotros, los latinos [nombrecito sin sentido aquí, dicho sea de paso]”. Éste era el espíritu de mi espiritual serie de artículos: “Imagínense esta propaganda de televisión: van saliendo imágenes de 2 segundos de Bernie Williams, el Negrón pelotero puertorriqueño, con Bárbara Palacios, la Miss Universo venezolana; Pampita, la modelo argentina, con Pelé y Alex Aguinaga, el ecuatoriano; Cecilia Bolocco, la Miss Universo chilena, con Fernando Valenzuela el pitcher mexicano con rasgos indianos; Javier Sotomayor, el saltador de alto cubano, con alguna de las muchachas peruanas que hacían nubeluz; Messi con Glebys Ibarra la actriz morenaza venezolana de ojos verdes; Rubén Blades y Oscar D’León; el “Pibe” Valderraba, junto a Carlos Vives, Shakira, Juanes y la bella muchacha que protagonizó aquella telenovela, Café, con aroma de mujer o con Betty, la fea; Arturo Peniche y Talía, con Wilfrido Vargas. Al principio, Rubén se pregunta, ‘¿por qué aquí no matan la idea?’, todos van preguntándoselo. Al final, se responden: ‘es que nosotros no somos una raza… Iberoamérica es un espíritu…’. Y todo bajo un fondo musical de Celia Cruz, con una orquesta dirigida por Dudamel y Baremboim, con fotos de Bello, Neruda, Borges, Gardel, Bolívar, Sanmartín, Sucre, Juan Pablo Duarte, José Martí, Teresa Carreño, Romero, la Virgen de Guadalupe, la Coromoto, San Martín, Santa Rosa, San Roque Santa Cruz, San Juan Diego Cuauhtlatoatzín, etc., etc. We didn’t start the fire…”. Era una burla a sinsentidos como éste: “Dice Juan Luis Guerra, de su justamente querida República Dominicana, en la bella isla de La Española, más bien, de su simpático y alegre pueblo, que son ‘una raza encendida, negra, blanca y taína’”: ¿una raza de tres razas, no será un espíritu, lo que Briceño Iragorry llama un “mestizaje cultural”, espiritual, geniecito?

Seamos formales: la raza, en la especie humana, es más un constructo que una realidad.

Cuando uno habla, refiriéndose a la categoría de la sustancia, de especies y géneros, en metafísica, uno está hablando de cosas esenciales, del ser mismo de algo, de una cosa, de una realidad que existe en y por sí misma. En biología, las clasificaciones zoológicas y botánicas tienen un sentido derivado del metafísico y, precisamente, las definiciones tienen que ver con niveles de generalidad y especificidad proporcionales. Sin embargo, por esa vía, se llega a un punto en que las diferencias no son esenciales, se llega a la última especie, al perro, por ejemplo. Más “abajo” de esto, se pasa a diferencias dentro de modos de ser de una misma esencia: se trata, entonces, de diferencias ACCIDENTALES. Uno tiene un REINO (animal), que se bifurca en DIVISIONES (vertebrado), que se divide en CLASES (mamífero), que se dividen en ÓRDENES (carnívoro), que se clasifica por FAMILIAS (cánido), bajo las cuales encontramos a los GÉNEROS (can), a los que pertenecen las ESPECIES (perro). Éstas últimas, coinciden con la ‘especies’ metafísicas y los ‘géneros’, con los “géneros próximos” de las definiciones aristotélicas, según las clasificaciones dialécticas de Platón (por ejemplo: en El Político y en El Sofista). Por debajo de las especies, están las razas. Biológicamente (y aún para el comercio), tiene sentido ver que hay pastores alemanes y chihuahuas; pero, metafísica y éticamente, la diferencia es insignificante, pues, ‘perro’ se dice unívocamente de ambos, son lo mismo, se definen de la misma manera y, por tanto, valen lo mismo, en cuanto seres…

Eso es así, en lo que se refiere a los perros, ¿qué será en lo referente a las personas corpóreas? Para un perro, puede que el tamaño y la fuerza sean punto clave, pues, alguien puede querer una ayuda para cuidar el ganado o un compañero para los niños. Pero no se ve que tenga ninguna relevancia a la hora de medir cuánto vale uno cuya madurez esté atada no a la capacidad de defenderse de las fieras o de procrear, sino de la inteligencia, la verdad, la capacidad de amar, el bien, la virtud. Lo peor es que, en este ámbito, casi el único criterio es el color de la piel y muy poco más y el color de la piel es un asunto simple de pigmentación, casi una nadería… salvo para los menos que mediocres, sobre los que vamos a hablar ahora, en un minuto.

Vean una película de ésas gringas de vaqueros, Los siete magníficos, por ejemplo: un “blanco” se enfrenta a un “indio” y por ahí hay unos mejicanos: ¿qué distingue al gringo y a los mejicanos? No será la cultura occidental de unos y otro, por más que unos sean hispanos de Catolicismo escondido en la película (aunque en su pueblo haya Iglesia) y el otro anglosajón-protestante, esta diferencia es menor, en cuanto a la identidad cultural. Pero ¿qué distingue al “indio” de los mejicanos? No será la raza, pues son de exactamente el mismo origen. El gringo y los mejicanos son más lo mismo que los mejicanos y el indio, ¿qué les parece?, qué resultado tan paradójico… para el mediocrísimo mundo de hoy, gobernado por gente muy baja, en los medios de comunicación, sobre todo…

Es lo mismo que uno ve cuando vive para asombrarse y ver a un judío ashkenazi, catirito (rubiecito, en venezolano), con su pelo amarillo y sus ojos azules, acusando a un árabe de “antisemita”. El sinsentido es demasiado evidente para que nos pase desapercibido. Ahí tiene que haber un problema adicional, porque ¿cómo puede un NO-semita, bajo ninguna consideración, acusar a un semita por los cuatro costados de “antisemita”? Ahí, de nuevo, está operando alguna grave corrupción de la razón.

Una corrupción parecida aparece cuando, a alguien de una cultura no materialista, la gente, haciendo proyecciones desde la actualidad occidental, le lanza acusaciones de racismo. Es como si, Aristóteles o Platón pudieran ser racistas. Alguien puede decir que los griegos lo eran, que trataban a todos los demás de “BÁRBAROS”. Pero eso es una proyección, como les digo, los griegos, quizás, algunos de entre ellos, eran xenófobos; muchos otros, muy probablemente, fueran conscientes de su superioridad cultural patente y, por ello, estuvieran afectados de algún tipo de orgullo nacionalista. Claro, eso no afectaba a Platón, quien decía que la susodicha distinción no tenía base. Sin embargo, aunque tuviera formas incipientes en otras sociedades, el racismo es una forma revolucionario-materialista, post-cristiana, moderna, occidental; y, en cuanto tal, es una ensoñación gnóstica; y, en cuanto tal, es una guerra contra la realidad, que causa tremendas distorsiones, en la comprensión de la misma y en el actuar en el mundo, no en balde es un factor importante en la ignición de la más grande guerra en que se ha enfrascado la humanidad [no era sobre racismo la historia, pero éste fue un importante factor de ignición].

Uno entiende, sin embargo, estas peleas entre grupos de identidad étnica diferente, aunque con las distorsiones del gnosticismo post-“pseudo-ilustración”. Cuando un ashkenazi le dice a un árabe ‘antisemita’, está reaccionando a un condicionamiento, se trata de algo que le enseñaron desde chiquito, que todo conflicto de este tipo es racial y que él es semita y que todos los demás son antisemitas, sobre todo, si en ciertos medios informativos y ciertas organizaciones líderes judías así lo señalan. Es así, aún cuando la raza NO es [evito el subjuntivo sea, para evitar cualquier confusión: no estoy hablando en sentido deprecatorio, sino negando una actualidad] materia de identidad nacional, cultural, étnica. Miren a las tribus del África, a los hutus matando tutsis, en Ruanda, negros matando negros, mientras que uno, desde afuera, no sabía cómo se distinguían entre ellos… Es como la guerra Irak-Irán o el odio entre sikhs e hindúes o el odio entre indios hindúes y musulmanes, etc. Son odios reales, muy acerbos, pero no RACIALES, eso sería completamente ridículo, son problemas étnico-culturales, lo que es muy distinto.

El materialismo como causa del racismo, la extrañez del mismo para el Cristianismo

Pero ¿de dónde sale el racismo? Bueno, tiene dos fuentes. 1) El racismo “empírico es uno típico de los ingleses, por ejemplo. Ellos inventaron que eran superiores y se lo creyeron con mucha fuerza, cuando empezaron a tener tremendos éxitos en el comercio internacional, lo que les formó (junto a su no tener límites, sobre todo en el aspecto de “despiadados”) un imperio y los hizo el país más rico del mundo (bueno, sus clases dominantes, porque los demás pueden verse en su extrema miseria en los libros de William Cobbett, los de Dickens o en El Capital, de Marx). En ese momento, en el surgir del imperio, gente como Hume se elevó a la prominencia, diciendo que la moral consistía en las maneras de los lores ingleses y sus ladies. Si eso era así, lo que no fuera inglés o lo que a ellos no les gustara era desechable, algo esperando para ser destruido. Y, por el contrario, si a los ingleses les convenía, eso debía ser moral y muy digno y bueno: el tráfico de drogas en Asia, sobre todo para quebrar a las poblaciones lugareñas, China y la India, y para percibir los pingües beneficios, en cuya defensa armaron TRES GUERRAS (las Guerras del Opio); o, también, la destrucción de naciones y culturas, como la cultura tabú hawaiiana; o formar estados artificiales que, a la salida de los ingleses, fueran hervideros de desorden y odio étnico, con la potencia del estado nacional occidental y sus modos de organización: Birmania-Myanmar y sus continuas masacres puede ser un ejemplo bastante claro de esto (vean Rambo IV: una pequeña ojeada). En este ámbito, los negritos son muy diferentes de los ingleses, por tanto, son feos; sus sociedades no tienen las valoraciones intraculturales de los ingleses, por eso, son brutos, bárbaros, estúpidos y otras cosas así: en una palabra, son “NATIVOS”: esta palabra significa, que uno nació, pero, en boca de los ingleses, degeneró en SALVAJE, que es como se entiende hoy. Ahí tienes un racismo, el “ingenuo”, superficial, si bien trágico, en manos de los ingleses, al menos.

2) El otro es el del nacionalismo, “post-cristiano”, europeo, que, por post-cristiano, es materialista. Cuando los europeos rechazaron a Cristo y a su Iglesia, se quedaron sin nada que dijera quiénes eran ellos: eso es lo que significa “post-cristiano”, el suicidio de Europa. Lo que quedó fue gente como Nietzsche (aunque él sea tardío: es sólo un ejemplo), diciendo que la nobleza era ser alemán, germano, un guerrero, con vitalidad salvaje: así nació Hitler. Aunque faltan datos. Quedó gente como el ideólogo gringo Madison Grant, diciendo que Europa tiene tres razas, la eslava, la germana y la latina (lo que es, por supuesto, falso, como muestran galos, anglos, íberos, etc., aunque esto sea, claro, irrelevante); y que la noble es la germana, faltaba más, que tiene derecho al imperio y, aún, a buscar la subyugación y degradación de las otras razas europeas y hasta su reducción, por la eugenesia y la eutanasia; no digamos nada del resto del mundo. Por supuesto, tanto Nietzsche como Grant son productos de movimientos anteriores, porque esto sale de gente que escribe y habla muy temprano, luego de la mal llamada ilustración y su revolución francesa. Negada la identidad espiritual, rechazada la identidad espiritual, lo que queda es rechazar el espíritu y afirmar una ficción: la afirmación de que lo que explica logros europeos es una raza superior, que ahora podría lanzarse a la justa conquista del mundo, pues se ha deshecho del lastre de la fantasía anti-científica cristiana y del yugo de la cultura latina, con su oscurantismo y su inferioridad frente a la verdadera nobleza… Como es común en todos estos movimientos gnósticos, modernos, este racismo ideológico, programa de acción y de justificación de una tiranía salvaje, se presenta como la explicación CIENTÍFICA de la realidad, basada en la herencia (y luego de Darwin y Spencer, en la evolución y la selección natural), en este caso, y puesta como alternativa a las explicaciones teológicas y FILOSÓFICAS, no en balde el positivismo reformó las universidades para expulsar la filosofía de los claustros, en una operación tan profunda que hasta el lenguaje se vio fuertemente afectado: de ahí que “ESPECULACIÓN” ya no sea sinónimo de conocer efectivo, sino de ELUCUBRACIÓN, y TEORÍA sea un término peyorativo y, a lo más, sinónimo de HIPÓTESIS. De gente como ésta (y otra de igual altura intelectual) viene la otra ficción ésa de que la ciencia es materialista.

En una cultura cristiana, como la europea pre-revolucionaria, cuando Occidente se elevaba a su verdadera talla, ahora tan deprimida, luego de dos siglos de ataque incesante e inercia que hizo creer, en la bestial ceguera espiritual, que todo estaba muy bien (a pesar de las guerras y todo el desastre), en una cultura cristiana, el racismo no cabe. Los cristianos somos del espíritu y adoramos en Espíritu y Verdad; nuestra genealogía es espiritual, lo mismo que toda la sustancia de nuestras relaciones. Basta abrir el Nuevo Testamento, donde lo agarres, sea en los evangelios o en los Hechos o en las epístolas o en el Apocalipsis, nada ahí impulsa a lo carnal, de hecho, parte esencial de ser cristiano estriba en un total rechazo de la carnalidad (no de la materia, claro: “el Verbo se hizo carne”, en el vientre virginal de Santa María), sin rechazar la naturaleza, a la manera gnóstica: “No es lo que entra por la boca lo que hace impuro al hombre; pero lo que sale de la boca, eso es lo que al hombre le hace impuro […], lo que sale de la boca procede del corazón, y eso hace impuro al hombre. Porque del corazón provienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las blasfemias” (Mateo XV,11.18-19). Reconviene Jesús a los fariseos, que dicen ser “simiente de Abraham”, a la manera carnal, mientras que la verdadera herencia de Abraham es para quienes aceptan al Mesías y los que descienden de él en la Fe, como dice la Carta a los Hebreos. Es decir, se trata de una descendencia espiritual, no de una “raza”, nada de ADN o de “simiente” o vientres: no, se trata del bautismo, que usa agua, como materia, pero que es en Espíritu Santo y Fuego. Jesús, Creador de la naturaleza, afirma la naturaleza, aunque la eleve por la gracia. Por eso manda dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César; y, por eso, abole el divorcio, pues por naturaleza el matrimonio es indisoluble. Ese mismo Jesús dice que la Salvación viene de los judíos, pero que es para toda la humanidad (Juan X). Y, así, Él mismo era judío, como la Virgen y los apóstoles… y judíos semitas originales, descendientes de David y de Abraham, Isaac, Jacob y Judá, pero cristianos son los europeos y los chinos y los indios de la India y los indios americanos y los filipinos y los australianos y San Pablo Miki, el protomártir japonés, y San Carlos Lwanga, el mártir de Uganda, y los mártires mejicanos y los vietnamitas y los rusos y los polacos y los alemanes y los caldeos y los árabes: y los cristianos no hacemos ficciones de que todos somos de una raza, no lo somos, porque el Cristianismo es universal, porque es del Espíritu; y viene de los judíos, pero no es para los semitas ni está para preparar el imperio semita universal ni el ario ni el chino ni el de Fu Manchú. El Reino de Jesús no es de este mundo; es levadura, es simiente, catalizador, para que haya justicia y paz, la única verdadera, la de la verdadera caridad y hermandad universal, de modo que tiene que operar en la sociedad humana; PERO NO ES DE ESTE MUNDO, aunque las sociedades humanas lo tengan como modelo eminente; como decía aquel gran autor hispano-venezolano, Manuel Gracía Pelayo, padre de nuestros estudios constitucionales: El Reino de Dios, arquetipo político

Rechazado esto, en nombre de la raza y, posteriormente, del ADN, entonces lo que queda es racismo desnudo… En ese ámbito entra Moritz-Moisés Hess, inspirador del sionismo y padre del racismo judío contemporáneo, en la línea del racismo alemán entre el que vivió.

Hess, racismo judío y antisemitismo

Tiene que quedar claro, una vez más. Vamos a barajarlo más lento: el racismo es un modo de entender la identidad nacional, un modo materialista gnóstico-revolucionario, moderno, post-pseudoilustración, que se impone una vez que se ha rechazado la verdadera identidad de los países occidentales.

En Alemania, en la Alemania post-napoleónica, pega con extremada fuerza, una vez desprestigiado el ideal del tardío XVIII, la pseudoilustración originaria. En esta Alemania vive Moritz Hess, el revolucionario amigo de Marx, el socialista, que luego, sin abandonar el socialismo, se hace nacionalista judío extremo, dando como resultado de tal mezcla, que el nacionalismo judío fuera, en su mismo origen, NACIONAL-SOCIALISMO. Hasta la preudoilustración y Moisés Mendelssohn, el modelo de judío ilustrado, los judíos habían permanecido milenios bajo el Talmud, luego de que abandonaran la Biblia, por la época de la Resurrección y de la destrucción del Templo y de la rebelión del falso mesías Bar Kochba (127-131 d. C.). Con la pseudoilustración, ese mundo entra en crisis y muchos judíos dejan de serlo, muchos se bautizan, pero no tanto por una conversión cristiana, sino por una conversión a las nuevas naciones europeas: es la época del desarraigo y la entrega a esa ficción absurda, la Diosa Razón, de la ensoñación pseudoilustrada.

Antes de la pseudoilustración (y de la ruptura luterana y la Guerra de los 30 años [1618-1648]) Europa era una unidad, con naciones, pero que se consideraban partes de un todo mayor: la Cristiandad; luego de Napoleón, eso queda destrozado y Europa, en su identidad misma, ha sido barrida: lo que queda es revolución y una fuerza enorme se lanza al nacionalismo y éste es entendido, como dije antes, de manera racial. En la tremenda voluntad de poder que se levanta con la pseudoilustración, a la identidad racial sigue la lucha racial… Hess, socialista, desprecia la religión y está en medio de ese mundo, embarcado en la aventura socialista, como compañero de otros judíos desarraigados típicos de la época, Heine, Marx, Lasalle. Es así, hasta que lee a Heinrich Graetz y su monumental obra Historia del pueblo judío. Hess cambia su nombre a Moisés y se “re-convierte”, pero su religión, ahora, no es el Talmud (“Toráh oral”, según los rabinos y escribas que abandonan la Biblia y se justifican en ello), mucho menos Yahwéh o la Toráh, la real, es el propio pueblo judío, en cuanto a que es tal raza. Su obra clave: Rom und Jerusalem, Roma y Jerusalén. Esta obra es la inspiración del sionismo; puede discutirse si ella es sionista o no, pues el padre del sionismo es Theodore Hertzl, un periodista alemán de 50 años más adelante, de finales del siglo XIX, pero es indiscutible, ahora sí, que Hess inspira todo el movimiento y le provee su impronta.

En este ambiente de racismo, de razas-quimeras que compiten, que se encuentran en el mercado, el de las ideas, el del poder, el del dinero y el de bienes de consumo, los judíos están en Alemania, por ejemplo, como Hess, entre alemanes racistas, chauvinistas, a la manera de Nietzsche. Están entre alemanes que no aceptan a otras nacionalidades y que interpretan su rechazo bajo la lente de la justificación racial. Son alemanes que nominalmente son cristianos, que lo son por inercia y de nombre, aunque algunos sean piadosos… son alemanes racistas y cristianos, por más que esto sea como tratar de pintar el círculo cuadrado a pulso: en un mismo vaso puede haber agua y aceite, aunque no se mezclen… y aunque no sepan que no pueden estar juntos. En este ambiente crece el antisemitismo. En este ambiente crece la ideología de la raza judía… aunque, dicho sea de paso, los judíos siempre se interpretaran como una raza, así eso implicara aceptar ficciones… En ese ambiente, la inquina ancestral de los judíos hacia Cristo, se exacerba, como escalada impulsada por el racismo, más bien, por la competencia de racismos.

En este ámbito nace la llamada “cuestión judía”: ¿cómo hacer con estos elementos ajenos a la sociedad? La Cristiandad tuvo su manera de tratar el asunto, maneras que podían no gustarle a los judíos, porque eran tratados como extranjeros que se toleraban a un precio, pero que tomaba en cuenta su humanidad y su dignidad. Ahora surgirían nuevas maneras, no cristianas, maneras nacionalistas, racistas: una gran amenaza, inaudita hasta entonces, se levantaba en el horizonte. En la Cristiandad, a los seguidores del Talmud, se les tenía recelo: después de todo, sus escritos fundamentales, “sagrados”, decían que Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre profetizado por el profeta Daniel, era un bastardo, que estaba ardiendo en su propio excremento en el infierno, que la Virgen María era una mujer de la vida, que los gentiles (goyim) podían ser objeto lícito de estafa, que servían como esclavos de los judíos, que podían ser exterminados y un largo etcétera. Tres diatribas históricas habían surgido para exponer al Talmud, tres de conversos judíos, versados en las enseñanzas rabínicas, que habían puesto en evidencia sus rasgos más salientes: la de Nicholas Donin, en París, la de Pablo de Santa María, en España, la de Johannes Pfefferkorn, en Alemania. Además, en España, estaba fresca la memoria de la ayuda de los judíos a la invasión islámica y al Califato; lo mismo que todos en Europa sabían que el comercio de esclavos era una empresa judaica y que el cobro de intereses era asunto judío en exclusiva. Por todo esto, se les tenía recelo, pero se los toleraba, bajo ciertas condiciones. En el mundo que estaba naciendo luego de Napoleón, la situación era muy diferente: ya no estaba el mandato de Cristo de amar a todos, hasta a los enemigos, para apaciguar las pasiones, ya el Papado y el episcopado católico no eran la autoridad que determinaba la materia moral. Tremendas amenazas se asomaban en el horizonte, Hitler se asomaba en el horizonte, mucho antes de que Hindenburg le transmitiera el poder en 1933.

Hess respondió al  reto de dar la identidad racial al pueblo judío. Él, Marx, Freud y Mendelssohn, aparte de los rabinos, constituyen las coordenadas de identidad de los judíos contemporáneos. Pero lo que interesa aquí es que, gracias a él, el asunto de la resolución de todo conflicto de los judíos con el “mundo exterior” se analice, en último término, como un problema de antisemitismo. Hess habla en términos elocuentes, convierte al mesianismo judío en un asunto de la raza judía: “todo judío tiene en sí la hechura de un mesías; toda judía, tiene una mater dolorosa”. “El judaísmo no es una religión pasiva, más bien es un reconocimiento activo, que es orgánicamente indistinguible del pueblo judío”: ese reconocimiento activo es, en realidad, un principio inevitablemente revolucionario, según Hess. Y el enemigo máximo de Jerusalén, símbolo de la raza judía, es Roma, la de los papas (y, de seguro, también la de Tito, Vespasiano y Adriano, los emperadores romanos que la destruyeron, en el 70 y en el 131). La revolución es sionismo, baby, es hacer una casa en Jerusalén y formar desde ahí el imperio universal: “la raza judía está siendo llevada por la marea de los eventos; desde los confines de la tierra, ellos dirigen su mirada a Jerusalén. Con instintos raciales seguros de su vocación histórico-cultural de unir al mundo y sus pueblos y dar lugar a la armonía fraterna, LA RAZA JUDÍA HA PRESERVADO SU NACIONALIDAD EN SU RELIGIÓN, y ahora ambas están unidas bajo el eterno Creador, el Todo en Uno, en la inefable tierra [¡¿?!] de sus padres”. La raza salvadora, el gnosticismo racial, hablando de su ensoñación mesiánica. Y éste es el origen del asunto de interpretar todo como antisemitismo, el peor de los pecados, un sinsentido para un cristiano, y, en la aplicación hebraica del principio orwelliano, “quien controla el presente controla el pasado, quien controla el pasado controla el futuro”, haciendo gala de la operación ideológica, de la conciencia de lo que Dawson llama el “poder justificador de la historia”, se hacen operaciones tan singulares como el atribuir al régimen de la Cristiandad latina una directa paternidad respecto del racismo antisemita nazi, cuando el mismo es un muy avanzado alejamiento, a partir de un potente abandono, del Cristianismo, de tipo gnóstico-modernista, como ha quedado demostrado.

¿Cristiano y antisemita? Qué contradicción tan estúpida

Amar a Jesús es amar a un semita verdadero, algo que no se podría decir si amáramos a un ashkenazi. Ser cristiano es amar a San Pablo Miki, japonés, y amar a San Carlos Lwanga, el negro ugandés, y al beato José Luis Sánchez del Río, niño cristero mejicano, y a San Juan Diego Cuauhtlatoatzín, el indio mejicano, y a San Basilio, el capadocio, y a San Martín de Porres, el mulato peruano, y a Santa Josefina Bakhita, la negrita africana, que fue objeto de tráfico y pasó su vida dando gracias a Dios por sus tratantes, pues gracias a ellos conoció a Cristo… Así definimos la realidad los cristianos, amando y creyendo santo al Cardenal Van Thuán, el vietnamita, y amando y venerando a Santa Teresa Benedicta de la Cruz-Edith Stein, la filósofa discípula de Husserl y de Santa Teresa de Jesús conversa del judaísmo. Nosotros, cristianos de verdad, no conocemos ni el odio ni, mucho menos, el racismo. Podemos ser antijudíos, si este término se define como aquéllos del pueblo que viene según la carne del antiguo Israel y que rechazan a Cristo. Pero eso no es un término de odio ni de rechazo personal, es una categoría teológica… y perogrullezca: si tú rechazas a Cristo y yo lo acojo, tú y yo tenemos creencias encontradas en lo que a Cristo se refiere. Oooooohhh, qué difícil. Si un judío pretendiera que yo no rechazara el judaísmo, pretendería que dejara de ser cristiano y me volviera judío. Si eso lo hace, afirmando que es ilegítimo acoger a Cristo, sin más consideraciones, entonces se trata de un judío que parece querer imponérseme contra la razón, contra la razón que me enseña, como a San Policarpo, en la hora de su martirio: “por 86 años he sido siervo de Jesús y Él no me ha hecho ningún mal. ¿Cómo puedo blasfemar de mi Rey que me salvó?”. Lo mismo se aplicaría, obviamente, a un sintoísta, a un umbanda, a un santero, a un hindú, a un budista, a un musulmán, etc., etc., etc.

¿Pero no persiguieron los cristianos a los judíos siempre?

No voy a hablar de aberraciones, de cristianos que odian o de cristianos que se lanzan a linchar a otras personas sin lo que ellos perciban como razones reales, aunque estén fuertemente engañados. En la Cristiandad hubo muchas oportunidades en que poblaciones de cristianos de mediana y baja extracción social se lanzaron, en diversas ciudades, a linchar a los judíos de la respectiva localidad. Muchas razones motivaron estos lamentables sucesos. La mayor parte de las veces estaban asociados a temas económicos, a que los príncipes cristianos, para financiar diversas actividades, justificadas y no justificadas, usaban a los judíos, quienes estaban fuera de las prescripciones eclesiásticas contra la usura, en detrimento de sus poblaciones. Como siempre, quienes terminaban pagando el pato no eran los culpables: así son estos alzamientos populares. En Venezuela, en 1989, los pequeños comerciantes tuvieron que cargar con la ira popular, cuando Carlos Andrés Pérez, aplicó las medidas de la Shock Therapy de Jeffrey Sachs. Debieron saquear a Sachs, a Carlos Andrés, a Miguel Rodríguez (director de la economía de aquél infausto gobierno, que ahora es tenido por un faro de luz…). Otra veces, sin embargo, como en la primera cruzada, gente inescrupulosa, en el camino de Jerusalén, se desvío hacia poblaciones judías en países de la Cristiandad, como la Renania. Ninguna de estas atrocidades tiene justificación. Aunque, en algunos casos, como dije, príncipes cristianos y ricos judíos fueran responsables de situaciones en que pobres judíos y pobres cristianos se vieran en feroces circunstancias de miseria… como con Carlos Andrés Pérez y Jeffrey Sachs.

Pero no se trata de esos casos aquí, se trata de que se vea que, muchas veces, hay judíos que dejan muy mal parados al resto de ese pueblo. Es decir, hay circunstancias históricas en que un grupo de judíos malvados han subido a la prominencia, han hecho un nombre y han alcanzado fama y poder y han terminado dejando tan mal parado a todo el pueblo judío, muchas veces afectado (así sea sólo en parte) de manera directa, por las barrabasadas de estos representantes suyos. En la época del surgir del comunismo, se tiene un buen ejemplo: Kaganovich, Zinoviev, Trotsky, en Rusia, Bela Kun, el tirano húngaro, Kurt Eisner, el de la república soviética de Bavaria, Rosa Luxemburgo, y su gobierno comunista en Berlín, son una muestra importante, sobre todo si se tiene en mente que la revolución comunista fue comenzada por gente como Marx, Hess, Lasalle; continuada por Mark Natanson, Arcadio Axelrod, inventor del terrorismo con bombas, Aron Zundelevich: no son todos los revolucionarios, pero son piezas clave de la revolución. Igualmente, en la revolución sexual de los 60, uno tiene a precursores como Freud y a Fromm, Reich, Marcuse, en la primera fila.

¿Eso quiere decir que los panas K. Hartmann, R. Israel, K. Avili, Shemaya C., Moisés U., K. Thatcher, N. Cohén, N. Sch., Ruth J., Moisés Z., David F., I. Pessaty, Aaron C., Tamar S., Hillel R., Abraham G., P. Cohén, B. Abraham, T. Brunstein, B. Stein, B. Bendayán, y un largo etcétera sean malos? Lo siento, no. Ellos son gente muy buena, gente que quiero mucho, antiguos alumnos, compañeros de clase, amigos de la vida, gente que no participaría en cosas malas, que me demostró amistad, en el entendido claro que yo soy católico, que le horrorizaría alguna barrabasada como las de Zundelevich o las de Kaganovich o las de Bela Kun. Sin duda, la mayoría de los judíos tiene que ser buena gente, en la misma medida en que la humanidad se mueve hacia el bien. Puede que haya habido gente prominente e incluso líderes muy malos en la historia de los últimos siglos de este pueblo, pero eso no afecta a todos los judíos. Y, peor aún, en una época de crisis como la del Occidente de las últimas 20 décadas, más o menos, cristianos, judíos, marcianos, han sido llevados por principios bastante negativos, principios como los de Hess o como los de gente como Schleiermacher o Kasper o Daneels [cardenales ateos, favorables a la inmoralidad brava, verdaderas vergüenzas de la Iglesia de Jesucristo y nuestra]. La gente ve el mundo a través de lo que le presentan quienes controlan el poder, principalmente, aunque se pueda ir más a lo profundo y ver los abusos de esos poderosos, eso es trabajo, sobre todo, de los estudiosos de la sociedad, que son como su conciencia, pero que rara vez se imponen en su vida o logran hacer muy populares sus visiones; sobre todo en esta época de dominio ideológico de todos las posiciones de la sociedad, incluso las académicas.

Por otra parte, como dije arriba, la Cristiandad era, oh, qué genio, una sociedad cristiana; en la que la ciudadanía dependía, qué portento, de ser cristiano. Es como en Venezuela, para ser ciudadano, hay que ser venezolano; y los que se quieran nacionalizar, tienen que saber el himno, la cultura, la historia; en los Estados Unidos hacen exámenes para otorgar la naturalización. A diferencia de hoy en día, a los judíos Y OTRAS IDENTIDADES ÉTNICAS no se les exigía pasaporte o algo así, pero sí que se identificaran, pues la identidad religiosa era la clave de todo y los judíos no es que sean indiferentes ante la identidad religiosa cristiana. Es decir, miren lo que dicen judíos importantes de la historia, a los que les ha importado este tema (ya dije, no hablo de otras personas), de esa identidad. Veamos a Jules Isaac, representante de B’nai B’rith y del World Jewish Congress, tratando de lograr que, en el Concilio Vaticano II, la Iglesia se condenara a sí misma por antisemita, nosotros no odiamos y rezamos por el alma de este hombre astuto, que trató de usar la perfidia para atacar al Cuerpo Místico de Cristo. Un tipo que escribe que los evangelistas son mentirosos y antisemitas no puede ser amigo de la Iglesia ni de ninguna institución cristiana; si trata de pasar por tal, es un mentiroso. Vean lo que escribe en sus bellas obras: “Su religión es una blasfemia y una subversión a los ojos de los judíos. Su Dios es para nosotros el diablo, es decir, el símbolo y la esencia de todo mal sobre la Tierra”. Pero esto va más lejos. El Evangelio según san Mateo es “obviamente tendencioso”. Y “por tanto, la total responsabilidad del pueblo judío, de la nación judía y de Israel por condenar a Jesús a muerte es un asunto de creencia legendaria y no basado en fundamentos históricos sólidos… Para mantener el punto de vista opuesto, uno tendría que estar intratable y fanáticamente prejuiciado; o tener una creencia ciega en una tradición que NO es, según sabemos, ‘normal’ y, así, no deberían ser puesta como regla de pensamiento aún para los más dóciles hijos de la Iglesia. Una tradición que, más aún, es infinitamente nociva y asesina y que, como he dicho y debo repetir, lleva a Auschwitz –Auschwitz y otros lugares–. Unos seis millones de judíos fueron liquidados únicamente porque eran judíos y así llevaron la vergüenza, no sólo al pueblo alemán, sino a toda la Cristiandad, porque, sin siglos de enseñanza, predicación y vituperación cristianas, la enseñanza, propaganda y vituperación de Hitler habría sido imposible”.

Uno lo lee y no sale de su asombro: hay que concederle, tiene cierto talento, inventa una fábula, dice recoger toda la historia de la humanidad y del Cristianismo y blasfema de la manera más vil, todo en 5 líneas. ¿Por qué será que los judíos pasaron más de un milenio en la cristiandad y nunca fueron puestos como objeto de exterminio por ninguna autoridad cristiana y eso sucede, son puestos como tales, en el momento en que la Cristiandad es quebrada como principio social europeo, por una ideología paralela exacta de una de las ideologías dominantes entre los judíos? Sin contar con que, como dicen el excelente Gary Krupp, judío presidente y fundador de la Pave the Way Foundation, y Sir Martin Gilbert, judío y verdadero historiador, sin contar con que la Iglesia ayudó como nadie más a los judíos durante el régimen nazi y la Segunda Guerra Mundial. O sea, es una manifestación simple de odio y una mentira… que es la más terrible manifestación de mal agradecimiento imaginable respecto del mayor benefactor de su pueblo. Es decir, por donde lo agarres, el tipo es malo. Lo mismo sucede con Joshua Jehouda y Memmi, en la misma época que Isaac. Más adelante, uno se encuentra con gente como Saul Friedlander y Daniel Jonah Goldhagen, quienes escribieron libros terribles, insultando la memoria de Pío XII, su mayor benefactor, según casi nadie, Einstein, Golda Meir, Ben Gurion y el rabino de Roma, Israel Zolli, durante la Segunda Guerra Mundial, el cual, cuando se acabó la guerra, impactado por el testimonio de Pío XII, se convirtió y tomó por nombre Eugenio, en honor al gran Eugenio Pacelli, Pío XII…

Entonces, ¿los cristianos se han enfrentado a los judíos? Sí, claro, son dos grupos de hombres, con una raíz común y separados por puntos cruciales, que han estado hombro a hombro en la historia. Pero, en lo que se refiere a las autoridades doctrinales, hay que poner el ojo, pues ellas marcan la pauta. Los cristianos se han enfrentado a los judíos. Yo he leído a Tertuliano, la Carta a Bernabé y a muchos otros polemistas. Pero el polemista cristiano, el verdaderamente cristiano, se concentra en demostrar que Jesús es el mesías y que los judíos tienen que reconocerlo, para salvarse y recibir lo que era Promesa, en el Antiguo Testamento. Además, estas pruebas siempre utilizan textos que los judíos deberían leer, los libros del Antiguo Testamento, precisamente, aunque ellos los hayan abandonado, con la especiosa excusa de que la verdadera revelación de Dios es oral, la de los comentarios rabínicos, recogidos, oh, qué casualidad, en el Talmud. Son dos actitudes distintas, diametralmente opuestas: una busca en la Fuente la verdad; la otra rechaza la fuente, para enfrascarse en sus fábulas… Pero los cristianos estamos hechos para vencer el odio, para vencerlo en nuestros corazones, aunque se trate de un Imperio que trate de eliminarnos de este mundo, como el romano o el ruso o el que sea: tenemos que perdonar siempre y rezar por los que nos persigan, sea lo que sea. No odiamos… mucho menos tenemos odio racial, mucho menos “antisemitismo”… Y es una aberración, tratar de establecer relación alguna entre el nazismo y Tertuliano o el Evangelio según San Juan, algo más allá de la vergüenza.

Pero tú eres antisemita, ¿no?

Por supuesto, se me podría tildar de tal por lo hasta aquí escrito, hay quien se dedica eso, a decir que gente que los nombra a ellos y llama la atención sobre su existencia es antisemita. Podría que se me tildara de tal por denunciar a Phillip Roth y su violento odio anticristiano o el de Woody Allen o el carácter aberrado, pedófilo, de este señor. O por traer a otros “comediantes” de la televisión gringa, como Seinfeld o Sarah Silverman… Cuando incluso estos desviados tienen que ser objeto de nuestra compasión: imagínense, un tipo como Seinfeld, que pinta, en un capítulo de su serie, al hombre como un esclavo del sexo, que necesita la masturbación diaria (casi); imagínense a Larry David y a Seinfeld, burlándose del sumo Ser subsistente, poniendo un “chiste” en el que David orina a Jesús y, luego, una muchacha ve la gota de orina y dice que es un milagro, que la imagen está llorando; o a Sarah Silverman, con ojos llenos de odio, diciendo que ella querría que Cristo viniera ahorita, para ella tener la fucg oportunidad de matarlo de nuevo: comiquísimos… Muy, muy, muy, lastimeros.

Y uno tiene que tener una dieta diaria de estos tipos, y, si te quejas de ello, eres un antisemita. Pero Seinfeld y Larry David y Phillip Roth y Sarah Silverman son millonarios y famosos, con centenares de premios de todo tipo, hasta del rey de España, por denigrar de la humanidad y de Cristo impunemente.

Ellos, sin embargo, pueden echar toda su porquería y, al final, lo que dan es lástima y compasión. Creen que ganando el mundo realizan el máximo de lo humano. No saben, en su sueño de paraíso en la Tierra, no pueden ver, lo que sabemos nosotros, porque nos lo reveló Jesús y es bastante obvio y, por eso, lo entrevieron tipos como Sócrates (Fedón), Platón y Aristóteles (Ética a Nicómaco, X): al hombre no le vale de nada ganar el mundo, si es que pierde su alma, no hay nada que pueda dar para rescatarla, ni el universo entero… Y no saben, los pobrecitos, que eso todavía es muy poco, comparado con la gracia salvadora. No cabe el antisemitismo, porque no cabe el sinsentido de la raza; ni el del odio, que carcome a sus pobres víctimas. Nosotros podemos perdonar, porque sabíamos desde el principio de las persecuciones mundanas, pero también porque tenemos la gracia de Cristo, su ejemplo y la esperanza de la Gloria inmarcesible. No entienden, por otra parte, que amamos a nuestros enemigos, los que viven bajo un yugo, los que no han sido liberados por Cristo. Jules Isaac nos acusa de odiarlos, por decir la verdad histórica de la muerte del Señor; por ignorar el hecho de que Jesús los perdonó y, por tanto, nosotros también. No entiende la Vida en Cristo quien no vive en Cristo. De ahí puede venir la calumnia por creer que no hay un plano real de gracia por sobre sobre el natural.

Y no lo olvidemos nunca: no es lo mismo Seinfeld o Roth o Adelson o Soros, que Moisés-Juan Bimba [personaje ficticio que representa al pobre venezolano, anónimo] Ben-Abraham. Y no se olvide que los Trotsky hacen la revolución, pero los Bronstein pagan los platos rotos. No se olvide que los Kaganovich-Zinoviev son 2.000, los Moisés-Juan Bimba millones. No se olvide que aún los cristianos actuales, en su gran mayoría, están engañados, que mucha autoridad católica, obispos y cardenales, anda en la nota de la mentira. No se olvide que Cristo murió por todos, que la salvación y la promesa vinieron de sus antepasados carnales, que son nuestros antepasados espirituales; no se olvide que Jesús amó a su pueblo según la carne y lloró por él…No se pueden cometer injusticias contra ellos. No se puede olvidar que el racismo no tiene sentido y que el odio es una severa corrupción. Y, finalmente, para la calma de algún judío que lea esto, tengo que decir lo más importante para él, en la línea del gran Orestes Brownson, Israel, aunque con origen en vías de hecho, es un estado con derecho, pues todos los estados tienen origen histórico-providencial, Roma, las ciudades griegas, los estados europeos, los iberoamericanos, los franco y anglo americanos: “Esta doctrina puede parecer dura y aún insufrible, para filántropos enfermizos que siempre están llorando sobre nacionalidades extintas u oprimidas; pero la nacionalidad en la civilización moderna es un hecho, no un derecho antecedente al hecho. La repugnancia sentida respecto de esta afirmación surge principalmente de usar la palabra nación en un sentido estrictamente político y, a veces, en su sentido original de tribu y entendiendo por ella no sólo el cuerpo político, sino una cierta relación de origen, familia, afinidad, sangre o raza. Pero Dios ha hecho de una sangre o raza todas las naciones de los hombres; y, además, ningún derecho político está fundado por la ley de la naturaleza sobre relaciones de sangre, afinidad o familia” (The American Republic, ISI Books, Wilmington, Delaware, 2.002, pp. 131,3-132,1): aunque deba recocer a los palestinos y su estado, tiene derecho…

Conclusión y reflexión final

El antisemitismo es un fenómeno moderno y anticristiano. Cuando un judío atribuye raíces cristianas a esta aberración, está sacando todo de contexto, a veces, llevado por su propia visión del mundo, cuyos límites marcó el mismo fenómeno que engendra el odio racial y da origen al nacionalismo judío contemporáneo: hace proyecciones. No se pueden aceptar las premisas mismas que llevan al antisemitismo o a la asociación de él al Cristianismo, pues esas premisas son anticristianas, no ajenas al Cristianismo, ANTICRISTIANAS, letra por letra, de banda a banda, punto. Ha habido en la historia animosidad de cristianos hacia judíos, a veces injustificada, a veces justificada, a veces de vehemencia exagerada, a veces de vehemencia justa y hasta aplacada por la mansedumbre de Cristo. De igual manera, muchos judíos han mantenido una animosidad muy acerba, incluso fundada en sus enseñanzas fundamentales. Hoy por hoy, abandonado el Cristianismo como inspiración e idea fundamental, directriz, de las sociedades occidentales, se ha caído en muchas maneras ideológicas, que, en gran medida, toman formas materialistas y cientificistas. Eso ha afectado todo el debate, incluso del lado judío, pues, desde Moritz-Moisés Hess, este materialismo racista ha formado una de las coordenadas de comprensión del pueblo judío. Eso contribuye decisivamente a que haya una ceguera frente a fenómenos reales, aunque no visibles fuera del materialismo, comenzando por el importante, crucial, asunto de que la identidad de los grupos humanos no es racial sino étnica; lo mismo que frente a la gracia y a la manera del cristiano relacionarse con el mundo. Esa ceguera, unida alguna vez a la mala fe, ha llevado a líderes judíos a juzgar de manera fuertemente indebida a la actitud cristiana frente a su pueblo, a la gracia, el amor a los enemigos, la espiritualidad y otra serie de rasgos, sin los cuales, el Cristianismo es incomprensible. Se entiende que no entiendan, pero no se justifica que hagan proyecciones infundadas; que llevan, para colmo, a severos juicios y condenas de la Iglesia, de toda su historia, de sus fieles y santos-héroes, maestros, doctores, la Tradición sagrada, etc. Es indispensable, en el mundo de hoy, conocer todo esto, pues se presenta como un rasgo ineludible de la realidad; y, por eso, declaraciones como aquélla sobre el antisemitismo y su condena de la declaración Nostra Aetate del Concilio Vaticaano II y de papas y otras autoridades, pueden tener de positivo que hay, en el abandono del cristianismo, racismo en nuestra sociedad, pero tiene de negativo que se puede interpretar, como se ha hecho, que los cristianos, en cuanto tales, hemos caído en semejante aberración de mediocridad radical, radical en cuanto mediocre (OJO). Por eso, tenemos que rebelarnos, tenemos que afirmar lo ajeno que es a nosotros el racismo, el odio, el antisemitismo; y cómo se distinguen éstos de la oposición religiosa cristiana de la actitud judía, en cuanto rechazo de Cristo. HACER ESTO ES REBELIÓN, REBELIÓN DE LA ESENCIA, EN ESTOS TIEMPOS DE ODIO, DE MATERIALISMO, DE MATERIALISMO RACISTA, DE MEDIOCRIDAD REVOLUCIONARIA…

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