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Papista soy, total, pero Francisco no

Kamehameha II abolió el tabú hawaiano, Francisco quiere abolir la Ley de Dios

Kamehameha II, abolió el tabú, cuando ya estaba vacío de sentido, de manera irreparable. Eso no puede pasar con la Fe verdadera

Kamehameha II, abolió el tabú, cuando ya estaba vacío de sentido, de manera irreparable. Eso no puede pasar con la Fe verdadera

Religión, polis y cultura: la caída de Hawa-íí y la tiranía mundial

Una sociedad política, en gran parte, nace de una religión; y nace para esa religión. No hay dudas, la sociedad viene al ser cuando el pueblo se conforma como un pueblo orgánico, cuando el LOGOS le insufla vida, cuando una cultura, una idea directriz, lo hacen avanzar, articularse, cuando una autoridad, representante del pueblo, en cuanto articulado por esa idea directriz, le da unidad y lo hace ser una unidad en forma para actuar en la historia. La idea directriz, lo que los griegos llamaban constitución, el LOGOS, la ley profunda existencial del pueblo, es teología. Todo pueblo en la historia se ha articulado alrededor de una convicción central: la sociedad es un orden, un orden privilegiado que, aunque no sea un preparado cósmico real, se concibe a sí mismo como tal, porque, en verdad, es algo muy valioso, un “Pueblo Elegido”, un hijo predilecto del orden del universo, su expresión sobresaliente (vid. Eric Voegelin, The New Science of Politics; y Orestes Brownson, The American Republic). Dentro de ese marco, la comprensión que el pueblo tiene de sí mismo, en cuanto “pueblo elegido” y orden cósmico, es una parte de su propio ser, es la idea que tiene de su destino existencial, eso es lo que Voegelin llama “teología civil”. Creía Voegelin que esta teología debía ir separada de la teología propiamente tal. Pero, aunque deso sea parcialmente verdad, las relaciones entre una y otra son complejas, porque el primer punto de comprensión del pueblo es religioso y la religión empapa cada aspecto de los pueblos. Tanto, que las crisis mundiales, como decía San Josemaría, son crisis de santos; en vulgar, en un lenguaje natural, las crisis de las sociedades son crisis de sus religiones. Lo único que puede amalgamar a un pueblo, lo único que vale más que el hombre, lo que hace que la vida mundana valga la pena, lo que enaltece a la justicia y la cooperación, lo que encalma a los apetitos y pacifica el furor es la relación, religación, a lo divino, a quien, además, debemos todo, incluso la existencia patria, por la que estamos dispuestos a dar la vida y la hacienda y todo lo demás.

Cuando entra en crisis ese espíritu, la sociedad entra en lo que Toynbee llamó etapas de colapso y desintegración. Se ha visto una y otra vez; y el Occidente actual es una muestra impresionante de ello. Es más, en cuanto sociedad cristiana o hija de la Iglesia, el Occidente es la sociedad más luminosa de la historia, sin dudas; en cuanto tal, su crisis es la peor, la más mortífera, amenazante para la humanidad que haya habido: la corrupción de lo mejor es la peor, dice Santo Tomás. Mas, si acaso alguien tenga dudas, por su desconocimiento de la historia o por haberla visto con prismas prestados de tiranos orwellianos, de los que, en palabras de Dawson, conocen el poder justificador de la historia y, por eso, adulteran el pasado, porque “quien controla el presente controla el pasado, quien controla el pasado controla el futuro”, si alguien no me creyera, hay un caso único en el que la caída de una sociedad se dio en cámara rápida, para que pudiéramos captar sus causas, sin lugar a dudas, al revés que en los deportes que nos ponen en la televisión para embrutecernos. Estamos hablando de Háwa-íí (así debe pronunciarse: jáva-íí, como dos palabras pegadas, con esa acentuación).

Hawaii era un universo en el medio del océano pacífico, a miles de kilómetros de cualquier otro pedazo de tierra. De ese modo, sus habitantes estaban convencidos de que el universo era ése, nada más. Su religión, politeísta, era, claro, la religión única y universal y, sin discusión, verdadera. Ella, como en toda otra sociedad sana, tenía todo un sistema de vida, impregnado de esa religión. ¿El nombre del sistema? El TABÚ-KAPÚ. El nombre, entre paréntesis, nos da una idea del asco que es la sociedad contemporánea, la del “cada quien tiene su verdad”, si eso es inmoralidad, cultura inglesa (liberal-capitalisto-materialista radical), comunismo y, en general, todo ateísmo y lo que éste conlleva… Para los hawaiianos, antes de la llegada de los europeos, todo acto de la vida tenía rituales, como en El Principito, tenía sentido, estaba preñado del infinito. Su sociedad era algo preñado de significado. Algo que, por supuesto, se añora por aquí, como se ve en la admiración por ridiculeces como, por ejemplo, las de Karate Kid II, Daniel-san en Japón…

La quema de los templos: el sueño de Franc

Pero Hawa-íí se encontró con la Europa “post-cristiana”, peor, con los ingleses, con los despreciadores ingleses, ésos para los que, con Hume, la moral era sentir como un Lord inglés… aún cuando éste esté matando de hambre a Irlanda (un millón en cuatro años de hambruna inducida, genocidio a cámara lenta: 1845-1849) a propósito o esté cortando dedos de muchachas hindúes en la India o contrabandeando opio para destruir el gobierno chino… Los ingleses llegaron, despreciaron y se salieron con la suya. Para una mentalidad como la hawaiana eso fue demasiado: el tabú cayó como castillo de barajas… Pero no todo fue pura gravedad, hay historia.

El penúltimo rey de Hawa-íí, antes de que llegaran los ingleses fue Kamehameha I, quien fue el que unificó todo el archipiélago y quien tuvo un heredero, claro, Lío-Lío, Kamehameha II; aunque también legó su corona a su segunda esposa, Ka’ahumanu, la quintaesencia de la feminista, cuenta su majestad David Kalakahua, último rey de Hawa-íí: “Kaahumanu, la esposa favorita de Kamehameha I […], era audaz, inescrupulosa y ambiciosa. Habiendo quedado como segunda en autoridad bajo el joven rey [Kamehameha II], estaba molesta por las restricciones que el tabú imponía a su sexo. Muchas de las comidas más sabrosas se le negaban por costumbre y, en su relación con extranjeros, los actos de cortesía eran enfriados y obstaculizados por molestas prohibiciones tabú. Para que se le permitiera comer y beber lo que quiera que sus apetitos desearan y para hacerlo en presencia de hombres, Kaahumanu estaba dispuesta a asestar golpes mortales a la raíz de un sistema religioso que había mantenido a sus ancestros en su lugar y en el poder, Aún cuando ella no tenía ningún conocimiento definido de la fe con que ella esperaba suplantarla”. Digamos que nuestra Margaret Sanger-Alexandra Kollontai-Judith Butler hawaiana le dio su empujón a la caída de su sociedad, desheredó a sus sucesores, a la desdichada Kaiulani, heredera frustrada del trono hawaiano, quien contempló la anexión de su país a los Estados Unidos y murió de amor. Kamehameha II, bajo los golpes de su madrastra y del natural descrédito de su religión falsa abolió el tabú. ¿El “natural descrédito”? Por supuesto, ellos esperaban que los dioses infligirían castigos, universalmente, a quien no se sometiera al kapú y, evidentemente, eso no sucede así en la realidad. Aquí aparece Francisco, si él supiera esta historia, él soñaría con Ka’ahumanu y con Kamehameha, soñaría alternativamente que es uno y otro o los dos, en esos juegos raros que juegan los sueños: “umm, dar golpes mortales a la Iglesia y reconocer que ella ha llegado a su final, al menos como entidad independiente, umm”…

Pero habría otro personaje digno de ser objeto de tales sueños. Hewahewa, sumo sacerdote de la religión del tabú, bajo la que Hawa-íí se consideraba una verdadera comunidad (vid. Alasdair MacIntyre, Three Rival Versions of Moral Enquiry. University of Notre Dame Press. Indiana, 1.990. pp. 183,2-185,2). En 30 años, la sociedad hawaiana estaba arrasada, lista para ser fagocitada por algún poder extranjero, con el dolor que da decir eso. Hewahewa tuvo a su cargo un acto central del drama. Luego de los ingleses vinieron otros europeos; entre ellos, los españoles, con la Fe verdadera, la Fe católica. Hewahewa, sumo sacerdote de Hawa-íí, se convirtió… y, en una noche, dejó al pueblo hawaiano sin religión: quemó los templos. Una sociedad sana ayer, estaba difunta y enterrada y su epitafio ya estaba inscrito: “aquí yace Hawa-íí, sociedad politeísta, de religión falsa, no merecía existir”. Quizás, se pudo tomar otro rumbo, si se hubieran observado las maneras de los grandes misioneros católicos, en México y toda América, en China y en todas partes: la inculturación del Evangelio, la asunción de los símbolos culturales, el lenguaje los ritos, pero bajo una lectura universal, el introducir la Fe, de manera inalterada, pero impregnando la cultura y dejando intacta a la sociedad. Toynbee dice que, en los sitios en los que artificialmente se expulsó a los misioneros, como en Japón o en China, esa altura admirable y extraordinaria de la transmisión de la Fe permitió que los pueblos respectivos retomaran su identidad, devolviendo a los signos su significado histórico: la Iglesia no produce fracturas como los ingleses y demás prtestantes, porque no desprecia ni es irracional respecto de las expresiones: es realmente universal y puede elevar a toda sociedad, sin perder un ápice de su esplendor. Pero Hawa-íí cayó y Hewahewa quemó los templos, no estábamos en épocas de idilios, los ingleses, los holandeses y los gringos estaban ahí…

Qué delicia de sueño, ¿no?, quemar los templos… Así caería Occidente, cada sociedad política de esta civilización, que guarda demasiado de su pasado cristiano. Camina por Madrid o por la zona colonial de Santo Domingo y lo verás; camina por París o por Roma: Europa fue construida por Cristo. Si lo odias, tienes que odiar a Europa, incluso a ésta “post-cristiana”. Pero el motivo persiste: “quemar los templos”, los europeos y los de Hawa-íí y los del mundo todo, los monasterios budistas del Tíbet, todo, la verdadera condición de la deificación, de la apoteosis de la tiranía mundial, con su Brand new religión mundial… “CONMIGO A LA CABEZA”. Vean en este marco, una vez más, estas últimas actuaciones suyas…

Franc a la saga de Ka’ahumanu

En la audiencia de este miércoles, con ocasión de los 50 años del documento Nostra Aetate, que, seguramente, de todo lo salido del Concilio Vaticano II, es el que más reclama que la Iglesia abandone las “políticas pastorales” en él contenido (si bien tiene aspectos muy valiosos y no es contrario a la Fe Católica, claro), en la audiencia de ayer, primer miércoles después del fulano sínodo, Franc dio un discurso muy bonito sobre la unidad de toda la humanidad y sobre cómo ahora los cristianos sí reconocemos nuestras raíces judías y de cómo hemos venido de ser enemigos a hermanos. Lindo, muy conforme con la revolución de la ternura. Pero hubo algo más que inquietante, si lo dicho ya no lo es bastante. Aseguró que toda la humanidad es parte de la Iglesia, algo nunca antes oído: “El Señor desea que todos los hombres se reconozcan hermanos y vivan como tales, formando la gran familia humana en la armonía de la diversidad” (https://www.aciprensa.com/noticias/que-relacion-deben-tener-la-iglesia-y-las-diversas-religiones-el-papa-lo-explica-44961/). Para Francisco, la Iglesia es un poliedro, en el que caben los fundamentalistas pentecostales, sin aceptar la plenitud de la Fe, en el que caben los comunistas, la imagen que escoge es el poliedro, puesto que un círculo, por ejemplo, da la idea de uniformidad y eso es errado: la diversidad es deseable en sí misma y, a partir de ella, se produce la unidad, como en un poliedro, así dijo el 2 agosto del 2014 a los pentecostales de Caserta, Italia (http://magister.blogautore.espresso.repubblica.it/2014/08/02/a-caserta-papa-francesco-e-piaciuto-ma-nel-resto-del-mondo-pentecostale-no/). Aquí ha extendido la invitación a toda la humanidad. Ojo, esto es gnosticismo internacionalista puro. Es más, en la Laudato si incurre en él, cuando propugna el gobierno mundial, que debe anular las soberanías nacionales, que debe forzar la aceptación de las medidas ecologistas a las sociedades particulares, anulando la naturaleza política del hombre (nn. 169 y ss.). Benedicto XVI, ingenuamente, propuso una autoridad mundial, sin la anulación de la soberanía; esto es diferente, esto es algo como salido del Council on Foreign Relations, esa punta de lanza del internacionalismo anglo-gringo, DEL QUE SALE EL WORLD COUNCIL OF CHURCHES, criatura de Rockefeller, para lograr la dominación mundial, la alineación de los cristianos en el proyecto. Una autoridad “política” (de poder temporal) mundial y una religión mundial: y todo dicho formalmente por un papa, por un solo papa, ¿quién lo iba a decir? (todo esta sección la tomo de un artículo anterior, pues me parece muy pertinente la conexión; la tomo de Juez y parte, el triunfo del novador: Francisco al final del sínodo).

En este marco, coloquemos estas palabras dirigidas a los padres en la clausura del sínodo:

“Y –más allá de las cuestiones dogmáticas claramente definidas por el Magisterio de la Iglesia– hemos visto también que lo que parece normal para un obispo de un continente, puede resultar extraño, casi como un escándalo, para el obispo de otro continente; lo que se considera violación de un derecho en una sociedad, puede ser un precepto obvio e intangible en otra; lo que para algunos es libertad de conciencia, para otros puede parecer simplemente confusión. En realidad, las culturas son muy diferentes entre sí y todo principio general necesita ser inculturado si quiere ser observado y aplicado. El Sínodo de 1985, que celebraba el vigésimo aniversario de la clausura del Concilio Vaticano II, habló de la inculturación como «una íntima transformación de los auténticos valores culturales por su integración en el cristianismo y la radicación del cristianismo en todas las culturas humanas».  Para la Iglesia, en realidad, concluir el Sínodo significa volver verdaderamente a «caminar juntos» para llevar a todas las partes del mundo, a cada Diócesis, a cada comunidad y a cada situación la luz del Evangelio, el abrazo de la Iglesia y el amparo de la misericordia de Dios”.

Espectacular, el mundo al revés, con el mayor descaro: cuando la Iglesia dice “inculturar los principios en todas las culturas”, se supone que se trata de que ellos quedan, en su esencia, inalterados, porque son inalterables; el campeón coge y tuerce y dice que, dado que el relativismo cultural es verdadero, entonces los principios significan SUSTANCIALMENTE cosas distintas en diferentes partes del mundo… y eso es “inculturación”. Y esto es un ataque a Jesucristo y a su Iglesia, llevado adelante con total astucia. No sólo porque la idea, como dijo el 17 de octubre, es dividir a la Iglesia, convertirla en cadáver que se coman los buitres (“Donde esté el cadáver, allí se reunirán los buitres”). No. Es un asunto más soterrado, más subrepticio, más sutil. La filosofía griega es el arma intelectual por excelencia en el que fue formulado el dogma cristiano y, con toda seguridad, sin temor a equivocarme, no hay en ninguna otra cultura un instrumento remotamente parecido para tal fin. Para nuestra inteligencia, los términos de esa filosofía perennis son ineludibles. Eso es el fondo de una de las enseñanzas fundamentales de la Fides et Ratio, de Juan Pablo II. Eso es una parte central de que Jesús viniera en la PLENITUD DE LOS TIEMPOS, aparte de Roma, su PAZ, su derecho, la maduración de la religión judía, expresada en los libros del Eclesiástico y de la sabiduría y en la escuela de filón, etc. Este hombre quiere destruir ese acervo tan fundamental. No es poca cosa cuando hablan de cambiar el lenguaje de la Fe; es mayor cuando hablan de cambiar el intellectus fidei. Básicamente, eso fue lo que le dijo a Spadaro (de La Civiltá Cattollica) en aquella entrevista en septiembre de 2013, que la Iglesia debía abandonar su antropología, el tomismo, “para volver a ser genial”; y miren lo que dice en la Evangelii Gaudium, 116-117, este antioccidentalismo, típico marxista, gnóstico, sobre todo, hispanoamericano:

“En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios. Cuando una comunidad acoge el anuncio de la salvación, el Espíritu Santo fecunda su cultura con la fuerza transformadora del Evangelio. De modo que, como podemos ver en la historia de la Iglesia, el cristianismo no tiene un único modo cultural, sino que, «permaneciendo plenamente uno mismo, en total fidelidad al anuncio evangélico y a la tradición eclesial, llevará consigo también el rostro de tantas culturas y de tantos pueblos en que ha sido acogido y arraigado». En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad y muestra «la belleza de este rostro pluriforme». En las manifestaciones cristianas de un pueblo evangelizado, el Espíritu Santo embellece a la Iglesia, mostrándole nuevos aspectos de la Revelación y regalándole un nuevo rostro. En la inculturación, la Iglesia «introduce a los pueblos con sus culturas en su misma comunidad», porque «toda cultura propone valores y formas positivas que pueden enriquecer la manera de anunciar, concebir y vivir el Evangelio», Así, «la Iglesia, asumiendo los valores de las diversas culturas, se hace “sponsa ornata monilibus suis”, “la novia que se adorna con sus joyas” (cf. Is 61,10)» […]. No haría justicia a la lógica de la encarnación pensar en un cristianismo monocultural y monocorde. Si bien es verdad que algunas culturas han estado estrechamente ligadas a la predicación del Evangelio y al desarrollo de un pensamiento cristiano, el mensaje revelado no se identifica con ninguna de ellas y tiene un contenido transcultural. Por ello, en la evangelización de nuevas culturas o de culturas que no han acogido la predicación cristiana, no es indispensable imponer una determinada forma cultural, por más bella y antigua que sea, junto con la propuesta del Evangelio. El mensaje que anunciamos siempre tiene algún ropaje cultural, pero a veces en la Iglesia caemos en la vanidosa sacralización de la propia cultura, con lo cual podemos mostrar más fanatismo que auténtico fervor evangelizador”.

Podemos recibir y ensanchar, es verdad, con aportes de otras culturas. Pero eso es una cosa y otra muy distinta es la afirmación de la Iglesia “amerindia”, de la teología “indigenista”, que, en vez de asumir los símbolos indios y traducirlos al cristiano, como hizo la propia Madre de Dios en Guadalupe, busca ahogar el contenido de la Fe en animismos indoamericanos, en pachamama y demás temas del comunismo iberoamericano contemporáneo, del que Franc es una gran figura… Casi confiesa que éste sea el objetivo de la jugada: “Los Obispos de Oceanía pidieron que allí la Iglesia «desarrolle una comprensión y una presentación de la verdad de Cristo que arranque de las tradiciones y culturas de la región», e instaron «a todos los misioneros a operar en armonía con los cristianos indígenas para asegurar que la fe y la vida de la Iglesia se expresen en formas legítimas adecuadas a cada cultura»” (EG, 118).

Un pequeño problema: la Fe en el Logos no es el tabú

Entonces, es muy claro, aquí estamos, con el deseo de meter la homosexualidad en el templo (lo que sería mucho peor que quemarlos) y de acabar con los sacramentos, pretendiendo arrasar con la cultura cristiana, con el intellectus fidei, que no tiene nada que ver con dioses que castigan a los incumplidores del kapú. Queriendo enseñar la misericordia a Dios y, como Kasper, hacerse “absolutamente ateo”, si es que Dios no se identifica con la historia, si es que es “trascendente y absoluto”, diciendo que decir cosas así es hacer “teología de rodillas, teología serena”. Se anda en una de reunirse con todo lo que no es católico, protestantes y comunistas, diciéndoles que ellos son la Iglesia. Metiendo, para no parecer ateo y comunista, un panteísmo teilhardiano, que debe ser compatible, digo, con el dios-historia: un dios que es el universo y el universo la historia… y la historia nada. Así, acabamos con nuestros “tabúes”, el orden natural que Dios dio al mundo y la gracia con la que lo restaura, lo perfecciona y lo eleva. Las invenciones de los hawaianos no son la religión fundada por el mismo Logos divino hecho carne. Ahí estamos muy equivocados. Andar como Daneels o Kasper diciendo que Cristo no es salvador universal, protegiendo pedófilos, promoviendo perversión sexual entre niños, bajo la guisa de la catequesis, expandiendo el ateísmo desde el cardenalato, cuando se ha visto toda la montaña de evidencias incontrovertibles de la Fe, es ser un poco, al parecer, diabólico. Querer acabar con esa Fe, de manera tan descarada, cuando ella no puede caer en la necrosis en que cayó la hawaiana es muy malo, algo que debe clamar al Cielo con gritos insoportables para Dios, para Iluvátar, para Eru, Yahwéh Shebaot, debe ser una provocación de la peor temeridad, sólo concebible en gente que no cree en su existir, cuando Él es sumo Existir subsistente; y, por eso, todo poderoso, suma Verdad, Bien y Belleza subsistente. No quiero yo estar en los zapatos de éstos. Hewahewa abandonó una falsedad por la religación establecida por el verdadero Dios para con Él mismo; éstos señores se lanzan contra éste, como si fuera uno más de los dioses falsos de Hawa-íí. Qué inconciencia…

***

Rezar, sacrificarse, por que estos señores se conviertan, para que no les caiga todo el peso del tremendo iudicio, creo que es una necesidad. Como también lo es oponérseles, con todas las fuerzas, con todo el ser. HACERLO ES INDISPENSABLE, ES REBELIÓN, REBELIÓN DE LA ESENCIA, EN ESTOS TIEMPOS DE DEMOLICIÓN, DE QUEMA DE TEMPLOS, REVOLUCIONARIA…

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