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Cuando los obispos ejercían su autoridad y la maldad era perseguida sin cuartel

Desde la extraña época en que bendicen a Sodoma

Don Mario Briceño Iragorry, un verdadero historiador de la verdad, a pesar de la persecución medernista y el odio antihispano

Don Mario Briceño Iragorry, un verdadero historiador de la verdad, a pesar de la persecución medernista y el odio antihispano

Preparando un artículo sobre la colonia y la educación en Venezuela en su período de formación, me encontré con este texto del Séptimo de los Tapices de Historia Patria, de don Mario Briceño Iragorry. Qué contraste tan espectacular: obispos excomulgando, obispos mandando a que concubinos se muden de parte de la ciudad, como los maestros separando a los compinchitos, obispos mandando a azotar a mujeres adúlteras, Bolívar, el librepensador, invocando la autoridad episcopal… y un historiador, un gran historiador,  presentando esto como causa de orgullo cívico… Qué contraste con éstos que están en Roma ahorita ponderando las bondades de la homosexualidad, el valor del concubinato, la comunión de los adúlteros, la disolución de la Iglesia. Los dejo con Don Mario, recuerden, está hablando de los siglos XVII y XVIII:

“El señor Martí dejará fundadas escuelas a su paso a través de la provincia de Venezuela, y Fray Manuel Cándido Torrijos, segundo obispo de Mérida, se presentará a su Dió- cesis con treinta mil volúmenes y un rico gabinete de Física” (123,1). Y con los obispos la Iglesia toda, representada por los vicarios y los curas, y por las egregias comunidades constituidas en baluarte de la cultura durante nuestro criollo medievalismo. Unos y otros riegan en el ambiente de la época la semilla de las artes y las letras: al calor de sus manos el barroco se transforma en la fachada de los templos y en los místicos retablos: bajo su dirección el pueblo educa el gusto por el arte musical. Unos y otros sirven de contrapeso a los abusos de las autoridades y remedian con la persuasión y el castigo oportunos las costumbres de grandes y pequeños.

En pleno ejercicio de sus altas funciones jerárquicas, los obispos asumieron la supervigilancia del medio social y sus decisiones se cumplieron aun contra la voluntad de los empleados seculares y sin temor al real recurso de las fuerzas. Su autoridad era semejante a la de los inflexibles obispos feudales. “Sin auxilio real, ni haberlo pedido”, rezan los documentos de la época, fue cumplida la pena impuesta a doña Ximena Navarro, por el Ilmo. Sr. Tovar, y la cual consistió en “200 azotes, clausura perpetua o destierro, nota de infamia y perdimiento de la mitad de sus bienes”, por habérsele comprobado el infame delito de incesto y adulterio; y de igual modo se cumplió la que el mismo Prelado hizo caer sobre doña Elvira Campos, desvergonzada madre y encubridora de doña Ximena, castigada también en las calles públicas con la pena de azotes y coraza, por el propio obispo Tovar, ayudado de sus ministros eclesiásticos, mientras las campanas de la ciudad anunciaban con tétricos tañidos la excomunión mayor.

[…]

Un monumento histórico que es hoy del dominio público, la “visita del Ilmo. Sr. Mariano Martí”, obispo de Venezuela desde 1770 hasta 1792, sirve para mostrar lo que significaban aquellas lentas jornadas episcopales a través del territorio de la Patria. Sin detenerse en sólo el cumplimiento de sus impretermitibles funciones a divinis, abordaban todos los asuntos que se referían a administración de justicia, género de vida y costumbres de los seglares, enseñanza, hospitales, organización civil, trato de los indígenas, conducta de los señores con los esclavos, y demás pormenores que reclamaban su alta intervención de autoridad o persuasiva.

Ellos eran como el símbolo primario de la cultura que se espaciaba a su propio influjo. Velaban en primer término por la integridad del sacerdocio, proclive a la molicie y a sus vicios en países nuevos y sin reacción social, y con la espada de la palabra rompían las ataduras que enlazaban a los clé- rigos con el mundo del pecado. González de Acuña, movido de extremado celo pastoral, declaró en el momento de expirar que no había tenido intención plena de conferir órdenes a personas de ellas no acreedoras, y los sacerdotes por él creados hubieron de recibir del nuevo obispo la confirmación del Ministerio. Armados del recurso terrorífico de las excomuniones, imponían el respeto reclamado por las costumbres, y ante su tremenda proximidad se componían los matrimonios y cambiaban de vecindario los concubinos. El obispo don Mariano Martí, cuando visitó la ciudad de Trujillo, conminó con públicas censuras al alcalde don Sancho Antonio Briceño, por mantener relaciones ilícitas en menoscabo de la santidad del matrimonio, e hizo que la cómplice traspusiese los límites de la Gobernación. Mientras los capitanes conquistando la tierra y las autoridades refrenando la anarquía colonial, realizaban los hechos que la Historia recoge como expresión de la cultura que se distendía en el nuevo marco geográfico, los obispos concretaban el símbolo que, sobre aquellos hechos, se erguía como ornamentación espiritual para el futuro. Ambas autoridades, civil y eclesiástica, armonizaban en su misión de abrir horizontes a la Historia. Eran como el consorcio de la palabra y de los hechos. Res et verba. Aquéllos con la espada y el bastón de mando, éstos con el báculo y la estola, conjuntaban en sus obras el ideal de integración que los emperadores carolingios resumieron en su persona, al recibir, con la corona del Sacro Imperio, la dignidad de diá- conos. Bolívar sintetizará en forma breve y rotunda la significación cultural de esta dúplice labor, al indicar como consejo de hábil política que “la unión del incensario con la espada de la ley es la verdadera arca de la alianza”.

***

Recordar este inmenso pasado, contemplar lo que le debemos a estos hombres, imbuirnos del verdadero espíritu de la moral evangélica, sin las contaminaciones revolucionarias podridas es REBELIÓN, LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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