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La modernidad como desolación: su ataque la Iglesia del Corpus Christi

El Infinito se entrega y los modernos, dioses usurpadores, rechazan

Participando de su Cuerpo, nosotros, pobres mortales caídos, participamos de esta Gloria, en lo escondido, y estamos en camino de participar de ella, a plena luz del día, del Día que es Él mismo

Participando de su Cuerpo, nosotros, pobres mortales caídos, participamos de esta Gloria, en lo escondido, y estamos en camino de participar de ella, a plena luz del día, del Día que es Él mismo

Contenido:

I.- Occidente se subleva contra la realidad, repudia bienes sublimes

II.- Dios crea, es el fundamento trascendente del ser de las criaturas, todo es muy bueno

III.- Dios es alfa y Omega, sentido de la realidad toda

IV.- El hombre, cúspide de la creación sensible, se rebela

IV.A.- El pecado original, sus consecuencias funestas

IV.B.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en la Promesa: Isaías, profeta y evangelista

IV.C.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en el Nuevo Testamento

V.- La Redención es el sentido de todo, el cumplimiento del “designio [invencible] de Yahwéh”

VI.- La Redención es obra de Cristo y su Iglesia, que lo porta a Él, especialmente en la Eucaristía

VI.- La Eucaristía, Sacrificio redentor, lo que lleva al designio de Yahwéh a su pleno cumplimiento

VI’.- La Eucaristía es “nuestra Misa”

I.- Occidente se subleva contra la realidad, repudia bienes sublimes

En Occidente, se ha instalado una tradición muy amplia y muy arraigada de ataques incesantes a la Iglesia. No es Occidente la única sociedad que arremete al Cuerpo Místico de Cristo, pero sí es de donde se dirigen los ataques más fieros, inmisericordes, mucho más enconados que los que vienen de otras sociedades que no fueron formadas por la Iglesia. De esos ataques, muchos no pasan de calumnias sin sentido. Algunos tienen parte de verdad; otros, quizás, tengan base real. Pero lo interesante del caso es que, al lanzarse todas esas agresiones, constantes, es más, continuas, se deja de lado un aspecto capital de la cuestión: la infinidad de bienes que trae la Iglesia al mundo, el mayor de los cuales, por supuesto, es la Salvación que obró Jesús, el Hijo unigénito de Dios, por nosotros: al rechazar a la Iglesia, la mayor parte de las veces hoy, se rechaza a Dios mismo, y ésta ha venido a ser la más terrible de las consecuencias de la mal llamada reforma y la ruptura de la unidad de los cristianos, como lo vio tan claramente el Salvador: “para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me enviaste y amaste a éstos como me amaste a mí” (Jn. XVII,23). Pero, al lado de la Salvación y como manando de ella, hay infinidad de otros bienes que el mundo rechaza, al rechazar a la Iglesia: la Tradición de doctrina, toda la sabiduría que pueda esperar el hombre y mucho más, sin errores y la promoción del saber, de la filosofía, de la teología, de las ciencias; la Tradición de oración y de piedad, manifestada también en el arte, las muchas formas del arte cristianos y de su realismo sublime, en todos los tipos de manifestación, incluidas, claro, la música, la literatura, las tablas, la arquitectura, la escultura, la expresión pictórica, con todas esas obras que elevan la humanidad hasta el Cielo mismo, sin necesidad de sofisticación individual del contemplador; los Sacramentos: principalmente la Eucaristía. Veamos éste “nada más”, como muestra paradigmática. Viendo este Sacramento, y el inmenso valor del mismo, será muy claro de qué se pierde el mundo.

El espíritu de rechazo a la Iglesia surgió en Occidente hace varios siglos, quizás en el Renacimiento, desde el siglo XIV con Juan de Huss y otros. Seguramente hay antecedentes de esta actitud, como lo muestra el emperador Federico II de Hohenstaufen, en la primera mitad del siglo XIII. Pero la plaga se esparció y se hizo convirtió en pandemia a partir de Lutero, Zuingilo, Calvino, Müntzer, los anabaptistas, Enrique VIII y los demás revolucionarios, mal llamados reformadores, del siglo XVI.

Al final de las guerras de religión en Francia, tuvo lugar un incidente que merece la consideración. En esas guerras se enfrentaban los calvinistas hugonotes contra los católicos (aunque también tuvo un papel importante el partido de los “políticos”, que puede ser un germen de la actitud de un siglo más tarde: la Ilustración). Del lado hugonote se encontraba Enrique, rey de Navarra, liderándolo. En 1.594, este señor era el primero en la línea de sucesión al trono de una Francia ya cansada de tanto odio fratricida, tanto dolor y tanta sangre. Francia estaba, pues, dispuesta a aceptar a Enrique; pero Francia era católica y lo aceptaba con la condición de que se tenía que convertir al Catolicismo, tenía que volver al redil de la Iglesia. En esa circunstancia, Enrique de Navarra pronunció aquella famosa frase, que lo llevó a la historia como uno de los hombres más cínicos que haya visto el mundo: “París bien vale una Misa”. Sin embargo, “Francia exigía de él no sólo una ‘conversión simulada’, sino una adecuación completa a la realidad religiosa y política de la nación. Sólo en esas condiciones París se entregó a su legítimo monarca (22 de marzo de 1.594)”. Luego, Enrique pacificó todo el territorio francés, aplacando la rebelión calvinista; con lo que mostró una actitud conforme con lo que exigía de él el pueblo católico (Vicens Vives, Historia General Moderna, Tomo I. Editorial Vicens Vives. Primera edición, sexta reimpresión. Barcelona, España, 1.999. pp. 216-219).

En realidad, Enrique de Navarra, mientras sostuvo su actitud cínica, estaba en un error que era diametralmente opuesto a la verdad. Es decir, hablando con precisión, París no vale sin una misa. Y es que toda la creación toma su sentido del acto central de la Eucaristía: la Consagración, cuando el pan y el vino se transustancian y pasan a ser realmente Cuerpo y Sangre de Cristo. A continuación, la prueba de que esto es así, tal como la podemos tomar de la Revelación. Requerirá de un rodeo largo, pero que vale la pena, según es de vital importancia la materia de la que se trata. Ese rodeo irá desde el sentido que puede asignarse a la creación, tomando en cuenta el “momento” de la creación misma; e irá desentrañando en ese sentido lo que él tenga que ver con la Redención; hasta hacer claro que es la Misa la que da sentido a los seres causados todos.

II.- Dios crea, es el fundamento trascendente del ser de las criaturas, todo es muy bueno

En artículos anteriores de este blog (https://eticacasanova.org/2013/07/31/acreedor-del-agradecimiento-de-dios-2/; https://eticacasanova.org/2013/07/18/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang/; https://eticacasanova.org/2013/07/18/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang-2/), se muestra que Dios es el Creador del mundo. Pero, más importante aún, es lo que se en este otro: https://eticacasanova.org/2013/07/19/aristoteles-y-santo-tomas-un-tumba-rancho-acaba-con-el-big-bang-3/: comparando la teología de Santo Tomás de Aquino con la filosofía de Aristóteles, se muestra que el Aquinate había llegado más lejos que el Estagirita, y, entre otras cosas, había mostrado que en la creación Dios producía el ser de las criaturas de la nada.

Mas hay que ir a las Sagradas Escrituras, en las que es claro que Dios, por su poder infinito, creó al universo, visible e invisible, de la nada. En los capítulos I y II del Génesis esto es diáfano. Ha de verse, pues, el sentido de los textos. Aunque sólo es necesario reproducir algunos pasajes del capítulo I, entre los que destaca el de la creación del hombre: “En el principio creó Dios el cielo y la tierra […]. Dijo Dios: ‘hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Que domine sobre los peces del mar, las aves del cielo, los ganados, sobre todos los animales salvajes y todos los reptiles que se mueven por la tierra’. Y creó Dios al hombre a su imagen, imagen de Dios los creó hombre y mujer los creó. Y los bendijo […]. Y vio Dios todo lo que había hecho; y he aquí que era muy bueno” (Gén. I,1.26-27.31).

Pero lo mismo es atestiguado en gran cantidad de pasajes, como Sb. XIII o Is. XLVIII,12-13: “Escúchame, Jacob, e Israel, a quien llamé: Yo soy el primero y el último. Mi mano fundó la tierra y mi diestra extendió los cielos. Cuando Yo los llamo se presentan a una”. En este pasaje de Isaías se muestra, además, la Providencia de Dios sobre su creación.

De ahí que todo, en cuanto es, sea bueno, verdadero y bello; pues es participación de la gloria divina. Pues, hizo “todas las cosas para llenarlas de sabiduría y amor” (Plegaria Eucarística número IV) y todo habla de la gloria de Dios. Así, como dice el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 299: “nuestra inteligencia, participando en la luz del Entendimiento divino, puede entender lo que Dios nos dice por su creación (cfr. Sal. XIX,2-5), ciertamente no sin gran esfuerzo y espíritu de humildad y de respeto ante el Creador y su obra (cfr. Jb. XLII,3). Salida de la bondad divina, la creación participa en esa bondad (‘y vio Dios que era bueno […] muy bueno’: Gén. I,4.10.12.18.21.31). Porque la creación es querida por Dios como un don dirigido al hombre, como una herencia que le es destinada y confiada. La Iglesia ha debido, en repetidas ocasiones, defender la bondad de la creación, comprendida la del mundo material”.

III.- Dios es alfa y Omega, sentido de la realidad toda

La creación, pues, nos habla del Creador: “desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras” (Rm. I,20). Mas, la creación, que sólo es un reflejo pálido de esa gloria, no puede ser ella ni estar en ella lo que le dé sentido:

Pregunta a las criaturas

¡Oh, bosques y espesuras,

plantadas por la mano del Amado!

¡Oh, prado de verduras, de flores esmaltado,

decid si por vosotros ha pasado!

Respuesta de las criaturas

Mil gracias derramando,

 pasó por estos sotos con presura,

e, yéndolos mirando,

con su sola figura

vestidos los dejó de hermosura.

Esposa

¡Ay, quién podrá sanarme!

Acaba de entregarte ya de vero;

no quieras enviarme

de hoy ya más mensajero,

que no saben decirme lo que quiero.

Y todos cuantos vagan,

de ti mil gracias refiriendo,

y todos más me llagan,

y déjame muriendo

un no sé qué que quedan balbuciendo” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual).

Es, entonces, sólo el Creador mismo, el sentido de la creación, como no podía ser de otro modo, pues Dios, al obrar, no puede tener otro fin que Sí mismo, a Quien ama necesariamente (Contra Gentiles, I, 72-96). Así lo atestigua incesantemente la Escritura: “Yo soy el alfa y la omega, dice el Señor Dios; el que es, el que era, el que va a venir, el Todopoderoso” (Ap. I,8, cfr. XXI,6 y XXII,13). “Así dice el Señor, Rey de Israel, y su Redentor, el Señor de los ejércitos: ‘Yo soy el primero y el último, fuera de mí no hay Dios’” (Is. XLIV,6; vid. también, por ejemplo, XLI,4 y XLVIII,12-13, transcrito arriba).

IV.- El hombre, cúspide de la creación sensible, se rebela

Las cosas creadas, pues, son buenas; pero, si se considera al universo y a éste con el hombre, la creación es muy buena. Sólo el hombre, imagen y semejanza de Dios, puede realizar el sentido de la obra creadora; y por él las demás criaturas: “llenos de alegría, y por nuestra voz las demás criaturas, aclamemos su nombre cantando” (Plegaria Eucarística número IV).

Es por esta razón por la que el hombre es “la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (Gaudium et Spes, 24). Por eso, todos los seres sensibles están a su servicio (Gén. I,27-32). Pero lo mismo también se manifiesta en que, por ejemplo, la vida del hombre vale individualmente, digamos, esto es, es un crimen muy grande matar injustamente a un ser humano; mientras que los animales valen por la especie y, por eso, cuando hace falta, ellos mismos balancean un desequilibrio en el ambiente en el que viven, para favorecer la supervivencia de la especie, mediante la auto-aniquilación de todos los animales que ya pasaron la edad para reproducirse.

IV.A.- El pecado original, sus consecuencias funestas

Sin embargo, el hombre, recipiente de innumerables gracias de parte de la misericordia de Dios, abusando de la libertad de que lo dotó el Creador, se rebeló contra Él. El relato del Génesis es muy sugestivo, Dios le requirió un lógico sometimiento respecto de Él: “de todos los árboles del jardín podrás comer; pero del árbol del conocimiento del bien y del mal no comerás, porque el día que comas de él, morirás” (II,16). Pero, dejándose engañar por la serpiente, desobedeció (III,1-6). Y las consecuencias –la “muerte” de la que habla II,16–, fueron funestas:

Entonces se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos; oyeron la voz del Señor Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, el hombre y su mujer se ocultaron de la presencia del Señor Dios entre los árboles del jardín. El Señor Dios llamó al hombre y dijo: ‘¿Dónde estás?’ Éste contestó: ‘oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estaba desnudo; por eso me oculté’. Dios preguntó: ‘¿quién te ha indicado que estabas desnudo? ¿Acaso has comido del árbol que te prohibí comer?’ El hombre contestó: ‘la mujer que me diste por compañera me dio del árbol y comí’. Entonces el Señor Dios dijo a la mujer: ‘¿qué es lo que has hecho?’ La mujer respondió: ‘la serpiente me engañó y comí’. El Señor Dios dijo a la serpiente: ‘por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales y todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza cuando tú quieras morder su calcañal’. A la mujer dijo: ‘Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz a tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará’. Al hombre dijo: ‘Por haber escuchado la voz de tu mujer y haber comido del árbol que te prohibí comer [1] maldita sea la tierra por tu culpa. [2] Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. [3] Te producirá espinas y zarzas y comerás plantas del campo. [4] Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado, [5] porque polvo eres y al polvo volverás’. El Señor Dios hizo unas túnicas de piel para el hombre y su mujer y los vistió. Y el Señor Dios dijo: ‘He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal; que ahora no extienda la mano y tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre’. Así, pues, el Señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que trabajase la tierra de la que había sido tomado. Cuando lo hubo expulsado, puso, al oriente del jardín del Edén, querubines blandiendo espadas flameantes para guardar el camino del árbol de la vida” (Gén. III,7-24).

Ha de analizarse brevemente este texto, para hacer claro, a una, qué efectos se siguen del pecado y cuál es la importancia de la Redención operada por Jesús, según le es dado a nuestra inteligencia, iluminada por la Fe.

Se irá parte por parte. Han de distinguirse, sin embargo, las consecuencias en cuatro grupos: las consecuencias para toda la especie humana, para la mujer, para la “serpiente” y para toda la creación sensible.

Respecto del primer grupo, para la especie humana, se siguieron estos efectos: a nuestros primeros padres “se les abrieron los ojos y conocieron que estaban desnudos” (v. 7): los afectos se desordenan, nace la concupiscencia de la carne y, con ella, la vergüenza; el cuerpo o, quizás sea mejor decir, la corporalidad también es afectada por el mal. En segundo lugar, el hombre, como consecuencia del pecado, padece de debilidad, tanto del cuerpo como de la voluntad; y la tierra, en tercer lugar, ya no le es favorable para satisfacer sus necesidades: “Con fatiga comerás de ella todos los días de tu vida. Te producirá espinas y zarzas y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra” (vv. 17-19). Padecerá también la muerte y la corrupción: “pues de ella fuiste sacado, porque polvo eres y al polvo volverás” (v. 19b). Además, ahora, luego del pecado, el “hombre” (así dice expresamente v. 22) es conocedor del mal, sujeto a malas inclinaciones, de las que tiene experiencia: “He aquí que el hombre ha llegado a ser como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal” (v. 22). Luego, “se ocultaron de la presencia del Señor” (v. 8): perdieron la amistad de Dios, se alejaron inmediatamente de Él, el sentido de su existencia, y sintieron temor de Él, lo vieron como a un enemigo: he aquí la más terrible de las consecuencias y el fundamento de todas las demás. Y, de ahí la última consecuencia: la pérdida de la dicha original, hasta un nuevo acontecimiento que sólo en el curso de los siglos se le revelaría: “Así, pues, el señor Dios lo expulsó del jardín de Edén, para que trabajase la tierra de la que había sido tomado. Cuando lo hubo expulsado, puso, al oriente del jardín del Edén, querubines blandiendo espadas flameantes para guardar el camino del árbol de la vida” (vv. 23-24).

Para la mujer, el castigo es una particularidad del que le espera por pertenecer a la especie humana, que comparte también con su compañero “semejante”: “Multiplicaré los dolores de tus embarazos; con dolor darás a luz a tus hijos; hacia tu marido tu instinto te empujará y él te dominará” (v. 16).

Para la serpiente, “por haber hecho esto, maldita seas entre todos los animales y todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo todos los días de tu vida. Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; él te aplastará la cabeza cuando tú quieras morder su calcañal” (vv. 14-15).

Para toda la creación: “maldita sea la tierra por tu culpa” (v. 17), dice Dios a Adán. El hombre, pináculo de la creación sensible, quien hace que toda ella pueda realizar su sentido, al rebelarse, introduce graves desórdenes en ella. Es por ello que en la Epístola a los Romanos (VIII,18-24) se describen con acentos a la vez místicos y dramáticos la situación de las criaturas materiales luego del pecado. Pero no sin relacionarla con el tema que está tocado en Génesis III,15: la Promesa del Redentor. Pero no ya como promesa, sino como Obra en la que debemos colaborar los que ya en esta vida gozamos de Ella, hasta la plena consumación de la Salvación que Jesús vino a traernos.

IV.B.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en la Promesa: Isaías, profeta y evangelista

El Nuevo Testamento trae, pues, una nueva perspectiva respecto del fin de la creación. No que sea abolida la del Antiguo, eso es imposible, porque Dios creó por amor de su Gloria y eso no puede ser de otra manera. Pero, conociendo en su Eternidad lo que sería del hombre –sin anular, claro, el arbitrio humano ni las particularidades del ser contingente–, los acontecimientos de la Encarnación del Verbo de Dios, su Muerte en Cruz y su Resurrección y Ascensión al cielo, han venido a dar luces impresionantes sobre el designio del Creador. Esas luces sólo añaden a la perspectiva del Antiguo Testamento; esa suma modifica, pues, pero no abole. De esa forma ha de leerse en retrospectiva el Antiguo Testamento, teniendo como norma la plenitud de la Revelación en Jesucristo, para alcanzar su plena comprensión.

Entre las innumerables profecías contenidas en los libros del Antiguo Testamento, se pueden destacar algunas del profeta Isaías, que son muy claras sobre la relación entre el sentido de lo creado y la redención llevada a cabo por Emmanuel, Dios-con-nosotros (VII,14). Además, este profeta es de singular importancia, por la estima de que gozó entre sus compatriotas del Pueblo de la Promesa y, no menor, entre los cristianos. Esta estima está plenamente justificada y se manifiesta en las noventa ocasiones que es citado explícitamente en el Nuevo Testamento y las más de cuatrocientas en que es citado de manera implícita. Así, de este profeta escritor, dice San Jerónimo, en sus comentarios al libro que recoge sus visiones: “expondré a Isaías, haciendo ver en él no sólo al profeta, sino también al evangelista y apóstol. Él, en efecto, refiriéndose a sí mismo y a los demás evangelistas, dice: ‘¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae la Buena Nueva!’ y Dios le habla como a un apóstol, cuando dice: ‘¿A quién mandaré? ¿Quién irá a ese pueblo?’ y él responde: ‘Aquí estoy, mándame’ […]. Nadie piense que yo quiero escribir en pocas palabras el contenido de este libro, ya que él abarca todos los misterios del Señor: predice el Emmanuel que nacerá de la Virgen, que realizará obras y prodigios admirables, que morirá, será sepultado y resucitará del país de los muertos y será el salvador de todos los hombres” (Commentarii in Isaiam, Prólogo. Citado en la Introducción al libro del Profeta, en la edición de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. EUNSA. Pamplona, España, 2.002. p. 51).

Hay, pues, en el libro del profeta, variedad de textos que atestiguan que el fin de la creación es Dios, como Causa final y ejemplar de los seres que son su obra; pero no sólo en un sentido accesible a la razón natural, sino en cuanto Dios realiza activamente un llamado (personal) de la misma a Él y la atrae a Sí por Sí mismo. Ya se citaron arriba los versículos 12 y 13 del capítulo XLVIII, según los que Dios dice: “Yo soy el primero y el último. Mi mano fundó la tierra y mi diestra extendió los cielos. Cuando Yo los llamo se presentan a una”. El versículo 16 de ese capítulo hace esta revelación impresionante: “Acercaos a mí, escuchad esto: desde el principio no he hablado en secreto; antes de que sucedieran las cosas, allí estaba Yo. Y ahora, el Señor Dios me envía con su Espíritu”. En este pasaje hay una clara alusión a las misiones del Hijo encarnado y del Espíritu, que Él envía, al ser glorificado, para la Salvación del mundo. Confróntese ese pasaje del profeta con este de San Juan, por ejemplo: “os conviene que yo me vaya. Porque, si no me fuere, el Abogado [el Espíritu] no vendrá a vosotros; pero, si me fuere, os lo enviaré […]. Todo cuanto tiene el Padre es mío; por esto os he dicho que [el Espíritu] tomará de lo mío y os lo hará conocer” (XVI,7-15).

De ese modo, se enlazan, en el oráculo, Dios Último y Dios Trino y Salvador, como el mismo sentido de todo: de la tierra y del cielo, con todo lo que contienen, principalmente el hombre, a quien Dios ama tanto, que le entrega a su Hijo (Jn. III,16). Y esa Salvación, sentido de la historia, es universal, por la universalidad de Dios, como dice el Segundo Canto del Siervo de Dios: “Ahora dice el Señor, el que me formó desde el seno materno para ser su siervo, para hacer que Jacob volviese a Él, pues soy estimado a los ojos del Señor y mi Dios ha venido a ser mi fortaleza: ‘Muy poco es que seas siervo mío para restaurar las tribus de Jacob y para hacer volver a los supervivientes de Israel. Te he puesto para ser luz de las naciones, para que mi salvación alcance hasta los extremos de la tierra’” (Is. XLIX,5-6).

Pero, en un texto que tiene gran paralelismo con Lucas XVI,17 (“es más fácil que pasen el cielo y la tierra, que el faltar un solo ápice de la Ley”), Isaías muestra cuál es el fin de lo temporal, en último término: “Alzad al cielo vuestros ojos y mirad abajo la tierra, porque los cielos se disiparán como el humo, la tierra se gastará como un vestido y sus habitantes perecerán de la misma manera. Pero mi salvación durará para siempre, mi justicia no faltará” (LI,6). Ha de recordarse que si los movimientos de la historia muestran algo, es que ella no es un puro sinsentido, ella tiende a un fin, y eso se puede percibir naturalmente; ese sentido se refiere, según podemos captarlo con la razón, a lo que sea que da significado a la vida del hombre; eso no puede ser otra cosa que Dios mismo. Así, lo temporal, que “se disipa como el humo” y “se gasta como un vestido”, tienen como fin la “justicia”, que “no faltará”. Y, por eso, el creyente debe ser valiente, fundado en la esperanza de la Salvación: “Escuchadme, los que conocéis mi justicia, pueblo en cuyo corazón está mi ley. No temáis a los hombres ni os turbéis por sus ultrajes, pues la polilla los devorará como a un vestido, como a lana se los comerán los gusanos. En cambio, mi justicia permanecerá siempre, mi salvación, por generaciones y generaciones” (LI,7-8).

En LV,6-13, el profeta reúne una serie importante de temas evangélicos. 1) La posibilidad de arrepentimiento y perdón, por la generosidad de Dios, que se funda en su Grandeza, infinitamente superior al hombre; 2) la fecundidad de la Redención y la fidelidad de Jesús; 3) los efectos de la Cruz. “[1] Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca. Que el impío deje su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar. ‘Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, vuestros caminos, mis caminos –oráculo del Señor–. Tan elevados como son los cielos sobre la tierra, así son mis caminos y mis pensamientos sobre vuestros pensamientos [comparar esto con I Corintios, I,25: “la locura de Dios es más sabia que los hombres y la flaqueza de Dios, más poderosa que los hombres”]. [2] Como la lluvia y la nieve descienden de los cielos y no vuelven allá, sino que riegan la tierra, la fecundan, la hacen germinar y dan simiente al sembrador y pan a quien ha de comer, así será la palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacío, sino que hará lo que Yo quiero y realizará la misión que le he confiado. [3] Así, partiréis con alegría y seréis conducidos en paz; montes y colinas romperán en gritos de júbilo ante vosotros y todos los árboles del campo aplaudirán. En vez de la zarza se alzará el ciprés y en lugar de la ortiga crecerá el arrayán. Servirá de honra para el Señor, de signo eterno que no será quitado’”. Así, la Palabra de Dios, su Verbo, enviada por el Padre, se hizo hombre (Jn. I,14), y fecundó la tierra por su fidelidad a la misión encomendada y renovó todo; dando al tiempo su sentido de eternidad.

Otros muchos pasajes de Isaías muestran el punto, al tiempo que tienen claros paralelismos con relatos y explicaciones del Nuevo Testamento. XLII,6-9 habla de la universalidad de la Redención: Dios Dice a su Siervo: “Yo, el Señor, te he llamado en justicia, te he tomado de la mano, te he guardado y te he destinado para alianza del pueblo, para luz de las naciones, para abrir los ojos a los ciegos, la liberación a los oprimidos”. Según XLIII,11-13, Dios, al gobernar el mundo infaliblemente, siendo “Yo Soy”, siendo su misma Esencia, que es Ser, lo salva; Él es el Salvador y no hay otro fuera de Él; Él es, entonces, Jesús, “Dios-salva”: “Yo soy el Señor, y fuera de mí no hay Salvador. Yo mismo lo anuncié, Yo salvé, y lo hice oír, y no había entre vosotros ningún otro. Vosotros sois mis testigos –oráculo del Señor–: Yo soy Dios. Desde siempre, Yo soy. No hay quien escape de mi mano. Lo que Yo hago, ¿quién va a cambiarlo?”. Igualmente, de acuerdo con LIV,5, Jesús es Dios universal, Salvador, Esposo: “será esposo tuyo tu Hacedor, cuyo Nombre es el Señor de los ejércitos, y Redentor tuyo, el Santo de Israel, que se llama Dios de toda la tierra” (cfr., entre otros textos del Nuevo Testamento, Ef. V). Con todo esto es, pues, suficiente para hacer diáfano cuál es el sentido de los textos sagrados antiguos sobre el significado y el alcance de la obra del Verbo de Dios hecho hombre. Ha de pasarse a revisar el Nuevo Testamento.

IV.C.- Consecuencias del pecado: la “Felix culpa, que nos mereció tal redentor”, en el Nuevo Testamento

Hay dos pasajes de las epístolas de San Pablo que no dejan duda sobre el punto, puesto que hacen relaciones muy claras, primero, entre el acto creador y la Redención y, luego, entre ésta y las consecuencias para el universo del pecado original. El primero es Romanos V,14, conforme con el cual Adán es “imagen y figura del que había de venir”. Es decir, según este texto, Adán, imagen y semejanza de Dios, fue hecho en tal condición, con una naturaleza de tal talante, que preparara la venida “del que había de venir”, del Verbo que se encarnó, de Jesús de Nazaret, Salvador de la Humanidad. Es difícil pedir mayor contundencia: el mundo fue creado para ser elevado, por la elevación del hombre, con el que se identifica el Hijo del Hombre, hasta la dignidad infinita del Creador. Dios llenó de su gloria al mundo, al crearlo, y naturalmente eso se puede captar, muchos, como Aristóteles, pero no sólo él ni nada semejante, lo han hecho. En el fondo, aún siendo inconscientes del hecho o con algún grado de consciencia, Aristarco, Tolomeo, Copérnico, Kepler, Galileo, Newton, Plank, Einstein, Heisenberg, Bohr, Euclides, Avicena, Descartes, Galeno, Hipócrates, Darwin, Mendel, Platón, Plotino, Kant y hasta Sartre, han hablado directamente de la gloria de Dios que se manifiesta en las criaturas; o la han atestiguado (Sartre), al dedicarse al estudio de la creación, incluso cuando de ella sólo obtuvieron náusea. Pero lo que no se puede ni vislumbrar con la sola razón natural es la dignidad que le preparaba el Creador y Salvador desde la Eternidad.

Esa labor la realiza, en la plenitud de los tiempos, Jesús; pero nos invita a todos a participar de ella, a través de todos los tiempos, hasta la consumación del mundo. “Tengo por cierto que los padecimientos del tiempo presente no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros; porque la expectación ansiosa de la creación está esperando la manifestación de los hijos de Dios, pues las criaturas están sujetas a vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta, con la esperanza de que también ellas serán libertadas de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad y la gloria de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y sufre con los dolores del parto y no sólo ella, sino también nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos suspirando por la adopción, por la redención de nuestro cuerpo” (Rom. VIII,18-24).

Es también muy clara la Epístola a los Hebreos (I,2-4) en cuanto a que Jesús, siendo Dios Creador y “dueño” de todo, es decir, para quien están hechas todas las cosas, es también Salvador; y, por ello, Gobernante de todo. “Últimamente, en estos días, nos habló [Dios] por su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo los siglos, que, siendo irradiación de su gloria e impronta de su sustancia y el que con ponderosa palabra sustenta todas las cosas, después de hacer la purificación de los pecados, se sentó a la Diestra de la Majestad en las Alturas, hecho por tanto mayor que los ángeles cuanto heredó un nombre más excelente”. Exactamente paralelo de este pasaje de la Carta a los Hebreos es Filipenses II,5-11: “Tened los mismos sentimientos de Jesús, quien, a pesar de tener la forma de Dios, no reputó como botín (codiciable) ser igual a Dios; antes se anonadó, tomando la forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres; y así, por el aspecto de hombre, se humilló, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz, por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla todo cuanto hay en los cielos, en la tierra y en las regiones subterráneas, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para gloria de Dios Padre”. Mientras que por I Corintios VI,20 es claro que la Cruz, precio de nuestro rescate, del demonio, el pecado y la muerte, tiene el valor infinito de Dios mismo: “Habéis sido comprados a un gran precio”.

Fuera del Corpus Paulinus, hay textos también impresionantes y muy claros acerca de la verdad más profunda de la creación. Jesús de Nazaret mismo lo declara de manera explícita, luego de su entrada triunfal en Jerusalén: “‘Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será arrojado fuera, y yo, cuando sea levantado sobre la tierra, atraeré todas las cosas hacia mí’. Esto lo decía indicando de qué muerte iba a morir” (Jn. XII,31-33; vid. Jn. III,14-15). La Redención, por la “muerte que iba a morir”, es fin de la creación; y, una vez consumada, había de constituir un poderoso rasgo de ella. Por eso, una vez conocida la Obra del Redentor, la indiferencia es imposible: o se la rechaza dramáticamente o se acoge a ella y se goza de sus frutos copiosos, a pesar de la resistencia del mundo a sus hijos.

Un texto de lo más impresionante se encuentra en Apocalipsis XII,7-12. En él, se hace referencia explícita a Génesis III, al relato del pecado original y sus consecuencias, con lo que liga la obra de la Salvación al pecado de los primeros hombres y a la nefasta caída de toda la creación sensible que se siguió de aquél. La Salvación es una victoria del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Jn. I,29); del Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas y cuyo rebaño es universal (Jn. X,11-16). Y esa victoria es sobre el “homicida desde el principio, mentiroso y padre de la mentira” (Jn. VIII,44), el que con el engaño mató a nuestros primeros padres y a toda la especie humana con la muerte de la que habla Génesis II,16 y se describe con las consecuencias del pecado en Génesis III, la serpiente antigua. “Hubo una gran batalla en el cielo: Miguel [Mic-a-El: ‘¿quién como Dios?’] y sus ángeles peleaban con el dragón; y peleó el dragón y sus ángeles; y no pudieron (resistir) y no se halló para ellos lugar en el cielo. Fue arrojado el dragón grande, la serpiente antigua llamada diablo y satanás, que extravía a toda la redondez de la tierra; y fue precipitado en la tierra; y sus ángeles fueron con él precipitados. Oí una gran voz en el cielo que decía: ‘Ahora llega la salvación, el poder, el reino de nuestro Dios y la autoridad de su Cristo, porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba delante de nuestro Dios de día y de noche. Pero ellos lo han vencido por la sangre del Cordero y por la palabra de su testimonio y menospreciaron su vida hasta morir. Por eso, regocijaos, cielos y todos los que moráis en ellos. ¡Ay de la tierra y de la mar!, porque descendió el diablo a vosotras animado de gran furor, por cuanto sabe que le queda poco tiempo’”.

V.- La Redención es el sentido de todo, el cumplimiento del “designio [invencible] de Yahwéh”

Hay, sin embargo, un pasaje clave del profeta Isaías, cuyo análisis se ha dejado para el final, es el ya Cuarto Canto del Siervo de Dios (LII,13-LIII,12). Este Canto con todo derecho puede incluirse en el Evangelio, pues “relata” los sufrimientos del Salvador, como quien es testigo presencial de los hechos; al tiempo que explica perfectamente el sentido de la Cruz. Vale la pena, pues, recordar partes de este texto (LIII,4-6.10-12): “Con todo, eran nuestros sufrimientos los que llevaba, nuestros dolores los que le pesaban, mientras nosotros le creíamos azotado, herido de Dios y humillado. Ha sido traspasado por nuestros pecados, deshecho por nuestras iniquidades; el castigo, precio de nuestra paz, cae sobre él y a causa de sus llagas hemos sido curados. Todos nosotros, como ovejas, andábamos errantes, cada cual siguiendo su propio camino. Y Yahwéh ha hecho caer sobre él la iniquidad de todos nosotros. […]. Si él ofrece su vida en expiación, verá descendencia, prolongará sus días, y, por su mano, el designio de Yahwéh prosperará. Después de las penas de su alma, verá la luz y quedará colmado. Por sus sufrimientos mi Siervo, el justo, justificará a muchos y sus iniquidades cargará sobre sí. Por eso le daré multitudes por herencia y gente innumerable recibirá como botín, por haberse entregado a sí mismo a la muerte, y haberse contado entre los malhechores, él, que llevaba los pecados de muchos, e intercedía por los malhechores”.

Tres puntos, al menos, son dignos de ser destacados del pasaje transcrito. En primer lugar, los pecados de muchos, los de todos nosotros, son justificados por la obra de Uno, que carga con las consecuencias de la iniquidad de todos: “Ha sido traspasado por nuestros pecados, deshecho por nuestras iniquidades; el castigo, precio de nuestra paz, cae sobre él y a causa de sus llagas hemos sido curados”. En el mismo sentido se pronuncia San Pablo en  Romanos, V,12-15: “Así, pues, como por un hombre entró el pecado al mundo y, por el pecado, la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres […]. Pero la muerte reinó desde Adán […] aún sobre los que no habían pecado […]. Mas, no es el don como fue la transgresión. Pues si por la transgresión de uno mueren muchos, cuanto más la gracia de Dios y el don gratuito, (conferido) por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, ha abundado en beneficio de muchos”.

Además, esta Obra de Salvación es Redención universal: “Por sus sufrimientos mi Siervo, el justo justificará a muchos, y sus iniquidades cargará sobre sí. Por eso le daré multitudes por herencia, y gente innumerable recibirá como botín, por haberse entregado a sí mismo a la muerte, y haberse contado entre los malhechores” (vv. 11 y 12).

Y, por último, el designio de Yahwéh prospera por la muerte en Cruz: la Creación es atraída por Dios para sí. El designio del Creador se realiza por la Cruz de Jesucristo, el Siervo de Yahwéh: “Si él ofrece su vida en expiación, […] por su mano, el designio de Yahwéh prosperará”: “verá descendencia, prolongará sus días” y “gente innumerable recibirá como botín”.

Pero esta perspectiva debe todavía ser ampliada un poco, hay en ella una virtualidad que merece en gran medida ser subrayada. Todos los hombres hemos sido autores de pecados que nos avergüenzan, que nos hacen sentir remordimientos, incluso muchos años después de que nos hemos confesado y hemos tratado de reparar las ofensas a Dios, al prójimo y a nosotros mismos; además de los otros muchos pecados que cometemos, que a veces parece que pueden contarse por minuto. Hoy en día hay unas siete mil millones de personas sobre la tierra, a pesar de tanta guerra, tanta desgracia, tanto homicidio, tanta injusticia; y, si el hombre tiene un millón de años aproximadamente sobre la tierra (o 70 mil o 10 mil o 200 mil: no se ponen de acuerdo), entonces es incalculable cuántos hombres ha habido y, por lo tanto, cuántos pecados hemos cometido los humanos. Piénsese en los más grandes tiranos; el siglo XX nos puede proveer de varios especímenes, de lo más florido de la galería: Stalin, Hitler, Mao Tse Tun, Ho Chi Min; se podrían agregar Bonaparte y tantos otros, como los Dionisios del siglo IV (a. C.) de Siracusa; pero todavía caben Pablo Escobar Gaviria y tantos otros súper delincuentes. Pues bien, el caso es que, si una “mentirita” tiene valor infinito, por ser ofensa al Creador, cuánto valdrán todos estos pecados apilonados. Pero no hay que desesperarse, porque “donde hubo pecado sobreabundó la gracia” (Rom. V,20), porque Jesús de Nazaret cargó sobre sí todas nuestras iniquidades. Y lleva nuestra pobre naturaleza caída a su Padre; y nos lava en su Sangre. De modo que se puede decir a sí mismo, cada uno, hasta Hitler o Stalin: “Buscad al Señor mientras se le puede encontrar. Invocadle mientras está cerca. Que el impío deje su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; que se convierta al Señor y se compadecerá de él, a nuestro Dios, que es pródigo en perdonar” (Is. LV,6-7). Y de esa manera es que Dios lleva a cabo su designio Creador-Salvador, según se puede ya decir, luego de toda esta reflexión.

VI.- La Redención es obra de Cristo y su Iglesia, que lo porta a Él, especialmente en la Eucaristía

Ahora bien, la Redención se lleva a cabo por medio de la Santa Iglesia Católica, como es claro por consideración de la Mediación única de Jesús y su relación con la Iglesia, así como sobre los sacramentos y varios otros puntos. Mas, para reforzar eso, todavía se puede traer este texto: “El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados, que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en Él fueron creadas todas las cosas del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, los tronos, las potestades, los principados y las dominaciones, todo fue creado por Él y para Él. Él es antes que todo y todo subsiste en Él. Él es la cabeza del cuerpo de la Iglesia; Él es el principio, el primogénito de los muertos, para que tenga primacía sobre todas las cosas. Y plugo al Padre que en Él habitase toda la plenitud; y por él reconciliar consigo todas las cosas en él, pacificando con la sangre de su Cruz así las de la tierra como las del cielo” (Col. I,13-20).

Han de anotarse de este pasaje de la Epístola a los Colosenses varios puntos. En primer lugar, en él no se deja duda acerca del tema que venimos tratando: “todo fue hecho por Él y para Él”; lo cual se refleja con la atribución a Jesús de la imagen de Dios. Porque todas las cosas, las del cielo y las de la tierra, se reconcilian con Dios y, por ello mismo, realizan el sentido de su ser, por la pacificación obrada en la Cruz. Y, por eso, Jesús es el primogénito de los muertos, por haber resucitado Él el primero, comenzando así la lista por la que todos los hombres, con su corporalidad incluida, realizarían su vocación, al final de la historia. Pero todo esto lo dice el Apóstol de la Cabeza de la Iglesia, por lo que asocia a ésta indisolublemente al designio salvador de Yahwéh, del que habla Isaías en LIII,10. Por lo que no queda duda sobre cuál es la misión de la Iglesia en la trama de la creación, en el plan salvador de Dios. Arnold Toynbee, en su Estudio de la Historia, asegura que el sentido de las civilizaciones es crear un tipo de sociedad de valor superior: las iglesias universales. Toynbee casi da en el centro del blanco, aún cuando estuviera hablando mejor de lo que pensaba: el sentido de las civilizaciones y de todo cuanto sucede en el universo está contenido en el peregrinar y el triunfo del Cuerpo místico de Cristo, que es su Iglesia, contra la que no podrán las fuerzas del infierno (Mt. XVI,18).

VI.- La Eucaristía, Sacrificio redentor, lo que lleva al designio de Yahwéh a su pleno cumplimiento

Principalmente, porque la Iglesia ofrece al mundo al Salvador mismo en persona, en cada una de sus celebraciones eucarísticas. Pues la Misa es la Cruz, ya que la Última cena es la Cruz: “Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, después de dar gracias, lo partió y dijo: ‘Esto es mi Cuerpo, que se entrega por vosotros; haced esto en memoria mía’. Y, asimismo, después de cenar, tomó el cáliz, diciendo: ‘Éste es el cáliz de la Nueva Alianza en mi Sangre; cuantas veces lo bebáis, haced esto en memoria mía’. Pues cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciáis la muerte del Señor hasta que vuelva. Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Examínese, pues, el hombre a sí mismo y entonces coma del pan y beba del cáliz; pues el que come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (I Cor. XI,23-29). La Sangre de la Nueva Alianza, de la Alianza eterna (cfr. Jr. XXXI,31-33), es la Sangre del Cordero en la que lavan sus vestidos sus santos (Ap. XII,11). Y la muerte que se anuncia en la Eucaristía, hasta que el Señor vuelva, es la de la Cruz; y, precisamente como en la Comida se afirma la esperanza de su vuelta, la Comida realiza el sentido de la creación. Y es inequívocamente así, inequívocamente el Cordero se entrega en la Comida; si no, nadie podría ser reo de su Cuerpo y de su Sangre por comer en ella; y nadie podría comer y beber su propia condenación, si no distinguiera, en lo que era pan y vino, el Cuerpo y la Sangre de Dios-Salvador.

Pero el propio Jesús no deja lugar a ninguna duda. Luego de la multiplicación de los panes, dice claramente al pueblo que lo buscaba: “‘Yo soy el pan de vida […]. Éste es el pan bajado del cielo, para que el que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le daré es mi carne, vida del mundo’. Disputaban los judíos diciendo: ‘¿cómo puede éste darnos su carne?’ Jesús les dijo: ‘En verdad, en verdad os digo que si no coméis la carne del Hijo del Hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre está en mí y yo en él. Así como me envío el Padre viviente y yo vivo por el Padre, así también el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el pan que comieron los padres y murieron; el que come este pan vivirá para siempre’. Esto lo dijo en la Sinagoga de Cafarnaúm” (Jn. VI,48-59). Jesús es el Pan de vida, quien quiera ir al cielo, debe comer de su Cuerpo y su Sangre. Son el Cuerpo y la Sangre que se entregan en la Cruz, para Salvación del mundo; es el propio Verbo de Dios, que “se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. I,14). Pero es el Verbo hecho carne muerto y resucitado, pues es Pan vivo, Carne para vida del mundo. Cualquier duda sobre el sentido literal de las palabras de Jesús se disipa si se toma en cuenta la duda de sus oyentes: “¿cómo puede éste darnos a comer su carne?”, y la contundente respuesta de Jesús, que no aminora ni un ápice el sentido de lo que acaba de decir, sino, más bien, al contrario: subraya ese sentido literal, con toda la fuerza del caso.

Pero, a continuación, se relata en el Evangelio según San Juan las reacciones que el discurso provocó. La huida de los discípulos y la actitud de Jesús ante ellos es ya prueba concluyente: “Luego de haberlo oído, muchos de sus discípulos dijeron: ‘¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas?’ Conociendo Jesús que murmuraban esto, dijo: ‘¿Esto os escandaliza? Pues ¿qué diríais si vierais al Hijo del Hombre subir allí donde estaba antes? El Espíritu es el que da la vida, la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo he hablado son espíritu y vida; pero hay algunos de vosotros que no creen’ […]. Y decía: ‘Por eso os dije que nadie puede venir a mí si no le es dado por el Padre’. Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y no le seguían, y Jesús dijo a los doce: ‘¿Queréis iros vosotros también?’ Respondióle Simón Pedro: ‘Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna; y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios’” (Jn. VI,60-70). Jesús, que no vino a quebrar la caña cascada ni a apagar el pabilo vacilante (Is. XLII,3), que quiere que todos se salven, no fue detrás de ellos a decirles, Él, que no puede ni engañarse ni engañarnos, que la cosa tampoco era tan dura: ante su incredulidad, por no aceptar que “nada hay imposible para Dios” (Lc. I,37), los deja marchar e, incluso, increpa a los apóstoles, para que no quedara duda de que lo que quería decir era lo que decía, nada más, nada menos.

Hay todavía muchos que dicen que esto es imposible. Esto es una blasfemia virtual, pues, de nuevo, nada es imposible para Dios. Repásese en el punto. Para Dios hay imposibilidades, hay cosas que no puede hacer. Ellas no vienen de imperfección por Su parte, sino precisamente del hecho de que es Acto puro. Estas imposibilidades son de dos tipos. El primero se refiere a que Dios no puede hacerse más imperfecto ni cambiar de ningún modo ni hacerse cuerpo (no que no puede asumir personalmente una naturaleza humana, para ser con ella un único sujeto de acciones y pasiones, sino que no se puede hacer cuerpo, permaneciendo Dios) ni corromperse ni fallar ni estar en potencia para otras cosas ni estar privado de nada ni fatigarse ni ser sujeto de pasiones ni ser vencido ni sufrir violencia; pues siendo Acto puro, pura perfección, no está de ningún modo en potencia para absolutamente nada ni hay en Él imperfecciones. El otro tipo de imposibilidades se refiere a que Dios, Ser sumo subsistente, no puede hacer nada contradictorio con la noción de ser, de acto, de perfección. Así, no puede hacer lo contradictorio ni que lo que fue no haya sido ni que lo que no fue haya sido ni lo que no es participación de su Ser ni otro Dios ni lo que no puede querer, o sea, el mal (Tomás de Aquino, Suma contra gentiles, II,25).

Ésas son, pues, las cosas que Dios no puede hacer; no porque Él no sea sumamente perfecto y, por tanto, todopoderoso, sino porque ellas son repugnantes a la noción misma de perfección. Ninguna de ellas es transustanciar el pan y el vino en su Cuerpo y su Sangre; luego, Él puede transustanciarlos. Y no se entiende que se dude de que Él quisiera hacer algo así, cuando, siendo Dios, no reputó como botín codiciable ser Dios, sino que se hizo uno de nosotros, asumió nuestra naturaleza (Fil. II,6-7). De la naturaleza divina a la humana hay una distancia infinita; del pan y el vino al cuerpo humano no la hay, de modo que no tiene nada de extraordinario que quien crea en la Encarnación pueda creer también en la transustanciación. San Ignacio [Obispo] de Antioquía, que se enfrentaba, hacia el año 107, en su Carta a los Cristianos de Esmirna, a los docetistas, que, como tenían a la materia por mala, no aceptaban que el Verbo de Dios se hubiera hecho carne, decía de ellos que “se abstienen de la Eucaristía y la oración, porque se rehúsan a admitir que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador, Jesús Cristo, quien sufrió por nuestros pecados y a quien el Padre por su bondad exaltó” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los cristianos de Esmirna, VI,2).

Removidas estas dudas, dado lo dicho y hecho por Jesús (en Jn. VI,48-70), los relatos de los tres evangelistas sinópticos de la cena y lo dicho por San Pablo (en I Cor. XI,23-29), no se puede sino aceptar con fe que en la Cena se entregó el propio Jesús, que en ella se anticipó el Sacrificio de la Cruz.

VI’.- La Eucaristía es “nuestra Misa”

Con todo, todavía resta por ver que la Misa, la celebración Eucarística que celebramos todavía hoy, es la Cena de Jesús. Y, para eso, se ha de empezar por el principio. Después de eucaristizar el pan y el vino la noche del Jueves Santo, Jesús hizo este mandato a sus discípulos: “haced esto en memoria mía” (Lc. XXII,19). Dijo “esto”: había que hacer “esto”. No algo similar, sino “esto”. Así lo entendió San Pablo, como acaba de verse (I Cor. II,23-29). De igual modo lo entendió San Lucas (Act. II,42 y 46-47). De modo que la primera generación de cristianos, la de los propios apóstoles, entendió que debían celebrar la Cena del Señor, que era el mismo Sacrificio de la Cruz. Pero también lo entendieron del mismo modo las siguientes generaciones, como se ve por la transcripción que se hace aquí arriba de la Carta de San Ignacio de Antioquía a los cristianos de Esmirna y como se verá más ampliamente, en seguida.

En la Didaché, que posiblemente sea el libro cristiano más antiguo que nos ha llegado, fuera de los del Canon del Nuevo Testamento, es claro que, para el año 70, se tenía a la Eucaristía por la celebración de la cena del Señor y, así, de su Sacrificio Salvador. “Que nadie coma o beba de vuestra Eucaristía, excepto aquellos que han sido bautizados en el Nombre del Señor, pues el Señor también ha hablado en referencia a esto: ‘no den lo que es sagrado a los perros’” (capítulo IX,5; el texto que cita es Mat. VII,6). Y, de manera más clara aún, recomienda esta oración para después de comulgar, de recibir el Pan y el Vino: “[…] Tú, Señor todopoderoso, creaste todas las cosas por causa de tu Nombre; y diste comida y bebida a los hombres para que disfrutaran y así te dieran gracias; pero a nosotros nos has dado graciosamente comida y bebida espiritual y vida eterna por tu Siervo […]” (número X,3).

Los primeros cristianos, pues, se reunían para la “fracción del Pan” o “Cena del Señor”. En ellas, el celebrante, primero los apóstoles, luego, los obispos, pronunciaba las mismas palabras que el Señor en la Última Cena, consagrando así el Pan y el Vino; y luego se daba de comer a los presentes, que habían sido bautizados y tenían la necesaria preparación. En esos primeros años o primeras décadas, también se reunían para la oración; y estas asambleas estaban montadas bajo el mismo modelo de las judías, que eran las que los apóstoles conocían. En ellas, se recitaban oraciones y se leían pasajes de la Escritura (poco a poco se fueron introduciendo los escritos de los apóstoles, hasta que ya se tenían al mismo nivel que las Escrituras hebreas), que eran luego explicados por un comentador, se cantaban himnos y salmos, se rezaban oraciones intercesorias, se recogían limosnas para los pobres y se despedían, luego de una bendición final y de intercambiar el ósculo de la paz. Pronto, la Eucaristía y las asambleas de oración, predicación y lectura de la Escritura se fundieron en un solo rito. Antes de promediado el siglo II, ya la fusión era un hecho consumado (Georges Chevrot, Nuestra Misa. Rialp. Cuarta Edición. Madrid, 1.965. pp. 26-28). De hecho, según San Justino Mártir, quien sufrió el suplicio a mediados del siglo II,  el esquema de las celebraciones de aquella época a hoy en día no ha variado en lo esencial:

El día llamado del sol [nuestro domingo] se tiene una reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en las ciudades o en los campos y se leen los comentarios de los apóstoles o las escrituras de los profetas, mientras el tiempo lo permite. Luego, cuando el lector ha acabado, el que preside exhorta o incita de palabra a la imitación de estas cosas excelsas. Después nos levantamos todos a una y recitamos oraciones; y, como antes dijimos, cuando hemos terminado de orar, se presenta  pan y vino y agua y el que preside eleva, según el poder que en él hay, oraciones e igualmente acciones de gracias y el pueblo aclama diciendo el ‘Amén’. Y se da y se hace participante a cada uno de las cosas eucaristizadas y a los ausentes se les envía por medio de diáconos.

Estas cosas no las tomamos como pan ordinario ni bebida ordinaria, sino que así como por el Verbo de Dios, habiéndose encarnado Jesucristo nuestro Salvador, tuvo carne y sangre para nuestra salvación, así también se nos ha enseñado que el alimento eucaristizado mediante la misma palabra (verbo) de oración procedente de Él, alimento del que nuestra sangre y nuestra carne se nutren, con arreglo a nuestra transformación es la carne y la sangre de aquel Jesús que se encarnó.

Los ricos que quieren, cada uno según su voluntad, dan lo que les parece; y lo que se reúne se pone a disposición del que preside; y él socorre a los huérfanos y a las viudas y a los que por enfermedad o por cualquier causa se hallan abandonados y a los encarcelados y a los peregrinos y, en una palabra, él cuida a los que padecen necesidad” (I Apología, 65-67. Citado por Chevrot, en: Ibíd. pp. 29-30).

Así, es patente que la Misa siempre ha sido la Misa, desde hace, al menos, mil novecientos años, desde apenas setenta años después de la muerte de Jesús y de su Última Cena pascual. Y, desde esa Cena pascual hasta hoy, pasando por la época de las Epístolas de San Pablo, Los Hechos de los Apóstoles, la Didaché, el martirio de San Ignacio de Antioquía y las apologías de San Justino Mártir, siempre se ha entendido que el pan y el vino se transustancian en el Cuerpo y la Sangre del Redentor. Y esa creencia siempre ha estado fundada en el poder infinito de Dios, de un Dios que se encarna y habita entre nosotros y está con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. XXVIII,20).

De manera tal, que no sólo París, sino todo lo creado vale por la Misa. Si no hubiera Misa, cosa imposible, el mundo decaería inmediatamente y se corrompería hasta no quedar nada, pues el Creador ya no lo sostendría en el ser. Pues la Misa es el Sacrificio redentor, por el que el mundo realiza el sentido que Dios le fijó al crearlo de la nada. En la Misa Él “está allí. Está allí como el primer día. Está allí entre nosotros como el día de su muerte. Está allí eternamente entre nosotros, igual que el primer día. Su Cuerpo, su mismo Cuerpo, cuelga de la misma Cruz. Sus ojos, sus mismos ojos, tiemblan con las mismas lágrimas. Su Sangre, su misma Sangre, mana de las mismas llagas. Su Corazón, su mismo Corazón, sangra con el mismo mal. El mismo Sacrificio inmola la misma Carne, el mismo Sacrificio derrama la misma Sangre. Es la misma historia, exactamente la misma, eternamente la misma, que sucedió en aquel tiempo y en aquel país; y sucederá todos los días de toda la eternidad, en todas las parroquias de la Cristiandad” (Ch. Peguy, El misterio de la caridad de Juana de Arco. Citado por Chevrot, en: Ibíd. pp. 364-365).

Como epílogo, se copiará un texto, en el que Dios, por boca del profeta Isaías (LV,2), nos habla de la misa; y que viene como anillo al dedo cuando se considera el rechazo del mundo a Dios y a los inmensos bienes que nos da de manera gratuita:

¿Por qué gastáis dinero en lo que no es pan

y vuestros salarios en lo que no sacia?

Escuchadme con atención y comeréis cosa buena

y os deleitaréis con manjares sustanciosos”.

***

Así, la Iglesia guarda para el mundo lo que le da sentido a éste. Y el mundo, rebelándose contra sí mismo, al enemistarse con su Creador, dirige ataques inclementes a la Iglesia. Éste es el misterio de la iniquidad, desde Adán y Eva, hasta la consumación del mundo, pasando por nuestros tiempos. Es claro ya cuánto decae el mundo al vilipendiar al Cuerpo Místico de Jesús. En la historia de esta lucha entre los que se someten a Dios, los que queremos [Dios nos conserve] serle siempre fieles y los que lo rechazan, entre el serviam y el non serviam, entre Quién-como-Dios y quién-como-yo, entre Illuvatar y Melkor, entre el amor de Dios hasta el desprecio de sí y el amor de sí hasta el desprecio de Dios, entre el “seréis como dioses” y el “fiat in me secundum verbum tuum”, el “hágase en mí según tu palabra”, esta etapa es, sin dudas, la más encarnizada. Nunca en la historia la humanidad había rechazado tan conscientemente al Creador, al Creador que es redentor, que se encarnó para cargar sobre Sí todas nuestras miserias y todas nuestras iniquidades, contra su Iglesia, contra sus fieles; nunca había habido las aberraciones presentes, las guerras, los genocidios, la perversión institucionalizada, el aborto en escala planetaria, los totalitarismos, la destrucción de la familia, la infiltración de la misma Iglesia por el “humo de satán”, el nihilismo y el ateísmo gobernando al mundo, con todas sus perversiones, mentiras, aberraciones. Eso es la modernidad y su postmodernidad, un rechazo de Dios y de su orden, de toda sujeción. Lo que se rechaza es tan bello, tan sublime y tan al alcance, con sólo una pizca de humildad y espíritu de penitencia… Es una catástrofe, una tragedia, una calamidad, un desastre, una ruina, una desgracia. Eso es la revolución, el gnosticismo moderno, que, en cuatro vertientes, liberalismo, comunismo, nacionalismo, nacional socialismo, resume la insurrección contra Dios, contra su orden… LA RESPUESTA, LA ÚNICA ADECUADA ES LA REBELIÓN DE LA ESENCIA, QUE OFRECE A DIOS EL SACRIFICIO PERFECTO DE ALABANZA, ACCIÓN DE GRACIAS, EXPIACIÓN Y PROPICIACIÓN, EL SACRIFICIO DE NUESTRA REDENCIÓN…

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