Kalós

Inicio » Antropología » Se puede juzgar a las culturas

Se puede juzgar a las culturas

Si indios americanos eran antropófagos o tiranos o sacrificaban humanos, dale, dilo, ahí había algo muy malo

Caníbales americanos, deplorable... cuidado, cuidado, no lo puedes decir, los revolucionarios te van a arrasar

Caníbales americanos, deplorable… cuidado, cuidado, no lo puedes decir, los revolucionarios te van a arrasar

Vivimos en la época de la revolución sexual, una etapa más en el desarrollo secular de la revolución occidental contra el Logos (Revolución cultural, origen y genealogía, hasta el porno y el sex, drugs and rock and roll). Estos tiempos se caracterizan por ser la época en la que la revolución alcanzó la plena penetración en las capas populares de la población, como nunca antes había sucedido. Uno de los rasgos en que se manifiesta el desastre es en el de la brutal extensión que ha tomado el relativismo. Los lectores “no iniciados” se preguntarán “pero ¿qué es eso del relativismo?” La respuesta es muy sencilla y fácil de entender, pues, además, como dije, se trata de una creencia de máxima extensión en el mundo de hoy: “cada quien tiene su verdad; todo es relativo; lo que pasa es que tú eres de derecha, de izquierda, conservador, tradicionalista, liberal, etc.; eso es un asunto cultural; no puedes juzgarlos, ésa es su cultura” y así sucesivamente, en una gama infinita de formulaciones que significan todas lo mismo (aunque no sean iguales): no hay verdad, no la podemos conocer. Eso, claro, conlleva consecuencias, todo en esta vida conlleva consecuencias, empezando por las ideas [y las acciones libres]. Si no podemos conocer la verdad, si no hay verdad, es porque la realidad es incognoscible, entonces, a lo Kant, lo que tenemos en nuestras mentes es un conjunto de contenidos que tienen sentido ahí “adentro”, en la conciencia, quiero decir, sin relación discernible entre ella y algo real… realmente tal: lo real y la relación de nosotros a él. Así, sea como sea lo que haya dicho Kant concretamente, luego de él, surgieron los historicismos, los, vamos a llamarlos, “culturalismos” [primos de los anteriores], los subjetivismos. Sobre todo, luego de Marx y Nietzsche.

En resumen: el relativismo consiste en que “cada quien tiene su verdad”; entonces, no podemos conocer qué sea, en verdad, verdadero; entonces, no sabemos qué sea la realidad ni nuestra relación con ella; entonces, todo es subjetivo, relativo, todo lo que podemos afirmar es que tenemos datos de conciencia. Puede que la persona que afirme la primera proposición –“cada quien tiene su verdad”– no sea plenamente consciente de lo que ella significa, de lo que conlleva e implica; pero eso es indiferente a los conceptos y a sus consecuencias lógicas: 2 + 2 es igual a cuatro, me guste, no me guste, lo sepa, no lo sepa, es indiferente. Los órdenes de la realidad y de la mente, en gran medida correspondientes, tienen modos de obrar, nos guste o no: son independientes de nosotros y los ignoramos para nuestro peligro: los que se dan el golpe somos nosotros con la realidad, no al revés. Así, la refutación de Kant y de los que sostienen proposiciones como éstas es fácil, es fácil reducirlos al absurdo, es más, es una “mantequilla”, dicen en Venezuela; y lo único que necesita es que la gente esté dispuesta a aceptar la refutación, más fácil que cualquier cosa: “¿estamos hablando, yo soy tu interlocutor, tú me entiendes, conoces mis palabras, su orden semántico y sintáctico, sus significados? ¿Sí? Luego, Kant es insostenible, como es insostenible el relativismo”.

Ahora bien, como dije arriba, el relativismo tiene muchas presentaciones. Incluso, hay algunas, como la del historicismo, que son muy conformes con hábitos arraigados en la [In-]cultura contemporánea. Como hoy por hoy todo es “experiencia”, lo que puedas “sentir”, como algo que es TU experiencia y como se concibe todo así, entonces, por ejemplo, para muchos, incluso encopetados teólogos, lo que importa no es Jesús, el verdadero, el histórico, sino la experiencia que de él tuvieron sus contemporáneos, a la que reducen las noticias documentales que tenemos de Él, incluso la Biblia. Esa experiencia de los testigos, no en cuanto a lo atestiguado, sino al testimonio mismo, traída a mi experiencia actual, eso sería la religión cristiana, desde Scheleiermacher, hasta Rahner, Bultmann, Heidegger, Gadamer: “fenomenología”, a la manera nihilista, historicista, heideggeriana. Todo es un asunto de “experiencia” (a esto, en gran medida, es a lo que se refirió el papa san Pío X, cuando condenó la herejía del modernismo, en la encíclica Pascendi [Pascendi Dominici gregis]). Otro relativismo-subjetivismo es el ideologismo: no hay verdades políticas, ni siquiera históricas: Stalin y Mao no se habrían despachado unos 150 millones de personas al otro mundo, eso sería mera invención de los “burgueses, capitalistas, gusanos ésos”. O tú te opones a los desmanes de la “shock therapy” porque eres nada más que un “socialista, cumbayá, gusano de porquería”; sostienes que hay moral, que hay familia, que hay fidelidad, “porque eres un conservador”, digamos, para resumir: “y un larguísimo y anchísimo etcétera”…

Lo que nos interesa aquí es el relativismo cultural. Él consiste, básicamente, en una especie particular del relativismo moral[eso es de manera principal, porque también es estético, al menos], es decir, la creencia en que no hay verdad sobre lo que sea bueno para el hombre, ni en universal, en lo que toca al sentido de su vida, ni en particular, en esta o aquella circunstancia. Así, el relativismo cultural es una forma de ese más amplio moral; de acuerdo con él, cada cultura es un mundo aparte, el resultado de arbitrariedades inconexas entre sí, que no responden a ningún orden absolutamente, ni a naturaleza humana ni a nada en el mundo. De ese modo, los rasgos culturales son meras construcciones arbitrarias; nada puede quedar de pie, cuando esto se toma como principio de interpretación de lo humano… ¡¡¡y lo divino!!!: el sexo sería mera construcción social, lo mismo que la familia, la religión, las instituciones, el sentido concreto de la comunidad de que se trate, sus manifestaciones artísticas, su historia, la propiedad, la autoridad, etc. Una cultura que se mire a sí misma así es un ente en vías de la comisión del delito del suicidio… pues será netamente consciente, no producto de enfermedad mental alguna, con plena premeditación. Porque, así, la cultura es un mero sinsentido arbitrario, que se sostiene por inconsciencia de su carácter (supuestamente) opresivo. Así, no se puede juzgar sobre los rasgos enfermos de las sociedades, no se comprenden las otras comunidades humanas, no hay comunicaciones entre ellas… Y la propia identidad es un constructo opresivo, sin sentido.

Claro, hay dos niveles de relativismo cultural, como con todo: el popular y el académico. El popular es el que asume la gente, sin mucho examen y sin mucha conciencia de las consecuencias nefastas en las que se embarca al dar así la carta blanca a la tiranía que la oprimirá. En cuanto al académico, como tantas cosas en el Occidente de hoy, debe sus últimas fuentes al nominalismo, a esa tendencia “filosófica” que niega que en el mundo sensible, en el mundo material, al que percibimos con nuestros sentidos, haya rasgos susceptibles de ser captados por nuestra inteligencia: bien, orden, naturaleza serían meras ideas de la mente, no correspondientes a nada en la realidad, según las miles de formas que ha asumido esta poderosa corriente corruptora en los siglos de la historia de esta civilización (Revolución cultural, origen y genealogía, hasta el porno y el sex, drugs and rock and roll): ockhamismo, esencialismo idealista (Scoto, Suárez, fenomenología realista), cartesianismo, empirismo hobbesiano-lockeano-humeano, kantismo y positivismo y demás cientificismos, hegelismo y demás idealismos absolutos, marxismo, niezsche-heidegger y seguidores, existencialismo, Freud y seguidores, etc. Si no hay naturaleza, fíjense, no hay naturaleza humana y, si no hay ésta, como se verá en seguida, entonces, sí, la cultura no radica en nada. Como es obviamente falso que no haya humanos ni humanidad (la esencia humana, lo que nos hace hombres), como la existencia de la inteligibilidad en lo sensible es una evidencia incontrovertible, es más, PRIMERA, entonces, no puede negarse, pues cualquier juicio de nuestra inteligencia supone la captación de las proposiciones fundamentales, es decir, de esos conocimientos PRIMEROS[i].

Entonces, ¿cuál es la vía para vencer al relativismo cultural? El estudio de la cultura misma, de sus bases más fundamentales, de su esencia, de su articulación.

El relativismo cultural pretende que la cultura sea pura arbitrariedad, pero eso es bastante ridículo, si así fuera las culturas tendrían sólo pocas cosas en común, de manera esporádica, rara; y ninguna universal. Pero el caso resulta ser el CONTRARIO. Hay aspectos de la realidad que indudablemente se dan en todas las culturas. En todas hay una necesidad de justicia; hay conocimiento de la realidad; hombres racionales, que aman, que desean ser felices, que buscan un bien que les proporcione esa plenitud que llamamos felicidad, que no se bastan a sí mismos para satisfacer todas sus necesidades; en todas, hay ciertas técnicas; en todas, una concepción de la divinidad y de la piedad, de cómo deben ser las relaciones de los hombres para con esa divinidad; expresión artística, etc. En todas, se encarnan muchas verdades que dan sentido a las mismas, y el modo particular en que lo hacen da sentido particular a la sociedad de que se trate. Éste es un punto central para la comprensión de lo que llamamos antropología (no en el sentido de la antropología filosófica, sino en éste de comprensión de las culturas o antropología cultural). Estas verdades no son meramente culturales, en su mayoría, lo que es intracultural es el modo en que se encarna la verdad particular de que se trate. Que haya estos puntos transculturales, se debe a que la cultura tiene una naturaleza, una esencia, cuya captación nos permite definir a la cultura; y tiene tal naturaleza, puesto que responde a otra naturaleza, la de algo que es su origen, su centro y su motor, que ya veremos qué es…

Se ha de profundizar en estos puntos. Y tal profundización debe seguir este orden: 1) primero se ha de destacar cuál es el centro común de todas las culturas; 2) en segundo lugar, se ha de analizar ese centro, para aclarar cuáles son los rasgos en que todas comunican; 3) se debe determinar la causa de las distinciones entre ellas.

1) Para empezar, se debe arrancar por lo primero, ha de decirse qué son las culturas, cuál es su esencia, su naturaleza, su definición: las culturas son el resultado de los movimientos de las comunidades humanas hacia su plena realización, en tanto que las mismas tienden a establecer las condiciones adecuadas para el pleno desarrollo de lo humano.Sobre esto ampliaremos y profundizaremos, siguiendo el plan ya dicho. Pero, antes, hay que aclarar algo: no se debe entender que las culturas, “resultados de la acción del hombre, del movimiento de las comunidades humanas”, están plenamente cristalizadas en algún punto de su desarrollo temporal, pues, en realidad, siempre están en movimiento, dado que a los hombres siempre se presentan nuevos retos prácticos que deben enfrentar. Así, pues, el centro común de todas las culturas es el propio hombre, que vive en comunidad y debe resolver los asuntos que se le presenten, según los diversos niveles de su ser.

2) Este último aspecto, el de los niveles del ser humano, es precisamente el nudo que debe desgajar el segundo punto anunciado arriba: el análisis del centro de las culturas: el propio hombre, en busca de su plenitud. Un primer plano del análisis muestra que el hombre es un ens, un ente, sustancial, corpóreo, vivo, con vida sensitiva, es decir, animal, y espiritual, con intelecto y voluntad, no completamente inmersos en su corporalidad, esto es, capaces de operar sin el concurso de órgano corpóreo alguno. Los distintos rasgos y las distintas necesidades del hombre corresponderán a estos niveles. Así, en cuanto es un ens, el hombre es actual, bueno (apetecible, en la medida de sus perfecciones intrínsecas), verdadero (inteligible y conforme al plan de Quien lo diseñó), bello (agradable a la contemplación) y uno (indiviso internamente); es dependiente ontológicamente de Otro en cuanto a su causa y, por ello, es contingente, pues su naturaleza no es ser. Además, en cuanto ens, tiende a la conservación y a la plenitud; también es capaz de causar y de obrar, en general, o de ser pasivo respecto de la acción de otros: de causar y de ser pasivo, no de manera infinita o ilimitada, como si fuera un ser infinito, como si fuera Dios; sino como uno que recibe el ser, según una naturaleza limitada y definida, con mucha fragilidad, como quien entra a un mundo que lo recibe y del que depende. En cuanto es sustancial, es en y por sí mismo, no depende ontológicamente, en cuanto efectivamente actual, de ningún otro ens, aunque sí lo sea en cuanto a su Causa, como se dijo.

En cuanto es corpóreo, el hombre es compuesto de materia y forma en la unidad orgánica de su ser; su existencia se da sobre categorías locales, de lugar, y temporales y está sometido a leyes físicas, naturales, en general.

Según que es un ens vivo, nace, crece, se reproduce (de manera sexuada) y muere; su forma es animada, es decir, posee alma; tiende a la madurez física; posee una determinada morfología, lo mismo que una fisiología; debe comer, nutrirse; necesita de unas determinadas condiciones climáticas y ambientales, en general, como el tener depósitos importantes de aguas limpias en lugares cercanos, temperaturas que no constituyan extremos de frío o calor, etc. En tanto que es animal tiende a la cría de la prole; tiene vida sensitiva y, en consecuencia, sentimientos-afectos; y posee apetitos con objetos definidos.

En cuanto es espiritual, o sea, tiene intelecto y voluntad, tiende a la educación de los hijos y a la madurez espiritual; se enamora; no está completamente sometido al fluir temporal y es capaz de reflexión, por lo que es capaz de estudiar su historia personal y la historia colectiva. Y es que el hombre es capaz, en tanto que en él se dan principios intemporales y la capacidad de reflexión, de captar su identidad –aún a pesar de los cambios sensibles y materiales– y la identidad nacional del país en que vive, a pesar de la corriente que cambia con los decenios y las centurias la cara de su comunidad. Aún más, tiende naturalmente a vivir en sociedad y, más precisamente, en una comunidad política: nace en una familia, necesariamente, pero ésta no es suficiente –aunque sí absolutamente necesaria– para el pleno desarrollo de su personalidad, por lo que necesita de otras sociedades e incluso de la civilización. En el mismo sentido, necesita de amigos. En cuanto posee libertad y arbitrio o capacidad de elegir, y su carácter se forma a partir de sus decisiones, posee virtudes y vicios, es responsable de sus actos; vive en comunidades en las que el derecho es una realidad esencial. Tiende (y puede hacerlo conscientemente) a la religación a su principio ontológico, a Dios, Causa de su ser, y por ello toda sociedad en la historia, en fases de nacimiento y crecimiento, se ha definido por su relación con la divinidad; y las crisis de sentido de las comunidades se han identificado con crisis en cuanto a las creencias en la religión tradicional. Entre los hombres, una gran mayoría se conduce conforme a patrones establecidos por unos pocos; mientras que son un mínimo los genios creadores conforme a cuyas doctrinas y obra se han conformado las comunidades. En el hombre, la tendencia a la conservación se manifiesta en una tendencia a la perpetuidad particular o individual, que, en sociedades como el Occidente actual, en grave crisis, por el secularismo y el materialismo, se concreta en miedo a la muerte. El hombre vale individualmente considerado, mientras que los animales valen más por la especie; de ahí que en los animales la tendencia a la conservación se refiera a la especie y no al individuo, como en el hombre. Por todo esto y por su carácter espiritual, esto es, intelectual, ejerce un gobierno sobre el mundo sensible. La razón de ello está muy vinculada a otros dos rasgos de la humanidad: su tendencia y capacidad para la vida teórica, para la ciencia y la filosofía, los conocimientos universales y necesarios; lo mismo que para las artes y las técnicas, la capacidad para obrar conforme a razones o bien generales o bien universales y necesarias. Todos nos asombramos ante ciertos fenómenos y nos sentimos mayor o menormente impelidos a averiguar sus causas; nadie quiere ser engañado, aunque puede engañar: todos quisieran estar en la verdad. Todos necesitamos de amor y aborrecemos los malos tratos y el desprecio. Todos necesitamos recreación. Necesitamos estar en un ambiente cultural que nos sea inteligible. Consideramos injusto el homicidio y el suicidio es una opción que cualquiera puede reconocer como antinatural. A  pesar de que hay sitios en que se da la poligamia, cuando alguien, aún en esos sitios, se enamora de otra persona, siente celos si ese otro (u otra) asume determinadas conductas con un tercero (de ahí todas las intrigas que se dan en los harenes, altamente conocidas por cualquiera). Por último (aunque este análisis no pretende ser exhaustivo y no hace falta prolongar más la lista), el hombre tiene una determinada constitución psicológica, con potencias con objetos definidos, entre las que está una voluntad, un apetito intelectual con objetos definidos; lo mismo que una capacidad de conocer esta estructura de su psique.

Todos estos rasgos se dan en todo hombre, todos los seres humanos comunican en estos rasgos comunes de la humanidad o esencia de lo humano, independientemente de la cultura a la que pertenezca cada uno. Por ello, todas las culturas y sociedades son capaces de la comunicación entre sí y la antropología cultural es una disciplina posible. Vamos a decirlo más claramente: puesto que las culturas responden a lo humano, el hombre es su centro y su origen y su ámbito (si bien tienden a Dios, pero eso es porque Dios es el Bien último, que da sentido a la vida del hombre, que es proporcionado a ella), toda cultura está dentro de las coordenadas de esos rasgos humanos que acabo de exponer, de los niveles y de las cualidades que se siguen de ellos y de los bienes que nos corresponden por ser ésos nuestros niveles. Ésos son nuestros límites; ergo, ésas son las coordenadas de las culturas, todo rasgo cultural tiene que ser respuesta, errónea o acertada, feliz o infeliz, a esos rasgos, puede que no a todos, puede que no distinguiéndolos plenamente, pero respuesta a esos rasgos, al fin; y no puede ser de otra manera.

De este modo, Dios no es algo meramente cultural, de hecho es literalmente trascendente respecto de todo lo creado. Sin embargo, ya se vio que la concepción acerca de Él que tiene el Islam es bastante diferente de la cristiana, en lo que respecta a su libertad y a su necesidad; y estas dos son bastante diferentes de la que tenían los antiguos griegos.

Otro ejemplo lo da el Catolicismo. Éste está constituido por un conjunto de verdades universales. De modo que acepta, sin la variación de lo que es esencial a la fe católica, símbolos y rituales diferentes para expresar esas verdades en las distintas sociedades en que es recibido el Evangelio. En la historia ha habido ejemplos muy interesantes sobre los modos en que se ha presentado, tales como, por ejemplo, el Catolicismo de China en los siglos XVI y XVII (donde los misioneros tradujeron los símbolos chinos tradicionales en clave cristiana con gran éxito), el de los primeros franciscanos en Méjico (quienes tuvieron logros impresionantes en la evangelización del valle del Anáhuac –el valle en que se encuentra ciudad de Méjico, donde se encontraban asentados los aztecas–, y lo hicieron en lengua nativa, náhuatl), en especial fray Bernardino de Sahagún (que fue el primer investigador en buscar los orígenes aztecas y hacer una crónica de esta sociedad, la cual escribió en lengua náhuatl originalmente; y por ello es uno de los grandes padres de la antropología cultural), los distintos ritos: romano, maronita, melkita, siro-malabar, siro-caldeo, etc., y otros.

La necesidad de que en la sociedad haya justicia es una verdad difícilmente susceptible de ser rechazada. Ahora, cómo se encarne en la sociedad ya es otra cosa. Pongamos por caso el homicidio, la destrucción injusta de una vida humana: en toda sociedad debe ser penado, para lo que no hay una fórmula universal es para cuál deba ser la pena. Otra cosa es poner una pena menor al homicidio y una mayor al consumo de cigarrillos, pues entre los tipos sancionados y las respectivas penas no hay proporcionalidad.

Un punto curioso e importante está, precisamente, en que, en toda sociedad, se desarrolla una cultura propia, en la que se forman los hombres, que los pone en contacto con el mundo y su humanidad. En fin, que pone el ámbito de comprensión mutua y del mundo.

3) El punto fundamental de todas las diferencias no es, entonces, que cada cultura sea absoluta y radicalmente independiente de las demás, en cuanto a su origen y desarrollo. La actividad humana se desarrolla conforme a una racionalidad, que tiene como fundamento unos principios naturales. Esos principios prácticos se forman al captar los distintos aspectos de la realidad humana y los bienes concretos que satisfacen las necesidades correspondientes. Pero las necesidades no se captan en abstracto, se captan en el desarrollo temporal de los hombres, a medida que van presentándose. Es decir, el hombre razona sobre lo que debe hacer a medida que se le van presentando situaciones en las que debe elegir entre diversos bienes o entre diversos medios para alcanzar determinados fines, y, al decidirse por unos, deja de lado otros. Estas decisiones van formando su carácter. De forma tal que la idiosincrasia de los grupos va moldeándose en la medida en que la propia vida comunitaria va planteando retos que reclaman respuesta.

Además, esta idiosincrasia está ab origine marcada por el talante de los “genios” [dicen Voegelin o Bergson] cuya vida y doctrina dan forma al grupo, i. e., que permiten que un grupo de hombres se entiendan en una clave común. Un líder guerrero como Mahoma dará una forma muy distinta a la civilización que sale de su seno a la que da Jesús de Nazaret a su Iglesia o a la que da Moisés al Pueblo de la [antigua] Alianza.

Además de las posibilidades de elegir de manera diferente y sin embargo legítima, los hombres yerran en ocasiones en sus decisiones; y esos yerros también llegan a formar parte de la sustancia común del grupo. Los errores se refieren típicamente a la proporción entre unos medios y un fin específico; pero, a veces, se refieren a la proporción entre algunas soluciones a problemas determinados y la naturaleza humana, lo que la construye en tanto que tal.

Estos errores, sin embargo, sobre lo práctico no tienen, digamos, un “rango” ilimitado, pues el “dominio” tampoco lo es. Cuando un hombre o una sociedad asumen cursos de acción y hábitos aberrados, es decir, “desviados” de lo que construye a lo humano, no se salen sin embargo de las propias posibilidades humanas, ya que el campo de elección del hombre lo marca su naturaleza y no se puede “salir” de sus límites, empezando porque es imposible que no quiera el bien de manera radical. Una sexualidad desviada es una sexualidad; el ateísmo conlleva la deificación insolente y usurpadora de algún rasgo humano, del hombre mismo o de algún otro elemento de la naturaleza. De modo que, ni siquiera por aquí, se puede encontrar algún rasgo de cultura alguna que esté fuera del ámbito de lo que el hombre en cuanto hombre puede experimentar y entender, independientemente de los condicionamientos culturales de la sociedad a la que pertenezca.

Así, se puede destacar el desarrollo en Occidente, a partir de Marsilio de Padua y Ockham, Wycliff, Huss, Lutero y Calvino, de la deificación de los pueblos seculares concretos que forman determinadas sociedades políticas. Los cuales son considerados como unas entidades místicas, contrapartidas de la Ciudad de Dios concebida por San Agustín para explicar la naturaleza de la Iglesia, que no se puede identificar con nada de este mundo aunque muchos de sus miembros vivan en él. ¿Será un ejemplo paradigmático lo que hicieron los anabaptistas o los puritanos? Ni que decirse tiene. Con la secularización, de estos pueblos divinos, vinieron a surgir los nacionalismos y los totalitarismos en los siglos XIX y XX, además de las otras ideologías, sustitutivas de Dios o que sustituyen a Dios por alguna otra realidad. He aquí la raíz de tantos gnosticismos netamente occidentales, que conviven en Occidente con resabios del viejo gnosticismo, que se enfrentó a la Iglesia en los primeros siglos de la vida de ésta. Gnosticismos indígenas occidentales, que comparten con el viejo y aún vivo su creencia en que un conocimiento de iniciados deberá transfigurar a la corrompida realidad material, para convertirla en lo que considera la respectiva secta como lo sano, luego de una total transformación de la misma. Gnosticismo muy activo, que trata de avasallar a sus enemigos con toda suerte de armas: las que matan, la toma del poder y la propaganda. Y de ahí, por ejemplo, que en la comparación entre nazis, aztecas y Hernán Cortés, no pueda sino salir perdiendo éste último en el juicio popular en nuestros días, no obstante que éste trató de detener el genocidio de los aztecas y éstos y los nazis fueran genocidas: pero Cortés es, en la simbología historiográfica occidental, un representante de la Iglesia y la hispanidad y eso es un pecado imperdonable. A los aztecas no se los puede culpar, porque eran otra cultura, según la parte motiva de esta sentencia; de acuerdo con la cual, los nazis sí pueden ser culpados, independientemente de su cultura; pero el peor de todos es Cortés, por su cultura, precisamente.

Han de añadirse otros ejemplos. El hombre, en tanto que es, tiende a la conservación, según se dijo arriba. Ahora, ésta puede verse de maneras distintas según se tome el aspecto material del hombre como el único o se capte su espiritualidad. En el materialismo reinante en el Occidente actual, la tendencia a la conservación toma acentos dramáticos de miedo a la muerte. En la España de Santa Teresa, la muerte era una gran “aliada”, pues nos mandaba al otro mundo, a la Patria verdadera. Los islámicos que mientan, por una extensión del nombre, “kamikaze”, no temen a la muerte y creen que suicidándose van al cielo, si ese suicidio va acompañado de la muerte de otros humanos, considerados infieles. Un tracio atanizonte consideraba que la muerte era la salida de este mundo de males y la entrada a la morada de los dioses. En todos los casos, la conservación importa, pero se ve desde puntos de vista distintos según se sea materialista o no. Un suicida a secas no hace sino confirmar esto: la vida tiene un sentido que le da valor, si se concibe que el mismo es irrealizable, ante dos males, se considera al menor un bien: la muerte antes que una vida desesperada.

Por otra parte, es verdad que hay tipos diversos de familia, pero todos tienen una comunidad ontológica fundamental. En la familia monogámica y nuclear, que todavía tiene adeptos en Occidente, lo básico es una comunidad de lazos de sangre, montada sobre el amor conyugal. Las familias de sociedades poligámicas también se fundan en el amor conyugal. Y las caricaturas de familia que se proponen como modelos “alternativos” en nuestra sociedad contemporánea pretenden llamarse “familias” por razones obvias, entre las que está, sin duda, una caricatura del “amor conyugal”. Mas, sin duda, los “modelos” poligámicos constituyen desviaciones claras del amor entre hombre y mujer y la vocación del mismo a constituir una entrega total de uno al otro; y por ello es que hay tantas y tantas vicisitudes muy conocidas en este tipo de estados matrimoniales, atizadas por los celos de personas que reclaman la exclusividad de su amor.

Otro ejemplo: es evidente que las sociedades humanas tienen necesidad de gobierno, no de éste o aquel tipo de gobierno, sino de gobierno.

Un ejemplo muy significativo lo aportan determinadas categorías de hechos ilícitos, puesto que ellos suponen una negación o un rebajamiento muy significativo de la dignidad humana, que se expresa en la espiritualidad del hombre y en las posibilidades creadoras de dicha espiritualidad. El homicidio y ese tipo de homicidio tan bárbaro que es el aborto, el tráfico de drogas, el consumo de drogas y la embriaguez consuetudinaria, el vilipendio de creyentes, el robo y demás delitos contra la propiedad, la violación, el tráfico de personas, la corrupción de menores, la traición a la patria, los atentados contra la fama y el buen nombre de la persona, la reducción a esclavitud, la promoción del odio, el secuestro, la impiedad hacia los padres, la blasfemia, la corrupción administrativa, el desdeño de los débiles, el adulterio, el abandono de los hijos, el genocidio, y demás tipos por el estilo; son ejemplos claros de puntos de justicia que no dependen de esta o aquella sociedad, si es que quieren ser sanas. El no considerarlos ilícitos traerá graves consecuencias a cualquier grupo humano.

Ahora bien, las comunidades, que tienen como fin un pleno desarrollo de lo humano, necesitan ineludiblemente la institucionalización de todos los principios prácticos que hayan sido capaces de captar. Si los principios son juicios en los que el intelecto enlaza una necesidad humana con los bienes aptos para satisfacerla, es evidente que los mismos deben tener una expresión pragmática efectiva en la sociedad. Esas expresiones son sin duda las instituciones: brazos y piernas de la comunidad para alcanzar sus fines. Asimismo, esas instituciones, que articulan a la sociedad, deben estar articuladas internamente y unas con otras de manera adecuada, para que la sociedad sea sana.

La institucionalización, así, muestra un rasgo sorprendente de todas las sociedades humanas. En todas, como puede parecer lógico, la familia es clave; y se necesita de alguna organización de lo económico: sea de la producción u obtención de los alimentos y demás bienes corporales o de los modos de distribución, que, en las comunidades más amplias, necesita del comercio y el medio de intercambio (el dinero). Pero en toda sociedad son imprescindibles el gobierno, algún modo apto de transmisión de la cultura (que en Occidente toma la forma académica, desde las escuelas monacales de San Benito, las catedralicias de Carlo Magno y las Universidades nacidas como hijas de aquellas, desde el siglo XIII) y una sección sacerdotal. Si las necesidades más básicas son las que se satisfacen de manera más común, entonces, junto a la familia y el alimentarse, asearse, vestirse y refugiarse, hay que poner al gobierno, al saber y a la religión o religación a Dios.

De manera que no se puede juzgar a una sociedad por el modo en que en ella se encarnen todas estas verdades, que no son culturales, sino transculturales. Pero no es lo mismo esto que el poder juzgar una sociedad para la que es muy bueno el homicidio de inocentes, sean judíos, católicos, ancianos, enfermos, discapacitados o niños no nacidos. Una sociedad que se dedique a estas aberraciones es una sociedad injusta. Al igual que una que, sin la voluntad de los interesados, se dedique a esterilizar mujeres y hombres; o sin decirles de las consecuencias de esta esterilización. O una en la que los líderes se dediquen a borrar a Dios de la vida pública (vid. George Orwell. 1984; y Arnold Toynbee. Estudio de la Historia. Compendio. Tomo II. Alianza Editorial. Primera Edición. Sexta Reimpresión. Buenos Aires. 1991. pp. 11-25,198-212, entre otras).

***

El fundamento de esta posibilidad de juicio viene dado precisamente por nuestra capacidad de conocer intelectivamente la realidad y de captar esas verdades, que es, además, común a todos los hombres y, por eso mismo, uno de los aspectos transculturales de los que venimos hablando. Es por esto, también, que los miembros de las distintas culturas pueden comunicarse, por todo lo que hay de común entre todos los hombres. Y es por esto mismo que la Antropología es posible, pues de otro modo no habría forma de que un occidental contemporáneo comprendiera a un sumerio de principios del segundo milenio antes de Cristo, como lo era Abraham [Requiscat in Pace historicismo].

Pues bien, quien niega la intelección de la realidad, niega todos estos aspectos transculturales. Al negarse aquélla, se niegan las esencias y, así, la naturaleza humana y, por ello, que existan unas necesidades naturales del hombre; también se niega la existencia real de los bienes y de ahí que se nieguen consecuentemente los principios naturales, la institucionalización de los mismos y la necesidad de dicha institucionalización, lo mismo que se niega que entre ellos haya alguna distinción de niveles; y, como la altura cultural depende de esas institucionalización y distinción de niveles, se niega que pueda haber algo como la altura cultural. Es decir, se niega todo lo anteriormente expuesto. Y así se niega toda posibilidad de comunicación verdadera entre las culturas. De modo que aceptando la negación de la inteligibilidad de la realidad sensible y el intelecto, debe aceptarse coherentemente que la Antropología es una quimera y que los fundadores y los miembros de toda facultad y, en general, toda sociedad de antropólogos en el mundo, son una partida o bien de ingenuos o de ociosos o de cualquier tipo de cosa similar.

De esta manera, es sumamente diáfano cuán enfermo se encuentra el Occidente en la actualidad, es clara la crisis que afecta a nuestra sociedad y un aspecto clave de los fundamentos de esta crisis: es una crisis de sentido, en la que el nominalismo es un virus mortal. Puede objetarse que no puede haber crisis donde hay semejante nivel de progreso, de desarrollo. Pero esta objeción no hace sino mostrar hasta qué nivel llega la enfermedad, porque una civilización no se construye con computadoras ni con medicina, a pesar de los sueños de Descartes. El “desarrollo”, en Occidente, dio un ímpetu muy fuerte durante siglos, que evitó que se mostrara el colapso que lo aquejaba, pero en la medida en que sirvió de velo para la cruda realidad vino a ser el peor rasgo de la crisis, pues casi nadie la podía identificar. El “desarrollo” no puede dar sentido a un grupo humano; puede animarlo, unido a la ambición, a la codicia, como sucedió en Occidente, pero no darle sentido. Ese ocultamiento, con las guerras mundiales, el tráfico y consumo de drogas, el tráfico de personas y su reducción a esclavitud, la destrucción de la familia, el ateísmo, ya no fue posible, sino para los más ciegos. Por esa razón, ha habido tantos y tantos que se han abandonado en el más desolador pesimismo existencial o en el peor cinismo, en los últimos decenios. El “desarrollo” también sirvió para el “triunfo” de Occidente, para que sus valoraciones y modos de ver se exportaran a todo el mundo: a África, China, India, Japón y demás regiones asiáticas, Rusia, Australia y, en fin, al mundo entero. Pero el occidentalismo exportado es mayormente el de la peor calaña, con su codicia, su desprecio de la humanidad o su odio-envidia opresora –y generadora de totalitarismo– de los desfavorecidos a los opulentos y su desdén opresor de los opulentos a los desfavorecidos, su ateísmo. De esta forma, la crisis de Occidente ha venido a constituirse en una crisis planetaria a la que no se ven salidas racionales; y parece acercarse más y más a conflagraciones impresionantes, sin precedentes, salvo algún milagro, como todos, completamente inesperado. Y no se ha de olvidar que las ideologías gnósticas que han guiado el triunfo de Occidente, el deletéreo triunfo de esta sociedad, tienen un marcado acento nominalista.

El democratismo occidental, igualmente e igualmente de inspiración nominalista, en ambas versiones, mal llamado “liberal” y comunista, es otro rasgo impresionante de la crisis. También dio impulsos a la sociedad; pero ha venido a parar en un callejón sin salida, en el que la tiranía totalitaria y demagoga aparece amenazante en el panorama. En este punto, como en tantos otros, Platón parece un profeta; y todos deberíamos leer con mucho cuidado su República, en especial los libros VIII y IX.

***

Es indispensable combatir esta plaga. Es como subir el Everest gateando y con las manos y las rodillas partidas, pero hay que hacerlo. Ya los estudiantes no son capaces de ver que el sexo, algo tan evidente, no es una simple masa con la que hacer las figuritas que se nos ocurran. Ya no ven que hay naturaleza y que nosotros somos no somos Dios, que el universo no depende de nosotros, mucho menos para hacer barrabasadas; no ven que hay consecuencias espantosas para el gnosticismo imperante. No es que no ven el mal, les muestras con evidencia plena, como se hace aquí arriba, que todo esto va por muy mal camino y le creen más a la televisión, a los pervertidos y proto-tiranos en la televisión, que a la razón y la evidencia. El nivel de esclavitud es horripilante… y aterrador. Pero hay que luchar, hay que darle con todo a la REBELIÓN DE LA ESENCIA, EN ESTOS TIEMPOS DE IRRACIONALIDAD REVOLUCIONARIA.

 


 

[i]En el libro IV de La Metafísica, Aristóteles dice que una verdad primera no es susceptible de prueba, precisamente porque es primera: no se prueba, pues cualquier demostración parte de lo más evidente para mostrar lo menos evidente, de modo que lo absolutamente más evidente no es susceptible de demostración, ya que no hay nada a partir de lo cual podría emprenderse semejante prueba. Pero, por ser evidencia, no necesita tampoco de demostración. En la Física, agrega el gran filósofo de Estagira: “Que la naturaleza existe, sería ridículo intentar demostrarlo; pues es claro que hay cosas que son así y demostrar lo que es claro por lo que es oscuro es propio de quienes son incapaces de distinguir lo que es cognoscible por sí mismo de lo que no lo es. Aunque es evidente que se puede experimentar tal confusión, pues un ciego de nacimiento podría ponerse a discurrir sobre los colores. Pero los que así proceden solo discuten sobre palabras, sin pensar lo que dicen”. Sin embargo, el Estagirita sabe que hay personas que han negado estas verdades fundamentales. Ante tal situación, en la que parece no haber salida, abre una puerta: no se puede probar la evidencia y, sin embargo, puede refutarse al que la niega, mostrándole “al que con la razón pretende destruir la razón” las consecuencias absurdas que se siguen de su negativa, de modo que al no aceptar una de dichas consecuencias tenga que rechazar su negativa. Es lo que llama Aristóteles prueba argumentativa, que no es prueba estricta, sino refutación del que niega la evidencia, su reducción al absurdo.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

Catarsis Neuronal

Confesiones a Marshal

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: