Kalós

Inicio » Antropología » Los fundamentos políticos de la Teoría pura del derecho de Hans Kelsen

Los fundamentos políticos de la Teoría pura del derecho de Hans Kelsen

Internacionalismo marxista e ideologismo radicales

Hans Kelsen, austríaco que pudo contribuir, al destruir toda posibilidad de la razón, a dar carta franca a los totalitarismos desde el siglo XX

Hans Kelsen, austríaco que pudo contribuir, al destruir toda posibilidad de la razón, a dar carta franca a los totalitarismos desde el siglo XX

Para Hans Kelsen, como veremos en este artículo, el derecho es el Estado o el Estado es el derecho, es decir, un “orden” normativo. Dado ese dato básico, el asunto fundamental estriba en dos puntos conexos: 1) la eficacia del orden jurídico y 2) su justificación. En el primer nivel de análisis, Kelsen arranca con sus modos típicos corruptores de la racionalidad práctica humana: la justificación se identifica con la eficacia del régimen, con la capacidad de hacer cumplir las normas que tenga un gobierno. Ese gobierno es el resultado de la “pugna” por el poder, es decir, del hecho físico de que unas fuerzas físicas se impongan sobre otras de vector contrario. El único trazo por encima de un fisicismo radical en este esquema viene dado por la norma fundamental-categoría de la razón pura kelseniano-kantiana: ella presta legitimidad al régimen que se imponga, así se pretende salvar Kelsen de ser un mero “sociologista”… ¡Débil huida, ciertamente! Mas, en el nivel verdadero, Kelsen no cree, siquiera, en lo que acaba de decir. Él no cree en los estados nacionales, es un estoico postmoderno, una persona desencantada, que no cree en nada que tenga valor intrínseco, es un “Terminator” teórico, un marxista de pura cepa: no existe el estado, es, como los estoicos, un cosmopolita, lo que se llama hoy, técnicamente, un “INTERNACIONALISTA”, a lo Marx. Un internacionalista marxista es una persona que no cree en absolutamente nada, sino en el poder, una persona que reduce al hombre, lo más posible, a sus estructuras materiales básicas, es lo que se llama un economicista; es uno, en fin, que cree que cualquier búsqueda del bien o de la dignidad o de la justicia es una simple manifestación, como dice Nietzsche, una simple máscara, de la voluntad de poder: es un ideologista. Veamos lo que dice el propio maestro, el papá de los revolucionarios actuales, intermediario necesario entre los anteriores a 1848 y nosotros, aplastando incluso a sus compañeros Bakunin o Proudhon o Lasalle. Veamos este pasaje en el que Voegelin comenta a Marx:

Cita la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1843): “la crítica de la religión es lo que presupone toda crítica”, Dios es un producto del hombre y, si se sabe esto, el hombre llega a su plenitud: Dios es una proyección de lo mejor del hombre [como en la psicología de la religión de Feuerbach], si se borra la proyección, queda lo proyectado, el superhombre. El hombre religioso, el iluso, es un no-hombre, el verdadero hombre es el ateo, el que absorbe al superhombre-dios: éste es el hombre nuevo, un superhombre-dios. Ya la religión está en su sitio, ahora viene la política, a lo que Marx iba desde el principio, o sea, pasado el presupuesto necesario, pasa al meollo: la lucha contra la religión es una lucha contra el mundo del que ella es el aroma, es el comienzo para salir del ‘valle de lágrimas’. El hombre real está en la sociedad, cuando ésta se pervierte, produce la religión, el corazón y espíritu del mundo des-corazonado y des-almado, es el grito desesperado del oprimido, es el opio del pueblo. No es buena ni siquiera como un analgésico, es anestesia para evitar la lucha, o sea que es radicalmente mala, en los parámetros del Manifiesto Comunista. Por eso, la crítica de la religión es crítica de este mundo malvado; y tiene que completarse con la crítica total del derecho y la política. Pero la crítica no es teórica, es práctica: “a lo que se refiere [la sociedad des-almada] es su enemigo, que no busca refutar, sino aniquilar… La crítica ya no actúa como un fin en sí mismo, sino sólo como un medio. Su emoción esencial es la indignación [no habla de principios intelectuales, sino de emociones]; su tarea esencial es la denuncia [no la búsqueda de la verdad]”. Dice Voegelin: “aquí habla la voluntad de asesinato del mago gnóstico. Los lazos de la realidad se han roto. Los prójimos humanos ya no comparten el ser con él; la crítica ya no es debate racional. Se ha pasado sentencia; lo que sigue es la ejecución”[i].

En Marx, pues, la revolución lo es todo, porque no hay verdad, no hay bien, no hay nada, sólo la lucha de clases, ninguna estructura que sea digna, ningún sentido, ningún ámbito de realización humana: familia, cultura, moral, religión, identidad nacional, todo no es más que “superestructura”, invento artificial de los burgueses para domeñar al proletario, para oprimirlo y frenarlo en sus deseos revolucionarios. Éste es el origen del “internacionalismo” marxista, el NIHILISMO. Con un lenguaje aparentemente técnico, aparentemente desapasionado, [pseudo-]“cientítico”, Kelsen pretende dar con las mismas conclusiones de Marx. Hay que ponerle cuidado, porque el camino es tortuoso, intrincado y, en algunos pasajes, con apariencia de racionalidad, de decencia moral y honestidad intelectual; todo lo cual, claro, según Kelsen, no existe… Veamos las máscaras de su voluntad de poder…

I.- En un nivel fundamental, la mera apariencia habla de la eficacia del sistema estatal como sinónimo de su legitimidad

Este tema es capital y, en un tratamiento medianamente profundo, incluso desde la perspectiva de Hans Kelsen, se ve que el derecho y la política son inseparables, que aquél es un elemento de primera línea en la racionalidad de ésta, es, de tal manera, una parte suya. Pero la visión sobre la política y ese aspecto tan importante de la misma, que llamamos ‘derecho’, dependen grandemente de las visiones antropológicas y metafísicas que se sostengan, como se pondrá de manifiesto, de seguidas, en la exposición de nuestro autor[ii].

Para empezar, según Kelsen, las llamadas “ciencias” sociales que para él son normativas (punto en el que, por fe irracional [cfr. 99,3], aparentemente se despega de su mentor Marx), la ética y el derecho, describen normas y las relaciones sociales que ellas establecen; para éstas, la sociedad es un orden normativo, constituido por normas (25,1). No existen, pues, las relaciones humanas naturales para esta doctrina; y eso es lo más coherente, dado que, según ella, en lo sensible, no hay inteligibilidad real y las relaciones todas[iii] son inteligibilidades de lo sensible. De este modo, “una teoría del Estado depurada de todo elemento ideológico, metafísico o místico, sólo puede comprender la naturaleza de esta institución social considerándola como un orden que regula la conducta de los hombres. El análisis revela que este orden organiza la coacción social y que debe ser idéntico al orden jurídico, ya que está caracterizado por los mismos actos coactivos y una sola y misma comunidad social no puede estar constituida por dos órdenes diferentes. El Estado es, pues, un orden jurídico, pero no todo orden jurídico es un Estado, puesto que no llega a serlo hasta el momento en que establece ciertos órganos especializados para la creación y aplicación de las normas que lo constituyen. Es preciso, por consiguiente, que haya alcanzado cierto grado de centralización” (189,2). Claro, aparte de los problemas metafísicos apuntados arriba, Kelsen no es un sociologista, no se considera estudiando “hechos”; es normativista, el único ámbito de razón es el de las normas, la sociedad sólo es vinculación normativa, la ciencia humana sólo puede considerar lo normativo (99,3).

Este problema se capta mejor, tanto en sí mismo como en sus implicaciones, si se considera la constitución de la comunidad política, que él identifica con ‘Estado’, en relación con el tema de la eficacia del ‘derecho’ como requisito para la validez del ordenamiento.

El “derecho revolucionario”, el régimen del triunfador de la revolución, es válido puesto que los súbditos se adhieren a la revolución y no al régimen antiguo, por la delegación de la norma fundamental, que ahora delega en los nuevos amos y no en los viejos (141,1). Si no triunfa la revolución, es alta traición, no es obedecida y no se produce la transferencia de la delegación (141,2). La norma hipotética es, pues, capaz de “delegar” y eso significa que es capaz de fundar una revolución; más bien, la norma fundamental funda, de hecho, que la revolución se constituya en gobierno, en fuente de un orden jurídico que se identifica con el “Estado” mismo, que es “legítimo”, en cuanto es eficaz, sin que quepa ninguna otra consideración. En efecto, por la norma fundamental, se sabe que el ordenamiento jurídico corresponde con la conducta de los regidos; el orden pierde toda validez cuando deja de estar en cierta medida de acuerdo con la realidad (142,1): la validez se funda en la efectividad (142,2). Mas la eficacia es condición sine qua non no condición per quam de la validez (142,4-143,1): la validez pende de la norma fundamental, pero ésta es supuesta si es eficaz, siquiera en cierta medida (143,1). Mas esto es verdad de la Constitución no de las normas jurídicas más parciales, cuya validez pende de la Constitución (145,2).

II.- La verdad es que el estado no es sino una entelequia: el internacionalismo marxista-kelseniano

Sin embargo, en las páginas 190,4-191,1, profundizando en el tema de los fundamentos, dice que “a partir de que el derecho internacional se constituye o, más exactamente, desde que es considerado como un orden jurídico superior a los diversos órdenes jurídicos nacionales, el Estado, que es la personificación del orden jurídico nacional, ya no puede ser soberano. Su superioridad es solamente relativa, ya que se halla subordinado al derecho internacional, del cual depende directamente. La definición del Estado debe, pues, comenzar por la relación que lo une al derecho internacional. Éste constituye una comunidad jurídica extraestatal que, a ejemplo de las comunidades preestatales [primitivas], no se encuentra suficientemente centralizada para ser considerada como un Estado”. He aquí una justificación muy sugerente para el imperialismo o para un internacionalismo del tipo del marxista. Claro, Kelsen se mete en el ámbito de los subterfugios, de las máscaras, para no confesar sus adscripciones ideológicas, en una palabra, su internacionalismo; por eso dice que esto es “sólo una hipótesis ‘científica’” (dizque científica, no es científico lo que no es theoría, qeoría, de qeoreín,  “theoreín”, que significa “ver”, “captar la realidad”, no construir arbitrariamente un “objeto”): “destaquemos, sin embargo, para evitar todo malentendido, que esta unidad [la de todos los derechos nacionales en el internacional] tiene un carácter puramente teórico. No constituye un Estado mundial, puesto que el Estado es un orden jurídico centralizado, mientras la comunidad formada por el derecho internacional positivo es totalmente descentralizada [primitiva]” (221,2): seguro todo el mundo le cree al filomarxista, nadie puede ver cómo se transparentan en sus eufemismos los deseos huxleyanos de que algún día llegue ese estado mundial centralizado…

Digamos para finalizar y como de pasada, esperando la parte crítica de esta serie de artículos sobre Hans Kelsen, que en esta presentación del estado como dependiente del concierto internacional hay una petición de principio, es decir, para los que no conozcan la lógica, hay un poner la carreta delante de los caballos: si la constitución del estado depende del reconocimiento internacional, ¿qué constituye a esas naciones que constituyen el concierto internacional, que estados conforman el conjunto de los estados, si, para que haya estado, los estados tienen que reconocer que hay estado? Es un asunto circular: para que dos más dos sea posible, tiene que haber 4; pero, para que haya 4, tiene que haber dos y dos… Y, en la misma línea de la petición de principio, se ha de saber que una entidad política está constituida, cuando se ha formado como un pueblo republicano, como un pueblo con un logos existencial, que incluye a un gobierno[iv], una entidad que está en forma para actuar en la historia, como dice Voegelin[v]. Con esto se puede juzgar de lo que dice a continuación Kelsen, sobre la constitución de la comunidad política.

III.- La “constitución”, en sentido ilustrado, como indignidad superficial e ideologista, esto es, justificadora de cualquier desmán

En 217,2, recuerda que un gobierno es legítimo si llega al poder por golpe de Estado y establece un orden normativo que se respete de forma duradera, por reconocimiento del derecho internacional; como ‘orden jurídico’ es ‘Estado’, se constituye un nuevo Estado: “de aquí resulta que los poderes jurídicos nacionales constituyen una delegación del derecho internacional”. De donde surgen cuestiones muy importantes, como ésta que sigue: ¿se constituye un Estado cada vez que se produce una revolución, las normas positivas dictadas por el nuevo gobierno lo constituyen o hay algo más fundamental que éstas? Puede parecer que, cuando el caso es una declaración de independencia, tal sea una conclusión verdadera, aunque no lo es: Polonia, por ejemplo, fue dominada por los imperios austro-húngaro, alemán y ruso, por más de ciento veinte años, luego de los cuales, al término de la I Guerra Mundial, recobró su independencia, se formó la II República, pero Polonia cuenta con más de mil años de historia; y las dominaciones nazi-soviética tampoco anegaron el espíritu que constituye a esa admirable nación, a su ejemplo se volverá en la parte crítica, en la que también se considerarán la Italia de Víctor Manuel II y la Roma imperial, el México hispano y el México azteca, los seminómadas precolombinos que moraban en estos territorios que hoy son nuestro país y la Venezuela hispana.

Pero, lo que muestra, al menos preliminarmente, el caso de Polonia es los muchos problemas que entraña la postura de Kelsen: 1° ¿qué pasa cuando lo que sucede es que, en una comunidad, con su historia, sus costumbres, sus concepciones tradicionales, sus símbolos (no decretados por nadie), sus héroes, etc., se sube al poder alguna facción dentro de la misma: nueva “constitución”? 2°, además, ¿ese nuevo Estado sólo se constituye por reconocimiento del derecho internacional? Esto sólo es admisible si los términos se entienden como que el ‘Estado’ es sólo forma de gobierno y se desconoce que la ‘comunidad’ es mucho más que ‘Estado’: no se constituye la comunidad, sino el Estado, la nueva forma de gobierno, pero ésa es una forma muy extraña de hablar; y bastante opuesta a lo que en cualquier contexto se entiende por las expresiones. Y, en fin, dependería de la artificial separación moderna entre gobierno y sociedad, como si el gobierno no fuera parte de la comunidad, como si no fuera un principio formal suyo, de esa entidad “en forma para actuar en la historia” de la que hablamos arriba; en fin, como si los aspectos políticos de una comunidad fueran artificialidades superpuestas, “superestructuras”, como dice el maestro Marx. Finalmente, fuera de estas concesiones que se le hacen, como se ve en el apartado anterior, estas declaraciones kelsenianas están muy lejos de la realidad…

III.- La justificación del estado y el ideologismo radical

Hay otros tres problemas que se derivan de esta forma de entender al ‘Estado’. En primer lugar, el uso del mote “primitivo” para toda otra forma de organización política, distinta del Estado moderno occidental: “En las comunidades jurídicas primitivas, preestatales” (189,3) ¿Creerá Kelsen de verdad que la Grecia helénica, la Roma imperial o republicana, el Egipto faraónico, el imperio persa fundado por Ciro el Grande, el Israel de la época de los Reyes, de David a la invasión de Nabucodonosor, los reinos occidentales de los orígenes de la civilización, en los siglos XI al XVIII, la China imperial, el Japón del Teogunato o el del Shogunato, etcétera, no eran sino regímenes “primitivos”? ¿Será porque él sabe que en toda otra sociedad, distinta de los secularizados estados occidentales post-ilustración y los radicalmente influidos por ellos, la referencia teológica es clave? A todo evento, de aquí es muy claro que estas ideologías “modernas” occidentales requieren de una fuerte cerrazón cultural y de miras históricas para sostenerse, porque cualquier vistazo a un mundo que sus cultores no puedan reducir al Occidente del XVIII al presente y sus batallas con el “ancien régime” los deja completamente en evidencia, deja al desnudo que sus supuestas “ciencias” no son sino categorías culturales decadentes, muy lejos de ser aplicables a la realidad como tal, digo, a una que no sea Europa, América y Australia en un período histórico más amplio que el dicho, lejos se hallan de los verdaderos clásicos, griegos y cristianos…

Los otros dos problemas son muy conexos. El primero estriba en que, para el autor en estudio, la sociedad es un orden de conducta que regula el comportamiento de los hombres, como se dijo; pero la conducta, también de acuerdo con él, es un fenómeno natural (16,2). Así, según Kelsen-Kant, la comunidad política no es más que una parte del conjunto de los “fenómenos” de la conciencia y, además, cualquier cosa que suceda en ella está sujeta a cadenas causales infinitas. De nuevo, se muestra, por este medio, que no hay modo correcto de entender la política que por algún principio antropológico: el carácter de la ciudad “sale de alguna encina o de alguna piedra [sino] de los caracteres que se dan en la ciudad y que arrastran en su misma dirección a todo lo demás”[vi]. Si los hombres no son más que “objetos de la naturaleza” y ésta está completamente sometida a la causalidad, entonces la sociedad no es más que producto de la causalidad física. Es desde este modo de ver que sostiene que no hay justificación del Estado, éste es un orden normativo, sobre el que no se pueden hacer juicios de valor; es un sistema de normas, más nada; salvo que, desde el punto de vista de la sociología, no es sino una serie de actos psicofisiológicos (196,4-197,1) [ahora, eso sí, es lo “moderno”, “evolucionado”, “desarrollado”]. Este último problema se vincula directamente al tema que se tratará a continuación.

Kelsen, como ha quedado dicho, no cree en ninguna justificación del Estado, ni “religiosa” ni “metafísica”; pero tampoco cree en el “Estado de Derecho”, que “en la medida misma en que una legitimación religiosa o metafísica del Estado pierde su eficacia, esta teoría se convierte en el único medio de legitimar el Estado”, y critica a quienes creen en él, por dualistas (187,1-189,1).

No hay nada que lo pueda legitimar, estamos en las regiones gnósticas, en esas regiones profundas en las que Voegelin encontró al Marx de la Crítica a la filosofía del derecho de Hegel, según vimos arriba. Pero es muy interesante ver cómo abunda para justificar históricamente esta crítica de las justificaciones del Estado, no de cualquier régimen político, sólo de éste, los demás se los despacha (¿habrá que decir ‘irresponsablemente’?) por “primitivos”, como se dijo.

He aquí el apoyo argumentativo a su rechazo de las justificaciones. Cualquier residuo de justicia o moral en la concepción del derecho, según él, es una inconsecuencia hoy en día, cuando manda el positivismo, pues éste trata de mostrar que el derecho no está ligado a ninguna idea de justicia; aunque, haciendo gala, como dije antes, de la cerrazón de su visión histórica y de sus gríngolas ideológicas. Así, según él, en el siglo XIX, se trató de hacer tal relación, de sostener que el Estado, para pertenecer al dominio del derecho, tiene que tener un mínimo de moralidad, al tiempo que se tomaba como un presupuesto la legitimidad del Estado, independiente de cualquier cosa (66,1). Además, pretender que haya algún residuo de justicia es insuficiente en tiempos en que ya no manda la burguesía (66,2). La idea metafísica [racionalista cartesiano-leinbiziano-wolfiana] del derecho era la imperante cuando la monarquía absoluta era el sistema político en vigencia; la burguesía traslada la teoría del derecho al siglo XIX, lo hace manifestando una reacción muy clara contra la metafísica, la idea del derecho natural y la religión, porque “la ciencia burguesa del derecho”, “en correlación estrecha con el progreso de las ciencias experimentales y con el análisis crítico de la ideología religiosa”, se volvió hacia el positivismo (65,1). Pero la evolución fue incompleta: aunque ya el derecho no es una idea absoluta, sino que varía con las épocas, “la idea de un valor jurídico no ha desaparecido del todo” (65,2-66,1). De ahí que la Teoría Pura señale que cualquier residuo de justicia en el derecho y en el Estado es una inconsecuencia hoy: Kelsen, según él mismo, es el más coherente (y no lo es que digamos en gran medida). Todo es un problema de “clases dominantes” en las distintas épocas [del XVIII al XX]; y de ideologías que convengan a esas “clases”. De nuevo, todo depende de la metafísica y la antropología, pues, como se señaló arriba, en los artículos en los que se trata sobre los fundamentos de tales disciplinas para toda la doctrina de Kelsen: para el conocimiento racional, sólo existen intereses y conflictos de intereses, que son resueltos favoreciendo a unos en detrimento de otros; o estableciendo compromiso entre intereses (62,2); de donde, quien afirme bondades o maldades, es irracional, no científico y sólo expresa su voluntad de poder, sus intereses, su ideología. La ciencia sólo admite que el hombre es un irremediable malvado egoísta; y no es racional quien crea que hay racionalidad. La ciencia humana tiene que asumir que Voldemort tenía razón, que el hombre es Terminator, “con quien no se puede razonar ni negociar, quien no siente dolor o remordimiento o miedo; y absolutamente no parará, nunca, hasta que estés muerto” o hasta que, de una manera u otra, se salga con la suya, es decir, con la satisfacción de sus ilimitados e invencibles egoísmo y soberbia… Por supuesto, eso es así, salvo cuando Kelsen está haciendo ciencia, de manera “neutra”, imparcial, es como los cretenses: todos son mentirosos, firma: un cretense sincero; es como Freud y todos los demás ideologistas…

Mas esta cuenta que da de la historia de la política europea, que pretende se aplique a todo hombre y todo régimen humano, es muy imprecisa, como es claro por los siguientes ejemplos, que pondré sólo por condescendencia, pues no habría que responder a semejantes exabruptos: en Locke, el iusnaturalismo se usa como arma contra la monarquía absoluta; y Hobbes, bastante antimetafísico, funda en su antimetafísica el poder del rey; mientras Filmer pretendía fundar el poder del monarca absoluto, frente a los puritanos, con argumentos bíblicos, bastante descabellados, pero bíblicos. No se traen las disputas españolas sobre la justicia de la conquista de América, tan importante para la historia del pensamiento y tan cercana a nosotros, pues ella es algo, por supuesto, completamente ignorado por Kelsen, quien, como buen alemán –o, mejor, noreuropeo– posterior a la Reforma luterana, desconoce totalmente lo acontecido en España, la potencia que puso un freno al avance de la “revolución” que impulsó el cismático monje augustino. Mas aquí habría ejemplos bastante poderosos contra Kelsen, como aquel citado por Briceño-Iragorry: “aquellos célebres alcaldes [españoles] que supieron exclamar: ‘lo primero no es el Rey, Señor mío, lo primero es la justicia’”[vii]; que fueron tan importantes en la formación libertaria de las futuras repúblicas de la América hispana[viii].

V.- La espuria clasificación de los regímenes de gobierno, reinante en el mundo post-ilustrado

A partir de lo anterior, no obstante, Kelsen clasifica los regímenes de gobierno, a la manera en uso en el mundo occidental post-ilustrado, del siguiente modo: “[La] distinción entre autonomía y heteronomía aparece sobre todo en la teoría del derecho público. Sirve de base a la clasificación habitual [hoy en día o modernamente] de las diversas formas del Estado, donde se opone la democracia a la autocracia, la república a la monarquía. No se trata aquí, sin embargo más que de un caso particular del problema general de la formación del derecho. Por forma del Estado se entiende habitualmente el modo de creación del derecho en el grado superior del orden jurídico, es decir, las reglas establecidas por la Constitución para la formación de normas generales […] [Aunque], en realidad, el problema de la forma de Estado o del modo de creación del derecho no se plantea únicamente en relación a la Constitución y la legislación, sino en todos los grados de la formación del derecho y especialmente en la relación entre las normas generales de la legislación y las normas individuales” (179,2-180,2). Así, la democracia es autónoma y la autocracia, donde cabe poner a la aristocracia, la oligarquía o la monarquía, es heterónoma. Los regímenes reales, que son mixtos, no caben en la clasificación ideologizada. Y, en cuanto a la “autonomía” y a la “heteronomía”, como si las sociedades no tuvieran un logos subyacente, sino se dieran normas a sí mismas, ésos son los regímenes, no sólo en la producción de las normas legales, sino en toda la producción de normas, hasta las sentencias y los actos administrativos de efectos particulares: es decir, la judicatura sería autocrática o democrática, también.

Pero esta forma de clasificación, como es fácil de ver, es altamente ideologizada y miope política e históricamente; ignora aspectos que han traído otros pensadores, que, al menos, pueden ser relevantes, pues niega toda justificación. Aristóteles añade al aspecto exterior del número de personas que participan del gobierno, el principio por el que las mismas se rigen: así, si ese principio es el dinero, los pocos gobernantes son oligarcas; y, si ese principio es la virtud, los pocos gobernantes son aristócratas; vicio y virtud, de nuevo, dividen la monarquía o la república de la tiranía. En Platón, como se dijo, es clave el principio antropológico de interpretación de la historia, por el que lo regímenes no tienen tanto que ver con las formas externas, de nuevo, sino con los caracteres dominantes en la sociedad “que arrastran consigo a todo lo demás”, y, en consecuencia, con los caracteres que tienden a criar, pues “el régimen forma los caracteres”. Para Neil MacCormick, un positivista que se ve a sí mismo como continuador de una tradición en la que también se inscribe Kelsen, habla de la genuina buena voluntad y el buen orden, como elementos clave[ix]. Las observaciones de los clásicos se pueden aplicar a toda sociedad humana, sea el Japón del Teogunato o la China de Confucio o los estados occidentales contemporáneos, mientras que con la clasificación kelseniano-ilustrada no se puede sino tergiversar severamente la historia, la cultura y la constitución, el logos, de toda sociedad humana, incluso a los regímenes contemporáneos. Quizás, lo único que no previeron los clásicos, pues ellos no tenían el beneficio de la gracia profética, es el totalitarismo que nace de visiones ideologizadas como la de Kelsen-Marx: no hay justificación posible, todo es voluntad de poder, toda justificación es máscara de la voluntad de poder opresora de las clases dominantes, no hay más aspecto del hombre que la economía, quien maneje la economía, es decir, el TODO, podrá barrer, pasar la aplanadora, a todo lo humano, sin nada que pueda oponérsele: no hay justificaciones…

Pero la exclusión positiva de cualquier posibilidad de justificar el régimen, da lugar a nuevas e importantes consecuencias sobre instituciones jurídicas de la mayor relevancia. “Por la función que desempeña, el derecho denominado privado en un orden jurídico, él no es otra cosa que la forma jurídica particular dada a la producción y al reparto de las riquezas en una economía capitalista; por lo tanto, esa función es eminentemente política. En una economía socialista la estructura del derecho privado sería diferente. Ya no se fundaría sobre los principios de autonomía y democracia, sino probablemente los de heteronomía y autocracia y se acercaría más a la estructura del derecho administrativo actual. Aquí no examinaremos si esta estructura sería más satisfactoria o más justa, pues se trata de un punto sobre el cual la Teoría Pura del derecho no quiere ni puede pronunciarse” (185,2). La posibilidad de contratar a voluntad, siempre que los contratos sean lícitos, por ejemplo, es un problema simplemente ideológico; y si se anula toda libertad, si se prohíbe cualquier asociación o posibilidad de celebrar contratos eso no tiene ninguna significación, excepto que el derecho será considerado bueno por los conservadores y malo por los revolucionarios (61,2). A ver si encuentran formas más aplastantes de totalitarismo, los invito…

***

Al penetrar en la doctrina kelseniana, se ve claramente que la verdadera máscara de la voluntad de poder es decir que no hay justificaciones y que cualquier búsqueda tal es máscara y “metajurídica”. No se trata sólo de piratería, se trata de magia gnóstica, fuertemente peligrosa. En Venezuela, país de gente muy dada a la condescendencia con sus prójimos, el totalitarismo tardó mucho en llegar. Sólo llegó cuando un prohombre de la patria y la humanidad, el pajatito-dios, uno que dijo que el hombre es “sangre y mierda”, se montó en el poder y entronizó a un poder extranjero. Con éste, se cumplió literalmente lo que dijo Hannah Arendt que era el totalitarismo: un poder invasor. Ese poder invasor se mostró implacable, a la manera kelseniana. Así, luego de toda la incoherencia de nuestro derecho, luego de que se estudiara a Kelsen como al explicador por antonomasia de lo que era el derecho, mientras se explicaban las instituciones jurídicas de manera muy lejana a lo que decía el iusideólogo austríaco, se llegó por fin a un “alineamiento”: los modos de hacer y de explicar llegaron a ser consecuentes, coherentes. Ésta es nuestra pesadilla, luego de décadas, Kelsen se ha aplicado en verdad, con todo y el irracionalismo que propugna, que veremos en futuros artículos. Ésa es la desolación del país, Marx y Kelsen terminaron por destruirnos. Aprender la lección es indispensable, eso es REBELIÓN, REBELIÓN DE LA ESENCIA…


 

Notas:

[i] Science, Politics and Gnosticism, cit., pp. 64-67; la alusión al Manifiesto comunista es mía.

[ii] Utilizaré, de nuevo, la Teoría pura del derecho; y la edición que utilizaré de esta obra es la decimoséptima de la Editorial Universitaria de Buenos Aires.  Buenos Aires, Argentina, 1.981. Y los pasajes que se citen o se refieran serán señalados entre paréntesis, en el cuerpo del trabajo; anotando la página y el párrafo respectivos, separados por una coma. Así, si se halla esta expresión: “29,2”, corresponderá a la página 29, párrafo 2°.

[iii] Aquí entran también, por supuesto, las relaciones matemáticas, pero no es éste el lugar para un tratamiento detenido de este tema.

[iv] Orestes Brownson, The American Republic, ISI Books, Wilmington, Delaware, 2.002, pp. 75-96.

[v] Eric Voegelin, New Science of Politics, University of Chicago Press, Chicago, Illinois, 1952, p. 36,3.

[vi] Platón, República, 544c; la edición consultada es la de Aguilar.

[vii] Mario Briceño-Iragorry. Tapices de Historia Patria. En: Obras Completas. Volumen 4. Ediciones del Congreso de la República. Caracas. 1.989. pp. 194-197.

[viii] Ibíd.

[ix] Legal Reasoning and Legal Theory. Clarendon Presss. Oxford. 1.978. Reimpreso en 1.995. Foreword, p. x,3.

Anuncios

3 comentarios

  1. Gian Paolo Bartoli dice:

    Sus disertaciones son muy buenas. Me gustaría conocer un poco más sobre la influencia de la masonería en Bolívar, Miranda, Simón Rodríguez y en los Presidentes venezolanos. Gracias. Agradezco sus orientaciones.

  2. Eduardo dice:

    Me parece que no se ha entendido, por el autor de este artículo, el pensamiento de Kelsen. Mira que afirmar que contribuyó a “destruir toda posibilidad de la razón”, a quien estaba afianzado en la razón, resulta infundado. De igual forma, si alguien buscó contribuir con su obra a la democracia, así sea liberal y formal, fue Kelsen, no al totalitarismo, para ello bien que sirvieron los adoctrinados del “derecho natural” y los decisionistas.

    • Me parece buenísimo que te expreses, Eduardo. Pero la cosa es que la discusión racional no se trata de eso. No basta que tú digas que yo puse tal conclusión y que tú estás en desacuerdo: tienes que traer los fundamentos de donde yo saco la conclusión y decir por qué no es válido el razonamiento. ¿Que si Kelsen destruye la posibilidad de llevar una praxis racional? Por supuesto, lo asombroso es que tú digas que no es así, un tipo que dice que todo se basa en las normas, cualesquiera que sean (así sea el régimen estalinista, ejemplo que él utiliza, explícitamente), que dicta el que ganó la última revolución y que esa normativa se basa en una hipótesis que vuela por los cielos, no es, precisamente, fundamentar la racionalidad, es decir que la racionalidad no existe. Y eso es, apenas, una muestra microscópica del ataque que hace a la razón; mientras que sí, pone una tenue defensa, frente a los sociologistas, una defensa que él mismo dice que consiste en una fe irracional en una negada dimensión normativa de la humanidad. Después, lo que dices del totalitarismo y el derecho natural es tan completamente descabellado, históricamente infundado, que no merece ninguna respuesta, es como si me pusiera a convencer a un muchachito malcriado de que Napoleón no era egipcio, como él dice: no me siento muy inclinado a responder sinsentidos, como si los bolcheviques hubieran sido aristotélicos o algo así, que bárbaro…

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

Catarsis Neuronal

Confesiones a Marshal

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: