Kalós

Inicio » Actualidad » Reducción del Derecho a “ciencia” en la Teoría Pura del Derecho (I)

Reducción del Derecho a “ciencia” en la Teoría Pura del Derecho (I)

Aspectos metafísicos y antropológicos de la obra de Kelsen

Hans Kelsen, austríaco que pudo contribuir, al destruir toda posibilidad de la razón, a dar carta franca a los totalitarismos desde el siglo XX

Hans Kelsen, austríaco que, al destruir toda -en la doctrina- las posibilidades de la razón, pudo contribuir a dar carta franca a los totalitarismos desde el siglo XX

En el artículo anterior, vimos cómo es que Kelsen es un autor de gran influencia en el mundo actual, sobre todo en Venezuela. Asimismo, nos metimos por el orden de las razones de semejante ascendiente, en general y en Venezuela, de nuevo. Echamos, también, una ojeada a las fuentes de su pensamiento. En éste, pondré esas fuentes a plena luz, en lo que se refiere a las bases filosóficas, metafísicas y antropológicas del pensamiento de dicho autor. Espero con todo esto contribuir un poquito a que los abogados comprendan mejor su campo de trabajo, así como al resto de las personas puedan entender más fácilmente al derecho y a estas corrientes modernistas y su gran potencial… altamente totalitario, bajo las apariencias que se presenten[i].

1.- La destrucción de la metafísica requiere de metafísica y materialismo

Hans Kelsen es un autor que se considera a sí mismo, entre sus aspectos principales, como un científico; y eso significa, para él –dado el ambiente académico en que se desenvuelve, expuesto sumariamente en el artículo anterior (CITAR)–, que es además un paladín antimetafísico. De hecho, de la Teoría Pura del Derecho podría decirse que es un caso particular de “prolegómenos para toda teoría del derecho futura que pretenda presentarse como ciencia”; siguiendo así a la declarada por él mismo fuente principal de su pensamiento: Kant y sus “Prolegómenos para toda metafísica futura que pretenda presentarse como ciencia”. E, incluso, históricamente, ha cumplido tal papel. De manera tal que Neil MacCormick, por ejemplo, al tratar de defender la racionalidad jurídica frente a los Critical Legal Studies estadounidenses, dice que se ha de reconstruir al derecho científicamente, siguiendo los lineamientos dados por el iusfilósofo austríaco[ii]. En Venezuela, la influencia de estos “prolegómenos” ha sido inmensa y muy profunda. Pasemos, pues, a revisar esta doctrina, desde sus mismos fundamentos metafísicos y antropológicos hasta las respuestas que da a las objeciones que alcanza a ver en doctrinas que considera relevantes y contrarias, pasando por el propio desarrollo de su descripción del ser del derecho, tanto en sí mismo como en cuanto objeto de una disciplina teórica, que él tiene por “ciencia” jurídica. En este artículo, sin embargo, sólo expondré las fuentes y fundamentos filosóficos de la doctrina de Kelsen, dejando para futuras, próximas, oportunidades la exposición de la propia teoría pura y el pleito de Kelsen con los “contaminantes” de su pureza.

Puede parecer paradójico que asegure que Kelsen es un antimetafísico, según él mismo declara, y que buscaré las raíces metafísicas de su doctrina. Pero la aparente contradicción se disipa, si se tiene en cuenta que no hay un modo de despacharse a la metafísica que el de hacer una metafísica materialista; y, para llegar a ésta, se tiene que hacer una destrucción (“doctrinaria”[iii]) de muchos rasgos que parece tener la realidad. La obra de Hans Kelsen es un excelente ejemplo de ello, como se verá a continuación.

2.- Nominalismo y kantismo kelsenianos

En primer lugar, ha de notarse que la Teoría Pura “se opone de la manera más clara a los teóricos que reniegan de la filosofía trascendental de Kant y el positivismo jurídico” (69,2-3). Después de la II Guerra, por el horror que causó en todo el mundo y porque los criminales de guerra nazis cumplían leyes “válidas” en su país, hubo quienes pretendieron volver al iusnaturalismo y a la metafísica “prekantiana” o a una comprensión del derecho tributaria de la de Arsitóteles[iv]; pero Kelsen no está dispuesto aceptar tal “retroceso” a etapas “primitivas” (ibíd.). Es más, Kelsen critica al propio Kant, por haber cometido inconsistencias en el desarrollo de sus doctrinas trascendentales, y pretende corregirlo en algunos puntos, como se verá detenidamente con posterioridad en este artículo y los siguientes de esta serie.

Para Kelsen, reducir todo el derecho a imputabilidad requiere de la destrucción de todo lo inteligible en lo sensible. Es así como la causalidad es simplemente un principio de “conocimiento” respecto del cual hay que buscar otro para explicar las responsabilidades, en especial, las jurídicas. Tal reducción de la causalidad depende enteramente del nominalismo (en el artículo anterior, nota 9, hablé de su influencia, ahora lo defino, en la siguiente nota: V[v]). En efecto, Kant, antes de leer a Hume, estaba en un “sueño dogmático”: creía en la metafísica de Leibniz-Wolf (un idealismo esencialista[vi]). El filósofo escocés lo despertó, por su crítica de la causalidad, según la que todo lo que hay en ella es asociación por costumbre: si le doy un golpe a una mesa, el sonido posterior no es efecto de aquella “causa”, lo que se da es sólo una asociación de un antecedente y un consecuente, en nuestra mente, por costumbre. Es así como Kant declara expresamente que “es absolutamente imposible ver la razón de que, porque una cierta cosa exista, alguna otra cosa deba existir también necesariamente, y no se ve tampoco cómo el concepto de tal conexión pueda deducirse a priori”. A priori significa de manera previa, independiente de la experiencia sensible, es decir, la causa y el efecto no son una conexión real que podamos captar en el mundo del que tenemos experiencia, por los sentidos y el intelecto, de manera conjugada; es sólo una asociación mental. Aunque, por ser del intelecto, de las ideas de éste, esa asociación mental es necesaria, forzosa, no puede ser de otra manera, a diferencia de Hume, quien la concebía como meramente sensible y, por tanto, contingente, que podría ser de otra manera[vii]. La subsunción de datos sensibles en esas ideas o categorías del “intelecto” constituye los “objetos”, es decir, los datos de la mente son los objetos de conocimiento, el conocimiento conoce los objetos de conocimiento: es una gran tautología.

De tal manera que cualquier análisis de la “doctrina” del iusfilósofo austríaco deba comenzar por estos aspectos de su obra: va a hablar, no del Derecho, sino de los “objetos jurídicos”, de la ciencia del derecho y de su “objeto”. No hablará del propio derecho, sino de “objetos”. Mas, como Kelsen no es Kant, sino un neokantiano, no se trata, siquiera, de “objetos” que se “dan”, sino de construcciones, más o menos fundadas en la realidad de lo jurídico.

Así, pues, la adscripción al kantismo, por parte de nuestro autor, se hace evidente en estos dos pasajes, que serán comentados más ampliamente en este mismo apartado. En las páginas 68,3-69,1, dice que Kant prueba que la causalidad es un postulado para entender la naturaleza; aunque añade que el alemán yerra al tener al deber por otra cosa que una categoría lógica, al adscribirlo a la moral. El segundo pasaje, de la página 61,2, sostiene que la justicia es como las ideas platónicas que son incognoscibles (según él, no según Platón), como las cosas en sí kantianas, pues están más allá de los fenómenos (las apariencias sensibles, del griego ‘phainomena’): no captamos cosas, tenemos sensaciones, que son, de suyo, o vacías o tan inseguras que no podemos aseverar, de ellas, que tengamos ningún conocimiento de un mundo real (es la duda cartesiana, un escepticismo radical, que encierra al hombre en su inmanencia, en su interior: in, dentro, manens, permanece, la conciencia permanece dentro de sí, no se refiere a nada fuera de ella misma). Ahora el camino de la exposición se aclara mayormente.

De acuerdo con nuestro autor, la metafísica no es más que una quimera con pretensión de ciencia, que estudia entidades suprasensibles, con naturalezas, y que escapan a la existencia (133,2). He aquí, pues, un dato clave: la ‘metafísica’ a la que se enfrenta el iusfilósofo austríaco no es, ni mucho menos, la metafísica clásica ni su máxima plenitud en Tomás de Aquino; más bien, está muy lejos de ella. Se trata de la misma metafísica que constituía el “sueño dogmático”[viii] del que despertó su mentor, Kant: habla de Descartes-Leibniz-Wolf y, mediatamente, del gran inspirador tanto de Descartes como de Wolf, Suárez: de una metafísica esencialista, marcadamente nominalista e inmanentista: es decir, independiente de la experiencia sensible y del ser sensible mismo[ix].

A diferencia de la metafísica, o de la idea que él tiene de ésta, a la Teoría Pura le interesa el derecho objetivo y sólo se interesa por los fenómenos particulares para establecer una relación sistemática entre cada uno de ellos y para volver a encontrar en ella la función general del derecho (ibíd.). De donde, el modo de “realidad” (ya se verá que no la tiene por tal) que estudia la “ciencia” antimetafísica del derecho es estrictamente particular[x]. Tampoco es “realidad” lo estudiado por la “ciencia” jurídica, ya que en la “experiencia”, según el gran filósofo alemán, no podemos afirmar que captamos las “cosas en sí” tal como ellas son, sólo “fenómenos”, captaciones por las que no captamos algo como es en sí mismo, sino sólo como se nos presenta a nosotros. De modo, pues, que la Teoría Pura estudia fenómenos particulares, desprovistos totalmente de inteligibilidad real; y, sin embargo –es lo que declara el autor–, en ellos, en su relación mutua, se busca una función general del derecho. Y es de ese modo, eliminando todo juicio moral o político, todo juicio “metafísico”, como la Teoría Pura se hace exacta, “científica”: una exacta descripción del ordenamiento positivo.

3.- Objeto de la ciencia jurídica y “naturaleza”; “realidad”, imputación y causalidad

A la luz de esta perspectiva es que hay que entender la parte más fundamental de la doctrina de Kelsen. El autor dice que el derecho positivo es una realidad específica, que se distingue de la realidad natural por su significación normativa (41,3). Dice también que la conducta es un fenómeno natural, por lo que, si la ciencia social aplicara el principio de causalidad a la conducta, sería como la biología o la física (16,2), más adelante se verá lo que estas afirmaciones significan para la comprensión de la ciencia jurídica, ahora interesa otro aspecto: su visión de la realidad y de la naturaleza. De este modo, Kelsen parece estar hablando de realidades, con significaciones concretas, o, más bien, de realidades concretas con significaciones “generales”. Aunque, en el pasaje citado en segundo lugar, ya se puede al menos vislumbrar su reducción de lo humano a la base material. Pero, el caso no es, efectivamente, que la Teoría Pura investigue realidades: para él, como para Kant, “la ciencia no es sólo conocimiento de objetos, sino sistema, una sistematización de objetos. Este sistema es, ante todo, la totalidad de lo dable en la intuición externa: es la Idea del Mundo[xi]. El “mundo” no es más que una sistematización de los “objetos” que se refieren a lo “fenoménico”, a los datos de los sentidos, que no nos dan realidades. Mientras que los “objetos” son el producto de la síntesis entre esos “fenómenos” y las “categorías” o conceptos del “intelecto”, como expuse arriba. “No podemos pensar un objeto sino mediante categorías ni podemos conocer ningún objeto pensado sino a través de intuiciones [percepciones sensitivas] que correspondan [ese “correspondan” tiene que ir entre comillas] a esos conceptos. Igualmente, todas nuestras intuiciones son sensibles y este conocimiento, en la medida en que su objeto es dado, es empírico. Ahora bien, el conocimiento empírico es la experiencia. No podemos, pues, tener conocimiento a priori sino de objetos de la experiencia posible[xii]. Kelsen se refiere, pues, a la “realidad” y a la “naturaleza” en este sentido: el conjunto sistemático de los “objetos”, puras síntesis inmanentes a nuestra psique, entre sensaciones y categorías, entre los que están la conducta y el derecho: la “naturaleza” no es más que el conjunto de los fenómenos en la unidad de la síntesis de la conciencia[xiii]. Por eso, la causalidad y la imputación no son más que “principios de conocimiento” (16,2-17,1). Y, también por eso, no se puede decir que el hombre sea libre, la libertad es sólo una ilusión de los que creen que en nuestras percepciones se nos dan realidades, “cosas en sí”, no es de tal manera, ni siquiera en el caso de la experiencia de nosotros mismos (29,2).

Las “condiciones de toda experiencia posible” de las que habla Kant son las formas internas de la sensibilidad: el espacio y el tiempo. Ahora, entonces, tenemos la clave para entender plenamente a la filosofía del derecho de Kelsen. Para empezar, el acto de creación de una norma es un hecho natural, espacio-temporal; y la norma misma se aplica a hechos naturales (35,2). Es decir, está hablando de representaciones mentales, sólo de eso. Pero, en todo caso, podemos poner entre paréntesis este rasgo (como Husserl, en la primera de sus Meditaciones cartesianas), para ver las explicaciones concretas de la doctrina en estudio. De ese modo, los actos creadores de normas son hechos estrictamente sensibles, completamente desprovistos de inteligibilidad, como todo acto humano al que puedan aplicarse las propias normas: son hechos físicos “brutos” a los que se aplica el principio de causalidad. Pero, en la interpretación del derecho, el dicho es sólo un polo, el otro, muy importante, pues a él se circunscribe la “ciencia” jurídica, está en las normas como “módulos” de “imputación”, de atribución arbitraria de sanciones, la interpretación normativa de la racionalidad: de un lado, pues, están los movimientos sociales tendientes a establecer autoridades que dicten normas (revoluciones), los actos creadores de las normas y las normas mismas, que, siendo hechos particulares y sensibles, no poseen sentido alguno y son objeto de la física; por el otro está el contenido de la norma y la interpretación normativa de lo humano, ámbito de la racionalidad, de lo que queda de ella, después de la destrucción moderna de la antropología.

***

Desde estos textos kelsenianos fundamentales, surgen algunos problemas, que podemos sólo señalar aquí, mientras que serán tratados con más detenimiento en la parte crítica del trabajo. A) El autor asegura que, los actos [hechos naturales], sean de creación de normas o a los que se aplican éstas, tienen una significación [normativa]. La significación es aportada por “actos” lingüísticos de la propia realidad estudiada y examinada por la ciencia jurídica: las propias normas (36,3-42,3). Ahora bien, ¿cómo se puede aportar esa “significación”, si hay una insalvable desproporción de lo sensible y la formulación universal de la norma, cómo se salta la distancia insalvable de una a otra? B) En segundo lugar, Kelsen dice que el deber es una categoría kantiana y en eso “corrige” al alemán (66,4-69), pero las normas son objeto de estudio “empírico” (70-72,2), luego, no son categorías; por lo que ¿cómo se da la síntesis de la norma y los hechos a los que se aplica? De nuevo, ¿cómo puede una norma “empírica” contener ella misma una categoría, si en Kant, como se dijo, son incompatibles, sólo susceptibles de ser compatibilizadas, de manera misteriosa, en la síntesis de la conciencia? C) Además, para Kant es un grave problema la “síntesis de la conciencia”, del cogito cartesiano, del “Yo pienso”, pues se da entre unos fenómenos empíricos y las categorías del “intelecto”, entre los que hay una gran desproporción, de modo que puntualiza, en el capítulo I de la “Analítica de los Principios”, que “el verdadero funcionamiento de este arte [ése por el que los esquemas de la “imaginación” producen la síntesis de la conciencia] difícilmente dejará la naturaleza que lo conozcamos y difícilmente lo pondremos al descubierto”[xiv]. Es un problema insoluble el de la aplicación de lo universal a lo particular, en una concepción que niega la inteligibilidad de lo sensible, y, no obstante, Kelsen habla de la aplicación de las normas, sin hacer ninguna aclaratoria como ésta de Kant. D) Pero hay aún más: los actos lingüísticos son sensibles, es decir, no hay “vía” de comunicación otra que la de las expresiones fonéticas o visibles, no somos telépatas; Kelsen dice que el sentido normativo es transmitido por este tipo de expresiones, que tendrán que ser inteligibles, pues tendrán que portar sentido, no sólo para ellas, sino también para unos “hechos brutos”, físicos, “naturales”, desprovistos de toda inteligibilidad. Las normas, hechos particulares y expresadas en palabras sensibles, imaginativas, no deberían poder aportar sentido alguno a nada, como lo pretende Kelsen. Está atrapado en una jaula que él mismo se forjó.

4.- La separación del derecho y la moral y la “neutralidad científica” de la teoría jurídica

Por otra parte, estas visiones metafísicas tienen consecuencias claras respecto de los fundamentos, tanto antropológicos como del campo de la propia metafísica, que es menester poner de relieve. Como se dijo arriba, Kelsen asevera que Kant demuestra que la causalidad es un postulado para entender la naturaleza. Pero, según el austríaco, Kant se equivoca con el derecho, por metafísico iusnaturalista (68,3-69,1). El derecho y la moral estarían conceptualmente separados (he aquí el origen doctrinal de esa fórmula de tan feliz destino en el foro venezolano: ‘metajurídico’), el deber jurídico tendría un sentido puramente lógico: la imputación, que sería lógica, y la causalidad serían relaciones funcionales entre los elementos de un sistema (entiéndase: de pensamiento, un corpus “científico”) dado (66,4-69). Kelsen es más kantiano que Kant y transpone el sollen, el deber, a la lógica trascendental, lo mismo que la causalidad y las demás categorías; es decir, elimina del campo moral al deber y lo transpone al campo de la teoría del conocimiento. Pero, para hacer esto, distingue primero entre el derecho y la moral positivos, de normas “puestas” (espacio-temporalmente), por un lado, y, por el otro, la moral individual, por ejemplo, cuyas normas son sólo “supuestas”, por lo que no existen. Así, iniusta lex est lex, quia iniustitia non est, la ley injusta es ley, porque la injusticia no existe, y lo que había en la Unión Soviética de Stalin era un “orden” jurídico (69,1; el ejemplo es suyo).

A partir de aquí, son claros los motivos, en la obra de Kelsen, para separar ser y deber ser y postular, en el campo de este último, a los valores. Por ello se entiende que afirme que los juicios sobre la adecuación de un hecho a una norma que no sea dictada positivamente por una autoridad sean de valor, aunque ilegítimos, ya que adscriben valor al hecho y, si el ser se distingue neta y tajantemente del deber ser, los hechos no pueden ser sujetos de valores. Por lo que acusa al iusnaturalismo, en la página 104,2-3, de la Teoría Pura del derecho,  que no distingue ser y deber ser, de tener visiones animistas del mundo, ya que pretende que la sociedad tenga un orden natural, que mida incluso a las leyes: en visiones nominalistas, de Ockham a Kant, Nietzsche y Kelsen, eso es incomprensible, ya que la realidad no porta ninguna inteligibilidad; en un kantismo como el kelseniano, en el que la “naturaleza” es el reino de la categoría de la causalidad y el derecho es el de la categoría del deber surgido de las normas positivas (por delegación de la primera norma supuesta, la categoría ‘deber’, precisamente), aparte, la naturaleza y el derecho son absolutamente irreductibles, incomunicables, inconmensurables, etc. Esto recuerda al radical materialista y mecanicista del mundo material, Descartes: Roberval, postuló la atracción universal de los cuerpos décadas antes que Newton; Mersenne sometió esto a la opinión de Descartes, quien se burló diciendo, que le parecía un absurdo, porque esas cualidades no materiales eran vida y, en lo que respecta a la atracción a distancia, no sólo vida, sino además cognoscitiva, pues cada una se dirigía a otra a la distancia, por lo que cada una de ellas era un nuevo principio de animación y, en su caso, de conocimiento, de cada partícula del universo[xv]. Si en la naturaleza, pues, hay orden y bien, eso es animismo, según Descartes, Kelsen y el nominalismo todo. El Corpus Iuris Civilis es una expresión de animismo, pues, en él, se lee “ius non a regula sumatur; sed a iure est regula fiat”, “no se extraiga el derecho de la ley; es ésta la que se formula partiendo del derecho existente”: la regla provendría de la realidad, del orden que hay en ella: eso es “animismo”, según Kelsen, Descartes y los gnósticos ideólogos nominalistas todos, de Ockham a Nietzsche, pasando por Marx, Hobbes, Locke, Hume y todos los demás, y todos sus seguidores, hasta el día de hoy y más allá: decir que es deber de una madre dar de comer a su hijo, independientemente de ninguna ley, que, de hecho, la ley establece ese deber a partir del “derecho existente”, de lo ordenado entre madres e hijos, es ser animista; como lo es en todos los demás casos que se afirme un orden: ¿Qué la madre debe respetar la vida de su hijo? Y un larguísimo y anchísimo ETC.

Así, la moral y el derecho están separados, porque la moral es un valor absoluto (66,4-69). Y lo ilícito es tal, en virtud de la sanción establecida por un sistema de normas y no lo contrario; es decir, el mal no existe, por tanto, tampoco el bien, el mal es lo prohibido por el “derecho” (que identifica con el “sistema” de normas, claro); y, si no hay sanción, aunque la conducta esté prohibida, no hay ilicitud: el exterminio de judíos o de polacos o de gitanos o de católicos o de luteranos o de musulmanes o de negros o de cualquier grupo sólo es ilícito si está sancionado; si, más bien, es ordenado por las normas, es perfectamente lícito. El deber ser del derecho es puramente formal, lógico, de manera que admite cualquier contenido sancionatorio.

De este modo, la ciencia del derecho sólo se ocupa de juicios de hecho sobre la base de normas jurídicas. Estos juicios son de hecho (positivismo), pues se refieren directamente a las normas, las describen, no son juicios sobre la adecuación de hechos y normas, sin relación con algún acto creador, que son de valor. Como los juicios sobre la bondad moral del derecho son de valor, son metacientíficos, es decir, metajurídicos (57). El juicio moral (distinto de los juicios científicos objetivos [60,2]) sobre el ordenamiento, según Kelsen, es ideológico (59,2) y arbitrario (60,1), porque no se puede conocer el bien, mucho menos uno que sea medida del obrar (60,1). La justicia, de acuerdo con él mismo, es un valor absoluto y, por tanto, incognoscible, fuera del alcance de la ciencia (60,4-61,1). Es como las ideas de Platón que son incognoscibles [por supuesto, no era así para Platón, cuya doctrina era diametralmente opuesta al nominalismo], como las cosas en sí kantianas, pues son trascendentes a los fenómenos (61,2; aquí es claro su inmanentismo epistemológico).

Aquí se despliega, en pleno, la versión kelseniana de la crítica de la razón pura, incluida la crítica a Kant, sobre el carácter de lógica trascendental del deber, del sollen. Por eso, dice que el principio fundamental del derecho internacional, “pacta sunt servanda”, es una costumbre (199,1); y tiene que ser así, porque él no puede admitir que haya ética en el derecho, como la costumbre es legisladora arbitraria, entonces no es un principio “moral”, sus “normas” son “jurídicas”, desprovistas totalmente de referencias valorativas (al menos en lo que se refiere al deber, no al contenido concreto que, como se verá, es ideológico). Kant, por ejemplo, cuando enuncia imperativos categóricos, dice que el mantenimiento de las promesas es uno de ellos, pues sería autocontradictorio, puesto que destruiría a las propias promesas, que éstas pudieran ser quebrantadas: ¿qué será de los que piensan que el bien se halla en el ser? Pero, para Kelsen, uno y otros no son más que otros tantos metafísicos “primitivos”, al menos en este punto: Kelsen piensa: ¿cómo se sostendría ese imperativo kantiano, si no fuera por una valoración (arbitraria absolutamente) de las promesas y de su lugar en las relaciones sociales, etc.?

5.- Leyes, juicios intelectuales y ciencia

Ahora es menester pasar al estudio de otra parte de la doctrina del autor, íntimamente relacionada con lo anterior: las doctrinas sobre el intelecto y la idea de ciencia que maneja. En primer lugar, veamos lo que dice sobre los juicios, los principios de conocimiento y las “leyes”. Las “leyes”, tanto causales como normativas, no son más que “principios”, “juicios hipotéticos que establecen una relación entre una condición y su consecuencia” (26,1). Mas la distinción entre uno y otro tipo de juicios es muy clara: las “leyes” físicas, los juicios de causalidad, se refieren al ser, de modo que, dada la condición, se sigue el efecto; mientras que las “leyes” de derecho, los juicios de imputación se refieren al deber ser, por lo que, dada la condición, se debe seguir la consecuencia (ibíd.). En las “leyes-juicios” causales no entran actos humanos ni sobrehumanos (nuevo rasgo de la doctrina antimetafísica: elimina a Dios de cualquier consideración), mientras que en las jurídicas sí (26,2). Además, las cadenas causales son infinitas y las de imputación son finitas (26,3-27,2).

Igualmente, el juicio sobre el cumplimiento de una norma es de valor, pero no se distingue del fáctico, pues se refiere al acto creador, vía la norma (19,1). De esta manera, pretende Kelsen responder a una de las dudas formuladas arriba [sección 3 de este artículo]: el de la aplicación de la norma al hecho concreto: sería un juicio de hecho. Pero el problema, aquí, permanece y se agrava, pues sigue existiendo la tensión entre el carácter universal de los términos de la norma y el particular de los hechos concretos a los que se aplicaría; sigue siendo “empírica” la norma, no categórica, por lo que, hasta en un esquema kantiano, la síntesis entre ambos no está planteada; y, lo que es más grave, según lo dicho ahora, el juicio por el que referimos los hechos a la norma es de valor y los valores son incognoscibles. O según otra óptica interpretativa del autor: en unos casos (contra el iusnaturalismo) los juicios de valor se refieren a lo incognoscible y por eso están infinitamente separados de los de hecho; pero, en otros casos (cuando dice cómo es “científica” la “ciencia” del derecho), un juicio de valor y  uno de hecho no se distinguen en nada. Pero esto es materia de la crítica, como se dijo, debemos, pues, dejarlo de lado por ahora, para retomarlo en otro artículo en el que critique al autor.

Ahora bien, las normas jurídicas no son verdaderas ni falsas (47,2): no son ‘juicios’, en sentido lógico, no son cognoscitivas, son prescriptivas o autorizatorias (47,últ.-48,1). He aquí un rasgo característico de la filosofía contemporánea: las normas, referidas a deberes, no al ser, no pueden ser verdaderas ni falsas. Pero, si se describe la norma “científicamente”, repitiendo lo que ella dice, es decir, si se formula una “regla de derecho” (que puede ser verdadera o falsa, si describe adecuadamente o no a las normas), sí se enuncia un “juicio hipotético” (ibíd.). Es decir, las “reglas de derecho [son] las proposiciones mediante las cuales la ciencia jurídica describe su objeto. Este último lo constituyen las normas jurídicas, tales como han sido creadas por actos jurídicos. Si consideramos que las reglas de derecho son también normas, estamos empleando la palabra ‘norma’ en un sentido descriptivo y no originario. Las reglas de derecho no son creadas por actos jurídicos, es decir, por individuos que poseen la calidad de órganos o miembros de una comunidad jurídica. Son formuladas por juristas deseosos de comprender y describir el derecho, que empero no actúan en su actividad científica como órganos o miembros de la comunidad jurídica que estudian” (46,2). Así es, pues, como Kelsen se inscribe en la tradición neokantiana en la filosofía de la ciencia: hay una constitución epistemológica del objeto de la ciencia del derecho por ésta, como las ciencias causales constituyen su objeto: pues las normas creadas no son normas jurídicas sino en virtud del reconocimiento de la ciencia del derecho, a la que corresponde entonces atribuir significación normativa objetiva a ciertos actos (48,3 – 49,1). Kelsen dice seguir a Kant en esto, pero sigue más bien al neo-kantismo o a una corriente de él, según se dijo: Kant, en efecto, afirmaba que el conocimiento constituye su objeto, pero no a su arbitrio, como dice Kelsen aquí, que la ciencia del derecho crea su objeto. Neil MacCormick, en su discusión con los Critical Legal Studies estadounidenses afirma que no lo “crea”, sino le da un sentido, un sentido “sistemático” a la maraña de hechos “brutos” promulgadores de normas; aunque siguiendo bastante a Kelsen[xvi].

Además, la regla de derecho es un acto de conocimiento, mientras que la norma, toda norma, desde la ley hasta las sentencias (48,1), es un acto de voluntad (47,3). Así, los juicios-regla de derecho son sobre el “ser” de las normas, las normas son sobre deber (48,2).

6.- La univocidad del objeto de la ciencia del derecho y el nominalismo; y la codicia como principio científico primero e indemostrable y como razón inderrotable para inhibirse de buscar una moral

Eso es lo que dice sobre los juicios de la ciencia. Veamos ahora dos rasgos del “objeto” de los mismos, independientemente de su constitución epistemológica por la ciencia. En primer lugar, es una especie de mónada-idea, estrictamente cerrada en sí misma; por lo que el objeto de la ciencia tendrá que ser absolutamente unívoco; no sólo no puede ser equívoco, cuestión que nadie en su sano juicio negaría, sino que tampoco puede ser análogo.

Según Aristóteles[xvii], el objeto de la ciencia puede ser unívoco, aunque no de manera absolutamente necesaria, también puede ser pros hén, lo que traducimos como ‘análogo’, porque podía ver en los distintos significados de un término de tal tipo la relación a un sentido principal que funda la unidad de la ciencia: así, por ejemplo, ‘sano’ se dice del animal sano, de la medicina sana, de la comida sana, de los ejercicios sanos, de los rasgos exteriores de apariencia sana; y los términos contrarios: ‘enfermo’, ‘insano’, ‘insalobre’, se captan con la misma razón intelectual por la que se captan los significados de ‘sano’. Así, para el filósofo de Estagira, la medicina no pierde nada de su unidad por los diversos sentidos de ‘sano’ y por referirse a nociones opuestas, ya que todos, en último término, se reúnen en el significado principal: ‘animal sano’, al que se refiere la medicina, que causa la salud, el régimen de vida, que la conserva, la enfermedad, que es su contrario; y no en el orden lógico o gramatical, sino en el metafísico: en el ente (“el que es”, “el que está siendo”, “el que tiene ser”) real, que es sujeto de las determinaciones.

En Kelsen, el caso está a años luz de distancia: el ‘hombre’ –noción biológica– y la ‘persona jurídica’ –noción jurídica–, por ejemplo, no son dos “aspectos” del “hombre”, sino dos objetos totalmente diferentes (126,2). El hecho ilícito, no puede ser una negación de las normas, eso rompería la unidad del objeto de las ciencias, la Teoría Pura lo introduce en el interior del sistema (87,2-88,4). No hay normas nulas ni contradictorias (158,2-160,2). Uno de los grandes pecados de los “dualismos”, las doctrinas a las que se enfrenta de manera acérrima, es éste de introducir, precisamente, dualidades en el objeto de la ciencia del derecho. De este modo es claro que, negada la inteligibilidad del ser real y, consecuentemente, la posibilidad de una metafísica que se remita a él, queda irremediablemente borrada la unidad de cualquier realidad. Todos estos temas serán tratados en las partes del trabajo en que se exponen la descripción del derecho, tanto como objeto de ciencia como en sí mismo, y en la respuesta a los dualismos.

Por otra parte, de acuerdo con el autor, para el conocimiento racional, sólo existen intereses y, en consecuencia, conflictos de intereses, que son resueltos favoreciendo a unos en detrimento de otros; o estableciendo un equilibrio o compromiso entre ellos (62,2). Por esta razón, cualquiera que pretenda estudiar bondades o maldades, es irracional, no científico y, en último término, sólo expresa su voluntad de poder, sus intereses, su ideología. La ciencia práctica sólo puede admitir que el hombre es un irremediable malvado egoísta; y debe conformar sus investigaciones a este dato básico.

7.- Materialismo y determinismo antropológico, por un lado, y responsabilidad jurídica, por otro: la fe confesadamente irracional de Hans Kelsen en la “racionalidad” normativa

Ahora se puede ver qué consecuencias tiene lo expuesto hasta aquí en la concepción sobre la constitución ontológica del hombre y lo que de esto se sigue respecto de la libertad, como rasgo humano. Para empezar, recuérdese que las cadenas causales son, por definición, “al menos, tal como la física clásica la concibe”, infinitas, hacia arriba y hacia abajo (26,2; esta última aclaratoria va dirigida explícita y directamente, en el texto, contra la creencia en Dios). El hombre, como elemento de la naturaleza, está sometido a la necesidad, a cadenas causales físicas, no es libre; mas, cuando se lo considera como sujeto de imputación, se le imputan a sus actos las consecuencias de una norma: el problema es la responsabilidad; aunque la determinación de quién ha ejecutado una acción no es problema de imputación, sino es una cuestión de hecho (28,2). Así, siguiendo la dialéctica trascendental y la crítica de la razón práctica, en la que la libertad no es más que un postulado de Kant, sólo se puede considerar que el hombre es “libre”, es decir, no sujeto a causalidad física (claro rasgo de materialismo antropológico), cuando se lo considera, más bien, cuando se considera su conducta, como punto final de la imputación (28,4-31,3): “el hombre no es libre sino en la medida en que su conducta, a pesar de las leyes causales que la determinan, se convierte en punto final de la imputación”. Además, en la línea de la separación del sujeto y el objeto de Descartes, en la que lo cognoscible es el objeto, por lo que el sujeto, quien conoce, queda completamente oculto para sí mismo como cognoscente, y de la separación del yo-sujeto y del yo-objeto de Kant, dice que cualquiera que quiera impugnar estas afirmaciones desde el punto de vista de la experiencia del arbitrio, no está sino fundándose en una ilusión, producto de no considerar la separación de los dos “yoes”, es decir, la distinción entre un “yo” falso no real, “objeto de conocimiento”, y el “yo-cognoscente”, que no sabe absolutamente nada de sí mismo, que es, más aún, un problema, algo de lo que no se puede afirmar ni la existencia (29,3): en eso consiste la separación del Yo-objeto-cognoscible y del Yo-sujeto-cognoscente/incognoscible, de esto usa para invalidar la experiencia del arbitrio, tan innegable para cualquiera en su sano juicio.

Sin embargo, según el autor, no es una contradicción el hacer responsable a un hombre de sus “actos”, a pesar de que no sea libre: la imputación se puede compatibilizar con la realidad de que el hombre no es libre mediante la simple consideración separada, “paralela” de ambas cosas (30,1-31,3, especialmente 31,3).

En las páginas 31,4-33,1, pretende probar que las penas se imponen a los crímenes por causalidades ajenas a la conducta del hombre: la tentativa de homicidio se pena distinto del homicidio, a pesar de ser producto de fenómenos fisiológicos [de la víctima], cuando las conductas son iguales. No entra en esta consideración, pues, que, para el derecho, los bienes dañados son relevantes y que las retribuciones deben tomar en cuenta esa proporcionalidad de bienes y males en que consiste la justicia. Por supuesto, para él no hay bienes ni proporciones ni justicia. Además, el problema grave no es éste, sino ¿por qué, entonces no se meten presos a los animales o a las balas, causa extrínseca más próxima de la muerte, o al corazón o al cerebro, causas intrínsecas más cercanas a la pérdida de la vida, sobre todo cuando la legislación es creación “arbitraria” del hombre (118,2), producto de cadenas infinitas? Y, entonces, esta justificación es muy problemática, no sólo por la cuestión planteada, sino porque, si la legislación es “arbitraria”, no se puede buscar ninguna justificación racional para la imputación: hacerlo es contradecir su carácter “arbitrario”, es decir, producto de cadenas causales infinitas, por naturaleza.

Pero los problemas, en la exposición de Kelsen, no acaban aquí. Él no está dispuesto a admitir las explicaciones de los sociologistas, que consideran que el derecho no es sino un juego de fuerzas fisiológicas y ven a los actos creadores del derecho como medios inductores (causas) de conductas, no como portadores de deber ser (95-96,1), que tienen por única realidad admisible la correspondiente a los fenómenos psicofisiológicos y que están sometidos a [cadenas infinitas de] causalidad y tienen a hechos económicos y concepciones religiosas por “causalidades ‘naturales’”. En su discusión con ellos, dice que la norma es una realidad (96,2) y que los hechos jurídicos tienen significación normativa (97,1).

Kelsen, que sabe que esto depende de un materialismo metafísico, como el sostenido por él mismo, se defiende aquí con una verdad, tomada muy posiblemente de Bergson, pero a costa de contradecir los fundamentos mismos de su Teoría Pura: “así, cuando un fisiólogo estudia los fenómenos químicos o físicos que provocan o acompañan una sensación, no aprehende la sensación en sí, puesto que ésta no podría ser explicada por la química o la fisiología” (97,1): el problema es el materialismo metafísico, el nominalismo que está en su base y en la de todo normativismo, por lo que están muy íntimamente vinculados, especialmente en Kelsen. De esta forma, el propio autor muestra cuán fundamental es ese materialismo para su propia doctrina. Y sabe que, coherentemente llevado hasta sus últimas consecuencias, termina en un nihilismo: se enfrenta, aunque no “con argumentos decisivos”, a “los teóricos del anarquismo” (99,2; parece que no se da cuenta de que, en este esquema, el verdadero peligro es la tiranía más descarnada, pero, claro, él no cree que exista la tiranía, pues no cree que haya justicia)[xviii].

Por eso, dirá que la “ciencia” del derecho no constata hechos [naturales, será, pues el ordenamiento es un hecho “empírico”, hemos de recordar] ni verosimilitudes o probabilidades, como la sociología, sino deberes normativos (98,1). Y, sin embargo, “la Teoría Pura no trata de disimular que la significación normativa específica de los hechos denominados ‘jurídicos’ resulta de una interpretación posible, pero no necesaria, ligada a una hipótesis fundamental” (99,2); hipótesis que es irreal, que es una norma supuesta (139,1 y 19,2). He aquí la última justificación que Kelsen halla frente a los sociologistas, para afirmar la realidad de lo normativo: como hay una necesidad intelectual del sentido normativo, esto basta para afirmarlo, sea o no real; pues no hay razón para privarnos de la satisfacción de tal necesidad: así como la teología dogmática (que representaría la fe irracional) es a la sociología de la religión, de la misma manera es la Teoría Pura a la sociología jurídica (99,3). Qué tremenda confesión, qué terrible reconocimiento de la derrota: como no se halla manera de ganar, luego de desvirtuado (en la doctrina) todo posible fundamento para salvar a la racionalidad, se dice que se apoyará en una fe irracional, para hablar de la racionalidad de lo que se construye a partir de ella.

Mas lo que pudo ser un verdadero fundamento para derrotar a los sociologistas, a saber, la afirmación de que una pasión no puede reducirse a base fisiológica, Kelsen no se lo toma en serio, pues eso significaría abandonar toda su construcción: “los hombres aman tanto a la verdad, que quisieran que aquello que aman fuera la verdad”[xix]. Es así como sostiene explícitamente la posición contraria, en otra parte de la obra: “el hombre no es una noción jurídica, que expresa una función específica del derecho; es una noción biológica, fisiológica y psicológica” (125,3); por eso al ‘hombre’ “lo define la ciencia de la naturaleza” (126,2).

Pero hay todavía que considerar un aspecto más de este problema, que está tan en el núcleo de la clave de todo el pensamiento de Kelsen. Recuérdese, en primer lugar, que lo ilícito lo es por la sanción, lo malo es lo prohibido por el derecho (87,2-88,4). Sin embargo, el derecho es una técnica social (72,3-74,2), porque induce las conductas por el miedo a la sanción, por el miedo al “mal” (72,3, in fine), miedo a un mal que está más allá de lo determinado por una sanción, porque es la sanción misma: hay un mal que es una adversidad y que, por tanto, no es una conducta prohibida por una sanción.

Mas esto es sólo una introducción al problema, que ha de continuarse del modo siguiente: Tomás de Aquino[xx] observa que Galeno, quien, de acuerdo con el Aquinate, creyó que el alma es una complexión corporal, de modo similar a como creen los materialistas contemporáneos, entre los que hay que inscribir a Kelsen, se engañó por no advertir que las pasiones (Kelsen no habla de éstas, sino de las sensaciones, pero el caso es el mismo, pues de lo que se trata es de la constitución ontológica del hombre y de sus modos de obrar, como consecuencia de esa constitución) se atribuyen a la complexión y al alma pero de manera diferente. Porque a la complexión se atribuyen en cuanto ésta dispone al sujeto y en cuanto a lo material de la pasión. En cambio, al alma se atribuyen como a causa principal y según lo que hay de formal en las pasiones, como el apetito de venganza en la ira. Así, la pasión, sin conocimiento, es sin objeto y ciega. Pero, como es con conocimiento, no es ciega ni al azar ni nada de algún tipo tal, sino informada por el objeto, en cuanto conocido. Además, desde este punto de vista, no sería lo mismo la pasión que su base física, material, pues ella sería informada. Mas, aunque haya pasiones naturales, que no dependen de “lo libre en el ser humano”, como el hambre, las mismas no son producto del azar ni carentes de objeto, sino dependen de algo como eso que llaman hoy “inteligencia corporal” o, también, “teleonomía” o –literalmente– ley de los fines,.

Ahora bien, para que el derecho sea una técnica social, que induce conductas, como pretende Kelsen, la pasión ‘miedo’ tendría que poder entrar en alguna de las cadenas causales infinitas que mueven al “hombre”, ese objeto fisiológico. Eso tendría que hacerlo a través de las formulaciones universales de las normas, conocidas por la lectura de las mismas, obviamente. De modo que ese ‘miedo’, esa pasión, tendría una formalidad: el mal conocido que podría sobrevenir en caso de incumplimiento y a través de unos términos universales. En efecto, Kelsen sostiene que “únicamente el hombre dotado de razón y voluntad puede ser inducido por la representación de una norma a actuar de acuerdo con ésta”, la sanción al animal o a la cosa son de ordenamientos primitivos animistas (73,2). Las pasiones humanas, efectivamente, tienen formalidades aportadas por conocimientos y en virtud de que el hombre es racional y se mueve por voluntad; luego, no es un puro “aparato” fisiológico; luego, no debería ser su conducta producto de cadenas causales infinitas.

Mas toda la doctrina sobre la imputación, el normativismo y la indiferencia del contenido de las normas depende tanto del kantismo gnoseológico, como de la constitución estrictamente material del hombre y de su consecuente sujeción a cadenas causales infinitas; por lo que toda la doctrina pende de ellas. Así, cuando uno vaya a estudiar los restantes aspectos de la Teoría Pura del Derecho, como lo haré en los siguientes artículos de esta serie, debería olvidar estos problemas; mas no se puede dejar de lado, es más, se debe tener presente que tales son los fundamentos de esas tesis sobre el derecho, que las mismas son consecuencia de las visiones antropológicas y metafísicas expuestas.

***

Conocer bien a estos proto-tiranos, a estos generadores de crisis espiritual, a estos ideólogos gnósticos, profetas del totalitarismo, es de lo más importante, no hay otra manera de enfrentar la crisis, la crisis de pueblo, crisis espiritual, como decía nuestro gran Mario Briceño-Iragorry, en Mensaje sin destino. Más adelante, luego de exponer las doctrinas de este destructor de nuestro foro, lo someteré a la crítica, para que quede bien al desnudo la brutal inadecuación de este tipo de pensamiento, para que se pueda uno vacunar contra el gnosticismo modernista, y pueda, entonces, ser rebelión, rebelión de la esencia.

[i] Utilizaré, de nuevo la Teoría pura del derecho; y la edición que utilizaré de esta obra es la decimoséptima de la Editorial Universitaria de Buenos Aires.  Buenos Aires, Argentina, 1.981. Y los pasajes que se citen o se refieran serán señalados entre paréntesis, en el cuerpo del trabajo; anotando la página y el párrafo respectivos, separados por una coma. Así, si se halla esta expresión: “29,2”, corresponderá a la página 29, párrafo 2°.

[ii] Four Quadrants of Jurisprudence. En: Prescriptive Formality and Normative Rationality in Modern Legal Sistems. Edited by Werner Krawietz, Neil MacCormick and Georg Henrik von Wright. Duncker & Humblot. Berlín, 1.994. pp. 53-70. La referencia concreta a Kelsen está en pp. 56,3-57,2.

[iii] Nótese que evito a todo costa de evitar utilizar la palabra ‘teoría’ en esta exposición, pues la misma se refiere a un “ver” efectivo, no a elucubraciones o hipótesis.

[iv] Theodore Viehweg, Tópica y Jurisprudencia. Taurus Ediciones. Madrid. 1.964.

[v] Copio este pasaje de mi tesis de maestría en filosofía, en el que hago la anunciada definición: “La influencia de Guillermo de Ockham y Duns Escoto, referida a la concepción normativista de la moral (la moral se reduce a normas), al voluntarismo de las normas (las normas proceden de meros arbitrios ciegos), a la captación separada de los universales y de los particulares (los conceptos no proceden de la captación de la realidad concreta, que es ininteligible), a la negación o disminución de las capacidades intelectivas, a la independencia de la voluntad respecto del intelecto (voluntad como arbitrio desligado, como mera posibilidad de autodeterminación, sin referencia a ningún tipo de conveniencia), a la separación del ser y del deber ser (la realidad es un sinsentido, el sentido proviene de afuera de la realidad), a la afirmación de unos valores independientes del valor intrínseco de las cosas (ibíd.) y a otras doctrinas afines. Grupo de doctrinas de largo y profundo arraigo en nuestra sociedad”.

[vi] Según el que, en general, lo realmente real es unas ideas, análogas a nuestros conceptos, que existen en sí mismas, independientemente de cualquier mente que las piense o de cualquier particular en que se materialicen; los particulares, por su parte, no merecen ser estudiados, no poseen verdad, o una menguada, no vale la pena ni hablar de ellos, su ser es insignificante, a lo más, y son meras particularizaciones fugaces de las ideas, de las esencias.

[vii] Según Kant (y según Kelsen, en consecuencia), no se puede afirmar la relación de la causa al efecto, de manera a priori, independiente de la experiencia, pero en ésta tampoco se capta la relación, es sólo asociación mental. Mas, según Kant, a diferencia de Hume, como se dice arriba, esa asociación del antecedente al consecuente es necesaria, pues no es empírica, de los sentidos, sino categórica, dependiente de una idea universal del entendimiento. La razón de ello es que lo que Kant llama ‘intelecto’ es una supuesta capacidad que no capta los objetos de los sentidos, sino posee ideas independientes de toda experiencia, que, sin embargo, son universales y necesarias, como las proposiciones científicas (cuando se habla de la ciencia en sentido duro: conocimiento cierto universalmente y per se, fundado en causas y en la relación necesaria de éstas con sus efectos). En esas ideas se subsumiría la experiencia sensible de una manera misteriosa, puesto que son de naturalezas completamente incompatibles…

[viii] Prolegómenos para toda Metafísica Futura que Pretenda Presentarse como Ciencia, Prólogo.

[ix] En la nota vi, ya describí este esencialismo. Abundando, digamos que en él, se reduce al ser sensible, a lo más, a res extensa (Descartes) o a determinación última de una esencia ideal (no obstante las diferencias entre cada uno de estos cuatro filósofos; aunque, por la vía de éstos, el rastreo de influencias llega al esencialismo de Scoto y Avicena, por una parte, y, por la otra, al nominalismo radical de Ockham). Inmanentismo y nominalismo también han sido descritos brevemente arriba.

[x] No puede ser de otra manera, pues es fenómeno, lo que quiere decir que es dato de experiencia empírica, sensible, que, según la Crítica de la Razón Pura de Kant, no contiene ninguna inteligibilidad, no puede ser origen de las ideas de la mente o “categorías”, pues, de lo contrario, se daría una generatio aequivoca, de lo inferior a lo superior, cosa imposible: es decir, de lo meramente sensible y sin inteligibilidad, el fenómeno, inferior a la idea, por particular y contingente, no se puede obtener la categoría, universal y necesaria y, por tanto, superior al fenómeno. Vid.: Crítica de la Razón Pura [Segunda Edición], II, I, capítulo II, sección segunda, subsección 27. Uso la edición de Alfaguara. Décimoquinta Edición. Madrid, 1.998. p. 176.

[xi] Xavier Zubiri. Cinco lecciones de filosofía. Alianza Editorial. 2ª Ed. Madrid. 1.999. pp. 92,2-93,1.

[xii] Crítica de la Razón Pura, loc. cit. p. 175. El subrayado es de Kant.

[xiii] Crítica de la Razón Pura, loc. cit. p. 390, entre otros muchos lugares.

[xiv] Crítica de la Razón Pura, loc. cit. P. 185.

[xv] Pierre Duhem, La teoría física, su objeto y estructura, Herder Editorial, Barcelona, 2.003, pp. 16,3-17,1.

[xvi] Four quadrants of jurisprudence. Loc. cit. p. 68,2.

[xvii] Metafísica, IV,1 y VI,1.

[xviii] Neil MacCormick tratará de salvar la racionalidad jurídica, frente a los Critical Legal Studies estadounidenses, con argumentos similares, despues de que él mismo, al igual que Kelsen destruyera todo fundamento posible para la racionalidad. En ámbitos académicos casi idénticos.

[xix] San Agustín, Confesiones, X, 23.

[xx] En: Summa contra gentes, II, LXIII.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: