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Mío

¿Qué es, en realidad, mío, si mi ser no lo es?

Éste es, probablemente, el mejor libro de Lewis

Éste es, probablemente, el mejor libro de Lewis

Dice el muchachito de tres años: “mío”… y, por arte de ilusionismo, hace SUYAS todas las cosas. “Oye, tienes que ser mi amigo, fíjate, tu mami es mi hermana”; “¡¡¡NNOOOOOO, ELLA ES MÍÍÍAA!!!”. Su peluche es suyo, su pelota es suya. “Vamos a jugar, mira, ahí está esa pelota sin usar”; “¡nnoooo, mi peota e mmíííaa!”. Esta forma de mío es la forma favorita del infierno, en todo aquello que no sea un niño de tres años, como señala C.S. Lewis de manera tan acertada, en Cartas del diablo a su sobrino (The Screwtape Letters). De hecho, al pobre niño cuyos papás no lo saquen de esa dimensión de mío, le esperan momentos muy difíciles… y no digamos nada de quienes caigan en sus manos. En el mundo de hoy, una fuerte corriente cultural ha hecho la más grande de las magias gnósticas: ha hecho que todos se queden en el mío del niño de tres años sin educar, del hijo único, de padres desapegados, ricos y consentidores, de tres años. Oh, tragedia.

“Sueña el rico en su riqueza, que más cuidados le ofrece; sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza; sueña el que a medrar empieza, sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende, y, en el mundo, en conclusión, todos sueñan lo que son y ninguno lo entiende […]. ¿Qué es la vida? Una ilusión, ¿Qué es la vida? Un frenesí, un engaño, una ficción, porque el mayor bien es pequeño y toda la vida es sueño y los sueños sueños son”, dice el gran poeta Calderón (La vida es sueño). “¿De qué le vale al hombre ganar el mundo, si ha de perder su alma?”, preguntó aquella Persona divina, la que se unió a nuestra humana limitación, sin limitarse en nada. “¿Quién tiene el poder? O Dios o el hombre, sólo una es verdad, cada respuesta excluye a la otra”: ésta es la respuesta del mago gnóstico, el inspirador de nuestro mundo: Marx. Él dijo “despertemos”, y quería decir “soñemos, vamos a soñar que somos dioses”. Y cada quien dijo, en nombre del comunismo, “soy dios, el mundo es mío, yo me defino, yo defino al mundo”.

Dijo la feminista: “mi cuerpo es mío, mato chiquitos, me independizo del falo”; dijo el avaro “liberal-capitalista”: “tengo ésta o aquella baratija, soy dueño absoluto”. Dijo el new age: “soy dios, me hago dios, construyo mi panteón y yo en el altar mayor, que se inmole el mundo ante mí, el portador del cristo cósmico, el hijo predilecto del universo”. Dijo el curita marxista-ateo-teólogo-teoliberal: “cristo es mío, es mío, porque soy el pueblo, soy el representante, el único, la avanzada del proletario en su lucha [intra-]histórica por la revolución, por destruir al opresor capitalista de todos los tiempos; la historia es mía y yo proyecto a otras sociedades las categorías que me den las ganas; y después digo que todo es intrahistórico y que cristo no puede hablarnos, pues es sólo un sentimiento sepultado por la historia”. Dice el homosexual: “mi cuerpo es mío, yo me defino, más aún, yo defino el parámetro de mi definición, yo soy un HOMO, y eso es bilogía, pero no, es elección libre, porque los sexos son biológicos y culturales, porque es cultural lo que yo diga, y la cultura la dicto yo, y yo soy HOMO, me reduzco a mis apetencias sexuales, y el que diga otra cosa es un nazi, según mi definición, que es mía”.

***

¿Qué es mío, los latidos de mi corazón? No, yo no  dispongo de ellos. ¿Los cabellos de mi cabeza? Que lo diga el calvo, que querría tener su melena, a la que añora en su vanidad. ¿Mi vida? Nadie sabe el día ni la hora: ¿de qué le vale al hombre ganar el mundo, si ha de perder su alma? ¿Qué daría a cambio de su alma? ¿El mundo? Al morir, dice Gandalf, atravesamos la cortina gris del mundo: ¿de qué nos valdría ganar el mundo, con su cortina gris, cuando todas las formas quedan derogadas?

¿Qué es mío, mi ser? No me lo di, no me lo puedo quitar, no lo sostengo yo en la realidad. ¿Qué es mío? Busco la respuesta en la calle: “Hola, mi pana, ¿qué tal, todo bajo control?”; “No podéis añadir a vuestra estatura ni un codo”. Eje, un momento, Dios-hombre se burla: un codo son 30 centímetros, el chiquito acomplejado mataría por los 30 centímetros que lo llevarían al 1,75. Un codo es nada… ¿entendiste, enanito? El cuerpo es más que el vestido y la vida más que el alimento… ¿Son míos el vestido o el alimento? Se rasga mi pantalón, engarzado en un carro y, saz, me entero: no era tan mío.

“Ojalá no me hubiera tocado vivir en estos tiempos”, suspira Frodo. “Eso dicen con frecuencia todos aquéllos a los que les toca vivir en tiempos tan aciagos”, dice Gandalf. No es mío el tiempo en que vivo: “no nos toca decidir en qué tiempos vivir”, continúa el gris, de la orden de los magos. No nos dimos la inteligencia; no nos dimos la gracia; no nos dimos el ser graciosos. ¿Y los amigos? Nos dejan, nos abandonan. ¿Y los amigos? Nos escogen, sin que sepamos por qué; no decidimos a quién caemos en gracia, no se nos da el decidir cuándo caer en desgracia. Quieres hacer una mueca, te sale una morisqueta. “Y todos venimos a despertar en el sueño de la muerte, desdicha fuerte”. Soy rápido, soy una maravilla, todos me quieren: no me di mis piernas; no pude evitar aquella lesión que me sacó de las pistas, de las canchas. ¿Y la familia? No nos la damos, no nos damos la patria, no nos damos permanecer unidos. ¿Mi tiempo, mis días? Tienes tus planes, viene tu tía, al traste con tus planes… y el mal humor; “¿quieres hacer reír a Dios? Cuéntale tus planes”, dice Eduardo Verástegui.

Mis pensamientos, esos sí son míos: “no consentirás pensamientos ni deseos impuros” ni inconvenientes de ningún modo: ¿cuántas veces no podemos parar los pensamientos inconvenientes? No son míos. ¿Y mi personalidad, mis recuerdos? Un golpe en la cabeza y, cataplán, amnesia para siempre; alzhéimer, arterosclerosis, otros tipos de locura, un ataque de nervios, la depresión somática. Fin de todo.

***

Entonces, ¿qué es mío? “Sólo nos es dado decidir qué hacer en el tiempo que se nos da”, concluye el sabio Gandalf. Pero, ¿eso es “mío”? Parece que no, tampoco, sólo en una medida precaria, no absoluta, como lo más mío, de entre lo demás. ¿Alguien puede, entonces, decir mío? Lewis responde. Hay sólo una vez en la que alguien dice “mío” de manera absoluta y verdadera. Escribe el diablo a su sobrino: “cuando, al final, nos lo arrebate [al hombre al que están tratando de llevar al infierno] el Enemigo [el del diablo, Dios] o cuando nos lo traigamos aquí, a ser devorado, por toda la eternidad”. Mua-jajaja-mua-jajaja. Ahí lo tienen: “Mío”.

¿De quién quieren ser, del screwtape, que se los comerá, o de Dios que los elevará a donde “ni el ojo vio ni el oído vio ni el corazón humano puede barruntar”? Hay dos caminos: el del que dice “mío” y se enfrasca en el engaño demoníaco del egoísmo hasta el fin, de la soberbia usurpadora; o el del que se niega a sí mismo, toma su Cruz de cada día y sigue a Cristo. No hay términos medios. Lloraremos “míííííííííoooooo, míííííííííoooooo” en violenta frustración absoluta, hasta siempre; o diremos “tuyo soy”, en plenitud inconmensurable, en la Eternidad.

EPÍLOGO PRO-VIDA:

A todas éstas, díganme, feministas, ¿todavía creen que su cuerpo es suyo, que están legitimadas para matar a sus hijos?

EPÍLOGO PARA GENTE BUENA

Nada es nuestro, en realidad, en lo profundo. Tenemos cosas, pero son prestadas. Existe la propiedad, políticamente, decir otra cosa es una locura: necesitamos del uso exclusivo que implica una cierta capacidad de disposición. El comunismo es muy fuertemente antinatural. No hay duda; por eso, el liberalismo es un poco más humano, aunque sea muy malo (por eso y porque permite la discusión y el disenso, a diferencia del totalitarismo marxista). Es muy malo, por muchas razones, pero destaca su materialismo corruptor y preparador del comunismo. Destaca su disolución de los vínculos sociales y su destrucción del vínculo entre las generaciones, que se llama historia y tradición. Algo muy nuestro es la solidaridad entre todos en el destino humano, en el lazo del origen, en la naturaleza, en el cariño familiar. Pertenecemos a diversos grados de comunidad; las comunidades pueden con razón, decir MÍO, acerca de nosotros: la familia, la patria, la Iglesia, la Humanidad. Nos debemos a ellas. Les deseo que su decir “mío” nunca los separe de las deudas de gratitud que tienen para con sus familias, patrias, Iglesia, humanidad, Dios. Si vemos cómo pertenecemos a estas comunidades, pondremos nuestras “propiedades” en el camino: “niéguese a sí mismo y tome su Cruz”: negarse es ponerse a la disposición de los demás, poner nuestras posesiones, también, al servicio del hermano. Que el egoísmo de “mío” nunca produzca rupturas que lamentar. Que Dios los bendiga…

EPÍLOGO PARA MATRIMONIOS

Dedicado a mis amigos Carlos y Patricia Martínez Manzur

Cuando nos casamos, cuando nos unimos para siempre a otro ser humano, delante de Dios, en ese compromiso con vocación de definitivo, ya no existe el “mío”, todo es un nosotros, en el que no puede caber ningún resquicio, no hay rendija para el aire ni la luz, aunque esta unión, como la del Verbo y la naturaleza humana que Él asume, como la del Verbo encarnado y su Iglesia, sean pura luz; aunque con una diferencia, al menos: esta luz es corruptible, si decidimos decir mío, en vez de NUESTRO. Hay un solo mío entre esos que son “como hermanos, siervo el uno del otro, una sola carne y un solo espíritu” (cfr. Tertuliano, Ad uxorem), hay ahí un solo mío, uno solo legítimo, quiero decir: cuando cada uno dice del otro, “eres mío, porque soy tuyo, porque SOMOS de Dios… para darle más hijitos, más cositas, que sean SUYAS. Eres mío, soy tuyo, para siempre”…

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