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Por qué peleamos

El honor de Cristo es irrenunciable, su Amor arde en nuestros corazones

San fernando, Rey de España. Luchó por la Fe, Luchó por España, por la Cristiandad. Un grande de Cristo. Su amor lo consumía, jalonaba su lucha, de la tierra al cielo

San Fernando, Rey de España. Luchó por la Fe, luchó por España, por la Cristiandad. Un grande de Cristo. Su amor lo consumía, jalonaba su lucha, de la Tierra al Cielo

El otro día, estábamos en una discusión por la web sobre el asunto de los llamados “matrimonios homosexuales”. Podría haber sido cualquier otro tema de actualidad acuciante, todo este ataque a lo sagrado, por ejemplo, el abandono arrabalero de lo Alto; cambiado por los “lugares altos”, donde, en lugar de que el Verbo Encarnado se sacrifique por la humanidad; la humanidad es inmolada en el altar de hombres autodeificados de manera usurpadora. Ha podido ser por la matanza arrolladora de bebecitos lindos: un motivo seguro para esperar un pronto castigo de inconmensurables proporciones, literalmente. Los motivos abundan, en estos tiempos de revolución. Un amigo me preguntó: “Estimado Carlos, creo que el ‘debate’ sobre la homosexualidad es irrelevante e inútil. Irrelevante porque si los católicos son tan gays como el resto del mundo entonces sólo 1,8% de los 1200 millones de católicos lo son. Es decir, unos 21 millones en un mundo de 7000 millones de personas. Hay más personas sin acceso al agua potable en Sur América o trabajadores esclavos en el mundo que católicos gay. Y es inútil porque la Iglesia no va a cambiar su doctrina sobre la homosexualidad, ni las personas que no creen en la existencia de la naturaleza humana van a cambiar de opinión por lo que diga un sínodo o una encíclica”. Luego se dirigió a mi hermano: “Creo que un sabio como tú, que ha puesto a tantas personas en contacto con la majestuosa tradición aristotélico-tomista, hace un mayor bien mostrando la verdad que discutiendo con movimientos que impulsan agendas ideológicas. Quizá el único argumento que quepa en estos casos es el de Jesús ante al interrogatorio de Herodes”, id est, el silencio.

Yo le tuve que responder, como los apóstoles en los primeros años, “no podemos callar estas cosas, lo que hemos visto y oído”. “Eje, [compadre], te voy a responder rápido, porque es fácil y porque tú dices que no hay que discutir y argumentar. Hay que discutir y argumentar, no para convencer a Michelangelo Signorile de que es malo destruir a la familia o a los que sacaron la declaración de Yogyakarta de que la conciencia no es una cosa fuera de este mundo que puede manipular la plastilina material a su absoluto antojo, no. Hay que discutir, entre otras cosas, para empezar, porque hay gente que está a la expectativa ante estas cosas y callarse es mandarla a los lobos; segundo, porque un hombre, un macho de verdad, no ve que ultrajan a un número indeterminado de personas y se queda callado e impávido: lucha; tercero, porque uno tiene hijos y el mundo que les vayamos a entregar no puede ser uno en que los Michelangelos Signoriles y los Brunos Fortes hagan y deshagan a su antojo, por lo menos, verán a su papá matándose como los campeones por salvaguardar su honor, ¿me entiendes? Y hay un bono: con eso, a lo mejor se difunde un poco por ahí la racionalidad, tan de capa caída en este mundo post-‘racionalismo’“, id est, en el que el “racionalismo” arrasó con la razón.

Después añadí: “Ah, se me olvidaba, los homosexuales de Argentina deben ser como 400 mil, los que se ‘casaron’ después de la legalización de sus uniones serán 20 mil, si acaso. Irrelevante, ¿no? ¿Qué puede ser más irrelevante? Te equivocas: esa legalización es una demoledora de moralidad y racionalidad en Argentina. Lo mismo en todas partes. En Chile está bajo ataque, alguien tiene que hacer algo”. Lo mismo se aplica, como dije antes a todas partes. En mi Venezuela de mi alma, en mi alma Venezuela, mi madre patria, padre y madre, tierras de mis padres y mis abuelos, está fuertemente aplastada: habrá que recuperarla, que luchar hasta el completo “auto-desgaste”, cuando se abran los caminos.

Pero queda aún  lo más importante, hermanos. Luchamos, porque amamos a Cristo, luchamos porque somos de la esencia.Luchamos porque el Amor arde en el corazón. Luchamos porque hay un principio en nosotros, que nos supera, que nos afirma más allá de nosotros mismos, un principio que podemos ver que redime a la humanidad. No podemos, no está permitido, claudicar. REBELIOOOOOOON, REBELIOOOOON, REBELIÓN DE LA ESENCIA….

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