Kalós

Inicio » Historia » La Cátedra de Pedro, principio constitutivo de la Iglesia, reconocida universalmente, en todo el Primer Milenio

La Cátedra de Pedro, principio constitutivo de la Iglesia, reconocida universalmente, en todo el Primer Milenio

Sin Pedro, no hay Iglesia, no se es verdaderamente cristiano

Primera parte

Este escrito (dos artículos) se lo dedico a todos los machos (las mujeres son más valientes, también ellas entran en la dedicatoria: MACHAS, sin ninguna necesidad de que dejen de ser femeninas hasta la pared de enfrente, de que abandonen el ejercicio de la gran belleza de este mundo) que en la crisis actual no hallan qué hacer y están por perder la Paciencia. Hermanos, vean las promesas, vean la historia, vean la certeza del favor divino, aquí se los ofrezco resumidamente. La Iglesia saldrá triunfante. Y, a mis amigos “tradicionalistas”: yo los incluyo a todos en la dedicatoria, aunque algunos se consideren fuera de la comunión con Roma. Y les ofrezco algo: la semana que viene o la siguiente publicaré un artículo en el que ustedes serán el tema. Hoy por hoy, todos los que deseemos luchar por que la Iglesia surja de la sima en la que se encuentra tenemos que formar un frente común, el frente de la rebelión, de la REBELIÓN DE LA ESENCIA, EN ESTOS HORROROSOS TIEMPOS DE REVOLUCIÓN

El origen divino de Iglesia y Papado

San Clemente Romano, 4to papa de la historia. Su carta a los corintios es el primer testimonio histórico del ejercicio de la autoridad del sucesor de Pedro, en la Sede de su Martirio

San Clemente Romano, 4to papa de la historia. Su carta a los corintios es el primer testimonio histórico del ejercicio de la autoridad del sucesor de Pedro, en la Sede de su Martirio

Cristo es Dios, es la Segunda Persona de la Trinidad divina, que asumió en todo nuestra naturaleza humana, menos en el pecado (Heb. IV,15). Y su palabra es espíritu y vida, por ese motivo, lo mismo que, por ello, tiene palabras de vida eterna (Jn. VI, 63 y 68). Porque sus palabras son Palabra de Dios, que nos ama hasta la muerte y muerte de Cruz. De ahí que no devuelva la vida al hijo de la viuda de Naím, por ejemplo, en nombre de otro; y que realice todos los demás milagros en nombre propio: pues puede hacer que se actualice una potencia obediencial que las criaturas tienen respecto de Él, como Creador de las mismas, de cuyo Ser participan aquellas, siendo esta relación entre ambos esencial a ellas, pues sin Él no existirían. Y, de ahí también que haya resucitado por su propio Poder, pues Él es el Señor de toda la creación y mucho más: es Dios mismo, que asumió nuestra naturaleza. Sabiendo estas cosas, podemos entender en su justa medida las palabras del Señor respecto del origen de la Iglesia.

En Cesarea de Filipo, tiene lugar uno de los acontecimientos más importantes de la historia, como cada gesto de Aquél, por quien se hermanaron Dios y los hombres. Jesús de Nazaret está en intimidad con sus discípulos y les pregunta: “¿y quién piensan ustedes que soy yo?”. Y Pedro se adelantó y dijo: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Jesús respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos, lo que atareis en la Tierra será atado en el Cielo; lo que desatareis en la Tierra será desatado en el cielo” (Mt, XVI, 13-19). Ésa es una declaración contundente de la unidad de la Iglesia de Jesús y de su deseo de que tuviera una cabeza y, por tanto, una jerarquía; que, para revelar con claridad que estos rasgos de la Iglesia son voluntad de Dios, va acompañada de la revelación por el Señor de su divinidad, de su relación con el Padre y de la relación que tuvo lo sostenido por Pedro, por la Roca, con una revelación del propio Padre del cielo.

Sin embargo, como comenta Daniel Rops, “la crítica ‘libre’, apoyándose sobre el hecho de que los versículos en cuestión sólo figuran en el texto de San Mateo, sostuvo que habían sido interpolados. Los habría insertado un copista en época en que habiendo llegado a ser la Iglesia una realidad histórica, deseóse proporcionar argumentos a favor de los poderes pontificios. Sin embargo, la interpolación no aparece en ninguno de los antiguos textos de San Mateo que poseemos. Todos los códices, todas las versiones antiguas incluyen el fragmento. Y, además, todos los especialistas están de acuerdo en decir, con el P. Lagrange, que no existe en los cuatro Evangelios un pasaje más netamente arameo por sus términos, por sus metáforas y por su construcción. Aparte del juego de palabras Pedro-piedra, otras muchas expresiones son típicas de la tradición judía. Hacía cuatro siglos, por lo menos, que ‘las Puertas’ designaban a las potencias infernales, por alusión a las ‘puertas del sehol’ –en griego, Hades– o lugar donde estaban los muertos […]. Aún es más profundamente semita la alusión a las llaves […]. La expresión ‘atar y desatar’, en el sentido utilizado por Jesús, era de uso corriente entre los doctores de la Ley […]. El argumento del silencio de los otros Sinópticos no bastaría, pues, para anular este pasaje de tan grande importancia; si hubiese de suprimir de la Escritura todos los versículos que se hallan aislados en uno u otro Evangelista, desaparecerían muchas de las más célebres ‘logia’ de Jesús. La pasión partidista desempeña en este asunto más papel que en cualquier otro, pero la Historia piensa que no hay más razón para dudar de la verdad de este pasaje que la del Evangelio entero” (Jesús en su tiempo. Ediciones Palabra. Segunda Edición, Madrid, diciembre de 2.000. pp. 283-284). Y, entonces, refutada la crítica, queda en pie la autenticidad del pasaje, como lo queda el Evangelio; y, así, queda en pie la autenticidad de la Iglesia como Asamblea de Dios.

Pero hay otras declaraciones que refuerzan, aclaran, explicitan y amplían estas conclusiones. Para empezar está el texto de Juan XXI, 15-17. En el capítulo X de ese Evangelio, Jesús dice claramente que Él es el Buen Pastor y los suyos sus ovejas. En este pasaje posterior a la Resurrección, el del capítulo XXI, el Buen Pastor pide, antes de su Ascensión al Cielo, a quien deja como Vicario suyo, que apaciente sus corderos y sus ovejas. Con lo que deja bien clara la misión sublime de la cabeza visible de la Iglesia: ser Vicario de Cristo en la Tierra.

Acerca de la unidad de la Iglesia, es imposible un texto más claro que el de Juan XVII, la llamada Oración Sacerdotal. En los versículos 20 a 26 de ese capítulo, dice el Señor en oración: “mas no te ruego sólo por ellos (por los doce), sino por los que por su palabra crean en mí. Que todos sea una sola cosa. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que también ellos sean una sola cosa en nosotros, para que el mundo crea que tú me enviaste. Yo les he dado la Gloria que tú me diste, para que sean uno, como nosotros somos uno: ¡yo en ellos y tú en mí!, para que sean perfectos en la unidad, y así conozca el mundo que tú me enviaste, y los amaste como me amaste a mí (…). Yo les manifesté tu nombre, para que el Amor con que tú me amaste esté en ellos y yo en ellos”. Es una unidad que asegura la Trinidad misma, pues el Padre, el Hijo y el Amor, el Espíritu Santo, la fundan. Pero es una unidad en la verdad: es una unidad de creencia: “la vida eterna es que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú enviaste, Jesucristo” (Jn. XVII, 3).

Así, la unidad de la Iglesia es una unidad en la verdad, que asegura y que revela Dios mismo. Pero que se despliega en el transcurso de toda la historia de la salvación. En el capítulo XVI de su Evangelio (vv. 12-15), San Juan relata que ésta es la voluntad del Señor: “muchas cosas tengo que deciros todavía, pero ahora no estáis capacitados para entenderlas. Cuando venga Él, el Espíritu de la Verdad os guiará a la Verdad completa”. Y justo antes de ascender le abrió la inteligencia a los discípulos (Lc. XXIV, 45) y les dijo, entre otras cosas: “id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura” (Mc. XVI,15). De modo que cuando dijo “a los que por su palabra crean en mí” (Jn. XVII,20), se refería a la unidad de la Iglesia hasta el fin del mundo, pues el Evangelio está destinado a todo hombre y, conteniendo la verdad completa, pues Jesús es la Plenitud de la Revelación, toda virtualidad contenida allí no la descubrieron los discípulos de una sola vez, pues la total comprensión de la enseñanza de Jesús supondría la acción del Espíritu Santo, en la Tradición de la Iglesia, a través de toda la historia. Es por eso que dice: “sabed que Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt. XXVIII,20). Es decir, el discurso previo a la Ascensión tiene como destinatarios potenciales a todos los hombres y no sólo a los apóstoles, que ya se murieron. De modo que es claro el destino escatológico de la Iglesia.

Ahora, la unidad en la verdad que revela el Espíritu Santo y que la Trinidad asegura, tiene tres elementos que se dan en la Tierra, aunque sea por la acción de Dios: la infalibilidad del Papa, la continuidad apostólica y la constitución jerárquica.

La primera es claramente voluntad de Cristo. Antes de partir al Huerto de Los Olivos, para prepararse para la Pasión, el Señor dijo a Pedro: “Simón, Simón, Satanás os ha reclamado para cribaros como al trigo, pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca; cuando te hayas convertido, confirma a tus hermanos” (Lc. XXII, 31-32). Cuestión que ocurrió justo después de la Resurrección, como nos cuenta Lucas (XXIV, 12); y, según nos cuenta San Marcos (XVI, 7), el propio Ángel, por mandato de Dios, dijo a las mujeres que avisaran a Pedro especialmente de la Resurrección. A lo largo de todos los primeros 15 capítulos de Los Hechos de los Apóstoles, se cuenta cómo la Iglesia Santa giraba en torno al primer Papa, y en todo recurría al Vicario de su Cabeza, Pedro, quien la guiaba por su difícil comienzo. El momento culminante de esta manera como Dios escogió el modo de que su Iglesia saliera adelante en esta etapa inicial se relata en el capítulo XV de los Hechos: estando los ancianos (presbíteros) y los Apóstoles reunidos en el primer Concilio de la Iglesia, “tras una larga discusión, se levantó Pedro y les dijo: ‘Hermanos, vosotros sabéis que hace mucho tiempo me eligió Dios entre vosotros para que los gentiles oyeran la palabra del Evangelio por mi boca y creyeran’” (v. 7). Ya desde aquella época, en que los discípulos directos del Señor estaban aún vivos y, además, llenos del Espíritu Santo, en la Iglesia se entendía que Pedro ejerce el Primado en la Iglesia de Jesús.

De la continuidad apostólica se habla en el texto transcrito de Juan (XVII, 20-21): “no te pido sólo por ellos (los apóstoles), sino también por los que crean en mí a través de su palabra. Que todos sean una sola cosa”. Pero hay textos, en especial los referidos a la Iglesia naciente que son plenamente explícitos.

En primer lugar están los pasajes que, en Los Hechos de los Apóstoles, narran la Pentecostés y los acontecimientos que siguieron a ésta. En aquella fiesta, por efecto de la predicación inspirada de los discípulos, en especial su Cabeza, Pedro, se convirtieron unas tres mil personas (Act. II). Luego, la Iglesia creció tanto, que los Apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, escogieron a siete diáconos, para que atendieran las necesidades del creciente pueblo de Dios (Act. VI, 1-7). Antes de eso, ya Pedro instó a los discípulos a escoger un sucesor para Judas, el elegido fue Matías (Act. I, 15-26). En muchos otros lugares se ve la escogencia de nuevos ministros del Señor, como la de Pablo y Bernabé, en los Hechos, XIII, 2: “mientras celebraban ellos el culto del Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo: ‘separadme a Bernabé y a Saulo para la obra que los he llamado’”.

Pedro se fue a Roma y se hizo Obispo de esa ciudad, que era la metrópoli (ciudad madre) del Imperio Romano. Como la Iglesia tiene que llegar al fin del mundo, para predicar el Evangelio a todo hombre, y, además llegará, pues el Señor así lo prometió, quien suceda a Pedro en su sede, en la que se asentó, predicó, dirigió a la Iglesia y murió, en la sede de Roma, será la Cabeza visible de la Iglesia, el Vicario de la Cabeza Mística, el propio Jesucristo, el Esposo de la Iglesia (Efesios, V).

De la continuidad de esa sucesión, y de la sucesión de los demás obispos en comunión con el Papa, por otra parte, tenemos plena certeza histórica. Se sabe perfectamente quiénes han sido los 264 sucesores de Pedro, que ha habido hasta ahora, quienes han sido nombrados conforme al Derecho de la Iglesia. Los primeros veintiocho se llamaron, respectivamente: San Lino (67-76), San Anacleto (76-88), San Clemente (88-100), San Evaristo, San Alejandro, San Sixto, San Telésforo, San Higinio, San Pío (136-154), San Aniceto (154-¿?), San Sotero (¿?-175), San Eleuterio (175-189), San Víctor (189-199), San Ceferino (199-217), San Calixto (217-222), San Urbano (222-230), San Fabián (236-250), San Cornelio (251-253), San Dionisio (259-261), San Félix (270-272), San Marcelino (296-304), San Marcelo (304-309), San Milcíades (311-314), San Silvestre (314-335), San Julio (337-352), San Liberio (352-366), San Dámaso (366-384), San Cilicio (384-399). También hablamos de San Ireneo, quien fue, en 180 a. D., Obispo de Lyon y discípulo de San Policarpo, quien fue discípulo de San Juan Apóstol y Obispo de Esmirna. Otros Obispos del paso del siglo I al II y del siglo II son San Ignacio de Antioquía, Onésimo de Éfeso, Papías de Frigia, San Clemente de Alejandría. Tito, el amigo al que San Pablo dirige su carta, era Obispo en el primer siglo; y todo muestra la universalidad del episcopado en el Cristianismo, en la Iglesia más antigua.

Además, ya por aquella época había libros contra los herejes en abundancia (el propio evangelio de San Lucas es un intento de poner la verdad en orden, como él mismo declara en I,1-4) y libros apologéticos, en defensa de la fe contra los ataques del paganismo de corte helenístico que dominaba el horizonte geográfico de los primeros cristianos: el Imperio Romano.

Sobre la nota jerárquica, podemos citar un pasaje de Daniel Rops, que expresa de manera muy adecuada lo referente a la misma y que, de paso, explica muy claramente la necesidad del celibato por el Reino, que instituyó el Señor (Mat. XIX), que tanto ha servido a su Iglesia y que es blanco de la más dura oposición por parte de los enemigos de la Iglesia:

“Tampoco cabe formarse de su organización más que una idea aproximada. La tenían ciertamente, pues toda empresa humana la supone y el mismo triunfo del Cristianismo en el plano temporal prueba que su crecimiento obedeció a esa profunda ley de la historia que quiere que, para desarrollarse, un movimiento haya de tener un personal sólido, un principio de mando y un método de acción, todo ello en estrechas relaciones y como fundido con la doctrina. Por otra parte, el mismo Jesús había dado todo eso a los suyos e incluso uno de los más asombrosos aspectos de su actividad en la Tierra es, para quien sabe leer el Evangelio, ese esfuerzo práctico de organización y de educación que realizó y cuyas consecuencias se prolongan hasta nosotros. Todo prueba que Dios hecho hombre sabía que, para sobrevivirle, su obra necesitaría de instituciones humanas. Por eso, los fundamentos institucionales creados por Él se encuentran también en la Iglesia primitiva” (La Iglesia de los apóstoles y los mártires. Editorial Palabra. Madrid, 1.992. pp. 23-24).

Pero Rops todavía comenta estos hechos así:

“No es éste uno de los aspectos de Cristo que más se estudian, pero es, sin embargo, uno de los más apasionantes y quizás en el que más ha de ahondar el porvenir. Jesús no fue sólo un poderoso despertador de almas, el autor y portavoz de la sublime doctrina y la víctima sobrenatural que todos sabemos, sino que se reveló también como el más sabio de los educadores y el más eficaz hombre de acción. Dio a los suyos una enseñanza concreta, digna de una escuela de mandos o un curso de propaganda; les enseñó una táctica. En todo caso, tenemos derecho a decir que la Iglesia nació de Cristo, pues tanto las instituciones como los dogmas que veremos desarrollarse en el curso de los siglos, tienen sus raíces en su enseñanza, y así, desde sus comienzos, presentó a la Iglesia ese doble carácter que persistiría hasta nuestros días (y hace que su historia sea tan difícil de captar) de ser, al mismo tiempo, una manifestación de fe, como Cuerpo Místico del Dios vivo, que es su alma, y un conjunto de instituciones humanas, queridas también por Dios” (ibíd.).

Pensar que cualquier rasgo de la Iglesia, en cualquier momento de su desarrollo secular, va más allá del querer de Dios es una blasfemia virtual, pues implica, aunque no se sea consciente del hecho, que Dios no es poderoso para hacer lo que planea, que Dios no conocía la historia al fundar a la Iglesia o alguna otra de estas disminuciones teóricas del Poder divino.

Además, la instauración de la jerarquía en la Iglesia fue y ha venido a ser una “jugada” magistral de su divino “Fundador”. En efecto, como muestra Christopher Dawson (The Making of Europe, an introduction to the history of European unity. The Catholic University of America Press. Washington, D. C., Estados Unidos, 2.003. pp. 38-39), “si el Cristianismo hubiera sido meramente una entre las sectas orientales y las religiones mistéricas del Imperio Romano, inevitablemente habría sido llevado al sincretismo oriental. Él sobrevivió porque poseía un sistema de organización eclesiástica y un principio de autoridad social que lo distinguía de los otros cuerpos religiosos de la época. Desde el principio, como hemos visto, la Iglesia se consideró a sí misma como el Nuevo Israel, ‘una raza elegida, sacerdocio real, una nación santa, un pueblo apartado’ [I Pet. II,9]. Esta sociedad santa era una teocracia inspirada y gobernada por el Espíritu Santo y sus dirigentes, los apóstoles, eran los representantes no de la comunidad, sino de Cristo, quien los había elegido y les había transmitido su autoridad divina. Esta concepción de la autoridad apostólica divina permaneció como el fundamento del orden eclesiástico en el período post-apostólico. Los ‘supervisores’ [episcopoi, obispos] y los ancianos [presbíteros], quienes eran los líderes de las iglesias locales, eran considerados como los sucesores de los apóstoles y las iglesias que fueran de origen apostólico directo disfrutaban de un prestigio y una autoridad particulares entre el resto.

“Éste era el caso, sobre todo, con la Iglesia Romana, pues, como Pedro poseía una posición excepcional entre los doce, así la Iglesia Romana, que podía trazar su origen hasta San Pedro, poseía una posición excepcional entre las iglesias. Aún en el primer siglo, casi antes del cierre de la edad apostólica, vemos un ejemplo de esto en la autorizada intervención de Roma en los asuntos de la Iglesia de Corinto”.

Cristo no fue un gnóstico, que pretendió fundar una sociedad sin tomar en cuenta la naturaleza humana, el hecho de que él mismo la creó política e institucional. Y eso, por Voluntad del Fundador omnisciente y todopoderoso, ha continuado así, desde ese cierre del primer siglo hasta nuestros días; en una historia en la que el Primado de la Iglesia se ha mantenido firme frente a una sucesión interminable de las más variadas herejías, que, a veces, han llegado a amenazar la existencia misma del Cristianismo, a pesar de cualquier pesar, incluso en los raros y contados casos en los que la Sede Apostólica ha sido ocupada por hombres indignos de su Oficio. Sin el Papado y su Servicio Primacial, la Iglesia de Jesús hubiera muerto ya mil muertes. Si no lo ha hecho, es porque Jesús sabe más; y, por eso, estableció la jerarquía, el Primado y la asistencia del “Espíritu de la Verdad”.

Hay un testimonio antiguo muy impresionante de que Pedro ejerció un Primado, conferido por Jesús, sobre el Colegio Apostólico. Se trata de la poesía del reino de Edessa, un estado sirio cristiano ubicado en Mesopotamia, entre las fronteras del imperio persa sasánida y el imperio romano, convertido al Cristianismo mucho antes que el Imperio Romano, a principios del siglo III. Dice uno de sus poemas: “Sus discípulos, todos pescadores, todos pobres, todos débiles, todos hombres de poca notoriedad, vinieron a ser ilustres por su fe. Un pescador, cuyo pueblo era hogar de pescadores, Él lo hizo jefe sobre los doce, sí, cabeza de la casa” (Citado por Dawson: Op. Cit., pp. 117-118). Como este literato sirio, cualquiera que lea el Evangelio con los ojos abiertos y libre de prejuicios, se da cuenta de que Jesús puso a ese pescador, a quien hizo “pescador de hombres”, como “jefe de los doce” y “cabeza de la casa”.

De Pedro a sus sucesores más antiguos

La lista de los primeros Papas, hasta el año 180 de nuestra Era, la conocemos principalmente por el Contra los herejes de San Ireneo de Lyón (III,3,2), de quien se ha hablado un poco más arriba. En dicha obra, el santo Obispo de esa Diócesis galicana lega para la posteridad la lista. Ése es un testimonio histórico y, para anularlo, habría que aducir otro testimonio histórico. Pero la crítica “libre”, en nombre de la racionalidad o, más bien, del racionalismo, ya ha acostumbrado a los estudiosos a sus críticas tan racionales. No se acepta el testimonio de San Ireneo, dejaría el juego a dos jugadas del jaque mate, porque San Ireneo, Obispo de una Iglesia que en el 177 fue barrida por la persecución y el martirio, discípulo del anciano obispo de Esmirna, el mártir San Policarpo, discípulo del apóstol San Juan por varias décadas, era nada más que un mentiroso. Por supuesto que lo era, según la racionalidad ‘libre’, pero su mentira se le disculpa porque la introduce en la discusión con el gnosticismo. Ha de verse por qué causa no se acepta un testimonio tan difícil de ser ignorado y, correlativamente, por qué el aceptar dicho testimonio pone a todo movimiento cismático cristiano a dos movidas del jaque mate en la interpretación de las Escrituras y en el del desenvolvimiento histórico del Cristianismo.

Los datos históricos cruciales para la determinación de los sucesores de San Pedro en el primado de la Iglesia, aparte del de San Ireneo, son dos cartas: una enviada por el cuarto Papa, San Clemente de Roma, en el año 95 de nuestra Era, a la Iglesia de Corinto, que estaba en graves dificultades, y otra enviada por San Ignacio, Obispo de Antioquía, en el año 107, a la Iglesia de Roma, ciudad a la que era llevado para recibir la corona del martirio.

La manzana de la discordia en la interpretación histórica está representada por la carta de San Clemente de Roma a los corintios o a la Iglesia de Corinto. Según algunos autores y académicos, la autoría de la carta no correspondía a San Clemente, sino a una asamblea de presbíteros romanos, entre los que Clemente podía ser un figura descollante, pero no Obispo, pues en Roma no hubo Obispo, es decir, un primado monárquico, sino hasta el Papa San Víctor, a finales del siglo II. Los que opinan esto tienen que descalificar el testimonio de San Ireneo de Lyon, de la manera dicha. Pero tienen también que descalificar el testimonio de Eusebio de Cesarea, autor de finales del siglo III y principios del IV, quien escribió una Historia Eclesiástica, estuvo inclinado al arrianismo frente a la ortodoxia, por lo que sobre él no puede recaer una sospecha como la que aducen contra Ireneo, y cita a autores más antiguos, de los siglos II y III, como Egesipo, Dionisio de Corinto y Clemente de Alejandría, para atribuir la mentada carta a los corintios a San Clemente, Obispo de Roma (Historia eclesiástica, III,16; VI,13); y tendrían que descalificar también a otros autores muy antiguos. La clave de todo es que si había Obispo en Roma, desde la más lejana antigüedad del Cristianismo y éste era sucesor de Pedro, entonces la “prueba del diablo” –como la mientan los abogados– está hecha y la Iglesia es legítimamente la Iglesia de Jesús y el Primado es del Papa.

Ahora es menester estudiar el contenido de la carta de San Ignacio de Antioquía a los romanos, para ver el testimonio que realiza este mártir sobre la Iglesia romana y cómo valora la crítica esta carta. Luego se verá el propio contenido de la carta de San Clemente a los corintios.

Dice San Ignacio en el encabezamiento de su carta a los cristianos de Roma:

“Ignacio, quien es llamado también Teóforo, a la Iglesia que ha encontrado misericordia en la majestad del Padre de lo Más Alto y de Jesucristo su Único Hijo, amada e iluminada por la voluntad de Aquél que quiso que existieran todas las cosas, de acuerdo con la fe y amor en Jesucristo, Nuestro Dios, Quien PRESIDE también en el lugar del distrito de los romanos, digno de Dios [el “distrito de los romanos”, obviamente], digno de honor, digno de bendición, digno de alabanza, digno de éxito, de santificación y PRESIDIENDO SOBRE EL AMOR, observando la Ley de Cristo, llevando el Amor del Padre, al cual [de nuevo: al “distrito de los romanos”] yo también saludo en nombre de Jesucristo, Hijo del Padre; a aquellos que están unidos en carne y espíritu a todo mandamiento suyo, quienes han cumplido con la gracia de Dios sin retroceder y filtrando de ella todo color extraño: los más profundos saludos, sin tacha, en Jesús nuestro Dios” (En: Lightfoot, loc. cit. pp. 101-102).

¿Cuál es la razón de la presidencia de Cristo en Roma, cuál es la dignidad de esta Iglesia,  por qué preside sobre el amor? San Ignacio da la clave de la dignidad de la Iglesia romana: San Pedro y San Pablo, los apóstoles, estuvieron en Roma dando órdenes a los cristianos de ese lugar, al que él se dirige como un convicto (n. 4,3 de la carta). San Pedro se instaló en Roma, fijo allí el Primado de la Iglesia, que le había conferido el propio Señor.

Mas, puesto que Ignacio no se dirige al Obispo de Roma, como lo hace con las otras iglesias a las que envía sus otras 6 cartas, la crítica aduce que San Ignacio desconocía que hubiere Obispo en esa ciudad; por eso dicen que en Asia Menor, donde estaban ubicadas las otras ciudades, sí había obispos. Sin embargo, ¿cómo podía no pensar que fuera necesario que hubiere obispos en todas las iglesias, si el propio Obispo de Antioquía dice, por ejemplo, a los cristianos de Esmirna, que la Eucaristía sin el Obispo es inválida? El argumento de la omisión del Obispo en la expresión del destinatario de la carta parece muy débil frente a la necesidad de existencia de éste para hacer válida a la Misa, por su participación en el acto que era el centro de la vida cristiana desde los comienzos mismos, como es claro por Los Hechos de los apóstoles, capítulo I, las cartas de San Pablo, especialmente I Corintios, XI, la Didaché, los escritos apologéticos de San Justino Mártir y tantos otros testimonios. Entre los que destaca, en esta argumentación, el del propio San Ignacio de Antioquía, quien, contra los docetistas, dice a los cristianos de Esmirna: “se abstienen de la Eucaristía y la oración, porque se rehúsan a admitir que la Eucaristía es la carne de nuestro Salvador, Jesús Cristo, quien sufrió por nuestros pecados y a quien el Padre por su bondad exaltó” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los cristianos de Esmirna, VI,2).

Ha de pasarse a continuación a considerar el propio texto de la Carta de San Clemente Romano. En ella se considera la jerarquía eclesiástica. Fue escrita con ocasión de un cisma y una revuelta que se dio en Corinto por los años 90 del primer siglo, en medio de una persecución o inmediatamente después de que la misma cesó. La persecución fue la que mandó a Patmos a San Juan y fue lo que impulsó al Apóstol a escribir el Apocalipsis, en esa isla. Parece fuera de duda que la carta de San Policarpo (el Obispo de Esmirna del siglo II, que fue discípulo directo de San Juan, que murió mártir, habiendo servido a Jesús por 86 años, como ya se señaló arriba) toma muchos pasajes de la carta de San Clemente; la autoridad de la carta era tal que se encuentra en manuscritos, luego de los libros canónicos, como la carta de Clemente, “el apóstol”. Rops resalta la importancia de esta carta, porque, estando vivo San Juan y siendo parte de la comunidad de Éfeso (muy cerca de Corinto), fue el Obispo de Roma quien intervino en la disputa. La fecha de la carta es del año 95 con toda seguridad; puesto que había acabado de finalizar una persecución en la propia Roma. En medio de la persecución o inmediatamente después, surgió una disensión en dicha Iglesia y ésa fue la ocasión de los oficios de la Piedra de la Iglesia.

Clemente, en virtud de la disensión, hizo precisiones sobre la autoridad del Obispo de cada Iglesia. Así, en los nn. 39 a 45, atribuye el hecho de que haya jerarquía, Obispos, diáconos y presbíteros, a que fue establecida por Jesucristo. La jerarquía y la sucesión apostólica comienzan en Dios, que envía a Jesús, que nombra a los apóstoles y establece la jerarquía; los apóstoles nombran a los obispos y demás miembros de la jerarquía, asegurados por el Espíritu Santo, según un orden, que es divino, y con unas características. Y los cargos se ejercen vitaliciamente y, sin falta personal, no se puede deponer a los nombrados; y el que lo haga es un malvado que, de no arrepentirse, no tendrá perdón.

Sin embargo, ha de aclararse lo siguiente. En la carta, se confunden los términos “presbítero” y “episcopos”. Pero es claro que la carta no tiene una concepción “democrática” o “aristocrática” de la Iglesia. El pasaje más diáfano es el de 40,5, en el que la jerarquía del Antiguo Testamento manifiestamente es usada para arrojar luz sobre la organización de la Iglesia: hay un “archierei” (nuestro obispo) a quien los “chiereusin” (nuestros presbíteros) están sometidos, a quienes los “leuitais” (nuestros diáconos) están sometidos, a quienes los “laikois” están sometidos.

En el número 42, Clemente hace esta cita de la Escritura: “Yo les nombraré sus obispos en la rectitud y sus diáconos en la fe”; Holmes, en la nota 104 a la carta, trata de quitarle valor a esta cita diciendo esto: “Isa. 60,17 (sólo en LXX [es decir, la traducción de los Setenta], la cual aquí traduce mal el hebreo)”. La cuestión es que la versión usada por la Iglesia de esos años del Antiguo Testamento era la de los LXX, entonces ¿cómo obviar que para los primeros cristianos, también los de Roma, como prueba la carta, la necesidad de obispos estaba asegurada, tenía un apoyo, en la autoridad del propio Profeta Isaías? Clemente de Alejandría, por ejemplo (Stromata, I,12), dice que la traducción de los LXX es inspirada, haciéndose eco de la creencia unánime de la Iglesia de los primeros siglos (hasta San Jerónimo). Negar la importancia de la cita, con esa acotación, más que un argumento en contra de que hubiera Obispo en Roma, es una confirmación, al menos, de que en esa ciudad los cristianos pensaban que el Obispo era necesario. Y siendo de ese modo y sabiendo que San Pedro mismo había estado en la ciudad sus últimos años, tendrían que haber sido muy negligentes para no procurarse semejante pieza de la Iglesia local, la cual, como también se ve en la carta de San Ignacio, era la primera en la Iglesia Universal. Pero de San Ireneo a Eusebio, además de estas cartas, todo indica que sí había Obispo en Roma.

Pero hay un dato que se suele pasar por alto en la discusión sobre la autoría de la carta de San Clemente, que se encuentra en el mismo final de la carta: donde el autor firma, expresando su autoría. La carta termina, pues, así: “carta de [el autor] a los corintios”. Nos han llegado cinco manuscritos de la carta: el Código Alejandrino (A), el Código Hierosolomitano (H), la traducción latina (L), la traducción siríaca (S) y la copta (Co). De estos manuscritos, el primero (A) es del siglo V; el segundo (H) es del año 1056; el tercero (L), del siglo II o III; el cuarto (S), del siglo XII; y la traducción al copto (Co) está en dos manuscritos incompletos de los siglos IV y VII, respectivamente. Los cuatro primeros, A, H, L y S, dicen “de Clemente”; el último, Co, “de los romanos”, en la expresión del autor. Ha de recordarse que los coptos, los egipcios, en una mayoría inmensa, se perdieron en herejías gnósticas y maniqueas, pero, de manera muy especial, en la monofisita (de mono, uno, y físeos, naturaleza: “una naturaleza”), que afirmaba que en Jesús había una sola naturaleza, producto de la unión de la naturaleza divina y la humana. Cuando, en el año 451, en el concilio de Calcedonia, se condenó a la herejía monofisita, la iglesia de Egipto se separó mayoritariamente de la Iglesia Católica, rompió la unidad del Cristianismo. Pues bien, según la crítica libre, los cuatro manuscritos de las iglesias que permanecieron fieles, uno de los cuales es una traducción hecha unas pocas décadas después de la redacción de la carta de San Clemente y hecha probablemente en la propia Roma, están equivocados, mientras que las versiones coptas, bastante posteriores a la carta y deudoras de una comunidad abiertamente contraria a la Iglesia Romana y a lo que dice, sin lugar a dudas, el Evangelio, es la acertada. Así es la racionalidad de los racionalistas libres y críticos (vid. la edición de Holmes de la traducción de Lightfoot, ya citada. p. 64, nota 159). Sobra cualquier otro comentario.

No se pueden olvidar, por otra parte, los testimonios de la Didaché (en su segunda parte, habla de la autoridad en la Iglesia y dice que los obispos son fundamentales) ni lo que se dice en los Hechos de los apóstoles y en San Pablo, sobre el episcopado. Pero la crítica pide que se omita todo esto, porque San Ireneo mentía, con fines apologistas, porque estaba en discusión con los gnósticos. Entonces se puede acudir al más célebre de todos los gnósticos del siglo II, Hermas, el autor de El Pastor. Según el Canon de Muratori (entre 180 y 200), “Hermas escribió El Pastor más bien recientemente, en nuestro tiempo, en la ciudad de Roma, mientras su hermano Pío, el Obispo, se sentaba en el trono de la Iglesia de la ciudad de Roma”; es decir, en Roma había Obispo en el 154, Pío I, es decir, no es el primero San Víctor, como quiere la crítica que creamos. Pero es interesante lo siguiente: ¿por qué hace esta acotación el Canon de Muratori? Porque en el número 8,3 de El Pastor, Hermas quiere dar autoridad a su escrito, diciendo que él mismo, Hermas, debía dar unos libros que le daba la personificación de la Iglesia, que era una anciana, porque la Iglesia fue creada antes de todos los siglos y por ella fue creado todo, a Clemente, porque Clemente tenía como trabajo distribuir por todas las ciudades en que había Iglesias estas cosas de doctrina. Según Hermas, pues, su escrito es del año 100, según el Canon de Muratori, del 154; puede dársele la razón a uno o a otro. Porque el caso radica en que, comoquiera que sea, este autor gnóstico afirma el Primado de Clemente en la sede de Roma sobre todas las Iglesias y dice que Dios le confirmó eso, a él especialmente, en unas revelaciones, que relata en El Pastor. Es imposible pedir más claridad.

Sobre esta Epístola de Clemente a los corintios, dice Dawson: “[ella] da la expresión más clara posible del ideal de orden jerárquico que era el principio de la nueva sociedad” (Op. cit. p. 39). Y añade: “esto es tan claro, que Sohm llegó a considerar esta epístola como el punto de partida de la concepción jurídica de la Iglesia, la cual a su juicio reemplazó abruptamente la temprana concepción ‘carismática’. Pero, como Harnack puntualiza, la concepción de una autoridad apostólica divina es tan antigua como la Iglesia misma y aparece de manera suficientemente clara en el decreto del Concilio de Jerusalén (Act. XV,23-27)” (En: ibíd. nota 5).

Resueltas, pues, todas las dudas sobre el texto de San Mateo, vistos los textos de San Juan sobre el Vicariato y el Primado mismo de Pedro; asentada la sucesión apostólica del discípulo que, cuando se convirtió, confirmó a sus hermanos, ése que reclamó satanás para cribarlo como el trigo, pero por el que Jesús rogó, para que su fe no desfalleciera, no puede quedar ni la más leve sombra de duda sobre la autoridad del Papa, del sucesor de Pedro, del “Dulce Cristo en Tierra”, como decía Santa Catalina de Siena, una de las más destacadas defensoras de la Sede Romana, de todos los tiempos.

Es así como, dadas las dos jugadas que hacían falta, la unidad de la Iglesia ha salido victoriosa de la crítica, por Voluntad de su Autor, el cual la expresó repetidas veces, como aquella del capítulo XVII del Evangelio de San Juan: “que todos sean uno, como nosotros somos uno”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: