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La Cátedra de Pedro, principio constitutivo de la Iglesia, reconocida universalmente, en todo el Primer Milenio

Sin Pedro, no hay Iglesia, no se es verdaderamente cristiano

Segunda Parte

El Primado en el Primer Milenio

Principios historiográficos fundamentales

Honorius_I

Honorio I, en el siglo VII, se ganó el “honor” de ser el único Papa de la historia condenado por un concilio. Aunque eso fue una confusión: él dijo que en la humanidad de Cristo (no en la Persona de Cristo) había una voluntad: pareció, pero no fue un hereje monotelita. Un Papa no puede hacer declaraciones heréticas ex Cátedra

Es fácil reproducir los nombres y años de todos los pontífices de la historia, se trata de una sucesión tan importante que, para San Ireneo, es la gran garantía contra los gnósticos, como mostré arriba. Es una sucesión que es Voluntad de Dios, así como también lo es que en esa Sede apostólica se ejerza un ministerio primacial sobre toda la Iglesia Universal, asamblea de Dios creador del cielo y de la tierra, del Dios Uno. Es importante ver cómo la conciencia cristiana sobre ese ministerio se fue actualizando con los siglos. Es menester tener en cuenta varios principios de interpretación de esa historia de fundamental relevancia. En primer lugar, ha de aplicarse sobre el punto y para los primeros siglos –y cada vez menos– esto que dice Gilson de los Padres Apologistas del Siglo II:

Los apologistas del siglo II no se preocuparon nunca de construir sistemas filosóficos, mas no por ello interesa menos directamente su obra a la historia de la filosofía. Nos enseña, en primer lugar, qué problemas debían atraer más tarde la atención de los filósofos cristianos: Dios, la creación, el hombre considerado en su naturaleza y sus fines. En ellos vemos, además, cómo ha obrado sobre la filosofía la acción del Cristianismo. La nueva Fe impuso inmediatamente cambios masivos de perspectiva, cuya previa aceptación motivó después su interpretación filosófica. No se pasó del universo griego al universo cristiano por vía de una evolución continua; más bien se tiene la impresión de que el universo griego se derrumbó súbitamente, en el espíritu de hombres como Justino y Taciano, para dejar paso al nuevo universo cristiano. Lo que presta mayor interés a estas primeras tentativas filosóficas, es que sus autores parecen andar en busca no de verdades por descubrir, sino más bien de fórmulas con que expresar las que ya han descubierto. Ahora bien, sólo disponen de la técnica filosófica de estos mismos griegos, cuya filosofía necesitan reformar y cuya religión precisan refutar simultáneamente. Los apologistas del siglo II han emprendido, por tanto, una tarea inmensa, cuya amplitud real no se había de poner de manifiesto hasta los siglos siguientes: expresar el universo mental de los cristianos en una lengua concebida de propio intento para significar el universo mental de los griegos. Nada de extraño tiene que tropiecen a cada paso en esta primera búsqueda de una verdad que abarcan globalmente, pero que no penetran en toda su profundidad. Es que su verdad sobrepasa lo que saben de ella y apenas bastarán once siglos de esfuerzos y colaboración de muchos genios para reducir a fórmulas lo que los hombres pueden saber de esta verdad” (La filosofía en la Edad Media. Gredos. Segunda Edición, quinta reimpresión. Madrid, 1.989. pp. 33,3-34,1).

Es así como Gregorio de Nisa, ya en el siglo IV, piensa que, al final, incluso los demonios y los réprobos serían reconstituidos por la renovación de Jesús; y en esto lo seguirá, en el siglo VIII, Juan Escoto Eriúgena, pero la doctrina parte de Orígenes (Ibíd. p. 69,1). Porque el pensamiento humano no se desarrolla por desenvolvimientos matemáticos, no evoluciona more geometricu; mucho menos cuando trata de entender y formular verdades que, reveladas por Dios, lo superan completamente, por su exceso de luz. Jesús lo sabía perfectamente, como no puede pensarse de manera distinta del Dios que se hizo como nosotros y “padeció la tentación y del amigo la traición”; por eso, envía “al Espíritu de la Verdad, que [nos] llevará a la Verdad completa” (Jn. XVI,13), porque tenía “muchas cosas que decir[nos] todavía, mas no podíamos llevarlas [en aquel momento]” (Jn. XVI,12). Porque éste no es el único punto en que personajes insignes, como Gregorio, sostuvieron posiciones inaceptables a la luz de la Fe. Hipólito de Roma, Orígenes, Tertuliano son tres que estuvieron fuera de la comunión, a la que sólo Hipólito volvió antes de su martirio junto al Papa, por las inmensas dificultades del comienzo; y, tanto Tertuliano como Hipólito, por rigoristas, desconociendo plenamente la necesidad de misericordia para ser como nuestro Padre del cielo. Los ejemplos se multiplicarían casi indefinidamente, si nos dedicáramos a buscar doctrinas inconvenientes en estos primeros siglos. Y se trata de personas que, hasta un heroísmo que la mayor parte de las veces deja atónito, pusieron sus vidas al servicio de una Fe que deslumbra. Incluso a éstos, entre los que había tantos intelectos de primera línea, que abrieron el camino para la comprensión del Mensaje y nos dan los más bellos testimonios de las dificultades que tuvieron que superar nuestros más antiguos Padres.

De ese modo, “el Papado todavía [en el siglo V] preservaba cierta primacía en el este, pues, como dice Harnack, ‘aún a los ojos de los orientales había adjunto al Obispo Romano un algo especial, del que carecía el resto, un nimbo que le confería una cierta autoridad’”. Y, sin embargo, “él [Harnack] continúa diciendo, ‘empero, este nimbo no era suficientemente brillante para otorgar sobre su poseedor una autoridad incuestionable; era más bien tan nebuloso que era posible desconocerlo sin ir contra el espíritu de la Iglesia Universal’” (Dawson, The Making of Europe, an introduction to the history of European unity. The Catholic University of America Press. Washington, D. C., 2.003, p. 51). Todavía en fecha tan tardía como el siglo V, se tenía consciencia del principio apostólico, lo mismo que de la posesión por el Papa de la autoridad que se deriva de la sucesión en la Sede del martirio de San Pedro; y, no obstante, no se tenía plena consciencia de lo que eso significaba.

Así, para San Cipriano, en el siglo III, puesto que la cátedra de Pedro, según el obispo de Cartago, es la cátedra de todo obispo, no es la cátedra exclusiva del Obispo de Roma, que no puede reclamar ninguna prerrogativa, en consecuencia. Como lo pretendían, por cierto, ya a mediados del siglo III y antes, hacia 190, los Obispos de esa ciudad: Víctor, Calixto, Esteban. Eso, a pesar de que Cipriano vea en la Sede de Roma la Cathedra Petri, y dice que los disidentes de Cartago, camino de Roma, “se atreven a navegar a la Cátedra de Pedro e Iglesia principal de donde ha surgido la unidad sacerdotal”; aunque pensara que la unidad de la Iglesia fue concedida en su origen, por las palabras de Mt. XVI,18. Aunque diga que “[el Señor] edifica su Iglesia sólo sobre uno, a él confía su rebaño para que paste. Y, aunque confiere a todos los apóstoles el mismo poder, no obstante ha establecido una sola cathedra y en ella ha predispuesto, con la autoridad de su palabra de origen, las modalidades de la unidad. Los demás [apóstoles] eran lo mismo que Pedro, pero el Primado fue dado a Pedro y se muestra una sola Iglesia, una sola cathedra […]. Quien abandona la cátedra de Pedro sobre la que está fundada la Iglesia, ¿puede mantener que sigue en la Iglesia?”. No obstante que dice que la Iglesia en todo lugar y tiempo es siempre  “la misma y única [Iglesia] fundada sobre Pedro por la palabra del Señor”. Aún cuando Pedro sea el arquetipo del apóstol y del obispo “a quien Dios eligió en primer lugar” y, por ello, la Iglesia de Roma es Ecclesia matrix et radix, madre y raíz. Aún cuando la unidad del apostolado y de los ministerios dependen de la unidad original en Pedro, en los tiempos posteriores a él, pues Jesús así lo determinó en Mt. XVI,18, en donde hallan sentido y fundamento el episcopado y la Iglesia y de donde descienden, en “la sucesión de tiempo y sucesores, la ordenación de los obispos y la fundación de la Iglesia”. Así, pues, a pesar de que el Obispo de Cartago tenía tal claridad sobre el Primado, sobre su carácter fundamental y sabía que la Sede de Roma es la Sede de Pedro, no vio que los sucesores de Pedro en la Sede de su martirio tenían –y poseen– ese Primado fundamental (Roland Minnerath. La tradición doctrinal del Primado de Pedro en el primer milenio. Loc. cit. pp. 70,2-74,2. Sobre la historia de las concepciones del Primado, en toda esta sección, me fundaré en este artículo).

Con lo que queda bien claro que lo que dice Gilson de los apologistas es extensivo plenamente a todas las primeras generaciones de cristianos que trataban de hallar el sentido preciso de las doctrinas del Señor en todos los puntos; y sólo como a tientas iban obteniendo, poco a poco, el pleno significado; excepto algunos, que parecían tener clarividencia respecto de puntos clave del mensaje. Como los Obispos de Roma, que, desde muy temprano, fueron conscientes de su lugar en la Iglesia, a pesar de no ser, sino unos pocos, personalidades descollantes en el panorama de ese primer Cristianismo.

La historia anda a tientas, hasta el final del siglo III

La actitud de Cipriano se reproduce en Tertuliano montanista y Firmiliano de Cesarea de Capadocia. Este último, Firmiliano, cuando el Papa Esteban, afirmando tener “la sucesión de Pedro”, fundado en Mt. XVI,18, trata de imponer la doctrina de la Iglesia romana sobre la Iglesia Universal, dice que, siendo la Iglesia de Roma la Iglesia de la tradición apostólica de Pedro y Pablo, Esteban y los Obispos de Roma no son los únicos sucesores de San Pedro, sobre quien se apoyan los cimientos de la Iglesia. Mas, no obstante ello, tenemos los testimonios ya recogidos arriba de Ireneo de Lyon, Clemente de Roma, Ignacio de Antioquía, Eusebio de Cesarea; y todavía los del Concilio de Arles, de 314, del cronógrafo, de 354, de San Agustín, de Dionisio de Corinto, de 170, del romano Cayo, de 210, del propio Tertuliano, que asocian las figuras de Pedro y Pablo a la Iglesia de Roma, donde sufrieron el martirio. Además Hegesipo, en Roma, había redactado una lista de la sucesión apostólica, de Pedro a Aniceto; Epifanio, San Jerónimo y el autor de la Carta contra Artemone dicen que los Obispos de Roma son sucesores de San Pedro; el cronógrafo, Optato de Milevi, hacia 366, y San Agustín dicen que el primer Obispo de Roma es San Pedro.

Por otra parte, como se ve en San Cipriano (en la apretada lista de conceptos que se recogen arriba en la anetrior sección), la teología latina, a mitad del siglo III, ya había formulado las verdades de “unidad desde el origen”, de “Cátedra de Pedro”, de “Primado”, de “colegio episcopal” indiviso. Y los papas ya habían reclamado autoridad universal en materia de sacramentos, como se cuenta arriba del Papa Esteban, que reclamaba para sí el Primado de Pedro –que Cipriano había reconocido– y rechaza a un sínodo español, que había excomulgado a los obispos de Mérida y Astorga. También, para convocar sínodos en los que buscaba, el Papa Víctor, hacia 190, expulsar de la comunidad a las iglesias de Asia, aunque, como dice Eusebio, “su actitud no fue apreciada por todos los obispos”. Lo mismo que para perdonar los pecados graves, como Calixto (217-222), lo que le trajo el ataque de los montanistas y, con ellos, del cismático Tertuliano, quienes reclamaban tal poder para ellos, y de la facción rigorista de Hipólito. En el siglo III, Dionisio de Alejandría apela al Papa Esteban para conocer su opinión sobre las tesis sabelianas. La respuesta llega del Papa Dionisio y es comunicada al obispo de Alejandría con un tono normativo inapelable. “Al final del siglo III, Roma aparece como la sede apostólica por excelencia del mundo Cristiano, tanto para Oriente como para Occidente. Su obispo tiene conciencia de ser el sucesor de Pedro y, cuando es necesario, saca consecuencias. En materia de fe, la comunión con él equivale a la comunión con la Iglesia Católica. En Occidente, juzga en apelación las cuestiones que se refieren a los obispos. Hacia el año 300, el Concilio de Elvira parece aludir a Roma cuando habla de un lugar ‘en donde se ha establecido la primera cátedra del episcopado’ (canon 56)” (Minnerath. Loc. cit. pp. 75,3-76,1).

Del edicto de Milán en adelante

Pero el desarrollo de las doctrinas sobre el Primado sufren, a continuación, una poderosa influencia condicionante: la injerencia ilegítima de los poderes imperiales, de los emperadores bizantinos. Los emperadores, desde Constantino mismo, quisieron convertirse a sí mismos en Obispos de la Iglesia universal; y pretendieron identificar el Imperio con el mundo Cristiano. Pretendieron juzgar de todos los asuntos, incluso los teológicos. Convocaban concilios y conferían a los mismos fuerza de ley; incluso llegaron a arrogarse la potestad de condenar dogmas aprobados por concilios ecuménicos. Severas consecuencias esperaban a la Iglesia de Jesús, cuando los amos terrenales se fueron adhiriendo, una tras otra, a todas las herejías que circularon, desde el arrianismo al monoenerguismo o monofisismo, etc. Desde entonces, entrarían en conflicto el principio imperial y el petrino de unidad de la Iglesia; y, en cada caso en que el emperador favorece a la herejía, el Papa estará en pie de lucha por la independencia de la Iglesia y su permanencia en la Fe apostólica.

Pero los emperadores no serían el único problema. Las herejías, la mezquindad no de la mayoría, pero sí de muchos, sobre todo en Oriente, siempre dispuestos a plegarse al emperador, y los malentendidos sobre la Fe y sobre lo que es de exigencia histórica y lo que es por Voluntad de Dios abundarán y sembrarán confusión. En Nicea (325), el primer Concilio Ecuménico, que convoca Constantino sin invitar al Papa, ratifica la práctica administrativa de que, en Oriente, Alejandría y Antioquía ejercen jurisdicción extra-provincial; y, en Occidente, Roma (canon 6). El Concilio de Constantinopla I (381) confirma un “primado de honor” a Constantinopla, por ser capital oriental del Imperio, “porque es la nueva Roma”. Así, de un modo indirecto, confirman el lugar de la verdadera Roma, pero por ser capital del Imperio, no por Voluntad del Señor. En Calcedonia (451), se agrava el malentendido, añadiendo, contra toda verdad histórica: “con razón los Padres han concedido prerrogativas a la sede de la antigua Roma, porque ésa era ciudad imperial” (canon 28).

Mientras tanto, el Concilio romano de 378 pide al emperador que Roma sea segunda instancia en Italia e instancia de apelación de todos los metropolitas de Occidente. Pero la atribución de competencias no excluye, sin embargo, la idea de un Primado Petrino universal, sobre todo, en los temas de fe.

Por otra parte, sólo Roma protestó contra el carácter político de la elevación de Constantinopla al rango de primera sede de Oriente. Y, en el Concilio romano de 382, San Dámaso apuntaba que: “la Santa Iglesia romana está situada sobre las demás iglesias no por disposición de un sínodo, sino que ha obtenido el Primado por la palabra evangélica del Señor y Salvador”. La lucha, pues, tenía por contrincantes a los defensores legítimos de la “Palabra evangélica”, por un lado, y, por el otro, los poderes y los que se plegaban a éstos.

La resistencia a la violencia y al cesaropapismo, practicados por los emperadores Constancio y Valente, fue llevada valientemente por los occidentales y por Atanasio de Alejandría. Ante una Iglesia oprimida por el poder de los herejes, se ve surgir espontáneamente la apelación a Roma, a Pedro. El Papa deplora la “práctica completamente nueva” de la iglesia imperial, que se atreve a pronunciarse sobre el titular de una sede apostólica como San Atanasio: “sobre la de Alejandría, ¿por qué no nos habéis escrito? ¿Ignoráis acaso que la costumbre era que primero se nos escribiera a nosotros y que, después, desde aquí, se proclama lo que es justo? Si pesaba una sospecha sobre el Obispo de Alejandría, se debía prevenir a la Iglesia de aquí […]. Lo que os comunico es lo que habemos recibido del beato Apóstol Pedro”.

Los cánones del Concilio de Sárdica (343; en plena crisis arriana) representan una victoria del principio apostólico sobre el político para la composición de los conflictos entre obispos. El canon 3 dice que el fundamento del recurso a Roma es la voluntad “de honrar la memoria del santo Apóstol Pedro”.

En el Concilio de Milán de 356, el emperador Constancio hace saber que “lo que yo quiero debe ser tenido como norma”. Osio de Córdoba le recuerda la distinción de Mt. XXII,21: “a ti Dios ha confiado el Imperio; a nosotros, los asuntos de la Iglesia”. El regreso de Oriente a la ortodoxia de Nicea es un regreso a la fe conservada intacta por la Sede Apostólica.

Cae el Imperio de Occidente, el Papado vence al cesaropapismo, pero se abre la brecha con las corrientes principales del Oriente

De una manera providencial, todos los conflictos que se han expuesto, todos los problemas que ha tenido que atravesar hasta aquí la Fe ortodoxa, que en momentos parecían sobrepujar de manera desproporcionada los medios de los hombres que asumieron la defensa de la Verdad, van a parar a un fortalecimiento de las doctrinas romanas sobre el Primado en el siglo V.

En el Concilio de Calcedonia, en 451, el mismo en que se dice que Roma tenía su lugar, por ser antigua sede del Imperio, es presidido por los legados de León I (Magno). Y la carta dogmática de León es aclamada por los Padres, que exclaman: “Pedro ha hablado por boca de León”. Oriente se dirige a Roma para resolver sus conflictos; una división doctrinal en Oriente no podía ser superada sin el recurso a Pedro, también en momentos en que ningún Papa discutía el poder del emperador de convocar concilios ecuménicos.

El Papa Bonifacio I (418-422) explica al obispo Rufo de Tesalónica que Pedro sigue dirigiendo la Iglesia. Las iglesias de Oriente, en las cuestiones principales, siempre “han consultado a la Iglesia de Roma y, cada vez que ha sido necesario, han solicitado su ayuda”, escribe el 422, alegando los ejemplos de Atanasio, Pedro de Alejandría, Melecio, Flaviano de Antioquía y Nectario de Constantinopla.

Sin embargo, en Occidente, el control real que ejerce el Papa, durante los siglos V y VI, se limita a Italia, las islas y las tierras de misión.

La caída del Imperio de Occidente (476) tiene dos consecuencias: el emperador parece querer gobernar la Iglesia de Occidente sin el Papa; y, a éste, se le presenta la oportunidad de librarse del emperador, bajo los bárbaros. El emperador Zenón, para reabsorber a los monofisitas, toma medidas promonofisitas, lo que lleva al cisma de Acacio entre Roma y Constantinopla en 485, hasta 519. El Papa Félix II escribe al emperador Zenón que debe someterse en materia de Fe y exige respeto a la sacrosanta libertad de la Iglesia.

El Papa Omisdas (514-523) pone fin al cisma monofisita de Acacio imponiendo su fórmula de unión a los orientales. El texto fue firmado por el emperador, el patriarca y doscientos obispos; y expone con claridad la concepción romana del Primado doctrinal de la Sede Apostólica, donde siempre se ha conservado “entera y verdadera la solidez de la religión cristiana”, demostrando así que las palabras de Mt. XVI,16-19, han sido confirmadas por los hechos. Los firmantes se comprometen a “seguir en todo a la Sede Apostólica”. Este “episodio”, el caso de este cisma y su fin, es una muestra más de la necesidad del Ministerio Petrino de Unidad en la Verdad y de la obra de los emperadores y sus consecuencias en Oriente.

Fue Justiniano quien inventó la teoría del “pentarcato”, el gobierno de la Iglesia por la “sinfonía” de los cinco patriarcas, entre los que se incluye al de Constantinopla, al lado de Antioquía, Alejandría, Jerusalén y Roma, bajo el amparo del emperador. Y la razón de tal iniciativa fue que quiso reorganizar el mundo cristiano, después de la reconquista de África e Italia. Es aquí cuando se difunde la leyenda, quizá inventada en tiempos del cisma de Acacio, que afirma que la Iglesia de Bizancio había sido fundada por San Andrés, el hermano mayor de San Pedro, “el primer llamado”.

Gregorio Magno, estando de nuevo el Papado bajo el emperador, busca espacios de libertad mediante las misiones. Deplora el título de “patriarca ecuménico” atribuido a Juan de Constantinopla. Y escribe a Eulogio de Alejandría que rechace él mismo el título de “papa universal”, “considerando su honor el que cada uno reciba el que le es debido”. Mientras que a sí mismo prefiere llamarse “servus servorum Dei”, “siervo de los siervos de Dios”.

Más tarde, la Iglesia de Roma se enfrenta otra vez a los intentos de unión del poder imperial, que trata de imponer, primero, el monoenerguismo y, luego, por edicto de 638,  el monotelismo, prohibiendo incluso hablar de ello (al mejor estilo del Ingsoc orwelliano). Es en esta crisis que el Papa Honorio suscita un episodio lamentable: con ocasión del monoenerguismo, dice que, en la humanidad de Jesús, no en Jesús, hay una sola voluntad. Juan IV dirá más tarde que lo expresado por Honorio no tiene ningún inconveniente, pues éste no dijo que hubiera una sola voluntad de la humanidad y la divinidad del Señor, pero, por lo potencialmente confuso de la fórmula, el Concilio de Constantinopla III (680) la condena y el Papa León II ratifica la condena, diciendo que Honorio se había equivocado, pero no la Sede Apostólica. Ésta es la única vez en toda la historia de la Cristiandad que un conflicto doctrinal de este tipo tiene lugar. Ha de decirse, sin embargo, como es patente por lo expuesto, que ni siquiera aquí hay una retractación doctrinal por parte del Papado, lo que hay es una fórmula confusa, mas no heterodoxa. Y lo que hay es una condena, no de lo que dice el Papa Honorio, sino, precisamente, de ese carácter confuso, pues, claramente, en Cristo había sólo una voluntad humana, aunque hubiere dos voluntades, incluyendo a la divina.

El Papa Martín I es apresado por no someterse al edicto de 638 y por condenar en un sínodo romano de 649 al monotelismo. El Concilio de Constantinopla III, que fue convocado con apoyo del Papa Agatón, pone fin a la controversia monotelita. El Papa envía una carta dogmática, que el Concilio recibe y aclama como “escrita desde la más elevada cima, que es la de los apóstoles”. “El más grande de los apóstoles ha combatido con nosotros, quien lo imita y lo sucede en su Sede está a nuestro lado […]. Pedro ha hablado por Agatón”.

Hasta aquí puede verse cuántas veces en Oriente se sucumbe a la presión del poder y a la herejía; cuántas veces Roma es quien guarda intacta la Fe que se le dio en depósito; cuántas veces la vuelta a la ortodoxia por Oriente es una vuelta a Roma; y, muy importante, cuántas veces el universo cristiano reconoce el justo lugar del sucesor de Pedro.

La crisis iconoclasta ilustra nuevamente las desviaciones del cesaropapismo oriental y la sumisión de un episcopado sometido al poder. El Papa Gregorio II rechaza ratificar los edictos iconoclastas del emperador León III; y éste, como respuesta, despoja a Roma de su jurisdicción sobre el sur de Italia, Ilírico, Macedonia y Grecia y los somete a Constantinopla, violando el canon 28 de Calcedonia. El Concilio Ecuménico de Nicea (787) vuelve a mostrar que, para salir de una crisis interna, Bizancio tiene la necesidad de Roma. El Papa Adriano envía una carta dogmática al patriarca Tarasio, que es aprobada por el Concilio, incluyendo la afirmación del Primado y del Principado universales de Pedro, “caput omnium ecclesiarum”, “cabeza de todas las iglesias”. La asamblea iconoclasta de Hieria (754), convocada por el emperador Constantino V, no responde a los criterios de ecumenicidad, pues el Papa no había “cooperado ni con sus representantes ni con una carta encíclica, tal como exige la ley de los concilios” y porque los demás patriarcas no lo habían aprobado. El séptimo y último Concilio Ecuménico, común a Oriente y Occidente llega, de este modo, a la conclusión de que la participación activa de la Sede de Pedro es necesaria para que un concilio sea ecuménico.

Mucho más tarde, en 1024, 30 años antes del cisma que dividió al Occidente cristiano de gran parte del Oriente cristiano, hasta nuestros días, “según Raoul Glaber, el emperador Basilio II y el patriarca de Constantinopla habían pedido al Papa […] reconocer que la sede de Constantinopla era ‘llamada y reconocida universal en su propio mundo (in suo orbe), igual que la de Roma lo era en el mundo entero (in universo)” (Minnerath. Loc. cit. pp.100,4-101,1).

Es claro, pues, luego de este sumario repaso histórico, que Roma es la Sede en que radica el Primado en la Iglesia universal, como se reconoció muchas veces durante el primer milenio del Cristianismo. También, que la mayor parte de la confusión proviene del régimen instaurado por Constantino y llevado muchas veces a extremos por sus sucesores en el imperio, en el sentido de que continuamente usurparon posiciones que correspondían sólo a la autoridad eclesiástica. Circunstancia que va pareja con un sometimiento, innumerables veces, servil, de muchos prelados en la parte oriental del mundo cristiano. Además, la Fe siempre estuvo a salvo por el Ministerio de los papas, que en más de una ocasión expusieron su vida y su seguridad con ese fin, ante las transgresiones del poder. Pero, por disposición del Señor de la Historia y muy particularmente de esta historia, “las puertas del infierno no pudieron contra ella”.

Conclusión

Una vez revisadas quizás no todas, pero sí muchas aristas del problema, y con toda probabilidad las más importantes, queda plenamente en pie la eclesiología católica; con sus doctrinas sobre la jerarquía y el Ministerio universal de Unidad ejercido por quienes, en la Sede del martirio de la Cabeza de los apóstoles, por Voluntad de Jesús, suceden a la Roca sobre la que se edifica la Iglesia. Es claro, entonces, que la Iglesia Católica, unida al Papa, al Vicario del Buen Pastor, es el sarmiento unido a la Vid verdadera, que da mucho fruto en Él (Jn. XV,1-8). Como recoge con Él, no desparrama. Por eso, siendo la institución más antigua sobre la Tierra, es la más vital; y, sin duda, la más pujante, por mucho, de todas las confesiones cristianas, a pesar de los ataques incesantes que se le dirigen, de todas partes, entre las que están los mayores poderes del mundo.

Ahora puede valer mucho transcribir este texto de Daniel Rops (La Iglesia de los apóstoles y los mártires. Editorial Palabra. Madrid, 1.992. p. 295): “Parece probado, pues, que desde los primeros tiempos y, en todo caso, desde el siglo II, la Iglesia entera reconocía a Roma un Primado que era a un tiempo de doctrina y de control. Por eso, cuando, en 1924, el historiador Adolfo Harnack [uno de los grandes padres de la idea de que en Roma no había obispo en el siglo I y de aquella según la cual la carta de Clemente Romano es falsamente atribuida a ese Padre de la Iglesia] completó los grandes trabajos que había iniciado a fines del siglo XIX, escribió esta afirmación, que cobra todo su valor, viniendo de tal sabio ‘Ya expuse hace veintidós años, en mi Manual de Historia de los Dogmas, con ciertas reservas, en calidad de historiador protestante, que Romano era igual a Católico. Pero desde entonces esa tesis se ha robustecido tanto, que algunos historiadores protestantes no se sorprenderán ya de esta otra proposición: los elementos capitales del Catolicismo se remontan hasta la edad apostólica… Parece cerrarse así el anillo y triunfar la concepción que de esta historia se forjan los católicos’”.

***

La Iglesia Católica, sin duda alguna, es la Iglesia de Jesucristo, Él la fundó, el derramó su Sangre por Ella, Ella es su Esposa y Cuerpo Místico. Y Ella tiene como elemento constitutivos, desde siempre su Catolicidad, su unidad en la Verdad, su continuidad apostólica, la unidad de la sucesión del Ministerio, la infalibilidad del Papa y su constitución jerárquica. Ésa es la Voluntad de Dios hecho hombre. Eso es lo que sabe Dios hecho hombre, el Eterno, para Quien nuestro más remoto futuro es tan presente como nuestro presente y el instante de la primera creación; Quien no vaticina, sino nos revela lo que Él tiene plenamente presente. Contra Él, contra Ella, se quieren meter las fuerzas de este mundo, hoy incluso infiltradas en la Iglesia, hasta su más alto vértice, sin lugar a dudas. Bien, sin lugar a dudas, serán aplastados. A nosotros nos toca luchar, blandiendo como espada la sangre del Cordero, que el Cordero no dejará sin fruto; tenemos que completar en nuestros cuerpos lo que falta a los sufrimientos de Cristo, por el bien de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col. I,24). Tenemos, que rebelarnos. Tenemos que decir la verdad. Tenemos que proclamarla. La verdad sobre el Bien, sobre los bienes participados; y la verdad sobre lo malos. Tenemos que ser incansables, tenemos que dejar al descubierto a la revolución y todas sus trapisondas. Tenemos que rebelarnos. EN ESTE MUNDO DE OSCURIDAD SUMA, EN ESTE MUNDO HORRENDO DEL GOBIERNO REVOLUCIONARIO, QUE YA CUBRE A TODA LA TIERRA, LA RESPUESTA ES UNA SOLA. LA RESPUESTA ES LA REBELIÓN, REBELIÓN INTENSA. LA REBELIÓN DE LA ESENCIA.

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