Kalós

Inicio » Ética » Revolución cultural, origen y genealogía, hasta el porno y el sex, drugs and rock and roll

Revolución cultural, origen y genealogía, hasta el porno y el sex, drugs and rock and roll

Rolling Stones, las drogas y Play boy tienen abuelos y ascendientes, hasta un monjecito de 1300

La civilización cristiana, teología civil y revolución cultural

Adamitas, hippies de 1400, desnudos como Adán, hasta que los hussitas los masacraron

Adamitas, hippies de 1400, desnudos como Adán, hasta que los hussitas, sus compañeros revolucionarios, los masacraron

Hay dos tipos de revolución, de subversión del orden existente, reinante en la sociedad política o en la civilización como un todo. El primero es sencillo, se trata de quién está en el poder, la sociedad se comprende de una determinada manera, que va de lo profundo a lo superficial, siendo todo informado por aquello, y, dentro del marco cultural, al cual se deja intacto, que es ambiente común de todas las facciones, que no se pone en cuestión ni se sueña con hacerlo, un grupo conspira, con éxito o no, contra los gobernantes o, más ampliamente, la clase dominante. El otro modo de revolución es mucho más fundamental, más profundo, más decisivo: las sociedades son expresiones del orden universal, del orden del mundo, como dice Brownson, son “Pueblos Elegidos”, destinados a hacer un aporte a la humanidad. Siendo el hombre un animal político y teniendo su sociedad un orden y una finalidad natural intrínseca y trascendente, las mismas son respuestas estructuradas a ese movimiento humano hacia el sentido. Como el mismo se realiza en la historia, con una institucionalidad, unas creencias fundamentales, unos avatares y vicisitudes, unas expresiones de lo bello, una liturgia religiosa y civil, propios, la sociedad tiene lo que Voegelin llama una teología civil, al lado, posiblemente, de una trascendente. El segundo tipo de revolución ataca este nivel fundamental, tiende a adulterar la identidad de la sociedad, sus teologías, sus ideas directrices, su autocomprensión, el sentido de sus símbolos, sus mitos fundacionales, etc. Éstas se llaman “revoluciones culturales”. Vamos a barajar y volvamos a repartir, para que quede más claro: Cultura es el resultado, no cristalizado, vivo, de la acción del hombre en sociedad en la búsqueda de su plenitud. Incluye modos de comprensión de toda la realidad, del hombre, de la virtud, especialmente, de la propia sociedad, de su ser y de su condición de encarnación del orden cósmico, incluye modos de relación, símbolos, mitos, ritos, expresiones artísticas e institucionales. La revolución cultural ataca al núcleo de la cultura, por lo que implica una cierta adulteración de la identidad social, hasta eventualmente su aniquilación, en cuanto a esa identidad.

En Occidente, las creencias fundamentales, en sus etapas que Toynbee llama de nacimiento y crecimiento, eran creencias cristianas: de Cristo venía toda concepción sobre el mundo y la vida, en su orientación radical y total a lo divino. Era una civilización que no agotaba al Pueblo de Dios, a su Iglesia, en su peregrinar terreno, pero que se constituía en Cristiandad, que veía a la sociedad de los creyentes como una comunidad espiritual universal, actual y virtualmente, es decir, a la que pertenecían todos los bautizados, pero que debía difundirse hasta los confines de la Tierra. Tomando fuertemente en cuenta la Ley Natural, la Cristiandad tenía clara conciencia del carácter político del hombre, de la necesidad del Estado y de su autoridad terrena (“dad al César lo que es del César”), pero su inclinación a lo trascendente era intensa (“y a Dios lo que es de Dios”). Así, se seguían dos consecuencias: 1) la sociedad veía la subordinación de lo político a lo religioso, a pesar de su necesaria “autonomía”: el poder político era supremo en su ámbito, pero su ámbito no era el último y más alto, estaba subordinado a Dios: el rey no era sirviente del Papa, pero los mandamientos y leyes lo obligaban, en todos los ámbitos de la vida; esto implica, como consecuencia adicional, el carácter religioso del patriotismo y de la obediencia a la autoridad legítima (salvo corrupción de esa autoridad, en ciertos casos muy bien definidos). 2) La sociedad cristiana era internacional: lo era A) en cuanto todos los cristianos pertenecían a dos sociedades y eran hermanos por el bautismo, aparte de conciudadanos de sus connacionales; B) porque las naciones eran hermanas y se sabían partes de una realidad que las trascendía; C) porque estaban, en consecuencia, sometidas a un orden superior; C) porque había instancias meta-políticas, transnacionales, que se erigían como árbitros de los asuntos entre estados e, incluso, en lo que se refiere a la religión y la moral, internas a las naciones: el Papado y el Imperio, eran mucho más que lo que pueda esperarse hoy de la ONU u organizaciones similares. Para tener una idea más completa de la cultura que subyacía a esta estructura, se pueden recomendar muchas lecturas, de Toynbee y Voegelin, quienes no eran, ni por asomo, católicos, ni siquiera cristianos, pero me parece que el mejor de todos ha sido Christopher Dawson (The Making of Europe, Religion and the Rise of the Western Culture, El Cristianismo y surgimiento de la civilización occidental, The theological development of medieval culture, La secularización de la cultura occidental y el surgimiento de la religión del progreso, etc.; hay una recopilación de ensayos, en castellano: Historia de la cultura cristiana); también es de primerísima línea Michael Jones. En éste, mi blog, recomiendo leer, al menos, los artículos: 1) La herencia del oscurantismo (I), 2) La herencia del oscurantismo (II) (no debe confundir el nombre de estos dos artículos: se trata de un sarcasmo destinado a atacar la estulticia contemporánea de quienes niegan la etapa de construcción de esta sociedad civilizacional, poniendo, de este modo, en serio peligro su destino); y 3) Modernos ¿Presocráticos? Ojalá, no estaríamos al borde del abismo.

Los orígenes más remotos de la revolución occidental, los cimientos de la modernidad

Una revolución en Occidente tenía que ir contra estos principios, si la misma había de ser una revolución cultural, una revolución en el sentido profundo del término. Y vaya que fue profunda e importante la revolución. Y vaya que nuestra sociedad fue resistente a los ataques inmisericordes que, por seis siglos y medio, le dirigió la revolución… o los movimientos revolucionarios, que se sucedieron y se influyeron, en el curso de los siglos. Hoy en día, los católicos somos amplia mayoría, pero estamos, al parecer, postrados y vencidos, ante la potencia del enemigo que controla todos los medios de poder mundano: periódicos, gobiernos, dinero y finanzas y demás empresas económicas, movimientos de efervescencia popular, etc. Mientras los pastores parecen estar entregados y rendidos. El Catholic uprising que pide a gritos Michael Voris parece algo que vendrá, pero en un futuro que no podemos prever. Mientras tanto, quedamos unos pocos, dando un aviso a los navegantes, como dijo el insigne intelectual venezolano (Don Mario Briceño Iragorry).

La revolución comenzó por allá, por el 1300. La vitalidad inicial de la Cristiandad parecía haber declinado y síntomas de enfermedad aparecían en el panorama. Puede que todavía vinieran tremendos desarrollos científicos, tecnológicos, artísticos y una tremenda expansión geográfica y aumento del poderío material y de su poder de atracción, pero la unidad de la cristiandad mostraba fisuras que, con el paso de los siglos, se mostrarían fatales. Muchos movimientos espirituales tendían a la centrífuga, a salirse de las manos del Papado, a diferencia de lo que había sucedido siempre, hasta Santo Domingo y San Francisco, desde, al menos, San Benito y San Gregorio Magno.

Algunos estados, Francia y el Imperio, en particular, luego de que habían nacido y aprendido a caminar y a hablar bajo la égida de la autoridad tremenda del Obispo de Roma, del Sucesor de Pedro, se habían mostrado contestones y con deseos de independencia, una especie de incipiente rebeldía juvenil. Pero, a pesar de que Felipe el Hermoso, rey de Francia, había secuestrado al Papa y lo llevó a Aviñón a sufrir un destierro de 71 años, la peripecia más grave provenía de otra parte. Luis de Baviera aspiraba a ser emperador, pero el Papa no reconoció su pretensión; el príncipe se lanzó a la pelea. De nuevo, eso no habría sido tan grave: hasta aquí, a pesar de todo, se podía interpretar esto como un incidente de subversión superficial, si no hubiera sido porque nos cayó en suerte que Luis se buscara propagandistas para librar su pelea y, lo más crucial, si estos propagandistas no hubieran sido el laico Marsilio de Padua y el franciscano Guillermo de Ockham, el Bachiller de Oxford… Ellos pondrían las bases del mudo moderno, precisamente, en todo lo que éste tiene de anticristiano…

A Marsilio debemos el democratismo contemporáneo, la creencia en que la autoridad es una especie de delegada del pueblo, que decide, por los votos y sin ataduras, sobre todo asunto, incluso moral y, aún, sobre la vida y la muerte… y que lo digan 50 MM de bebés asesinados año a año (aunque, claro, la legalización del aborto no ha venido de prácticamente ninguna decisión popular, sino de decisiones jurisprudenciales o de obligaciones impuestas por algún gobierno, como el de China). Así, también, debemos a Marsilio una visión de la Iglesia que se somete a esa lente del democratismo; la sujeción de la autoridad eclesiástica, su derivación del pueblo fiel. Y, para agravar más la situación, le debemos que se le haya atribuido un carácter nacional, como un aspecto del estado, en detrimento de su universalidad…

Ockham es, en una medida aún mayor, padre de la modernidad. Para empezar, por su nominalismo, que lo hace precursor de la rebelión luterana y de la mal llamada “filosofía” moderna, a un mismo tiempo. Nominalismo proviene de nomen, nominis, que, en latín, significa nombre: todo lo que en la realidad es universal, necesario, específico, genérico, esencial, inteligible, no es más que nombre, en la realidad no hay inteligibilidad, por lo que nuestras ideas no corresponden a nada real, salvo lo estrictamente particular. La racionalidad no tiene sustento; la ciencia es discurso vacío (como en Popper o Kuhn o muchos otros posmodernos); la naturaleza como conjunto de nuestras percepciones y objetos de conocimiento, como en Kant, así como las sustancias, las cosas que son en sí mismas, como meros sujetos lógicos o gramaticales (Ockham mismo y Kant); la Fe no tiene sustento filosófico o teológico ninguno: en la realidad no hay orden por el que elevarse a lo divino (fideísmo: la fe es irracional, se sostiene a sí misma, sin ningún fundamento en la naturaleza) y Dios mismo no es más que un arbitrario de lo último, que no obra por sabiduría, sino por pura voluntad. La voluntad se erige como la reina, el apetito incluso determina a la razón, de donde vienen frases como “la razón es la prostituta del diablo”, de Lutero, “la razón es la esclava de las pasiones”, de Hume, el yo es una sedimentación del ello, de Freud; así como la Voluntad legisladora, de Kant, y pare de contar. De ahí viene la noción de la libertad como ausencia de obstáculo para lo que nos dé la gana y las ganas como una completa indeterminación, fuera de sí mismas. De esto y la ausencia del orden, proviene la creencia de que nos autodefinimos como sucede con promotores de los derechos de “género” y de los existencialistas. De aquí la creencia en las ideologías, como construcciones que pretenden dar orden donde no lo hay, como si la realidad fuera una plastilina en nuestras manos. De ahí la noción de la ley como arbitrariedad del poder y límite (casi siempre ilegítimo) de la libertad. De ahí la noción de la moral y el derecho como deberes vacíos de cumplir la arbitraria ley. De ahí el historicismo, el ataque a la verdad desde un relativismo cultural: sería mera expresión de las sociedades y sus tiempos; lo mismo que el psicologismo: la verdad sería mera consecuencia de disposiciones cerebrales o del talante (inconsciente [psicoanálisis]) de las personas; o con el economicismo, centro del marxismo, la sujeción, hasta estos niveles, a las condiciones económicas; y un largo etcétera. De aquí vienen racionalismo e irracionalismo, cientificismo y anti-cientificismo, etc. De Ockham procede, también, la noción de derechos subjetivos, de derechos independientes de lo ordenado en las relaciones humanas, derechos oponibles a nadie: derechos del profesor o del alumno, fuera de la relación profesor-alumno; o, en general, de cualesquiera partes, de cualesquiera relaciones. Ockham sostuvo también, por supuesto, los democratismos y nacionalismos de Marsilio. Y Ockham inventó esa demoníaca frase, de tan nefasta suerte: “el tirano de Roma”, “Sobre el gobierno tiránico del Papa”…

Toma ímpetu y comienza a actuar el espíritu revolucionario

Muy poco tiempo después de este episodio, la Cristiandad sufriría severos reveses. De 1347 a 1350, tuvo lugar la Peste Negra, la Gran Peste, que mató a más de un tercio de Europa, atacando hasta a la realeza y obligando a modificar el monacato. Por la misma época dos estados cristianos se fueron a un conflicto espantoso, fratricida, y de tremendas consecuencias, Francia e Inglaterra se embarcaban en la Guerra de los 100 años, que se acabaría sólo merced a la intervención especial de Dios, a través de un instrumento típico, de extrema debilidad e ineptitud humana: una campesina de 15 años, analfabeta, pobre, se erigía en Comandante de los ejército de Francia, que estaba sumida en la derrota, con su rey agazapado y sin poder coronarse: La Doncella, Juana de Arco (1429). En 1379, merced a la intervención de otra mujercita, otra de los últimos del mundo, de otra demostración de la mentira de la acusación de machista de la Iglesia, Santa Catalina de Siena, árbitro absoluto de la Europa de su época, el Papado volvió de Aviñón a Roma. Pero, dos años más tarde, se produjo un hecho de las mayores consecuencias: el Gran Cisma de Occidente, por 40 años 2 y 3 prelados reclamaron el título de Papa legítimo y el corazón de la Cristiandad se rasgó severamente. Más tarde, las doctrinas de Marsilio y Ockham fructificaron en una manera avasallante: se desconocía la autoridad suprema del Papa, querida por el propio Cristo (Mt. XVI,16-18; Jn. XXI,15-19; Mt. X,2; Lc. XXII,32; Hechos I,13-22, II,14-40 y muchos más; Gál. I,18). Sólo el compromiso, milagrosamente obtenido, de todas las naciones de la Cristiandad acabó con esta doble amenaza: el conciliarismo ockhamiano-marsiliano y el Gran Cisma.

Mientras tanto, la revolución, como espíritu, avanzaba: en Inglaterra, en la universidad de Oxford, un profesor proponía y daba aires al nacionalismo eclesiástico marsiliano: Wycliff. Éste fue profesor de Juan Huss, que llevaría sus ideas a su Bohemia (la actual República Checa), sometida por entonces a Alemania, al Imperio. La rebelión contra Imperio y contra la Roma del Papado no se haría esperar. Huss, por otra parte, es citado a Constanza, al Concilio, a responder por sus ideas, bajo la promesa de que su vida sería respetada y, aquí, la revolución mató a un revolucionario, cobró su primera vida, para atizar una hoguera que no se podría parar, hasta el día de HOY, pasando, por ejemplo, por las dos guerras mundiales del siglo XX. Los hussitas de Bohemia no se quedaron de brazos cruzados, se lanzaron a la revolución, expropiando conventos, profanando iglesias, destrozando objetos sagrados, cristianos, en nombre de Cristo. Por supuesto, sucedió como pasa en toda revolución, se consideró superado el orden, se respiró ese aire de irrealidad en el que todo parece posible, la satisfacción de todas las fantasías, se formaron grupos anárquicos… y la revolución comenzó a devorarse a sus hijos. Los adamitas eran una secta de hussitas, de revolucionarios, de las que la revolución daría muchos otros ejemplos, fueron unos adelantados, unos hippies del siglo XV: soltaron sus ropas, declararon abolida la propiedad y el matrimonio, inventaron que, en el estado previo al pecado original (el de Adán y Eva), no existían ninguna de estas instituciones, que provenían del pecado; se convencieron de que ellos vivían en ese estado de felicidad primigenia; se lanzaron a todas las aberraciones y muchas villas tuvieron que sufrir sus desafueros, sus robos descarados. El resto de los hussitas fue y los cazó… y la carnicería fue inmisericorde…

La revolución se hace irreversible: la ruptura luterana y sus consecuencias próximas

Luego, Ockham engendraría a Lutero, fuerte creyente en el irracionalismo fideísta y en la absoluta arbitrariedad de Dios. El hombre está completamente corrompido, no puede hacer el bien; ni siquiera la gracia que Cristo nos alcanzó nos permite hacer el bien, no, al menos, a los ojos de Dios. La gracia es la Fe, que cubre nuestra PODREDUMBRE (literalmente), nuestra hediondez, para que la nariz de Dios no sienta náusea por nosotros… Así, podemos salvarnos, ir al Cielo. Cristo es el único mediador, no se necesita ni Iglesia ni sacerdocio; no se necesita autoridad, no hay autoridad, cada quien interpreta la Biblia como el Espíritu le inspire. Ésa es la salvación. “Cree mucho… y peca aún más”. Y la moral y la política y la institucionalidad y la sociedad cristianas volaron por los aires; por supuesto, volaron la racionalidad, humana, en general, o cristiana (por eso, era tan enemigo de la ciencia), etc. Y, en meses, la cristiandad influida por Lutero se rompía, literalmente, en mil pedazos (hoy en día, sólo en los Estados Unidos, las “iglesias”, los grupos, protestantes superan los 50 mil; mientras que la Iglesia conserva su unidad, intacta). Pero las consecuencias de estas ideas tenían que repercutir fuertemente: los campesinos alemanes se alzaron y Lutero clamó a los príncipes para que SE SALVARAN, FUERAN AL CIELO, SE GANARAN SU LUGAR AL LADO DE DIOS, ACRIBILLANDO A MÁS  DE 100 MIL CAMPESINOS, INCLUSO A VARIOS MILES, LUEGO DE HABERSE RENDIDO. Y las ideas mostraron su “fecundidad”: en Münster, al norte de Alemania, un grupo de Anabaptistas tomaron el pueblo y declararon su estado, análogo al de los hippies adamita-hussitas. Con una variante, tenían un rey David, el sastre Juan, que cortaba cabezas a diestra y siniestra, si, por ejemplo, se cometía el crimen nefando de negársele su derecho a coger a la mujer que le diera la gana…

Es que toda revolución tiene su contenido sexual. Subvertido el orden, la razón, su hermana, es desbancada inmediatamente… y lo que queda es las pasiones desatadas. Las más vehementes, las más básicas, tomarán el fuerte: la lujuria y la codicia, el deseo de poder… Lutero lo atestigua: cuando Enrique VIII de Inglaterra quiso divorciarse de su esposa, para satisfacer su lujuria, lo que terminó en la pérdida de Inglaterra por parte de la Iglesia Universal, la recomendación del heresiarca fue que no se divorciara, que se casara con las dos: el lujurioso monarca, con algo de su pasado de defensor oficial de la Fe, cortó todo vínculo con el Alemán. Sin embrago, cuando el libidinoso Felipe, margrave de Hesse, tuvo un predicamento similar, Lutero lo logró y la bigamia se ejecutó, en nombre de la fidelidad al Evangelio de Jesucristo…

Lutero siguió mostrando su fecundidad. Tuvo hijos infinitos. El más aventajado: Calvino, quien terminó siendo la fuerza que amalgamó a los ímpetus revolucionarios. Sobre todo cuando Isabel I de Inglaterra, hija de Enrique y su segunda “esposa”, la decapitada Ana Bolena, tomó el liderazgo de las fuerzas revolucionarias en Europa, por casi 40 años. Ahí estuvo el quicio de las guerras en Holanda y en Francia; y, más tarde, aunque indirectamente, la gran Guerra de los 30 años. De estas guerras hubo un efecto muy negativo. En la Francia del siglo XVI, apareció un tipo de personajes muy particular, nunca antes visto por tierras de la Cristiandad: el político, el hombre al que no le importaba la guerra ni su causa religiosa ni si era verdad o no o si había justicia: le importaba el beneficio y el poder… La Guerra de los 30 Años terminó con la derrota de la Iglesia y de España como su defensora, a manos de la católica Francia y de los cardenales Richelieu y Mazzarino, gobernantes absolutamente inescrupulosos de ese país. El final se selló en el tratado de Westfalia, en el que se sepultaba el principio internacional de la Cristiandad, el lugar del Papado y el Imperio y a la moral y la religión como principios reconocidos de las relaciones internacionales. En el futuro, el interés del poderoso y las alianzas de ocasión, con miras, precisamente, al poder y el lucro, serían los principios rectores.

Por esta época, Inglaterra seguía su curso como el país revolucionario por excelencia, se daba la revolución puritana, en la que surgían grupos análogos a los adamitas y los anabaptistas (de hecho, los puritanos, en general, eran hijos espirituales de éstos): los ranters y los diggers y otros muchos que tenían fuertes regresiones judaicas y más allá: hasta Adán y Eva, con la consiguiente suspensión del orden moral. Es en esta coyuntura que el literato Milton para apañarse luego de que su esposa lo dejara, inventó que la voluntad de Dios, que se expresaba directamente a través de cuanta locura se le ocurriera a los puritanos, era que se introdujera la ley del divorcio en la sociedad cristiana, para él poder divorciarse: un caso más de Occidente, de tantos que conocemos, en el que las pasiones descontroladas de alguien se convierten en ley, para calmar una conciencia culpable (el abandono del celibato apostólico [Mt. XIX,12] por parte de los protestantes, desde Lutero, Teodoro Beza, etc., las anticonceptivas, aborto, relaciones extra-matrimoniales, homosexualidad, etc., son otros tantos temas en que esta “ley” revolucionaria se ha verificado)… Los puritanos caerían, no sin antes producir el primer regicidio de la Cristiandad, y se volvería a instalar la monarquía. Mas, cuando en 1686 el Rey Jacobo II tuviera un hijo varón heredero al trono, el país de la libertad y el liberalismo, en su partido de la libertad y el liberalismo, los whigs, lanzó la Revolución Gloriosa, tumbaron al rey legítimo, instalaron al esposo de su traidora hija, el HOLANDÉS Guillermo de Orange (de ahí el anaranjado de la bandera y los uniformes deportivos de este país). Jacobo era católico, no podía haber mejor justificación REVOLUCIONARIA (de revolución profunda) para la revolución (“superficial”, sirviendo, en el caso, a la profunda).

La revolución se quita la máscara y asume su cara anticristiana

Y así llegó el siglo XVIII y el rechazo de Cristo, de Dios, de la Iglesia, del orden, del alma, de la inmaterialidad, de absolutamente todo; y la bienvenida a una voluntad de poder, inspirada por el nominalismo, para hacer de la realidad una masa a la que imprimir nuestras ideas, cualesquiera que ellas fueran: la (MAL LLAMADA) Ilustración. Ella obtuvo su victoria con la revolución francesa y con todas las revoluciones sucesivas, la pan-europea de 1848 (inspirada y llevada a cabo por los comunistas y los democratistas radicales), la rusa, las alemanas, la húngara, la mejicana, últimamente, esta pan-iberoamericana, que se halla en curso, LA DE LA CONTRACULTURA (sex, drugs and rock and roll) DE LOS AÑOS 60, etc. En el XVIII, apareció La Mettrie, el fundador del movimiento de los pornógrafos occidentales, luego vino el Marqués de Sade, su clásico absoluto: la mujer es una máquina de voluptuosidad, la voluptuosidad se va sin frenos, la voluptuosidad reclama violencia, todo esto termina en muerte. Mary Wollstonecraft se fue a París, desde Inglaterra, a soltarse el moño, pues en Francia se había suspendido la moral (quizás por eso, en La Vendée, la revolución produjo una de las grandes masacres de la historia, matando a hombres, mujeres y niños). Robespierre y Danton declaraban abolida la familia; las guillotinas y los cañones acababan con lo mejor de Francia, las profanaciones no tenían límite (hasta las reliquias de varios salvadores de la patria: Santa Juana de Arco, Santa Genoveva, San Germán, fueron víctimas del fanatismo), cambiaron hasta el calendario, hasta se masificó el canibalismo: eras un gran hombre si despedazabas y te comías partes de una monja… Y Wollstonecraft, precursora feminista, volvió asqueada a Inglaterra, pero sin abandonar la revolución. Se casó con otro revolucionario: Godwyn; y tuvieron una hija prominente: Mary, como su madre, conocida por su apellido de casada: Mary Shelly, autora de Frankenstein, esposa del muy reconocido Percy Shelly. Éste último, junto a Byron, forma la dupla de pornógrafos más conocidos de esta etapa, reconocidos por los beats (Allen Ginsberg) de Nueva York de los 40 y 50 del XX como sus padres intelectuales, así como por los realizadores de la Sociedad de los poetas muertos.

Por este hilo conductor llegamos a muchas expresiones, que se fueron multiplicando con los años y con la enfermedad de la civilización. En Rusia, Alexandra Kollontai, epítome del feminismo mundial, dirige la “liberación” femenina, que, por supuesto, termina en tremendo detrimento para la mujer, que es abandonada, que abandona a sus hijos… y la prostitución y el abandono y la exposición de niños se multiplica varias veces, en los ocho primeros años de la revolución: Stalin tiene que frenar a Alexandra y se instaura la férrea ley del mayor genocida de la historia. Freud subvierte, en nombre de su odio a Cristo y la Iglesia (con la que tenía intenso contacto en la católica Viena), se dedica a subvertir la moral sexual y la antropología, para destruir al orden desde su más profundo valladar. Reich, profeta absoluto de la revolución sexual, el hombre del año de Time Magazine de 1959, funda su movimiento marxista-freudiano de sex-pol, que buscaba “curar del virus místico” a las personas, a todo Occidente, mediante la masturbación; para lo que pone a su hija de 7 años a hacer espectáculos públicos de masturbación curativa, en sus mítines político-sexuales. Kinsey pone en sus estudios a violadores y prostitutas y asiduos de burdeles como representantes del “average american”, del gringo promedio, para asegurar que el gringo promedio es homosexual, pervertido, adúltero, violador, etc. (1948, el de los hombres, y 1953, el de las mujeres). El Informe Kinsey es usado como “ciencia” en los siguientes 60 años, como arma para pervertir a Estados Unidos y, a su través, al mundo, comenzando por la decisión Roth vs. USA (1958), por la que se despenalizó el tráfico de pornografía, hasta la famosa decisión del 1993, Planned Parenthood, en la que la Corte estadounidense aseguró, llevando al ockhamismo y sus derivaciones gnósticas hasta las últimas consecuencias, que la perversión sexual es un derecho, pues cada persona tiene derecho a construirse [imaginativamente] el universo propio, con todo y su yo, un universo en el que la perversión es la suma de la moralidad, si fuera de tu gusto… o lo que sea, según los gustos: se acabó la moral, punto. Aquí nos trajo la revolución…

La revolución sex, drugs and rock and roll, la infección de la Iglesia y el triunfo revolucionario: la disolución de la civilización cristiana, nuestro tiempo

Pero, en 1955, año que suele considerarse el último de la calma civil (vid. Forrest Gump, Volver al futuro, La Sociedad de los Poetas Muertos [aunque ésta se sitúa, más bien, en 1959], entre otras, y considérese que el levantamiento de Montgomery, Alabama, sucedió ese año…), nadie imaginaba que, en tan poco tiempo, se iba a lograr de manera tan total, lo que no habían podido tantas generaciones de revolucionarios, tan ilustres, con tanto esfuerzo, obras “insignes”, sangre derramada, violencia subversiva. ¿Qué pasaba en 1955? Pasaban varias cosas. Una muy importante es que la Iglesia Católica todavía tenía una fuerza imparable. Hasta los Estados Unidos parecían destinados a convertirse en un país católico, a la vuelta de dos o tres generaciones. La Iglesia se había mostrado impermeable a la revolución. Ocho generaciones de revolucionarios apenas la habían podido infiltrar. ¿Qué pasó? Pasó Freud, pasó Reich, pasó Marcuse, pasó Sartre, pasó Watson, pasó Kinsey. Pasó el rock and roll; pasaron las drogas y el psicoanálisis; pasó la revolución sexual, las anticonceptivas… En 1930, en Lambeth, Inglaterra, las confesiones protestantes sucumbieron a la presión moderno-aberrada. Mares de cristianos comenzaron a sucumbir a la gran hecatombe del mundo moderno: el sexo no tiene sentido y no es un asunto del matrimonio y del orden que Dios puso a su creación en la ley natural… Entonces, pasó Gramsci, Antonio Gramsci, ese comunista italiano que ideó el plan para producir revolución sin echar tiros, desmoralizando e infiltrando, antes de morir bien joven, convertido al Catolicismo [que Dios haya tenido misericordia de él]… Y Gramsci, un ejército suyo, tuvo la ocasión: el Concilio Vaticano II…

Llegó la gran asamblea, el Concilio, la oportunidad para que la Iglesia se apertrechara para enfrentar los nuevos retos de la revolución y el mundo que ella se había creado. Y… yyyyyyyyy… y ¡¡¡los revolucionarios no lo desaprovecharon!!! El ataque llegó por todos los flancos: la Iglesia tenía que confesar que era asesina; la Iglesia tenía que renunciar a su culto; la Biblia tenía que leerse con lentes de Nietzsche, de Kant, del historicismo, vaciarse de sentido sobrenatural; la educación primaria y secundaria católica debía claudicar y permitir el acceso a corrientes materialistas y psicoanalíticas, en la formación humana y no se diga nada del catecismo, que, a todo efecto práctico, fue abandonado; las universidades debían convertirse a la “apertura” moderna; los seminarios, lo mismo, más Freud y Carl Rogers y Maslow; la espiritualidad, sobre todo la conventual, debía rendirse y asumir corrientes psicoanalíticas y no rara vez fuertemente sexualizadas: de ahí procede la explosión de los casos de problemas sexuales en el clero y el convento… El matrimonio cristiano recibió el bombazo de la píldora. Los BUENOS en la Iglesia triunfaron puertas adentro, en lo oficial, pero los medios y los malos infiltrados modificaron las praxis y la institucionalidad católica internacional: la más grande red asistencial del mundo, por una grandiosa paliza, todavía hoy y a pesar de todos los pesares. Lo que ha pasado en los siguientes 50 años, sin dudas, es el más grande logro revolucionario de la historia.

Pero faltan datos para dar el panorama entero. En 1927, el Comité Central del Partido Comunista ruso, ordenó la producción de la música revolucionaria. Como Platón, los comunistas rusos se dieron cuenta de que todo estribaba en la música: un estado bien ordenado, como La República del Ateniense, debía tener música conforme a lo divino; un estado pérfido, como el perseguido por los rusos, debía tener un sonido de subversión: luego de muchos intentos y bajo la influencia de la corrupción de la música religiosa (cristiana) del negro estadounidense (Gospel, Evangelio), llevada a cabo por Ray Charles y otros (Aretha Franklin, etc.), el Rock and Roll y el movimiento pop darían la respuesta. Con la promoción y el consumo de las drogas, como nunca antes; la claudicación de padres y maestros en sus deberes de autoridad sobre sus hijos; la revolución sexual promovida desde los más altos niveles del mundo empresarial, del espectáculo y la política (hasta Martin Luther King Jr. participó); con estos cuatro aspectos, el rugido fue intergaláctico y cubrió a todos los habitantes de la Tierra.

Era la revolución SEX, DRUGS AND ROCK AND ROLL, los hippies invadiendo al mundo, que quedó irreconocible. Los hippies, esa raza de niños con malacrianza llevada al último extremo, arrebatados por fuerte nihilismo, en la creencia de que nada tiene sentido, nada da sentido a nada, en la creencia de que sólo hay lo que puedes ver, no lo que, al ver, entiendes, de que todo es impulso ciego y cercanía física, sin propiedad, sin naturaleza, sin historia, sin Dios, sin verdad, sin educación, sin racionalidad: a lo Marx, a lo Nietzsche, a la manera del existencialismo, de Freud. Es Jim Morrison, drogado, fornicando con cuanta escoba con falda se encontrara, llamando a la rebelión contra toda autoridad, siendo prófugo de la justicia, protegido por los magnates del espectáculo, promoviendo la Meditación Trascendental del fraudulento Maharishi. Son los Rolling Stones (es decir, los “enrrollar [rolling] tabacos de marihuana [stones]”) teniendo su “simpatía” por el enemigo de Dios, “Sympathy for the devil”, por el diablo. Es John Lennon, promoviendo a Maharishi y, todo drogado, diciendo que él es más famoso que Jesucristo. Son Bert Schneider, Warren Beatty, su hermana Shirley McLaine, Jack Nicholson y Diane Keaton haciendo proselitismo comunista, pro Viet Cong  y pro revolución rusa, en películas (Reds, 1981) y en la entrega del Oscar de 1975, en plena Guerra Fría. Es Andy Warhol y su Velvet Underground promoviendo fuertes perversiones sexuales, drogas, rock and roll, la desolación del arte (el pop), etc. Es el musical Hair y Woodstock promocionando el fin de la Era Cristiana y la esotérico-gnóstico-mágica-astrológica era de acuario: “this is the beggining of the era of aquarius, aquarius”, “éste es el comienzo de la era de acuario, acuario”: la Nueva Era, New Age. Y, para rematar, vamos a dejarlo en “un larguísimo etcétera”…

Y esto último, la new age, da el último toque, el detalle que faltaba. Desde el siglo XIX, Madame Helena Blavatsky y su sociedad teosófica comenzaron a promover un panteísmo de inspiración hinduista-brahmánica, el abandono de las iglesias cristianas y lo que hoy se ha venido a llamar el “supermercado espiritual”, esto es, el que cada quien se cree su propia religión, sincrética, contradictoria, sin ninguna racionalidad, tomando los elementos más disímiles, según lo que satisfaga inclinaciones egoístas sin freno. Así, orientalismos, nacionalismos, materialismos, reencarnacionismos, magia, brujería, neopaganismo, politeísmos diversos, versiones adulteradas –fuertemente adulteradas– de cristianismo, psicoanálisis y otras corrientes de psicología, drogas alucinógenas, espiritismo, animismos, africanos y de otros tipos y orígenes, cultos a la tierra (como el que se pone de pantalla en la película Avatar), se mezclan de las maneras más bizarras, para fomentar el solipsismo, el individualismo, la soberbia del que se hace una vida con un sentido autoimpuesto, que es anestesia y justificación de barbaridades, pues, entre otra cosas, rechaza el pecado… Y hippies, rockeros y estrellas pop lo asumieron y lo expandieron por el mundo, de modo que vino a ser una parte integral de su revolución y de la cultura contemporánea, posmoderna.

Todos estos elementos configuran al estado y civilización revolucionarios, una especie de cáncer nacido y crecido en la sociedad cristiana, que se mantiene por esa asombrosa inercia de la que habla Platón en El Político; y merced a lo que queda de verdad, de verdad pasada, cristiana, en ella… Es una sociedad fuertemente anticristiana; es una sociedad en la que lo sagrado no aparece por ninguna parte, fuertemente profana y chabacana. En la que la música, por la mayor parte, es lo que Volodós llama “ruido organizado”, lo que yo traduzco como “estridencia con ritmo”, como un taladro de calle [pobres de los que creen en que es posible un “rock cristiano” y demás quimeras similares: no lo hacen por mal, pero son taaaaaan ignoraaantees, los pobres…]… Y es una sociedad que continúa atacando a la Iglesia con potencia, con las armas que diseño la revolución hace mucho y que describe magistralmente Orwell, en 1984: la revolución tiene el poder, la revolución odia a la Iglesia y el pasado cristiano, a Occidente, y, por eso, lo infama sin piedad, porque “quien controla el presente controla el pasado; y quien controla el pasado controla el futuro”. A principios del XX, dicen Dawson y Voegelin, estos movimientos ideologizados, tergiversadores de la realidad, descendientes remotos de Ockham y Marsilio, a través de sus infinitos sucesores, se habían convertido en fenómenos masivos. A principios del XXI, controlan avasallantemente la realidad social. Sus mentiras son cultura popular y no hay rastros muy visibles de la verdad. Esto es dramático, trágico…

El resultado en nuestro mundo I: la “normalidad” de la inmoralidad, la inmoralidad como “libertad”, la racionalidad arrasada, el bien como “tabú”

No sólo se trata de que Marsilio y Ockham y sus sucesores sean la sustancia de la cultura popular, es, para rematar, que casi no se puede decir que haya algo más alto: ellos también son la cultura académica y los parámetros del discurso político, en el mejor de los casos, cuando no se reduce, prácticamente, a chillidos y berridos de mono, slogans y lemas publicitarios, excitaciones de pasiones bajas y sinsentidos.

Los estudiantes de la universidad presentan el caso, elocuentemente. Hoy por hoy, la inmensa, aplastante, mayoría de los muchachos son contestes en tener a la moral toda por un conjunto de meros “tabúes”, “reglas sociales”, es decir, intra-culturales, arbitrariedades impuestas, como en Nietzsche (Genealogía de la moral), quizás, por los sacerdotes neurasténicos, por envidiosos de la “virtud” nietzscheana, la “vida”, el vigor físico, la fuerza bruta y la potencia sexual… Quizás, impuestos por la malvada Iglesia, concebida malamente en una nebulosa, por cuadros difuminados por el photoshop o por la miopía. Cuando no le tienen mero odio a la “causante de todos los males de la humanidad”, sin saber cuáles sean ésos ni, mucho menos, por qué ellos dicen tal cosa, fuera de dos o tres noticias de prensa y alguna película que vieron y no recuerdan bien, sobre un cura, un monje, una monja, feos, antipáticos y malos; cuando saben algo más allá de sus narices y del Justin Bieber, la Madonna, la Brittney, la Shakira, la Rihana, la Beyoncé, la Miley Cirus, de turno, cuando saben algo más que el video-juego de moda, cuando, en verdad, saben que el mundo tiene más de 100 años, las ideas que tienen en la cabeza sobre la Iglesia son arrasadoras. Éste es un resumen de ellas… o, quizás, una ampliación explicitadora: una banda de viejitos desgraciados, tiranos, mentirosos, envidiosos, reprimidos, ladrones, que tiene como currículum las peores plagas de la humanidad: Inquisición (en versiones dirigidas por gnósticos, mentirosos, usureros resentidos porque sus abuelos no pudieron empezar el negocio, por “culpa” del Santo Oficio y otra serie de “hitoriadores” similares, en periodiquitos, televisión y películas, de Hollywood: el campeón, Dan Brown, autor del Código Da Vinci), las cruzadas (presentadas en espíritu igual al descrito de las inquisiciones); y una retahíla de mentiras históricas anejas: oscurantismo, tiranía del espíritu (Nietzsche, Humano, demasiado humano), misoginia (feministas gnósticas radicales, seguidas por tontos como Dan Brown), nazismo (partido comunista ruso, Rolf Hockhuth y un sinnúmero de seguidores, conscientes o meros borregos: Cornwall, Friedlander, etcétera), la gran riqueza material (todos los que, en la historia, han querido saquearla, desde los hussitas y los luteranos, hasta, por lo menos, Guzmán Blanco en Venezuela, pasando por los avispaos que, en Inglaterra, se quedaron, para satisfacción de su avaricia, con la mitad de las tierras cultivables, anteriormente en manos de monasterios, para bien del pueblo llano y del país: el origen del capitalismo inglés), etc.; YA. Además, los muchachos suelen creer, a lo Rousseau o, de nuevo, a la manera de Nietzsche, que la sociedad es cadena, que reprime, que inventa normas castrantes, que es degradación.

Por otra parte, los estándares educativos han decaído devastadoramente, de modo que la inmensa mayoría de las personas, incluso estudiantes de postgrados, tienen pocos conocimientos históricos, ninguna concepción de lo sagrado (vid. https://eticacasanova.org/2013/08/08/in-cultura-de-la-chabacaneria-vs-el-misterium-tremendum/), nula capacidad de distinguir la diferencia entre un concepto y una imagen o entre un razonamiento válido y uno inválido, entre un buen argumento y una falacia, entre argumentos concluyentes, plausibles y meros lemas, payasadas y manipulaciones. Es más, yo he visto, con mis propios ojos, he tenido que discutir con estudiantes que creen que el obtener válidamente una conclusión de unas premisas es asunto “relativo”, que depende de “mi verdad”, pero que se podría concluir de otra manera, de la manera más arbitraria; que, si yo digo “si cada quien tiene su verdad, no puede haber juicios morales; y, por tanto, no podemos saber si el aborto es malo, no podemos saber si la homosexualidad es mala, son meras opciones; y, así, entonces, NO PODEMOS SABER SI HITLER FUE MALO, él obraba conforme a ‘su verdad’. Y, del mismo modo, si no hay orden moral y no podemos conocerlo, entonces, los poderosos pueden hacer lo que les dé la gana, destruir, matar, violar: no hay justicia, bien o dignidad que oponerles, queda cada uno en sus manos”. Ante razonamientos válidos y necesarios, como los transcritos arriba, muchísimos muchachos se han quedado con la impresión de que yo soy un tirano porque les digo que, dadas las premisas, las conclusiones son ineludibles, necesarias, que, si uno dice: “todos los hombres son mortales” y “yo soy hombre”, la única conclusión posible, que es además forzosa, es “yo soy mortal”; no “yo puede que dure para siempre” o “yo soy inmortal” o “yo puede que muera” o “yo soy golondrina”. No ha habido manera, en infinidad de situaciones: he quedado como un “tirano del espíritu”, para seres humanos que, lamentablemente, no pasan de repetidores de slogans, cuya formación intelectual es la campaña del grupo homosexual más cercano a su residencia (aunque ni se hayan enterado del origen); para quienes el razonamiento más difícil y profundo es un lema de pepsicola o una perogrullada de un comentarista deportivo; y cuyos parámetros culturales y morales han sido dictados por los genios de la tolerancia, prolíficos inventores de lemas: los homosexuales tienen derecho, los católicos no; la Iglesia es oscurantismo, el progreso (que nadie dice en qué consiste) es la panacea de la humanidad; HISPANOamérica existía antes de España, por lo que Cortés, Pizarro y todos los conquistadores HISPANOS fueron malos, genocidas, pero la antropofagia de los indios era autonomía cultural; Hitler fue una basura, como lo fue, en realidad, pero la revolución francesa, con todo y Napoleón, fue un avance de la humanidad y los comunistas son liberadores del pueblo que luchan por los pobres y el bien común, que se enfrentan al materialismo capitalista… y pare de contar… La mesa está servida… En realidad, la cosa es peor, porque, como dije arriba, oírlos hablar de Hitler y Napoleón y la revolución francesa y Stalin, sería un lujo que no cabe esperar, sería como pedir demasiado… Ahora sí, dense banquete, tiranos del mundo: tienen a toda la humanidad en bandeja de plata…

En ese ambiente, la liberalización del tráfico y el consumo de drogas, así como el sexo sin control ni orden alguno, fuera de toda institucionalidad, se ven como “liberación”; la oposición a esto, movimientos de enajenados, borregos defensores de “tabúes”, tiranos medievales, cerrados de mente, que se oponen al “progreso”. No se ve que la moral no es ‘tabú’, que es el fundamento de la vida humana. Un nihilista les dirá que la vida no tiene valor, que eso es ‘tabú’ religioso, o que la conciencia no lo tiene, que decir que es malo drogarse es mero ‘tabú’ religioso; y que la religión es mero ‘tabú’ religioso, lo mismo que cualquier dignidad. Cuando termine de decir que todo es ‘tabú’ religioso, nombrando cosa por cosa, lo único que quedará será Stalin o Hitler y su poder y su genocidio, sin nada que puedas ponerles como freno: todo es ‘tabú’ religioso. Porque vivimos en la sociedad diseñada por unos sin-madre: el que sabe lo que es una madre, lo que le debe a su madre, lo que es el amor y la abnegación, no puede ser nihilista: éstos son nihilistas, pues no lo saben, por eso andan de campaña en campaña, pidiendo el derecho de matar a nuestros padres. Pero eso no se sigue de las premisas antedichas, según quienes creen que, de un silogismo válido, la conclusión es relativa, es válida para mí, no en sí, universal y necesariamente…

Por otro lado y consecuentemente, se suele representar al trabajo, los estudios, la familia y los amigos o la fidelidad a ellos, como modos de represión, a la manera de Marx y Nietzsche, a la manera de Margaret Sanger (que creía poder enseñar el amor a los cristianos, quizás por haber abandonado a su esposo, con su hija moribunda, para ir a acostarse con su macho de turno). No se dan cuenta de que decir eso equivale a asimilar la vida a la frustración. Tratar de construir un mundo en el que el horizonte todo sea discoteca, sin relaciones estables, sin moral, puro aturdimiento, sin trabajo, sin constancia, sin educación; el mundo del sexo sin control, de los niños “no deseados”, de los niños abandonados, aunque sus padres los vean todas las NOCHES o el mundo de las madres FILICIDAS, todo según les provoque y según sea “su verdad”. Un mundo en el que lo único satisfactorio es brincar en la discoteca o en la rumba, en el rave party, es un infierno, el mundo en el que nadie sostiene nada. Y, para colmo, es el mundo del aburrimiento total, la total monotonía, sólo discoteca o sus imitaciones en casas y galpones y clubes, etc.: horrible, la depresión sin fin. Ése es el mundo de la revolución de la “contra-cultura”.

Métanle a ese mundo lo que la revolución nos recomienda, el resto de SU menú: alucinaciones, propias de los locos, drogas, aturdimiento de la conciencia, deseo de vivir en permanente euforia, lo que es imposible, punto. Métanle más de la receta revolucionaria: alcohol, que, consumido todo el tiempo, lleva al alcoholismo y al delirium tremens (tremendos espantos).  Vamos por más: sin principios, sin bien, sin felicidad como plenitud del ser en cuanto es tal naturaleza y en cuanto tiene vocación de infinitud. Vamos por más: destruir lo que nos enseñaron nuestros padres, cortar el vínculo de las generaciones, lo que constituye a la sociedad, que vemos como meras cadenas, a no se sabe qué precio.

Pero la revolución es insostenible, por donde la cojas. Las drogas no llevan a la “autenticidad”; tampoco el sexo irresponsable. Todo lo contrario. La moral no es, meramente, “normas socialmente impuestas”, eso es lo que dice la revolución, que quiere sacudir, así, toda la moral: ser fiel a tus amigos no es mera “norma social”, la paternidad responsable no es mera “norma social”, ser sobrio y justo no es mera “norma social”, ser sincero no es mera “norma social”, respetar la propiedad y la integridad y la vida y la fama ajena no es mera “norma social”; el robo, el homicidio y la violación no son malos por meras “normas sociales”. Todas estas cosas son exigencias de ser hombre y estar relacionado con otros hombres; violar estas exigencias es dañarse a sí mismo, dañar a los demás y dañar a la sociedad como un todo. Hay un orden natural, que no se puede violar, a menos que se desee dañar a otros y a sí mismo. En la película Wall Street, el demonio Gordon Gekko se aprovecha de la mala moral, de drogas y sexo “libre”, de Bud Fox, para dominarlo, para explotar mejor su avaricia y lograr convertirlo en el peón que necesitaba.

Los que dicen que la cultura es opresión, como Rousseau, Marx, Nietzsche, lo que son es los máximos borregos, no unos libres y rebeldes. Y, hoy en día, en la época del gobierno revolucionario, en que la revolución lo llena todo, ser rebelde es todo lo contrario. Además, nadie, en una sociedad que se halle en una etapa sana, dice cosas así. Lo normal es que la gente viva pensando en el Infinito y sus cosas, dentro de los parámetros de la sociedad. De hecho, quien dice cosas así, hoy por hoy, está dentro de los parámetros de esta sociedad, que se levantó contra el logos, contra la racionalidad, y, quedando sin fundamento y lanzada al gnosticismo de la voluntad de poder, quedó como revolución desnuda: de ahí las guerras continuas, el totalitarismo, la depresión, las drogas, la destrucción de la familia: puro progreso. Destruyó la familia, con anticonceptivos, sexo descontrolado, alcohol, drogas, destruyendo a los hombres. Dijo que libertad era hacer lo que nos diera la gana, cuando cualquier súper-esclavo o cualquier animal hacen lo que les da la gana, pero no lo que quieren, no el bien del inteligente en cuanto es inteligente: despedazó la imagen del hombre en el propio hombre. Hizo, así, fuerte violencia, sacó a la sociedad de su cauce, destruyendo al hombre, arrasando sus posibilidades de realizarse en el sentido de lo humano: los hippies no echaron muchos tiros, los beats sólo le volaron la cabeza a alguna esposa (William Burroughs lo hizo), pero no lideraron tropas o esgrimieron las armas, pero se hizo tremenda violencia… y la que viene será devastadora…

El resultado en nuestro mundo II: marxismo y capitalismo como actualización del “si no te agarra el chingo, te agarra el sin-nariz”

En este ambiente, se entenderá que las opciones políticas del hombre contemporáneo no son las más prometedoras. Tienen que ser revolucionarias. Tienen que ser nihilistas. Tienen que ser inmorales, bastardas. Y lo son. En Venezuela se dice este refrán: “[en la sociedad revolucionaria] si no te agarra el chingo, te agarra el sin-nariz”: un chingo es un hombre que, por tener problemas nasales, habla de una manera muy extraña y sin capacidad para pronunciar algunas consonantes. El refrán es como un vecino del “saltar de la sartén para caer en las brasas”: si no te agarra el malo, te agarrará el peor; es como “salir de guate-mala para caer en guate-peor”. Todo empieza en el liberalismo: llega el liberalismo, todo se corrompe, se impone el materialismo moral, la avaricia y, con ella, el desprecio de los ricos a los pobres y, en pago proporcionado (no justo), el rencor de los pobres a los ricos. Así nace el comunismo, hijo del capitalismo, históricamente así (es decir, en el siglo XIX, salió capitalismo y se trajo, engendró, gestó y parió, más atrás, al comunismo); teóricamente así (es decir: Marx es hijo de Locke, Smith, Ricardo); y como necesariamente así (es decir, donde llega el uno, llega más atrás el otro).

El comunismo, por su parte, es “el mayor esfuerzo histórico por instaurar el reino del anticristo en la tierra” (Gilson, Las metamorfosis de la Ciudad de Dios). No digo que no pueda haber personas que sean buenas y comunistas, hay de todo, pero nadie es bueno, EN CUANTO es comunista: Marx niega la virtud, propugna la violencia y el odio, la mentira y la traición, la destrucción de la familia, dice que no hay nada humano que no sea economía y poder, que las relaciones humanas son de poder, etc.: ¿puedes sacar honradez de ahí? Ni en mil años. No sólo eso, una sociedad que se deje dominar por estos “principios”, que lo son, sólo que no morales, sino INMORALES, no puede sino caer en un abismo de corrupción, totalitarismo, depresión y lo que parece la suma de todos los males. Centenares de millones de asesinados en menos de un siglo; y varias sociedades políticas y, aún, civilizaciones enteras aplastadas, atestiguan el desastre. Éste es, sin dudas, el sin-nariz.

Pero la alternativa que nos presenta la revolución, el chingo, el liberalismo, la economía liberal, el capitalismo, no parece una respuesta adecuada. Puede ser mejorcito, puede que admita la discusión racional, el disenso, un cierto margen de libertad, no es tan asesino y no es totalitario como el sin-nariz comunista. Pero es desmoralizador y genera fuerte opresión: la avaricia, la inmoralidad, la voluntad de poder, un economicismo de signo contrario al comunista, el mismo materialismo radical, pero, en vez de odio y resentimiento, nos ofrece sus contrapartidas: avaricia y desprecio del desafortunado, por parte de los que tuvieron fortuna, gracias al trabajo de los anteriores y ¡a su infortunio! Propugna la “libertad”, queriendo decir inmoralidad, por una parte, y, por la otra, ausencia de obstáculos para que los ricos ejerzan la usura, prácticas agresivas de explotación, sea del trabajador, sea del consumidor, sea de uno y otro, sea de toda la sociedad, de todas las maneras que se le puedan ocurrir, sin violar la “libertad”. Se define como “usura patrocinada por el estado” (Michael Jones). Y define al estado, siguiendo a Locke, como “protector de las ganancias de la avaricia”. Y la avaricia es el único criterio moral; por lo que corrompe, por publicidad que destruya la libertad de la gente; si hace falta, vende drogas, para abrir las fronteras de la sociedad que se le oponga, que no desee comprar tus baratijas industriales, como lo hicieron, con China, Inglaterra, Estados Unidos, Rusia, Alemania y Francia, en el siglo XIX, en las Guerras del Opio…

El comunismo, de nuevo, se presenta como respuesta a estos desafueros. Y, en la lógica que imponen los parámetros revolucionarios, no puede haber nada más acertado: los comunistas niegan toda dimensión trascendente del hombre, el valor de la familia, la sociedad, la religión, la moral, el arte. Para ellos, todo lo que no sea economía, relación basada en la producción de bienes corporales, todo lo que escape a un radical materialismo moral, no es más que arbitrariedades creadas por los capitalistas, para domeñar al proletario e impedir su revolución, robándolos de la manera más impune. Propugnan el odio, la revolución violenta, la aniquilación de los empresarios y, en general, de todo lo que no sea “pueblo” y su “vanguardia”, el propio partido comunista. Al final, toda esta cháchara es escamoteo; según Marx y sus hijos espirituales, el capitalismo está mal, pues el empresario, poniendo a los obreros a trabajar, los roba, pues él se queda con las ganancias, que son fruto del trabajo del obrero, de la plusvalía que ellos añaden a las materias. El partido comunista acabará con esa “injusticia” (los comunistas niegan que exista la justicia), llegando ellos a ejercer el control de los medios de producción y del trabajo, de la economía; y, como ellos destruirán todas esas estructuras artificiales de dominación, las superestructuras, religión, familia, etc., ellos dominarán de manera total y absoluta al ser humano: el que diga que hay más que economía en la realidad, de hecho, será barrido; el que diga que aquí hay algo malo, será barrido; el que represente algo diferente, el cura, por ejemplo, será barrido. Esto es el totalitarismo… La sociedad es todo, quien la controla controla todo; la sociedad se reduce a economía y ellos la tienen que controlar… Saquen sus cuentas…

Aquí, adicionalmente, se puede ver algo de lo que hablé arriba: según ambas “opciones” ideológicas, no existe el orden del mundo, no hay verdad, no hay bien en lo sensible, no hay dignidades, no hay moral, pues no hay verdad ni orden real. Sobre esa base, se monta el comunismo para instaurar el totalitarismo. Sobre esa base los liberales capitalistas se montan para ejercer la opresión económica de los débiles, la “libertad”. Búsquense a alguien que diga: “no traten de tumbar estructuras, no hagan la guerra, desmoralicen; contesten a la autoridad, desautoricen; den drogas, prometan ‘libertad’, sexo sin control; díganle a la gente que tiene derecho a todo lo que le dé la gana, que nadie le puede decir que su gana no sea ley; díganle que la familia es la mayor opresión de la libertad entendida como lo que les dé la gana; infiltren las instituciones espirituales, que de la Iglesia y la universidad salgan las voces desmoralizadoras, libertadoras”. Búsquese a alguien que diga eso… no, perdón, ya hubo alguien así, Antonio Gramsci, inventor del marxismo cultural; otro más, el ya citado Wilhelm Reich, inventor de la sex-pol, o política sexual, aplicación de Marx y Freud a la moral y la religión, resumida en la máxima: “el enemigo es Dios, si se masturban, dejarán de rezar, triunfaremos, derrotaremos al enemigo: a hacer que se masturben”. Hubo otros, pero éstos se llevan el premio de los campeones. Mas hay que añadir a gente como Lenin, Hitler, Goebbels, Eddie Vernays, que llevaron esas políticas a la publicidad: “la gente es estúpida, una cuerda de borregos, inventa cinco slogans, repítelos, así, asá y asao y sancochao, los dominarás como te dé la gana, si los repites todo el tiempo, los tendremos en nuestras manos”. Cojan toda la doctrina revolucionaria, redúzcanla a cinco slogans, lemas del mal; cuando hayan alcanzado una etapa de desmoralización, pasen a la siguiente; luego a la otra, mientras vamos legalizando el nivel alcanzado: divorcio, pornografía, anticonceptivos, liberación de la mujer, aborto, divorcio express, homosexualidad, drogas, otras perversiones en la línea de la homosexualidad, poligamia, incesto, bestialidad… sigue por ahí: the sky is the limit. La semana pasada una corte de Nueva York aprobó el incesto entre tíos y sobrinos (https://www.lifesitenews.com/news/new-york-appeals-court-unanimously-oks-some-incestuous-marriages); una corte de Utah permitió la poligamia a grupos de mormones fundamentalistas renegados de la línea principal del mormonismo actual (http://www.huffingtonpost.com/2013/12/17/utah-polygamy-court-ruling_n_4455706.html)… No hay límite, the sky is the limit. This is the revolution, babe, the revolution is televised, the revolution is in the television, is in the air, is in the water, is inside your house… está en el aire, en el agua, está dentro de tu casa…

Pero la cara actual de la revolución es la más impresionante que se pueda encontrar. La revolución es deconstrucción total. La revolución deconstruye, incluso, los lenguajes revolucionarios particulares: Marx o Nietzsche son expresiones particulares; los capitalistas lo mismo. Un revolucionario actual, uno de esos que cree en el “arte pobre”, en el posmodernismo radical, no asume nada como válido: el asunto, por ejemplo, no es la revolución proletaria, eso es una expresión concreta, nadie [que sea revolucionario actual] puede creer en ella. Nadie [que sea revolucionario actual] cree en ella, nadie cree en la oligarquía. Nadie [que sea revolucionario actual] cree en esta o aquella expresión, no se debe creer en el lenguaje, todo ha sido liquidado, sólo queda el poder y la destrucción de los que creen en algo. La expresión real de un revolucionario actual es la sátira, pero una sátira que no busca risas, una sátira que busca morisquetas cínicas y desencantadas. Es un bidet en el medio de una sala con excremento, con orina, quizás, con una imagen de la Virgen Inmaculada, a la que hay que mancillar de manera tan odiosa. Un revolucionario actual es Phillip Roth, diciendo que el mesías es uno que fornica con cristianas, para liberarlas, ultrajándolas. Es una propaganda de Beneton en la que un imán musulmán se besa, por la magia del photoshop, con el papa Benedicto XVI. Sigue por este camino, hasta que no quede nada sagrado, nada venerable, nada respetable, ninguna dignidad.

La revolución actual busca el comunismo aquí, si eso destruye la moral y la religión aquí; o el capitalismo allá, si eso destruye la moral y la religión allá; o, aún, alguna otra manera acullá, si eso destruye la moral y la religión acullá. Todo depende de algo que dijo Marx, llevado hasta sus últimas consecuencias: no importa la verdad, no importa esto o aquello, la verdad depende de lo que convenga a la revolución, lo demás es engaño de galería, para borregos…

***

Hay una sola vía. Una sola alternativa. Vivimos en una civilización totalitaria en su base, en su vocación; y con un destino cada vez más asfixiante. La inmoralidad asesina y destructora de las vidas de las personas cada vez sufre menos a la moral, a los hombres cabales. Es urgente recurrir a la alternativa. No podemos volver al pasado, como dice Tennyson, el poeta, “ya no somos esa fuerza que en los viejos días movía cielo y Tierra”; esos días no pueden volver, como parecen querer otros ideologizados, que huyen de la realidad y la quieren manejar, aunque por desesperación: los “tradicionalistas” o “conservadores”. No somos esa fuerza, pero “eso que somos, somos: un temperamento igual de corazones heroicos, hechos débiles por el tiempo y el destino, pero fuertes, en la voluntad”. Todavía podemos lograrlo, todavía puede ganar el bien en este mundo: “vengan, mis amigos, todavía no es demasiado tarde para buscar un mundo más nuevo. Zarpemos y sentémonos bien, para golpear los surcos sonoros: pues mi propósito sigue en pie: navegar más allá del atardecer y de los baños de todas las estrellas occidentales, hasta que muera. Puede que los golfos nos hundan; puede que lleguemos a las Islas Bienaventuradas; y veamos al gran Cristo* a quien conocimos […]: a luchar, a buscar, a hallar y a no ceder”. A luchar, a luchar, a rebelarse, a unirse a la rebelión, A LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

* El original dice: Aquiles

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: