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El Príncipe domesticado

Iba buscando a un hombre y, de un Zorro, aprendió la medida de todas las cosas

Antoine de Saint Exupery y El Principito: ellos dos nos domesticaron, nos mostraron nuestro valor y el sentido de la existencia

Antoine de Saint Exupery y El Principito: ellos dos nos domesticaron, nos mostraron nuestro valor y el sentido de la existencia

Una mañana, luego de que el Principito hiciera todas sus labores, de que deshollinara los volcanes de su planeta, de que limpiara la superficie, no fuera que un baobab creciera y destruyera al pequeño astro, como aquellas raposas que hay que cazar, no sea que destruyan la viña (Cantar de los cantares, 2,15), después de todo eso, fue a hablar con su rosa. Ella era orgullosa y gustaba de humillar al muchacho… lo hirió y él prefirió irse, desgarrándose de dolor.

Recorrió varios planetas: el del contador, metido en los números y el dinero; el del geógrafo, buscando siempre un explorador que le contara de las formaciones y el relieve, pero que nunca vio nada de aquello sobre lo que escribía; el del Rey, que, por sobre todo, quería súbditos; el del farolero, en aquel planeta en  que el día y la noche duraban minutos, apaga-prende, apaga-prende: algo útil, pero un sinsentido… Ésa era la vida de todos estos personajes, con posiciones y ocupaciones, soplos de viento, naderías. Pero la peor era la del borracho: “- ¿para qué bebes?; – para olvidar; – ¿para olvidar qué?; – la vergüenza; -¿vergüenza de qué?; – de que bebo…”. La vida en un círculo, en un círculo vicioso…

Por fin, llegó a la Tierra, planeta en el que habría cosas interesantes: con tanta gente… Bueno, no tanta, los adultos, conocidos de otro modo como “maltusianos” o “ideólogos de género y salud reproductiva” o “gnósticos odia-hombre”, creen o dicen creer que somos muchos, pero, si pusiéramos a todos los hombres en la plaza, apretaditos, cabrían todos: si los pones en el estado Bolívar de Venezuela, uno solo de los 23 de este pequeño país, de más 238 mil kilómetros cuadrados, de más 238 mil MM de metros cuadrados, cabrían todos los hombres y tendrían 34 metros para cada uno… y sobraría el resto del territorio planetario… El Principito echó a andar, iba en busca de un hombre. Como en su oportunidad Diógenes el Cínico con su lamparita, el Principito iba buscando a un hombre. No lo conseguía. Una vez vio a quién preguntarle por los hombres: “ah, sí, yo los he visto, van de un lado a otro, de un lado a otro, como llevados por el viento, porque no tienen raíz”. Otro día, ¡Eureka!, una estación de tren, miles y miles de hombres y tremenda decepción: de un lado a otro, en continua agitación, iban y venían, miles de cabezas, ningún rostro: agitación, agitación, ninguna personalidad, la imagen escondida, la dignidad apagada…

Esa dignidad pronto iba a entrar en juego. El Principito recordaba a su rosa, la añoraba, le hacía falta, la amaba, después de todo, era única en el universo. Seguro que era hiriente, sin dudas lo humillaba, pero él no debió dejarse dominar por la soberbia, debió ser humilde y perdonar; por sobre todas las cosas, no debió atender a sus palabras, a sus niñerías, sino a todo el bien que le hacía: ella era la belleza, el amor, el contacto con algo muy adentro, muy profundo…

Aaaayyy, no, un jardín de rosas, miles de ellas, ¡qué decepción, la suya no era la única, era una entre millares, millones, quizás! Qué vacío, el desengaño… Aquí entró el salvador, un Zorro, no, EL Zorro: “domestícame”, palabra clave, taladro de Dios… “Domestícame”. El Principito no entiende, quiere saber: “¿qué es domesticar?”; “si me domesticas, todo cambiará”; “oye, qué bueno, ¿qué es domesticar?” El Principito era serio, era, de verdad, un hombre, porque era un niño, nunca dejaba, como Santo Tomás de Aquino, ninguna pregunta sin responder, era una aniquilación de toda frivolidad, de todo atolondramiento: sabía lo que importaba, no las enormidades de los adultos (carros, dinero, ocupaciones, negocios), no, era mucho más importante no dejar nada relevante sin respuesta: “Por Dios, ¡¿qué es domesticar?!”. El Zorro cedió: “domesticar es crear vínculos”, es llegar a formar un lazo personal, un lazo en el que lo que importa, lo que cuenta, es la persona, su bien, su afirmación en tanto que tal y, por tanto, el sentido de su existir personal. “Domestícame”, ámame, muéstrame la medida de mi valor, muéstrame a mi igual, muéstrame a mí mismo, dale color y altura y anchura y profundidad a mi horizonte. “Mi vida es monótona –aclara El Zorro– yo cazo gallinas, los hombres me cazan a mí, todas las gallinas se parecen, todos los hombres se parecen, eso es muy triste. ¿Ves los campos de trigo? Yo no como trigo, a mí él no me dice nada; pero si me domesticas… el trigo es dorado, como tus cabellos, si me domesticas el trigo me hablará de ti, lo veré y seré feliz”. La vida, monótona y dura se llena del amor, por la domesticación se transforma en una gran obra maestra del Amor de Dios: por amor “se transforma en endecasílabos la prosa diaria”, decía San Josemaría Escrivá. “Nadie puede dar la vida por lo que no se ha domesticado”, la domesticación es la medida de la vida: dice Perales, “Es hermosa la vida si hay amor. Es hermoso el paisaje si hay color Es hermoso entregarse por entero a alguien por amor, por amor”.

Qué gran éxito, El Principito, amante consumado, comprendió, en su generosidad y su humildad, precursoras del amor. Fue al jardín de rosas y les “explicó”: “yo creí que ustedes eran iguales a mi rosa; pero no, no lo son, porque a ustedes nadie las ha domesticado, nadie dará la vida por ustedes; después de todo, mi rosa sí es única en el mundo, porque yo me he vertido en ella y le he dado mi vida, de modo que no vivo en mí” y en ella me encuentro, porque ella vive en mi alma, en mi corazón. Mi rosa vive en el infinito, en el infinito de mi vocación personal, del amor y la fusión de las personas en la entrega y la recepción, en un vínculo que sólo puede ser hecho DE Dios.

Así, el niño de valor incalculable, volvió donde EL Zorro y emprendieron la gran tarea: lo domesticaría. Unos días más tarde, el Principito iba a visitar a EL Zorro; éste lo corrigió: “no, no, no; no, hermanito, no puedes venir en cualquier momento, de improviso, sin orden ni concierto. Los ritos son importantes. Vendrás el sábado, a las 5:00 en punto, así, cuando sean las 4:30 comenzaré a estremecerme e inquietarme, CONOCERÉ EL PRECIO DE LA FELICIDAD… Te sentarás, primero, más lejos; y te irás acercando…”. Se requiere de un trabajo paciente de entrada en la vida del otro; es un mundo en el que hay que “ir, despacito, hasta la fuente”, hay que beber de ella, de a poco, como quien recibe algo del mayor valor, hay que ir saboreando, hay que ir conformándose, hay que dar tiempo al crecimiento, hay que poner un trabajo, que no puede ser devorado por ansiedades, es un trabajo peligroso, pero “no hay amor fino sin la paciencia”…

Pasó el tiempo… llegó la hora de la partida del Principito, de la despedida. EL Zorro lloró, el Principito le reprochó: “tú tienes la culpa, me pediste que te domesticara”… Y aquel papá, aquel papá verdadero, dijo: “es mejor tener un hijo que se irá, que viajará, que se enclaustrará en un monasterio, que morirá a destiempo, es mejor tener a mi hijo, saber que su existir tuvo lugar, es mejor haberlo disfrutado, es mejor el regalo de la vida, aunque ella vaya a apagarse a nuestros sentidos, que la desolación de que no hubieran existido nunca… Y, luego, más tarde, vendrá EL REENCUENTRO”. EL Zorro se lo aclaró: “es mejor… por el trigo”: siempre permanecerá nuestro amor y el sentido de nuestras vidas juntos y el vínculo irrompible y los momentos, que han venido a ser eternos…

***

Gracias, Antoine, tú y tu Principito y tu Zorro y tu Rosa nos han domesticado: sabemos lo que valemos, sabemos que no somos nada sin la virtud, que ella es imposible sin el amor y él sin la humildad y la generosidad; sabemos, comprendemos mejor, gracias a ti, que si amamos, así, de verdad, “podemos hacer lo que queramos”, como dijo San Agustín. Gracias, Antoine, hemos vislumbrado el Infinito… y nuestra vocación en Él. Eres una gran guía, eres de Cristo, eres de la esencia… y, en tiempos de oscuridad, en tiempos de revolución, eres rebelión, REBELIÓN DE LA ESENCIA…

 

Nota-Disculpa: en el anterior artículo, las citas no deben ser exactas, son de memoria, las que tienen pretensión de cita, muchas son paráfrasis y demás cosas similares: no es un tratado académico, es poesía para niños, inspirada en uno de los más grandes niños, es decir, de los niños más niños, de la historia de la literatura…

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1 comentario

  1. Sin lugar a dudas alcanzo la reflexión, sus lagrimas regaron con amor el tallo y sus raíces, el campo magnético se elevo entre cascadas misteriosas, dejo la rosa sus espinas en el campo cerrado, sus manos le llevaron por viajes de ideas, mientras sus lamentos cambiaron los horizontes donde se encontraba atrapada la felicidad, fértil era el universo y el lugar sagrado donde el principito de hallaba incursionando en el ámbito de los misterios, descifrando los enigmas de las constelaciones cuando una rosa broto del silencio.

    El zorro corroo en medio de la nada, escondía la cola porque de inmediato vio la muerte, abismos sin fortuna, planetas de fuegos y la mitología broto de entre la nada llevándose todo el esquelético y famélica existencia del zorro. Quizás las lagrimas renacen del espíritu una y otra vez, dan vida a la rosa mística y enigmática que lleva la ventura en su sabia, yergue entre lo desconocido y levanta el suelo con su cristal del alma, así van sus esperanzas dormidas, luz del alma viajando despacio en el universo, dejando su luz y su destello.

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