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El batazo que siempre recordaré

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Siempre he discutido algo en el beisbol: ¿cómo se mide la emoción? ¿Cómo se mide una hazaña épica? ¿Cómo se puede medir lo que transmite un turno como el del viernes por la noche? Eso no se puede tabular, hay que estar allí para verlo, para sentirlo, para vivirlo; a fin de cuentas, vivir es la aventura más hermosa de todas y lo de Miguel Cabrera contra Mariano Rivera es algo que debía paladearse.

El mejor cerrador de todos los tiempos, el apodado “Hombre de Arena”, el general con las charreteras brillantes de tantos soles, entraba en su feudo para asegurar el compromiso. La Gran Manzana, como siempre, rendida a sus pies, esperaba lo de siempre: “¡apaga y vámonos!”, Mariano estaba lanzando. Pero más allá de cualquier estadística, más allá de otra cosa, en ese noveno episodio, se le presentó al panameño un factor con el que no contaba. Él sabía que para completar la ecuación debía despejar la gran incógnita de la noche; estaba consciente, todos lo estaban, así se traslucía en los rostros de poliester apostados en la gran casona del Bronx, de un sumando nada despreciable que era menester aislar, Miguel Cabrera.

El slugger de los Tigres de Detroit entró a batear y en el primer swing que hizo parecía dominado. Foul. Cayó en el dugout de los dueños de casa. No le agarraron la pelota. Dejaron vivo a la fiera. Luego, dos dardos seguidos adormecieron su rodilla izquierda. El tipo cojeaba, guapeaba, hasta Jim Leyland salió a preguntarle si podía seguir. ¡Rendirse, jamás!, quizá pensó el de Maracay. Fue entonces cuando el cerrador soltó su recta cortada. Afuera y abajo, bola. Luego en 2-2 con dos outs, ganando los Yanquis 3-1, todo listo para seguir rompiendo el récord de salvados que él mismo se impone con cada salida, cuando todos lo creían exangüe, cuando el interruptor se iba a poner en off sonó el disparo ¡pum! Salió un obús disparado y aquel proyectil tomó ribetes literarios, se tornó en poesía, se tradujo en epopeya ¿Cómo se mide todo eso? En dos segundos, el telón de fondo del Yankee Stadium abría sus fauces para engullir aquella pelota. Rivera se volvía un mortal más y Miguel Cabrera se alzaba más allá de sus dolencias, para anunciarle a la Capital del Mundo que estaba dispuesto a devorarse otra vez la Gran Manzana. El jonrón silenció a todos y humedeció la parquedad del “Hombre de Arena”.

¿Cómo se puede medir aquello? ¿Cómo se puede tabular todo lo que eso significó? ¿El estacazo de la temporada? Tal vez no, pero será uno que Mariano Rivera jamás olvidará. ¿Cómo se mide eso? ¡Imposible! Las cifras sirven para muchas cosas, pero no para traslucir las grandes hazañas logradas a pulso en las arenas del combate. El viernes por la noche, ese jonrón nos devolvió las ganas de soñar, nos revivió las evocaciones pasadas, cuando veíamos a nuestros ídolos sacar las pelotas sin importar las cifras ni los aturdimientos aritméticos.

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