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A los que niegan las profecías de Cristo sobre el fin de Jerusalén

Según ellos, los evangelios mienten

Como Jesús predijo, del Templo no quedó piedra sobre piedra. Si se intentara construir de nuevo, sería imposible: ya cesó el antiguo sacerdocio y su rito, ese "Templo" sería una blasfemia

Como Jesús predijo, del Templo no quedó piedra sobre piedra. Si se intentara construir de nuevo, sería imposible: ya cesó el antiguo sacerdocio y su rito, ese “Templo” sería una blasfemia: ¿en nombre de quién oficiarían unos sacerdotes autonombrados?

Mateo, XXIV,2.15-20: “«¿Ven todo esto? Les aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra: todo será destruido» (…).15 Cuando vean en el Lugar santo la Abominación de la desolación, de la que habló el profeta Daniel –el que lea esto, entiéndalo bien– 16 los que estén en Judea, que se refugien en las montañas; 17 el que esté en la azotea de su casa, no baje a buscar sus cosas; 18 y el que esté en el campo, que no vuelva a buscar su manto. 19 ¡Ay de las mujeres que estén embarazadas o tengas niños de pecho en aquellos días! 20 Rueguen para que no tengan que huir en invierno o en día sábado” (cfr. Mc. XIII y Lc. XXI). Estas palabras las pronunció Jesús pocos días antes de entregarse a la muerte, para la salvación del mundo, en el año 30 de nuestra Era. Las mismas se cumplieron en el año 70, cuando Tito quebró por fin las defensas de la Ciudad Santa y el Templo terminó presa de las llamas. Finalmente, en 131, Adriano terminó de destruir los vestigios de la antigua ciudad, construyendo la ciudad de Aelia Capitolina. Del templo quedaron sólo los fundamentos subterráneos (actual Muro de los Lamentos); de resto, nada…

Hay varios puntos que muestran que Jesús es, realmente, el Mesías enviado por el Padre y, más aún, el mismísimo Verbo divino. Uno es los milagros que realizó, especialmente la Resurrección, certificada por numerosos testigos y por personas que recibieron la palabra de otros y así dieron Fe de la misma.

Otro es el impresionante cumplimiento en su persona de profecías muy antiguas, como las del Salmo XXII (XXI): “han taladrado mis manos y mis pies y ellos me miran y contemplan”; o la de Isaías VII,14: “se nos dará una señal: la Virgen (Parthenos) dará a luz un hijo” (Tertuliano, en el año 200 ya tuvo que discutir con los judíos sobre el término ‘Virgen’ en el texto profético: ayer, como hoy, los enemigos de la Fe la han querido anular: dicen “no es virgen, es doncella” y responde el grande africano: “¿ah, sí y, entonces, cómo es eso una señal?, si todas las doncellas dan a luz”…). Están las profecías de Amos VIII,9-10: el “Día del Señor”: “Aquel día –oráculo del Señor–, haré ponerse el sol a mediodía y oscurecerse la tierra en pleno día. Convertiré vuestras fiestas en duelo y todos vuestros cánticos en lamentos; cubriré de saco toda cintura y dejaré rapada toda cabeza. La pondré como en luto por un hijo único y su fin será como un día amargo”. Oseas VI,1-2: “«Vengan, volvamos al Señor: él nos ha desgarrado, pero nos sanará; ha golpeado, pero vendará nuestras heridas. Después de dos días nos hará revivir, al tercer día nos levantará, y viviremos en su presencia”. Y otras miles, aunque la más impresionante sea la de Isaías LII-LIII: el cuarto canto del Siervo de Yahwéh, en la que se anuncia, en una descripción impresionante de la Pasión y la Cruz, 700 años antes de los hechos, que sus impresionantes sufrimientos, serían nuestra salvación y el cumplimiento del designio de Yahwéh, por los que Él vería multitudes por herencia; también impresionan las de Isaías LV, sobre la Eucaristía y la Alianza Eterna. Son miles y demoledoras de toda increencia, como dije. Pero, junto a ellas y los milagros, están la doctrina impresionante de Jesús y sus acciones de generosidad sobrehumana, que certificaban su autenticidad.

Y, todavía más, tenemos las profecías del propio Jesús. Siempre me ha gustado hablar de los asombrosos cumplimientos de la ciertas profecías suyas, como la de la mujer que derramó el perfume sobre sus pies, cerca de Jericó, en casa del Simón el leproso (Mt. XXVI,6-11) o la muchedumbre de pasajes en que dice que sus discípulos seríamos perseguidos, que habría traidores y mártires (solamente hoy, hay 300 MM de perseguidos formales y la totalidad de los católicos no traidores estamos en pie de tener que defendernos de todo tipo de ataques, mentiras, manifestaciones de odio, etc.).

Claro, siempre se ha aducido la de la destrucción de Jerusalén y, si se medita un solo segundo, es devastador el ser humano: cualquiera que sepa de esta historia tendría que rendirse ante la evidencia: Jesús es Dios, punto, se acabó, no hay más nada que decir… Pero hay muchos que son sus enemigos, a pesar de conocer bien lo que pasó, de saber que hay una conexión mística, aún más, entre los sucesos, la profecía de Jesús y el rechazo de Israel al Mesías prometido: “«¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: “¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron!” Entonces se dirá a las montañas: “¡Caigan sobre nosotros!”, y a los cerros: “¡Sepúltennos!” Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»” (Lc. XXIII,28-31). Saben, por supuesto, que la caída de Jerusalén vino como consecuencia de la acción de falsos mesías, confirmados por los rabinos, el último de los cuales fue Jesús Bar Kochba, cuya falsa “misión” fue ratificada por rabí Akiba. Ellos saben que, desde la muerte de Jesús y el rasgamiento del velo del Templo, quedó derogado el antiguo rito y el antiguo sacerdocio, de la Alianza superada, pero no dan su brazo a torcer. Hoy en día niegan que sea verdadera profecía, dicen que los evangelistas mienten, que, como se “anuncia” la destrucción de Jerusalén, los evangelios tienen que ser posteriores: ergo, no creen en Dios estos argumentadores, varios de los cuales son, incluso, “¡¡¡EDITORES DE BIBLIAS!!!”

Estos de corazón duro, que, sabiendo todo lo que saben, no aceptan a Jesucristo y la verdad de su Ser, tienen, sin embargo, que bailarme unos varios trompitos en la uña: digan, señores de corazón duro, ¿cómo es que en los 130 años siguientes a la destrucción del Templo 6 generaciones de cristianos de las que al menos tres tuvieron testigos de los acontecimientos y tienen, en toda su narrativa y toda su wetanschauung o visión del mundo, la certeza de la veracidad histórica de la profecía? ¿Por qué, señores duros de corazón, ustedes no admiten su testimonio? Digan, señores de corazón duro, ¿cómo es que la Didaché, escrita en el año 70, cita las diversas versiones del discurso escatológico de Jesús, recogidas en los tres evangelios sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas)? ¿Cómo es posible que un escrito concomitante a los hechos pueda citar escritos que, según ustedes, serían posteriores a los mismos? ¿No será, señores de corazón tieso, que esos escritos no son posteriores sino anteriores y contentivos de verdaderas profecías? Pero van a tener que explicar mucho más, señores de corazón tieso: el emperador Juliano el Apóstata, uno de los hombres más poderosos del mundo de su época, ¿qué duda cabe?, odiaba radicalmente al Cristianismo. Eso ustedes lo saben, por eso todos lo llamamos “el Apóstata”. Bueno, él, para destruir a su odiado Cristo, quiso dejarlo malparado ante el mundo, quiso desprestigiar su profecía, construir el Templo de nuevo. Salió fuego de la tierra, se quemaron los obreros; se hicieron varios intentos y hubo que abandonar la empresa. Eso lo atestigua un genio santo contemporáneo, como es San Juan Crisóstomo, alguien nada dado a los vuelos de la ilusión; y es recogido por muchos libros de historia, anteriores a la era del totalitarismo revolucionario-modernista, pero ustedes, que lo saben, lo desconocen, en sentido jurídico: se niegan a aceptar sus consecuencias probatorias. Muy bien, quiere jalar mecate, chupar medias… quizás, quieran congraciarse, como Juliano, con los judíos. Muy bien, vamos a congraciarnos con ellos y vamos a dejar esto fuera de toda duda, fuera de toda discusión sobre la datación de una profecía: Daniel IX,26: “después de las sesenta y dos semanas, será suprimido un ungido inocente; en la Ciudad y en el Lugar santo, hará estragos el pueblo de un príncipe invasor; pero su fin sobrevendrá en un cataclismo, y hasta el fin habrá guerra y las devastaciones decretadas”. La ciudad se destruyó como consecuencia de la muerte de Cristo, ungido, en el pleito contra Tito, Hijo de Vespaciano, a la sazón emperador romano; y la última destrucción del Templo provino de un desafortunado incidente, en el que se le prendió fuego… Nieguen también la profecía de Daniel, transmitida desde el Cielo por el Arcángel San Gabriel, enviado especial de los tiempos mesiánicos… ¡¡¡¡¡Anden, señores tiesos de corazón!!!!!

Luego de dejar en evidencia a estos temibles enemigos de la Fe, por ser lobos en piel de corderos, editando biblias, haberse visto… para usar la Palabra de Dios para engañar y perder… después de eso, la religión queda más fuertemente en pie, mejor fundamentada… Ellos son fautores de la revolución, del totalitarismo inhumano, enemigo de Dios. La respuesta es la rebelión, le de la fidelidad contra toda persecución y seducción, la rebelión de la Sabiduría, de la prudencia, de la piedad, la única verdadera en estos tiempos de oscuridad, LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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