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Acreedor del agradecimiento de Dios (2)

Dios existe, crea todo y hay mal: las causas segundas introducen su sello realmente, podemos ayudar a Dios, podemos introducir terribles distorsiones o contribuir con grandes aportes

¿Cómo habrá pagado el Dios que no se deja ganar en generosidad la generosidad de la Virgen y San José, de los reyes y los pastores? ¡¡¡Qué envidia de la buena!!!, la que no es tristeza por el bien de otro, sino deseo intenso de participar en él,¿ah?

¿Cómo habrá pagado el Dios que no se deja ganar en generosidad la generosidad de la Virgen y San José, de los reyes y los pastores? ¡¡¡Qué envidia de la buena!!!, la que no es tristeza por el bien de otro, sino deseo intenso de participar en él,¿ah?

Hay gente que reniega de Dios. Hay gente que cree poder demostrar que Dios no existe, a partir de lo creado, como si el Creador dependiera de las criaturas, la causa del efecto. Hay unos que creen que pueden probar la nada de las relaciones de Dios y el mundo: los hechos negativos absolutos son de imposible prueba, dicen los abogados que estudian las pruebas: no se puede demostrar la nada; aunque sí se pueda demostrar algún  hecho que implique la negación de otro asunto. De ahí que el asunto del mal, su misterio, su interpelación, siempre haya sido la más poderosa razón contra un Dios creador, omnipotente, omnisciente, que tiene un gobierno infalible sobre todo lo que ocurre y ama infaliblemente al Bien. Parece, claro, una contradicción. O Dios no es omnipotente o no gobierna o no es puro Bien o no es creador o no existe. Por supuesto, la última alternativa significa que el hecho evidente de la existencia del mal presta una razón como la que digo arriba: no hay relaciones Dios-mundo, pues, de ser así, no debería haber mal. Sin embargo, esto es claramente muy tonto: para empezar, porque es más razonable alguna de las alternativas, ya que, en realidad, el mal no es, en toda lógica, ese hecho que se anteponga a un tercer asunto y que sea un impedimento dirimente de su existencia. Eso se ve de manera diáfana por las otras alternativas: un Dios que tampoco es todopoderoso o que no ama necesariamente al bien o que no gobierna, que no se interesa por nuestros asuntos. No hay modo de probar que Dios no exista, pues esa prueba se refiere a la afirmación de la nada de las relaciones de Dios y el mundo, a la afirmación de la dependencia de la Causa respecto de sus efectos o, lo peor, la captación de la nada misma de Dios. Así, quien niega a Dios tiene, si se quiere, una posición cómoda: no puede tener la carga de la prueba, pues lo de imposible prueba no puede ser objeto de prueba. La carga de la prueba la tienen los que afirman la existencia de Dios, en la discusión entre unos y otros. Por supuesto, vienen los negadores y aducen argumentos que sean piedras de escándalo de los que afirman. Una es la del mal, 1) otra es la de los del big bang, 2) otra la de los que afirman las cadenas causales infinitas, 3) otra la de las cadenas circulares de causalidad, 4) otra la de los que dicen que estamos en un universo causalmente cerrado, 5) otras son los que pone Kant, quien asegura, a lo Lutero y Ockham, que se habla de lo que no es objeto de nuestro habla, que Dios y sus relaciones superan nuestras capacidades. Es decir, ellos dicen: “no hay relación, ni aquí ni allí ni allá ni acullá; y eso contradiría esto y aquello, así y asao y sancochao”. Los que afirman tienen una carga dura, si lo que quieren es presentar PRUEBAS. Por supuesto, siempre se puede recurrir a este expediente: “sus objeciones son baladíes, no representan verdaderos impedimentos, son manifestación de estulticia”. Es verdad que lo son; pero también es verdad que eso no nos muestra a Dios: la vía tiene que ser otra… Primero, creo yo, hay que mandar a la porra esas objeciones, luego vendrá la afirmación, quizás, como consecuencia de la respuesta a algunas de las objeciones. Vamos a verlas, pues: 1) la del big bang es muy estúpida, no hay un movimiento material que se pueda presentar como el primero (vid. artículos Aristóteles y Santo Tomás: un tumba-rancho acaba con el Big Bang 1, 2 y 3, de este blog).

2) Eso nos pone en el terreno de las cadenas infinitas de causalidad: el mejor argumento, sin dudas, después del del mal. Hay que responderle de manera adecuada: responder esto es poner una muy importante razón para mostrar que Dios existe y es creador. Veamos: una cadena de causalidad es una sucesión en la que una cosa da lugar a otra o a un cambio en otra ya existente, quien hace el cambio tiene la capacidad de hacerlo, esa capacidad está en su ser, es una actualidad, una parte de su realidad: mientras que el cambio o la generación son pasos de la potencia, la posibilidad, al acto, a la realidad, es realización: es pasar de poder ser a ser, de la manera más general. La proporción entre la causa y el efecto tiene una profunda comunidad en esta primera proporción entre toda causa y todo efecto: el acto transmite acto, sea de humano a humano o e arte a artificio o lo que sea, en maneras mucho más específicas… Como todo lo causado recibe la actualidad no la ES y no la posee de manera necesaria: es contingente, mas, una vez actual, puede él mismo entrar en la cadena, puede causar otras cosas, transmitir actualidades. Ahora bien, las cosas causadas tienen, necesariamente, causas, pues ellas no tienen su actualidad de suyo, la reciben, como se dijo. Así todo el espectáculo del mundo en el que la necesidad inhiere en la contingencia, en la que cada sustancia es contingente, todo es causado, todo recibe el ser y lo puede perder, todo está atravesado de precariedad, todo, en consecuencia, para mover y generar tiene que mover-SE, no en cuanto actuales, sino en cuanto no son actualidad pura. De modo que todo tiene una causa en este mundo. Cada cosa supone una anterior que le haya dado su ser. Esa cosa puede ser ella misma necesaria o contingente, puede ser causada o puede tener el ser como posesión necesaria, esto es, puede ser ella su mismo ser. Todo lo que no sea el ser lo recibe de otro. Pero, si todo fuera de este modo, no habría causa de nada, ya que las cosas que no son su propia actualidad no pueden ser ellas quienes comiencen las cadenas causales, porque ellas, todas y cada una de ellas, para causar, requieren de un acto previo que las ponga en disposición de ser causas ellas mismas… De nada sirve alargar estas cadenas al infinito, pues la precariedad, su incapacidad, siempre estará ahí: es como una cadena de dominós cayendo, cualquiera con un dedo de frente sabrá que, si lo están haciendo, hubo una causa previa (en cuanto causa, no temporalmente), fuera de la cadena, que tumbó a un primero, dando origen a la sucesión: nadie da lo que no tiene ni que lo multipliques por infinito, lo que para mover ha de ser movido no puede ser explicación del movimiento y la generación. Infinitos gatos no dan un hombre. Se trata de un salto ontológico, que implica, por tanto, un escalón ontológico superior… Ése es Dios, al que, por tanto, no se aplica la objeción de Kant: si mueve, se mueve, pues nadie mueve en cuanto potencial, sino en cuanto actual: se mueve, es movido, en cuanto potencial, de manera que, al mover, un Acto Sumo y puro, no se mueve. Además, la otra objeción de Kant tampoco cabe: que es irracional pensar en un principio de todo, pues no abría una razón para ahora, más bien que antes o después: Dios no es anterior temporalmente, sino como causa, pudo causar desde siempre y ser todavía anterior, causa desde tal punto primero, ya que quiso mostrar su poder; además ese punto primero no tiene sentido en cuanto a Dios, ya que en Dios no hay antes o después, el inicio y su relación con otros instantes del tiempo e un asunto netamente temporal, que no se puede predicar del Eterno.

3) La objeción de las cadenas circulares de causalidad es casi un chiste, una burla: ¿de verdad la presentan como obstáculo? Implica que lo que da origen a otra cosa es originado por ella, la causa posterior a su propio efecto, inaudito…

4) El universo es causalmente cerrado: ésta es tan estúpida que la evidencia más palmaria la contradice. Pretenden afincarse en la ciencia, en la termodinámica, de la manera más estulta. ¿Qué evidencia palmaria contradice esto? Fácil: existe el yo, existe la vida, existe la conciencia y ella se relaciona con el mundo de manera cognoscitiva, que es cualitativamente distinta de cualquier causalidad física, existe la libertad, de modo que cada uno obra según su voluntad, se mueve como cree mejor yo escribo porque quiero, eso no me sucede. Hablar de un universo causalmente cerrado es contradecir con el hecho lo que dicen las palabras: ¡¡¡!!!

5) La objeción kantiana sobre nuestra incapacidad cognoscitiva es digna de tenerse en cuenta. No por las razones por las que este señor negó que conociéramos el mundo realmente (la duda metódica cartesiana) o aquéllas por las que negó que nuestras ideas fueran producto de captaciones de lo sensible por parte de nuestro intelecto (que lo sensible es ininteligible, a lo Hume); sino por otras razones. Que podemos conocer el mundo intelectivamente es una evidencia que no voy  discutir, primero, porque este no es el lugar y, segundo, porque, aunque uno tenga que hacer frente a todos los problemas, éste es el más innecesario de todos, por lo evidente que resulta la inteligibilidad de todo lo que es, sea sensible o no. Mas esa inteligibilidad, por la que conocemos entes, su dimensión metafísica, lo que se refiere al ser en cuanto ser, causas, efectos, actualidades y potencialidades, bienes, bellezas, la razón de verdad, etc. nos sirve de punto de apoyo para alcanzar una teología verdadera, un conocimiento de Dios real. Puede que no lleguemos a verlo cara a cara con nuestra razón natural en esta vida, puede que nuestras nociones, de una inteligencia finita como la nuestra, sean inadecuadas respecto del Infinito mismo subsistente, suma Perfección, pero lo que conocemos desde los seres, hasta el Ser es verdadero: lo malo no es la vista, sino que tiene límites: la vista es vista y eso es real e indudable… Conocemos a Dios, aunque no en Sí mismo, sino por sus efectos, por la analogía del ser, aunque lo que conocemos de Él, las perfecciones puras, las trascendentales (ser, verdad, belleza, bien, unidad), aunque con nociones precarias: “Dios es bueno, pero no como ningún bien que conozcamos, es bueno sin límites, de manera infinita”. Así, la objeción de Kant es estulta, porque, aunque no conozcamos a Dios en Sí mismo, conocemos que Es, que es Bien, Verdad, Belleza sumas subsistentes. Es poco, comparado con Dios, pero es lo más grande a lo que podemos aspirar por nuestras solas fuerzas…

Así, es claro que Dios existe, que es Causa primera incausada, absolutamente necesario, que se identifica con su Ser, que, por tanto, es infinito, eterno, sin cambios, pura actualidad, que causa sin cambiar, que no participa de ningún modo de lo precario, contingente, limitado. Pero dejé afuera el asunto del mal: quedó claro que no es óbice para afirmar que Dios existe, pero había otros puntos: que Dios, entonces, o no es omnipotente o no es bueno absolutamente o no gobierna o no es creador. Que no sea bueno o creador han quedado descartadas en la discusión sobre la existencia de Dios. Quedan en pie, todavía, que sea omnipotente o gobernador. Es fácil: si se causa en cuanto se es, si Dios es Ser sumo, absoluto, sin límites, tiene todo el poder, sin límites. Si el que causa es el que es y cada cosa obra en cuanto Dios da el ser, toda obra de todo lo que tiene el ser por causalidad divina, ultimadamente, causa por alguna participación en la naturaleza misma de Dios. Luego, el mal tiene otra explicación.

¿Hay dos dioses, uno bueno y otro malo, como decían los maniqueos? ¿El mal procede de algún pecado de una divinidad segunda, como dicen los gnósticos antiguos? Estas explicaciones son infantiles: Dios tiene en sí toda perfección de manera absoluta y, por tanto, infinita: no puede haber dos dioses… Mucho menos uno malo: el mal no es, el mal es privación: la ceguera es la ausencia de vista en aquellos que deberían poseerla, no hay mesas ciegas. Así, el mal no tiene causa eficiente, como el ser, el bien, sino de-ficiente:lo que causa el mal es defecto, pues el mal es defecto, él mismo. No puede haber un dios malo, eso es absurdo. Como lo es que el mundo mismo sea pecado, como decían los gnósticos antiguos: el mundo es, luego, no es pecado, es muy bueno. La precariedad del mundo es como la miopía de la que hablé antes: no es mala la vista, en cuanto vista, lo malo es esa limitación anti-natural, el impedimento para ver de manera correcta. No hay dioses menores, por otra parte, emanaciones del “Pléroma [plenitud] original”, lo que Dios crea no es Dios, tiene el ser de manera participada y Dios no “emana”, crea, obrando por su Sabiduría infinita, con su Poder y Amor infinitos. No hay dioses que pequen, eso lo sabía muy bien Platón (República II y III), eso es un absurdo completo y una impiedad, una blasfemia. Además, la razón más clara, más cercana a nosotros: los “males” que acontecen, desde perspectivas más amplias, son bienes, la mayoría de ellos: un bosque se quema, para renovarse, una estrella se apaga, para producir órdenes nuevos en las galaxias. Y, todavía más, el bien sobrepasa con mucho a los males…

¿Y, entonces, qué pasa con los males que son indiscutiblemente tales: el dolor, la injusticia, etc.? Aristóteles responde que lo que pasa es que la materia no es producida por Dios y, por eso, es indócil a la acción de la Causa primera. Los cristianos sabemos más: la Causa universal del ser es causa también de la materia: el mal no procede de ella de ningún modo. El origen del mal está en otra parte: Dios, al crear, da el ser a otros; al hacerlo, como se dijo, los hace capaces de causar, según su ser. El hombre es persona, es capaz de causar de acuerdo con su arbitrio, según sus razones e inclinaciones apetitivas conscientes. Él puede causar según su ser. De dos bienes absolutos para él, el yo, sin el que no hay bien para mí, y Dios, sin el que ni siquiera mi ser se me daría, puede escoger amar más al bien máximo, a Dios, y menos al limitado, él mismo, o puede amarse a sí, de manera usurpadora, soberbia, conforme a la mentira. De ahí viene todo mal, hasta los terremotos, que el trabajo a veces no dé frutos, que las cosas sean difíciles, que nos cansemos: una profunda herida que atraviesa toda la creación sensible, desde lo más bajo hasta el hombre mismo (cfr. Gen. III): “desde entonces la creación entera gime y sufre con los dolores del parto”… (Rom. VIII,27). He ahí la razón de la plausibilidad de la causa del mal aducida por Aristóteles… y, en parte, la de los gnósticos. Aunque sean muy distintos: Aristóteles sabe que la materia es buena y apta para la acción de Dios, sólo que cree que no es totalmente proporcionada, por su independencia ontológica; los gnósticos cree que es mala, lo que es obviamente falso, por ser bueno todo cuanto es y por ser ella el sujeto último de las esencias de los sensibles, incluidos nosotros, que son buenas, sin dudas.

Así, el mal procede de causas segundas, de que Dios creó las cosas para comunicarles la actualidad y su virtud activa, las creó para que ellas tuvieran su propia historia de participación de la Gloria de Dios. Por eso, las causas segundas se han de tomar muy en cuenta, porque Dios les dio su naturaleza y modos de ser y obrar. De ella viene el mal, pero sólo porque, de entre los seres creados, había uno que, como causa segunda y según su ser, debía glorificar a Dios por propia iniciativa, debía merecer, debía escoger a Dios, en lugar de a sí mismo y podía, si se rebelaba, constituir un cataclismo original en todo el universo: el hombre. De ahí el mal, de una causa segunda particular, de ése que recibió de Dios un ser superior y todo un universo como regalo, con la única condición de que obrara con piedad frente al que le dio todo, galaxias. A partir de eso, el mal está en nuestro ser y en la adversidad que el mundo nos presenta por la maldición que le cayó de nuestra parte: “maldita sea la tierra por tu culpa” (Gen. III,17).

Entonces, si el hombre, por decreto de Dios, puede hacer eso, puede introducir semejantes alteraciones en la Creación, ¿no va a poder actuar de otros modos? Por supuesto que sí, si fue creado para el bien, de manera necesaria; hasta, cuando hace el mal, lo hace buscando alguna razón de bien. Y, la razón más importante, fue creado de manera que su naturaleza fuera apta para la Encarnación del Verbo divino: es “imagen y figura del que había de venir” (Rom. V,14). Dios lo dispuso: que colaboráramos con su plan, que pudiéramos ser sus hijos: somos, por eso, su imagen y semejanza. Pero hubo unos, por supuesto, que colaboraron de una manera especialísima. Dios se hizo deudor de ellos, porque así lo quiso. Dios se hizo deudor de una, como todos somos deudores de nuestras madres; Dios se hizo deudor de uno, como los niños adoptados antes de nacer deben cariño, cuidado y desvelos a los buenos padres adoptivos, en este caso, en circunstancias que llegaron a ser muy difíciles, como las de la Huida a Egipto.

Reconocer que esto es así es pura rebelión de la esencia.

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