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Jorge Luis Borges y la razón de su agnosticismo

O sobre la pequeñez de ánimo del hombre

Jorge Luis Borges, genio y buen hombre. No fue cristiano, pero no fue enemigo de Cristo; más bien, fue su amigo, por parte de su mamá. Ella, con su Fe, puede haber hecho de su hijo un "obrero de la undécima hora"

Jorge Luis Borges, genio y buen hombre. No fue cristiano, pero no fue enemigo de Cristo; más bien, fue su amigo, por parte de su mamá. Ella, con su Fe, puede haber hecho de su hijo un “obrero de la undécima hora”

Jorge Luis Borges fue un gran genio, de eso no hay duda. Fue un hombre capaz de entender todo y de ponerlo en una gran clave literaria, convirtió todo en estética. Además, fue un hombre bueno, un hijo piadoso. A petición de su madre, rezó el Ave María todas las noches de su vida y Dios lo premió: en los últimos instantes de su vida fue asistido por un  sacerdote y recibió los últimos auxilios. Quizás, a quien premió fue a la madre del literato, que se preocupó siempre, cual moderna Santa Mónica, de la salvación eterna de su Agustín. A lo mejor, la Virgen le consiguió esa postrera gracia. No podemos saberlo en esta vida. Posiblemente todo sea una combinación de todas las anteriores.

Borges fue un tipo que tuvo una desgracia en su gran inteligencia. No soy un experto en el autor ni nada por el estilo, pero creo saber que, él entendió mucho de los sistemas pseudo-filosóficos modernos y postmodernos y se infectó de un rasgo de esa postmodernidad: el no creer en nada, el ver a todo como invención humana. Pensaba, Borges, que el hombre es demasiado pequeño para todo, absolutamente todo: incluso para el bien o el mal…

Por eso, prefirió esa horrenda abstracción que es separar la belleza de la verdad y se quedó con aquélla: vio en el pensamiento la plasticidad y el ingenio y la capacidad para expresar esa belleza de manera pura. No vio que todo eso era rasgo del ser, que el ingenio de la inteligencia es rasgo del ser humano y rasgo de ese chispazo de un intelecto superior y creador del mundo; que las posibilidades de la lengua y sus precariedades frente al intelecto y las precariedades de éste frente a la realidad, eran aspectos de la inteligibilidad del mundo; que las precariedades dichas no anulan lo que no es precariedad: una vista miope no es mala en cuanto vista, es mala en cuanto limitación sobrevenida… Del mismo talante es el agnosticismo de JL Borges: él creía que el hombre es demasiado poco, demasiado poco para Dios, así como para el Cielo o el infierno: no somos capaces de bienes o males tan grandes como para merecer semejantes postrimerías o Novísimos.

Para mí, esto es típico de esa pequeñez de espíritu muy extendida entre los hijos de Adán, el de los que hacen que “no haya profeta en su tierra”: ¿el hombre, capaz de Dios, capaz de conocer la verdad de las cosas, capaz de ser depositario de revelaciones divinas? Es una falsa humildad, que puedo llamar “humildad específica” o “de la especie”. Es pariente del Salmo VIII: “¿quién es el hombre para que te acuerdes de él?” O, más bien, de esa parte del Salmo, que continúa: “lo hiciste apenas inferior a los ángeles”… Puede que el hombre no merezca existir, que su ser haya sido recibido sin mérito, pues se le dio, como a todo lo demás, de la nada. Puede que, luego de la horrible desobediencia del pecado, mereciera más que lo que recibimos por el pecado, más que esta ignorancia y estas mezquindades y trabajos. Puede, ciertamente, que parezca una enormidad el que Dios mismo se comprometiera a salvarnos, haciéndose uno de nosotros, compartiendo en todo nuestra naturaleza, menos en el pecado (Heb. IV,15). Pero es vanidad, es como preguntar: “¿por qué el ser y no la nada?” Eso es no entender el Poema de Parménides, es no entender lo más obvio: el ser no puede venir de la nada, hay cosas que son, ergo: la nada es un simple imposible e ininteligible. Dios nos creó y nos dio esta naturaleza, apenas inferior a la de los ángeles, con una dignidad superlativa, capaz del infinito, de las mil artes, de las ciencias, de la filosofía, de la teología, de recibir la Revelación, de amar, de conocerlo, del heroísmo, de ser imagen y semejanza suya y, más aún, de vivir vida de Dios, de ser “imagen y figura del que había de venir” (Rom. V,14)… De merecer, por la dichosa culpa, tal Redentor (Pregón Pascual). Podrás decir: no, lo de la gracia lo dices por revelación, no se lo puedes oponer a Borges. Está bien, es justo, habrá que argumentar mucho, como que, si Dios nos dio el deseo de infinito, lo razonable es que nos satisficiera esa necesidad: si no podemos llegar a Él por nuestros solos medios y méritos, sería muy absurdo que Él no nos supliera… una vez que creó algo como nosotros. Hasta ateos como Marx y otros lo atestiguan: los que quieren usurpar el lugar de Dios, quieren ponerse en el lugar del Infinito, porque deseamos infinito, aún cuando en ellos ese deseo se corrompa, se ab-erre y tome una dirección usurpadora. De lo demás, los puntos tocados que no implican la gracia, sino la naturaleza, que no es anulada por ella, son atestiguados por todos los hombres de la historia, aunque, en especial, lo sean, por esos que vieron más: de Aristóteles a Miguel Ángel o Leonardo a Niels Bohr a Henry Ford, etc. El hombre es muy digno: ve a un bebé, ve su humanidad y lo verás. Ve el infinito en el arte y la filosofía o en el amor o en la mística o en el heroísmo moral, así sea en una ancianita cambiando pañales…

¿Y el mal? Bueno, del lado de la Fe es sencillo: ofende a Dios, levántate contra el Infinito y su obra, desobedece, trata de “ser como Dios”, despreciálo y verás como todo el mundo físico será atravesado por un cataclismo existencial en su misma médula: “maldita sea la tierra por tu culpa” (Gen. III,17). Del lado de la razón, que es elevada y perfeccionada por aquélla, nunca anulada, es muy claro: rebelarse contra Dios es bastante malo y trae consigo una serie infinita de males. Entonces, abreviando, mira al bebé y a la filosofía y al arte y a las técnicas y a la generosidad y a la justicia y al amor y a las articulaciones cívicas, etc. Míralas a todas, arrasadas por el hombre indigno, el ateo usurpador de la gloria divina. Mira toda esa dignidad aplastada bajo la bota ruin del impío tirano; mira los genocidios y las culturas barridas a destiempo.

Claro que somos algo grande. La tradición filosófica de los siglos lo ha dicho de maneras bellas: el microcosmos, el epítome del cosmos, sólo se sacia con el Creador… L Biblia lo dice de maneras aún más bellas y prometedoras, como ésa citada: somos imagen y figura del que había de venir, somos el molde para la encarnación del Verbo divino. Más que obras maestras del amor de Dios, que ya es bastante, somos sus hijos, a quienes entregó a su Hijo Único por naturaleza, para hacernos hijos suyos por adopción…

Entonces, Jorge Luis, es una lástima que hayas sido presa de la revolución: primero, por ti mismo, luego, por tu madre; pero de manera muy importante por el bien que hubieras podido hacer, un genio como tú, si hubieras visto siempre la belleza y la grandeza de la Verdad. Una razón más para luchar con denuedo, para que no se pierda el genio en los vericuetos del laberinto del mal. Para que brille con fuerza el esplendor de la verdad. Se necesita la rebelión, la de la Luz, la de la Belleza, la de la Verdad. LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

Nota: los datos sobre Borges, sobre su no creer en el Cielo y el infierno, así como su rezo diario del Ave María por una promesa a su madre y los últimos auxilios que recibió el literato de parte de un sacerdote, proceden de este artículo: Jorge Luis Borges y su madre, Texto de la revista Ave María, nº 787, marzo de 2013, (http://webcatolicodejavier.org/JorgeLuisBorges.html); lo del Ave María y su asistencia en la hora final parecen ser datos no disputados, pues hasta en wikipedia los recogen.

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