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Sexo, Catolicismo y modernidad

El sexo: algo sublime en el amor y la gracia de Dios, mancillado por el ateísmo revolucionario

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

De Luca Giordano: San Joaquín, Santa Ana y la Virgen [inmaculada]: modelo más grande de familia, en la que el sexo es expresión de pura santidad y belleza divina

“Quien, en el amor casto, ve la belleza y no piensa que la carne es bella, sino el espíritu, admirando, como juzgo, al cuerpo como una imagen, por cuya belleza se transporta a sí mismo al Artista y a la verdadera Belleza; exhibiendo el símbolo sagrado de la rectitud a los ángeles que esperan la ascensión; quiero decir, la unción de la aceptación, la cualidad de la disposición que reside en el alma que se alegra por la comunicación del Espíritu Santo” (Clemente de Alejandría, Stromata, IV,18). Esto es el sexo para un católico: una manifestación y una comunicación profunda de la persona, del espíritu, de la verdad del propio ser, de la Gracia misma de Dios, que nos comunica con su Espíritu. Es una manifestación sublime del amor, de la entrega mutua, una consecuencia, como dice Platón, en el Banquete, de esa “procreación en los cuerpos y en las almas”, que es el amor. Es una característica propiamente nuestra, propia del hombre, “única criatura en la Tierra a la que Dios ha amado por sí misma”, la cual “sólo puede encontrar su plenitud, en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (Constitución Pastoral Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, n. 24). El amor es fuerza de unión, de conservación, de entrega y recepción del don personal del otro; el sexo es su manifestación. Se da sanamente entre amantes verdaderos, entre gente dispuesta a darse totalmente. Entre gente que, como una característica esencial del hombre es la temporalidad, implica la entrega de todo el tiempo, hasta la muerte: “permítaseme que no admita impedimento al enlace de las almas fieles: no es amor el amor que al percibir un cambio cambia ni el que propende con el distanciado a distanciarse. Oh, no, el amor es un faro inmóvil, que contempla las tempestades y no se estremece nunca. El amor es la estrella para todo barco sin rumbo, cuya virtud se desconoce aunque se tome su altura. El amor no es juguete del tiempo, aunque lleguen al alcance de su corva guadaña los labios y las mejillas de rosa; el amor no se pasa con las horas y las semanas rápidas, sino que perdura, hasta el fin de los días. Si esto es error y puede probárseme, entonces yo no he escrito nunca ni hombre alguno ha amado jamás” (Shakespeare, Soneto CXVI). El sexo, manifestación del amor, se da plenamente en la entrega abierta a la vida y a la entrega del otro, excluyendo todo egoísmo buscador del propio placer, excluyendo el ser del otro. Como dice Víctor Frankl, los actos naturalmente establecidos para la entrega tienen que dirigirse a ella, de lo contrario, al ir cerrándose en el egoísmo, los caminos de la realización en la entrega van cerrándose, una vez cerrados, no hay quien vuelva a abrirlos. Por eso, Quien “revela el hombre al propio hombre”, Jesucristo, establece al matrimonio como sacramento, una vez que, en la creación, se establece como medio natural de realización, que es, de suyo, indisoluble (Mt. XIX,3-9; Mc. X,2-12). Y, así, el sexo pleno está en el matrimonio, el sexo que está ligado a la realización existencial, en santidad, de los cónyuges: así “el tálamo nupcial es un altar” (San Josemaría).

Eso es en la Iglesia. Otra cosa es en la modernidad. Vamos a ver al más grande representante de la modernidad: Inmanuel Kant. Según Kant, el matrimonio monogámico (y sólo éste) y el sexo, dentro de él, son legítimos, siendo una forma de esclavitud y de hacerse cada uno objeto de placer sensible del otro, puesto que es esclavitud y rebajamiento mutuos, por lo que, según el “filósofo” de Koeningsberg, hace que cada uno se recupere, al ser dueño de su dueño. Su concepción cercana al materialismo se aclara más en lo que dice sobre el fin (natural) de la procreación: si eso fuera todo el sentido de la unión matrimonial, de acuerdo con este prohombre, la unión matrimonial se acabaría al cesar los cónyuges de ser capaces de engendrar-concebir, no al criarlos, ni siquiera, como en Locke (Segundo ensayo sobre el gobierno civil, párrafos 77-80). El matrimonio se sostiene, sobrevive a la procreación sola, por el derecho al disfrute, que es legítimo por la propiedad mutua, como la que se tiene sobre el papel higiénico del baño, porque todo derecho, dice, es un derecho a algo. Cada cónyuge adquiere los órganos sexuales del otro, pero, al adquirir eso, se adquiere toda la persona, que es una: luego, el dueño de la parte es dueño del todo. He aquí la reducción de toda la persona a la parte material de su sexualidad (Waldstein, La teología del cuerpo, pp.56-57, nota 127; lo dicho por el autor citado se apoya en referencias textuales de la obra de Kant, de la Metafísica de las costumbres).

En contraste con esta reducción materialista cartesiano-kantiana del hombre, se puede decir, siguiendo a Karol Wojtyla, como lo hace Waldstein que “el amor esponsal parece estar ausente en la explicación de Kant. Juan Pablo II ve el acto sexual como una ‘palabra natural’ (naturale verbum) conectada con ‘el significado esponsal del cuerpo’. Por su misma naturaleza en tanto que creado por Dios, independientemente de cualquier elección o determinación hecha por los seres humanos, el cuerpo humano tiene el poder de expresar amor, hablar amor en su propia ‘palabra natural’ [he ahí la refutación de la ideología del género y su interpretación cartesiana del cuerpo]. De acuerdo con esta naturaleza, las relaciones sexuales no despersonalizan, más bien, son una profunda realización de la persona por el don de sí. Wojtyla encuentra formulaciones agudamente anti-kantianas al describir este don del yo: ‘la persona ya no desea ser su propia posesión exclusiva, busca, en lugar de ello, convertirse en la propiedad de ese otro. Esto significa la renuncia a su autonomía e inalienabilidad. El amor procede a la manera de la renuncia, guiado por la profunda convicción de que ella no lo disminuye o empobrece, sino todo lo contrario: agranda y enriquece la existencia de la persona’. Uno puede ver de nuevo la importancia del principio expresado unos cinco años después, en Gaudium et Spes, 24,3: ‘el hombre no puede encontrar su propia plenitud sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás’. Los personalismos carmelita y kantiano son máximamente opuestos en este punto” (Ibíd., 57, últ.-58,1; la cita de Wojtyla, según la nota 130, es de Amor y responsabilidad).

Sólo con una antropología metafísica adecuada se puede entender la humana sexualidad. Hay un problema radical en la separación de la res extensa, concebida como mero mecanismo sin fines ni bien, y la res cogitans, excluida del mundo: si lo personal pertenece a la res cogitans, entonces todo lo corporal es extra personal; si lo personal es la voluntad autónoma y sólo ella vale algo, entonces todo lo corporal es bajo e indigno de la persona. Si la persona es una unidad orgánica, creada por Dios, en la que ambos principios, cuerpo y alma, son proporcionados mutuamente y son expresión de la Sabiduría y el Amor divinos, entonces todo acto humano, aún el más aparentemente pueril, es expresión de la personalidad y un reflejo del amor y sabiduría que constituyen el mundo.

De Kant para abajo, están Marx y Nietzsche, diciendo que maternidad y familia son estructuras opresivas, contrarias al egoísmo nietzscheano o, bajo las ficciones marxistas, aplastamiento de la mujer, bajo la “esencia” de codicia, egoísmo y soberbia que hay en todo lo humano, según Carlitos (y su padre lucifer). Luego, en el materialismo y el hedonismo, se pasó, entonces, a la “liberación”, a concebirlo como un asunto de diversión irresponsable o como ocasión, en el lesbianismo y la masturbación, de expresar la “libertad” fálica y demás bellezas.

Mientras que la Iglesia, desde el principio, desde Clemente de Alejandría (año del Señor 200), al menos, ha dicho siempre cosas como éstas: Los que ponen el bien en el placer son los enemigos del matrimonio. Dice: el matrimonio es natural, lo que es claro por la estructura de nuestros cuerpos [y almas, formas personales proporcionadas, principios de nuestra identidad], que son masculinos y femeninos. Los hijos son una necesidad que procede del bien común y la perfección del mundo y se apoya en el dicho de los poetas. Dice, de manera muy bella: “pero las enfermedades del cuerpo son las que principalmente muestran que el matrimonio es necesario. Pues el cuidado de la esposa y la asiduidad de su constancia parecen exceder la capacidad de aguante de todas las otras relaciones y amistades, lo mismo que las excede en la connaturalidad de las valoraciones de las cosas; y, más que nada, ella toma gentilmente el cuidado paciente. Y, de verdad, de acuerdo con la Escritura, ella es una ‘ayuda semejante’. Es bueno el matrimonio en la vejez, para el cuidado mutuo y para que los hijos cuiden la ancianidad. Los magistrados prohíben a solteros asumir altos cargos. La falta de hijos es la disolución del estado, impíamente imposibilitando la generación divina [mi argumento favorito: qué malos son los que obturan sus caminos, sus deseos de comunicar su Gloria a más seres y lo peor es que éstos habrían sido sus hijos benditos, los de los obturadores, digo, aparte de hijos de Dios]. El carecer de hijos es uno de los males mayores; su posesión, de los bienes máximos; por lo que lo es el matrimonio”. Y sigue: Homero pone el matrimonio y el hogar como algo por lo que rezar. La esposa eleva el carácter de uno y lo ayuda a ser más templado; los filósofos mandan a los esposos a no tratarlas como sirvientas o barraganas. El hombre casado y generoso con tener hijos es mejor que los campos de trigo y demás productos agrícolas. El matrimonio debe ser algo puro de pecados, debe haber fidelidad y relaciones sexuales santas, conformes a la razón, dejando el procrear a la Providencia. El matrimonio debe preservarse santo como una imagen sagrada: “no te separarás de tu esposa, salvo en caso de fornicación” (Mt. XIX,9 y V,32); comenta Clemente: “considera ‘fornicación’ el matrimonio de aquéllos separados mientras los otros [sus actuales y verdaderos consortes] están vivos” (Stromata, II,23).

La locura de rebajamiento del hombre, de desprecio y odio a lo humano, eso es la revolución, el gnosticismo modernista. Necesitamos la respuesta adecuada… ÉSA ES LA REBELIÓN, LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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