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Mercado, propiedad y dinero, necesidades humanas naturales

La justicia, la libertad, el orden de lo humano, excluyen comunismo y capitalismo

Karl Marx, uno de los padres del ideologismo de hoy, padre del peor comunismo que ha visto la historia, rematado de materialismo radical y totalitarismo aplastante

Karl Marx, uno de los padres del ideologismo de hoy, padre del peor comunismo que ha visto la historia, rematado de materialismo radical y totalitarismo aplastante

Ayer (en el artículo La ética y el capitalismo desbocado) mostré que la ética y el capitalismo están fuertemente reñidos: el capitalismo es, simplemente, una máscara de nihilistas, avaros, que buscan el poder, amando el dinero, vale decir, OLIGARCAS. Hoy podemos hablar de cómo el comunismo es una fuerte negación de la naturaleza humana. Y nótese algo, que quede muy claro: no estoy diciendo “marxismo”, éste es sólo un tipo horrendo, aterrador de comunismo: yo estoy hablando de todo comunismo POLÍTICO (que nada tiene que ver con la comunidad profunda de todo tipo de bienes de los primeros fieles de la Iglesia, cuyas alma y corazón eran UNO), incluso del platónico, el del libro V de La República, al que pulveriza Aristóteles, en el libro II de La Política, aún cuando éste lo defiende Platón, en nombre no del gnosticismo usurpador de Dios, como el de Marx, sino de muy elevados principios de justicia, unidad de la comunidad política, desprendimiento humano, preocupación por el bien público y paz y amistad ciudadanas.

Platón (La República, libro II), muestra que una cierta precariedad, unida paradójicamente a una riqueza, del hombre, constituyen la necesidad del mismo de pertenecer, de vivir, en sociedades, ya que él no es capaz de resolver solo todos los problemas, incluso materiales, de su existencia, mientras que puede, en conjunción con otros, resolver unos pocos de muchas personas; de modo que todas ellas, reunidas, se hacen capaces de satisfacer todos los requerimientos de la vida. En ese mismo libro II de La República, el Ateniense muestra que, dada esa diversidad de producciones, se requiere de comerciantes y de un mercado, en el que todas ellas puedan ponerse a disposición de todos, ya que los que producen no pueden ser, a la misma vez, mercaderes. Aristóteles (Etica a NIcómaco, V) atribuye a estos intercambios la exigencia de dinero, como medio de intercambio, como medida de las cosas a intercambiar, de naturaleza tan disímil, que no pueden sino ser, de otro modo, inconmensurables: se vive en comunidad pues nos necesitamos unos a otros, por naturaleza, es decir, vivimos para el amor y la justicia, lo que se manifiesta, incluso, en nuestras necesidades corporales y, sin dinero, que posibilita el intercambio de los bienes, aún los espirituales, en algunos casos (como en el pago de la educación o de los libros o de la entrada para el museo o del cine o el teatro), no sería posible la participación de todos en todos los bienes, que es lo que mueve la sociedad, en primer lugar. Aquí se entra en el terreno de la justicia conmutativa.

Las relaciones humanas tienen una base en el ser inteligente, poseedor de voluntad libre y corporal del hombre, en su esencia o naturaleza. Por eso, el tipo paradigmático de relación, el que se refiere al bien de toda la vida del hombre, al sentido de su existencia (amistad, familia, ciudadanía, la de correligionarios, las académicas, en intensidades mayores o menores), se funda en el amor humano; y, en alguna medida, todos los demás (incluso las enfermas, como las de enemigos de guerra: por eso, hasta en la guerra hay límites y hay crímenes de guerra: los hechos de alguna parte que muestran el desdén de las misma por la humanidad de sus contrincantes). Pero, en las relaciones, la personalidad no es el único bien a tener en cuenta, incluso en las paradigmáticas, dado que el hombre tiende a poseer cosas exteriores, para satisfacer diversas necesidades (Comentarios de Santo Tomás a la Física, libro III, lección V, n. 222), y a que, incluso, hay bienes materiales y del espíritu que, según los casos, son apropiables en común o transferibles y que se deben los amantes-amados, de los que el primero y fontal es la fidelidad, para realizar la justicia en la relación. De ese modo, bienes distintos de la personalidad entran en las relaciones humanas. Y, más aún, hay relaciones humanas que pueden versar sobre esos bienes, de manera principal; aunque, según lo dicho, como las mismas son entre personas, los relacionados se deban, dentro de la vida de la relación, el respeto correspondiente a los humanos.

Ésas son, pues, las relaciones pertenecientes a la justicia conmutativa, a los intercambios concretos de bienes que se realizan en la comunidad política. Ellos, claro, como con todo lo demás, suponen las relaciones familiares y de la comunidad más amplia. Así como generosidad y, digamos, ausencia de avaricia (que es, precisamente, el ser justo, porque no se tiende a apropiarse más de lo que se merece, incluso en los intercambios voluntarios). Así se ve como es necesario a la persona corporal poder relacionarse con los otros a diversos niveles, desde lo material a lo espiritual, y fundada de manera principal en un rasgo o en otro, según los casos. La comunidad necesitará, pues, de diversas instituciones: gobierno, Iglesia, academia, familia, en primer e ineludible lugar: adiós, capitalismo, que pones al mercado como gobierno absoluto de lo humano; adiós, comunismo marxista, en este caso, que dices que política, familia, religión son superestructuras de opresión. Pero también necesitará de mercado: adiós, comunismo marxista, que dices que el mercado es malvado por naturaleza…

Pero eso muestra, también, que la propiedad es indispensable. En efecto, Brownson destaca la necesidad humana de propiedad, sociedad y religión: estos son los tres medios por los que el hombre, en este mundo, alcanza su destino existencial, su felicidad, por la relación con el Creador; ya que la propiedad es camino de relación con Dios, por la vía de las cosas del mundo, la sociedad lo es, por la relación con otros hombres, y la religión, por ser ella, de suyo, camino de religación al Principio ontológico (The American Republic).

Sobre el carácter natural de la propiedad, se debe añadir lo siguiente: Brownson da este fundamento Teológico; en Santo Tomás (comentarios a la Física de Aristóteles, libro III, lección V, n. 222), se halla uno de metafísica del hombre: la categoría del habitum es propiamente humana, porque el hombre, por su naturaleza intelectual, conviene que no tenga ciertas armas y herramientas en su cuerpo, como garras para defenderse, o pelo, para resguardarse del clima, ya que la inteligencia le da la posibilidad de satisfacer éstas y otras necesidades de manera mucho mejor y más sutil que como se resuelven en los brutos y, por ello, el hombre no está confinado por ningún ecosistema. En un ámbito más político, en el libro II de La Política, Aristóteles da razones muy importantes: el Bien Común exige que haya propiedad, porque, de otro modo, sólo muy pocos, los más generosos, se dedicarían a hacer obras en beneficio de la comunidad (esto es, el comunismo es una utopía); lo mismo que la comunidad política, por su naturaleza, requiere de propiedad, pues ella es una en la pluralidad, no es una, como la familia es una. La sociedad es un todo de orden, sí, un todo real, es una pluralidad de partes, que tiene principios reales que le dan unidad, por los que tiene cualidades y bienes del todo. Pero no es un todo sustancial, sino de orden, de modo que sus partes, hombres e instituciones, conservan su existir sustancial. De modo que el bien del todo, tiene que incluir la consideración de los bienes propios de las partes. Igualmente: si la sociedad existe porque el hombre debe vivir y vive en ella, de manera necesaria, por naturaleza, para poder satisfacer sus necesidades, puesto que las mismas se satisfacen mediante la repartición de bienes entre los particulares, de modos muy diversos, que incluyen hasta al mercado, entonces la propiedad es una necesidad. Aún más, entre las condiciones de dignidad humana que están presentes en la sociedad, se encuentra la libertad, que no se puede anular sin grave falta a la sociedad y a la humanidad misma; por ello, la propiedad es necesaria, porque, sin ella, difícilmente un hombre pueda ser libre frente a otros; y, más aún grupos dentro de la sociedad o el cuerpo social mismo, frente a un gobierno tiránico [como muestran los totalitarismos comunistas], requieren del reconocimiento de la propiedad.

Por supuesto, la propiedad no se tiene que entender en el sentido del individualismo liberal-capitalista. Puede haber regímenes colectivos, como los de los pueblos de misión de la Venezuela hispánica, abolidos por el Ilustre Americano, Guzmán Blanco, para el arrase de los indios y campesinos por parte de sus rapaces amigos, piedra angular del latifundismo criollo en la tierra de Bolívar, en nombre del liberalismo pseudo-ilustrado (Mario Briceño-Iragorry, Tapices de Historia Patria, séptimo tapiz). Pero, de manera más clara aún, esto muestra que el comunismo, sobre todo el totalitarista, el marxista, quintaesencia de la “erupción del mal”, es algo inhumano, aplastamiento del hombre y de su sociedad.

Ambos son revolución pura, oscuridad y aplastamiento de lo humano. Hay que rebelarse, estudiar republicanismo clásico, ampliar las miras, abrirse a la riqueza de la historia. Eso es la rebelión, LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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