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Hitos y música de la revolución

De Cristo a Play Boy-Play Gay, de Beethoven a Daddy Yankee: el mundo anda en ¡¡¡puro progreso!!!

Daddy Yankee, modelo de juventudes y expresión musical de la revolución, del mundo del progreso, con grandes premios de enorme prestigio

Daddy Yankee, modelo de juventudes y expresión musical de la revolución, del mundo del progreso, con grandes premios de enorme prestigio

El arte es ascenso espiritual, meditación profunda, técnica de expresión de ésta última, espíritu del pueblo, centro de cohesión, formación cívica, explicación penetrante hasta el sentido trascedente de la vida, pionero de caminos de espiritualidad humana, forjador del espíritu patrio. No en balde sus temas son lo divino, lo humano y lo político, la misericordia de Dios, su triunfo, su favor a la comunidad, la belleza espiritual del ser humano, las virtudes cívicas, las grandes gestas de la patria, su orden y magnificencia.

Pero, por lo mismo, las crisis espirituales lo afectan del mismo modo que a la religión fundamental, bajo cuya égida se ha formado el pueblo soberano o, en un marco más amplio, la civilización. Por ello, en algún momento, se quiebra la unidad expresiva, así como los temas de inspiración; lo mismo sucede con la valoración de los asuntos. Infinidad de veces comienza a perder profundidad espiritual, que puede llegar a la más arrabalera chabacanería expresiva y de los temas, gana en patetismo y pierde en riqueza, dentro de las miles de formas que comienzan a pulular, que desmerecen severamente del esplendor pasado. Muy frecuentemente, en épocas de esplendor, el arte popular tiene gran valor y va a la saga del arte culto; al producirse la quiebra o la crisis espiritual, el populacho toma la delantera y los dirigentes tienden a imitarlo, quedando el pueblo sin guía, llegándose a una vulgaridad desprovista de respeto por lo valioso. Así, por ejemplo, en la época de las invasiones de los nórdicos, el arte románico está lleno de vida, de profundidad, de belleza, de ímpetu espiritual, de optimismo, a pesar de las circunstancias tan adversas, puestas, precisamente, por los invasores. Hoy en día, en la época del “progreso”, el arte deja mucho que desear. Vamos a echar un vistazo a la música.

Aquí se comenzó, en el siglo XX, al menos, en los Estados Unidos y Europa, con cosas como el psicoanálisis, la “ciencia” que dice que el hombre no tiene ciencia, pues es esclavo del impulso sexual y de la muerte, salvo cuando es psicoanalista (Michael Jones, Libido Dominandi, Sexual Liberation and Political Control, 2.005, pp., entre otras, 114-130) y la sex-pol de Reich (ibíd., pp., entre otras, 249-253, 258-268, 271-277)…; la revolución sexual rusa, que siguió a la victoria de los bolcheviques en la guerra civil (ibíd., pp., entre otras, 153-176, 222-233); las investigaciones “científicas” de Alfred Kinsey, que incluían encuestas en burdeles y pabellones de violadores en cárceles como muestras del “average american”, del gringo promedio, y abuso infantil, y que son causa fundamental del paso de la decencia al descaro presente (ibíd., pp., entre otras, 327-337); la apertura de la puerta a Play Boy y otras bellezas similares; se continuó, por ejemplo, con la decisión Roth vs. United States, de la Corte Suprema de los Estados Unidos, por la que se abrió la puerta a la pornografía en el cine y los impresos, siempre y cuando la película o el material que fuere contuviera temas sociales (ibíd., pp. 380-381); se llegó a las victorias de la [primera etapa de] la revolución sexual, en los sesenta, los hippies, el rock and roll, el auge del movimiento “maldito” de los beats, etc.; se dio el gran triunfo de Roe vs. Wade, que “legalizó” el aborto, en los setenta (ibíd., pp. 531); se continúo, de manera invicta, con el affaire de Bill Clinton y la señora Lewinsky y sus consecuencias (ibíd., pp. 601-607); se continúa con el avance indetenible de los homosexuales y su cartesianismo metafísico, que abre la puerta a cualquier trapisonda de la voluntad de poder: “en la materia no hay significado, sentido, luego, ella es campo de dominación sin límite” (vid. declaración de Yogyakarta sobre “identidad de género”, cuerpo y preferencias); y así se seguirá, hasta que la clase dominante mundial, con su “ciencia” y su “progreso” cubran totalmente al planeta y lo lleven a la última de las aberraciones profetizadas por San Pablo, en la Carta a los Romanos (Rom, I,18-32).

El aroma de todo este derrumbamiento lo aportan los ruidos pseudo-musicales del africanismo que, por vulgarización, tomaron un auge impresionante. Aquí, también se ve un derrumbamiento: se comienza con el jazz, el blues, el soul y el góspel: primera camada de la degeneración, aunque todavía medianamente aceptable. Se siguió con la paganización del góspel y la introducción de mayor percusión, letras que apelan a bajas pasiones e instrumentos estridentes. Poco a poco, surgió el rock y la música pop, con muchas variaciones, entre las que se halla la disco. La música propiamente negra siguió su curso y, desde finales de los 70, produjo el rap, que ha venido a producir también al hip hop. Las drogas sintéticas, que generan gran euforia, hacen propicias a las bacanales que se forman bajo su influencia, a la estridencia llamada “tecno” de los “raves”. En Jamaica, el movimiento negro tomó como cosecha del país al reggae. Y, en el Caribe hispano, la cumbia, el ballenato, la guaracha, la salsa, incluida la erótica, el merengue dominicano [africanización del clásico] y, últimamente, bajo la influencia del hip hop y el reggae, ha surgido el reggaetón. En el Caribe afro-inglés, el Calipso pone sus ingredientes en el plato. En Brasil, el aporte ha venido de la carnavalesca samba y la lambada. Aparte, hay que añadir a los ritmos más puramente africanos, típicos, por ejemplo, de la costa venezolana. Éste es el panorama musical de nuestros días, lleno de estridencia, ritmos semisalvajes, letras profanas y vulgares, bailes de no menor vulgaridad. No se quiere decir que, en esta inmensa avalancha, no haya canciones llamativas, agradables y de cierto valor; y, por supuesto, material para gozar sanamente bailando. Pero éstas, comparativamente, son excepciones, productos, a veces, del azar u, otras veces, de la genialidad de algún compositor, que, en el ambiente tan arrabalero, logran dar con algo medianamente digno; y, finalmente, de algunos acercamientos a música occidental, mezclando el africanismo con algo de la más grande tradición musical que haya existido, lo que da como resultado algo de cierto buen gusto, como algunas de las canciones, por ejemplo, de Freddy Mercury o de Super Tramp (en la expresión musical, no en el contenido de las canciones). Pero estas excepciones son un pequeño punto en el mar de la chabacanería, la vulgaridad y el carácter profano de esa estridencia que llaman ahora “música”. En esa incultura tan rampante, el alma de la inmensa mayoría de los jóvenes es corrompida, sin que nadie haga nada para evitarlo; o, quizás, a estas alturas, sin que sea posible algo más que contrarrestar medianamente el huracán de la “música moderna”. Finalmente, este movimiento pseudo-musical, ha sido causa, compañero y corolario de la violenta caída cultural que se describió en el párrafo anterior. Y, en tanto que tal, es fuente de las tremendas desuniones y contradicciones del mundo de hoy que, a medida que vaya creciendo en edad la población, se irán incrementando, merced a la incultura en la que se crían las generaciones, que genera inmoralidad, descreimiento, vulgaridad-barbarismo, el carácter contestatario y falto de respeto y la especie de torre de Babel, que es el relativismo. Puesto que los opuestos se captan con una misma especie intelectual, esta caída muestra lo que es la cultura para una comunidad política.

Esto es lo que llaman “ilustración”, abandono de Dios, con todo y la paca inmensa de las mentiras revolucionarias. La Luz, la verdadera, requiere que nos rebelemos, requiere de la REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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