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La participación platónica y la limitación humana

Una mirada a los fundamentos racionales de la Fe y a la desquiciada deificación usurpadora de los revolucionarios

Platón, ql descubrir la participación, dio uno de los pasos más importantes que haya dado nunca la razón humana, para comprender a Dios, al mundo y a nosotros mismos: la analogía y la distancia del Ser per se y los entes por participación

Platón, ql descubrir la participación, dio uno de los pasos más importantes que haya dado nunca la razón humana, para comprender a Dios, al mundo y a nosotros mismos: la analogía y la distancia del Ser per se y los entes por participación

La doctrina de la participación es una de las más importantes, a la misma vez, del platonismo y del tomismo, es uno de esos puntos en los que el genio de Santo Tomás trasciende las diferencias de mera apariencia en las doctrinas, concretamente, entre el platonismo y el aristotelismo. Al causar un generador hace participar de algo suyo a lo generado; al crear, dar el ser de manera absoluta a lo que no lo tenía de ningún modo, se participa algo fundamental a la causa: el ser mismo. Dios crea, Dios da de su propia naturaleza a unos otros que “saca” de la nada: les participa su propia gloria.

Platón introduce su explicación más importante de la participación en El Sofista, para refutar, a una, a Parménides y a los sofistas, precisamente; mientras define al ser, objeto de la ciencia filosófica y, por ende, al cultor de esta disciplina. El ser, que define como capacidad para actuar y padecer (como una preparación de Aristóteles y Santo Tomás: naturaleza determina modos de obrar, nada causa si no está en acto, todo obra según su ser, etc.), es común a todas las cosas que son y, por tanto, debe ser participado a todas. También son comunes los pares “movimiento-reposo”, “uno-múltiple”, esto es: los términos del principio de no contradicción: el ser y el no ser, el ser éste y NO ninguna OTRA cosa. Pero no todo puede participar de todo: lo contradictorio directamente no puede participar de lo directamente contradictorio. Es aquí donde Platón introduce la definición del filósofo: éste es el que sabe qué cosas pueden participar de qué otras; y el ser es el objeto propio de su arte. “Dividir las cosas de esta manera por géneros y no tomar en modo alguno por otra forma una que es idéntica ni tomar por idéntica una que es distinta, ¿acaso no vamos a decir nosotros que ésta es la obra de la ciencia dialéctica [herramienta básica del filósofo]?”

La tarea de distinciones dialécticas hay que realizarla, en primer lugar, respecto de las formas máximas. El movimiento y el reposo no se pueden “mezclar”; pero ambos son. Como el ser no puede consistir en la naturaleza de ninguno de los dos, pues eso traería la contradicción, según la cual cada contrario, para ser, tendría que ser el otro, entonces el ser es una tercera forma, de la que movimiento y reposo participan. Un argumento exactamente igual al anterior hay que aplicárselo a lo uno y lo múltiple: el ser no puede consistir en ninguno de los dos, por lo que, dado que uno y otro es, el ser es una tercera naturaleza, de la que ambos participan. Así, el no ser es lo distinto del ser, no lo que en manera alguna tiene ser, como pensó Parménides, excluyendo toda multiplicidad en la realidad y la cognoscibilidad; sino lo que sin ser la naturaleza del ser, participa de ella. Lo  contrario del ser es la nada, pero no estas formas que participan del mismo. Quien quiera refutar lo dicho hasta aquí, que se las vea con los argumentos, no con las conclusiones, que surgen de ellos. En el Fedón, el Ateniense desciende con este método de las formas a los seres particulares, completando así la descripción de la actividad del filósofo y poniendo dentro del sujeto de su ciencia al ser material: no sólo no se mezclan las formas contrarias, lo que necesariamente participa de una no puede participar de la contraria sin corromperse: el fuego, por ejemplo, no puede ser frío, no puede enfriarse, sin dejar de ser (claro, con los datos de la ciencia, este ejemplo es inválido: un fuego es más frío que otro y la nieve es caliente, puesto que no es el cero absoluto; mas de lo que se trata es de poner de relieve que, en cuanto algo participa de una naturaleza, no participa de la otra y, si la forma de la que participa le es esencial, si la pierde, deja de ser, se corrompe; y, por otra parte y en la misma línea del ejemplo, el frío no es, es decir, es privación de calor o límite del calor poseído o del que se participa).

Lo inteligible es el ser, éste es claridad, que deslumbra a los vulgares e ineducados; el no ser es oscuridad, ininteligibilidad. El ser es divino y contemplarlo es contemplar lo divino. Lo que no es la naturaleza del ser, sin embargo, como participa de él, participa de su inteligibilidad y de su divinidad. Todo es, no se olvide, también lo sensible y material, también lo más insignificante y despreciable de lo corpóreo. He aquí la vía abierta para la Metafísica de Aristóteles, en la que todo ens, ente tiene una dimensión inmóvil y divina, análoga del propio ser de Dios, Nóesis Noéseos, Intelecto que se intelige, Intelecto subsistente, que está puramente en Acto, que es Inteligibilidad infinita y en el que se identifican el Intelecto, el Acto de inteligir y lo Inteligido. En la que el estudio del ser sensible es el inicio de un ascenso hasta el Ser de Dios, por la comunidad en el ser que tienen todos los entes y el Ser mismo subsistente. Aquí está la posibilidad misma de revelación de Dios a los hombres, a otros intelectos participados, aunque sean infinitamente inferiores al Suyo: hablar es decir el ser Y, cuando Dios habla de Sí, Ése es su Verbo, que habla del Ser, así como de seres participados…

Todo esto está fuera de los sueños de los modernos y contemporáneos que no pudieron ver la profunda unidad de esa obra, la unidad de la teología y la ontología. Y fuera del alcance de Kant, quien pensó –muy a lo Lutero y sus hijos de las infinitas denominaciones– que no podíamos hablar de Dios, porque estaba completamente fuera del ámbito de nuestra experiencia; lo cual es verdad, pero no lo es que no haya nada en nuestra experiencia que no tenga una cierta analogía o proporcionalidad con el Ser divino, pues nuestro acto de ser es divino.

El ser es, pues, lo inteligible y, por tanto, el fundamento ontológico de la ciencia. Como hay muchos géneros que participan del mismo, hay muchas ciencias. Pero su unidad se puede recomponer en la unidad de todos los sujetos de las ciencias, de todos los géneros, en el ser, puesto que todos participan de él. Esto también tendrá importantes consecuencias en Aristóteles, quien añadirá que las ciencias “particulares” no se ocupan del estatus ontológico de cada uno de sus sujetos, sino sólo del sujeto mismo, que para ellas es algo dado. Sólo a la metafísica, ciencia del ser en cuanto ser, corresponde el estudio de ese estatus y, por consiguiente, la profunda comunidad entre todas las ciencias, por la pertenencia al ser de cada uno de sus objetos. Santo Tomás, en la línea del aristotelismo, comentando, incluso, el libro VI de la Metafísica, agregará que Dios es causa de todo, pero no directamente, para ello se sirve de causas segundas; como cada ens, ente, es proporcionado directamente a su causa próxima, el estudio correspondiente a cada orden de causalidad tiene una cierta independencia del estudio de cada otro orden. De nuevo, las ciencias poseen una cierta “autonomía”, pero entre ellas hay una profunda comunidad. En la modernidad, luego de Wolff, quien desarrolló su pensamiento en la línea de Leibniz, y su monadología, y, más profundamente, en la línea del nominalismo ockhamiano y su disgregación del ser, no se puede ver la comunidad de las ciencias, pues sólo se alcanza a ver que cada una estudia un “objeto”, una mónada incomunicable, desligada del ser; y no se puede ver ningún punto de contacto entre ellas. El posterior abandono de la metafísica terminó por producir severas consecuencias, incluso institucionales, dado que no se ve cómo hay comunidad entre las disciplinas académicas y, por ello, se ha pretendido abolir la universidad, para crear una institución nueva: la “multiversidad”.

Por otro lado, aunque sea inexacta, su argumentación sobre la participación es apropiada para entender que el ser es un acto que se distingue de los sujetos en los que inhiere y que éstos pueden tener una participación superior o inferior de ese acto. En último término, que, si hay una pléyade de entes por participación, eso implica que hay un Ser per se, que no está sometido a las limitaciones de perfección de las distintas naturalezas, sino que Es esas perfecciones, ilimitadamente, en la suma simplicidad de su Ser. A estos puntos es adonde llega Tomás de Aquino, al darse cuenta de que, cuando el Ser causa a los entes, esa causalidad consiste precisamente en la participación de su Ser, en el “hacerlos tomar parte” del ser, en la medida limitada de sus naturalezas. De ahí la unidad de la metafísica. También esto ayuda a ver cómo podemos conocer a Dios con nuestras fuerzas naturales. Lo mismo que muestra la comunidad profunda de todas las ciencias.

En cuanto a la ética. La doctrina de la participación muestra claramente que tenemos un ser limitado y, por tanto, unas posibilidades limitadas de causar. Que debemos nuestro ser al Ser; y, por tanto, a Él debemos todo y nos debemos nosotros mismos. Y que, por más que una piélago de insensatos gnósticos revolucionarios tenga las pretensiones que tenga, no podemos sustituir a Dios, no podemos alcanzar la inmortalidad por nuestras solas fuerzas, no podemos llegar a un poder infinito o, al menos, ilimitado, no podemos ser autónomos, no nos bastamos y, por eso, no somos fines en nosotros mismos. Dios es Ser per se, infinito y, por eso, con un poder causal infinito, de ahí que pueda crear, producir de la nada el ser. Nosotros somos entes, ser por participación, finito, con una potencia causal muy limitada. Cuando un tecnólogo que trabaja con material biológico toma una célula reproductiva femenina y le introduce una molécula completa de ADN, no está “creando” a un ser vivo, está realizando, de manera artificial e irrespetuosa de la naturaleza, algo que no se distingue realmente de la procreación sexual, en cuanto a las operaciones biológicas realizadas; y él no produce la célula reproductiva femenina ni el ADN, ni en particular ni en general. Tampoco produce los materiales más elementales de los que están hechas esa célula y esa molécula ni los modos de operar y padecer de dichos materiales, su naturaleza, ni la estructuración de dichos elementos ni el principio por el que dichos materiales producen la unidad de la célula y la de la molécula ni las “leyes” por las que de esa unión genera un nuevo ser vivo. De modo que las pretensiones surgidas del “tecnologismo” contemporáneo no son más que las mismas del insensato de los libros sapienciales de la Biblia: “el insensato dice: ‘no hay Dios’” (Salmo 14,1). Y sólo esto vale la entrada para leer esta gran obra de la filosofía clásica.

Ella es rebelión de la esencia, la única verdadera rebelión en este oscuro mundo de la revolución gnóstica… NO LO OLVIDEN: REBELIÓN, REBELIÓN DE LA FILOSOFÍA CLÁSICA, REBELIÓN DE LA SENSATEZ, DE LOS QUE AMAN A CRISTO, REBELIÓN DE LA ESENCIA.

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