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Aristóteles y Santo Tomás: un tumba-rancho acaba con el Big Bang (3)

La Fe eleva a la razón; sin una razón abierta al mundo, la Fe es imposible

Creación, origen del mal, inicio de la materia: Tomás y Aristóteles muestran las relaciones sanas entre Fe y Razón
La Trinidad y la Asunción: dos misterios que superan con mucho las fuerzas de nuestra sola razón y que, por tanto, la elevan impresionantemente

La Trinidad y la Asunción: dos misterios que superan con mucho las fuerzas de nuestra sola razón y que, por tanto, la elevan impresionantemente

Lo dicho hasta ahora, sienta buenas bases intelectuales para acercarse a la fe, pues enseña que las verdades que encontramos con la sola razón son solidarias con las que no podríamos conocer si Dios no nos las revelara. Son cuando menos errores todas las opiniones y doctrinas que se dicen acerca de la doble verdad, de la corrupción de la razón por la fe, la contradicción entre ciencia y razón, por un lado, y fe, por el otro, etc. Lo que es una corrupción es el fideísmo, pues este mundo lo creó Dios, nosotros podemos conocerlo y por él podemos llegar al Creador, porque, por ser Él la causa eficiente y la final del mundo, nuestro ser guarda analogía con el Suyo. Eso es lo que dicen San Pablo, en la Carta a los Romanos (I, 18-23), y el libro de La Sabiduría (XIII). Y por ello fue que Aristóteles llegó a un conocimiento muy profundo del Ser de Dios, en tanto que puede ser conocido por nosotros. De modo que no es ni racional ni cristiano sostener con Lutero y con el fideísmo que el hombre se corrompió por el pecado original a tal punto que no puede conocer nada, por la pérdida total de su razón: ésta, creación de Dios, por la que guardamos en nuestro ser mismo una imagen del Creador, no es la “prostituta del diablo”, como afirmó el heresiarca cismático; más bien, desde esta perspectiva, esa afirmación es una blasfemia. Es una blasfemia que tuvo largo alcance en la historia de la filosofía moderna: compáresela con la tan importante declaración del secularista y ateo Hume: “la razón es la esclava de las pasiones”.

El Estagirita es un símbolo perenne de las posibilidades humanas en la investigación de la verdad, incluso teológica. Aristóteles, con toda sencillez y humildad ante el ser que se le daba, a diferencia de los racionalistas modernos, llegó a puntos muy cercanos a los límites mismos de la razón humana, en la investigación sobre Dios, sobre la Providencia, sobre el origen del mundo, la naturaleza de nuestra alma, etc. Y sus consideraciones físicas en muchos puntos son guía filosófica poderosa para la investigación científica. En algunos puntos, fue corregido y profundizado por Santo Tomás, pero aún en tales casos muestra su gran penetración, precisamente por ser casos límite. Tales son, entre otros, el de la Providencia y el de la creación o la eternidad de la materia. En efecto, Aristóteles pensaba que Dios debía gobernar el mundo, pero, dado que hay mal, ese gobierno tenía que tener, pensaba él, un límite: ése es el que la materia, lo más bajo del cosmos, no depende ontológicamente de Dios, aunque las formas se impriman por la acción de Él en ella. Como la materia es indócil a la impresión de la forma, en ocasiones, el gobierno de Dios sobre el mundo falla. Santo Tomás podía corregirlo, porque sabía que el mal provenía del pecado: eso no podía conocerlo el Estagirita, porque no era adivino y no tenía ni idea de una Revelación como la de las Sagradas Escrituras.

En conexión con este tema, está la opinión de Aristóteles sobre la eternidad de la materia. En efecto, el filósofo de Estagira pensó que Dios no pudo producirla, porque veía que toda producción de la que tenemos experiencia requiere de un sujeto material; por ello pensó que la producción de los entes por Dios debía suponer tal sujeto. Pero, sobre este punto tan crucial, Santo Tomás de Aquino realiza consideraciones muy penetrantes, en las que se corrige a Aristóteles. Entre ellas está que el sujeto de la producción es necesario, pero no para todo agente, sino para todo agente particular; como Dios es el Agente universal del ser, la Creación no requiere de la materia. Igualmente, como todo agente actúa según su actualidad y Dios es acto puro según todo su ser, e, incluso, en Él se da en toda plenitud y en grado eminente toda perfección correspondiente a la actualidad, de manera universal, su modo propio de producir algún efecto será según la totalidad del mismo en cuanto subsistente y no sólo una forma que inhiere en una materia. Aún más, como se mostró, en el universo hay un orden, y, para que exista ese orden, el universo tiene que ser creado de la nada por Dios; pues, siempre que se da el orden, unas cosas proceden de otras y son proporcionales a ellas, ya que, de lo contrario, sin la proporción, el orden vendría del azar y eso es imposible; así, la materia tiene que venir de Dios, para ser proporcionada a su acción, pues en ese caso tendría que venir de Él o Él de ella, pero su Ser no depende de nada, luego, la materia viene de la acción divina. Además, siendo la materia potencial, tiene que haber un acto previo a ella que la haga pasar al acto, ése es Dios. Éstas son, pues, las principales razones que, en el capítulo XVI, del libro II, de la Suma contra los gentiles, aduce Santo Tomás de Aquino para probar que la acción de Dios no supone ningún sujeto material; y, por tanto, crea, es decir, produce todo ser universalmente, de la nada, a pesar de los razonamientos poderosos de Aristóteles.

Por otra parte, el filósofo de Estagira pensó que la acción de Dios sobre la materia debía no tener principio, pues, de tenerlo, habría algún cambio en Dios, Acto puro subsistente; y eso es absurdo. Pero, como se vio en el primer artículo de esta serie, siguiendo a Santo Tomás, si bien Dios crea en un momento determinado del tiempo, en la Eternidad no hay antes ni después, ese principio es lo primero, respecto del tiempo, no de la eternidad. Además, lo que causa lo hace en cuanto actual, por lo que, una causa que sea acto puro no puede cambiar en absoluto. Y, en tercer lugar, si bien la relación de los entes creados al Ser es real, la del Ser a los entes es meramente de razón.

Pero, de la relación entre estos dos grandes pensadores, surgen invaluables indicaciones de las relaciones entre la fe y la razón. Como ya se apuntó, “la fe y la razón son las dos alas con que Dios dotó al hombre para que llegara al conocimiento de la verdad” (Juan Pablo II. La fe y la razón, n. 1). Eso puede entenderse de dos formas. De un lado, porque la razón y la fe tienen ámbitos de autonomía, es decir, hay materias en las que la experiencia o el método físico o el matemático o el biológico son los apropiados para investigar la verdad. Dios gobierna el mundo, pero las cosas son proporcionales a sus causas próximas, de las que Dios se sirve para realizar ese gobierno, no a sus causas remotas: es por ello que debe haber una autonomía en la investigación de la verdad. Si bien, como todas las verdades son conocimientos del mismo orden que dispuso el plan divino, debe haber correspondencia entre las cosas que diga la ciencia empírica, la filosofía, la teología, la psicología, etc., sin pretender un orden sistemático de las ciencias, pues nuestros conocimientos distan mucho de ser perfectos.

Por otra parte, está el hecho de que la razón tiene límites y, por ello, hay verdades a las que por su sola fuerza no puede llegar. Lo cual no obsta para que el investigador trate de alumbrar en esos temas, en los misterios de la fe, pues ellos no son corrupción del intelecto, sino luz resplandeciente que encandila: no son obscuridad, son exceso de luz. La separación entre fe y razón es artificial. Pues la ciencia y la fe se conocen con la misma potencia intelectiva.

Más bien hay infinidad de materias, como la de la Trinidad de personas del único Dios verdadero, que no podrían conocerse sino por Revelación. Pero, en dichas materias, hace falta mucha investigación para ir dando articulación racional, en tanto que es posible por nosotros, para ir penetrando en esa revelación, que no anula la razón, sino la perfecciona.  Hay otras materias en las que hace falta la revelación, pues, de lo contrario, se cometerían muchos errores, además de que sólo unos pocos hombres llegarían al conocimiento de las mismas y luego de muy largos trabajos; aparte de que alcanzarían ese conocimiento sin gran seguridad o sin la total certeza que da una Revelación del propio Creador, que no nos abandona.

Pero debe añadirse todavía algo. De la posición que se asuma respecto de las preguntas por la inteligibilidad del mundo sensible y por nuestra posesión del intelecto, en tanto que capacidad para captar efectivamente ese mundo, depende todo lo demás que se piense sobre cualquier otro tema, en la visión del mundo y del hombre. Eso también es aplicable a la comprensión de las Escrituras reveladas. En efecto, actitudes radicalmente opuestas sobre la Fe surgirán si se concibe que lo inteligible no se puede transmitir de modos sensibles, como la palabra escrita, como la de las Escrituras, precisamente. Aún más, si la experiencia de todos estos aspectos inteligibles y su presencia en la base de todas las culturas, no hay manera de que un occidental de hoy entienda al “egipcio” Moisés, al sumerio Abraham, o al hebreo Jesús de Nazaret: la tradición sería imposible. De igual modo, si el discurso humano no se refiere al mundo que experimentamos con los sentidos, como en Ockham, no hay modo de referir experiencias nuestras a la Palabra contenida en la Biblia. Similarmente, si el mundo no es bueno ni bello ni es; ni es reflejo, participación, analogía, de la Verdad divina, entonces se seguirán consecuencias incalculables para la comprensión del mensaje que Dios, por su Espíritu, “que habló por los profetas”, nos transmite.

Cada uno de estos puntos lo atestiguan muchos, como Escoto Eriúgena y otros, en una tradición que va de Orígenes, por lo menos, a muchos contemporáneos, que, a pesar de lo que se dice en Éxodo III,14, en Sabiduría XIII, en Romanos I,18-20, y en tantos otros lugares, para subrayar la superioridad del Creador respecto de las criaturas, dicen que Dios no es, no tiene ninguna comunidad con los entes; e inventan extrañas hipótesis para superar los escollos surgidos de los textos citados, a los que tergiversan completamente. Pero el asunto va mucho más lejos si se considera, por ejemplo, alguna visión materialista del mundo: ellas no pueden admitir que haya Dios o Salvación o Gracia, y un largo etc. De esta manera, la Fe, don de Dios, depende, en el lado de la naturaleza, de la razón, de una razón recta, abierta al ser y a lo trascendente; porque la gracia no anula la naturaleza sino la perfecciona y la eleva y por eso la Fe no se le da a los monos, a los caballos, a los vegetales, a los perros o a los insectos, sino a los animales racionales.

Así, el irracionalismo cientificista y el fideísta se dan la mano como dos formas diversas de una misma revolución, representada en nombres como Lutero y Kant, aunque reunidos ambos en un solo Guillermo de Ockham, padre del cientificismo y de la desconexión de ciencia y mundo, así como del fideísmo religioso, padre de todo el mundo horrible contemporáneo, padre de la revolución, piedra angular del gnosticismo modernista. Hay una respuesta, una sola verdadera, la rebelión, LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…

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