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Aristóteles y Santo Tomás: un tumba-rancho acaba con el Big Bang (2)

La Luz verdadera no viene de un big bang, se manifiesta en la inteligibilidad del mundo

Si puedo hablar de física o de lo que sea, hay un orden inteligible
Platón y Aristóteles: constituyen un paso decisivo en la conciencia de la humanidad

Platón y Aristóteles: constituyen un paso decisivo en la conciencia de la humanidad: ellos volverían a morir mil muertes, si vieran la estulticia sofística que se ha apoderado del mundo, en estos tiempos oscuros de la revolución

En el artículo anterior, vimos que cualquier movimiento supone una causa anterior y que, por tanto, al nivel de los movimientos particulares, es imposible hallar un movimiento primero y origen de los demás: algo como el big bang es una simple estupidez. Además, los bigbanguistas o bigbanguianos no pretenden dar un movimiento como el primero de todos: uno ve a Stephen Hawkins y se da plena cuenta de que él habla de cómo se dispusieron las partículas para la supuesta explosión y de cómo ésta se explica por la naturaleza de las tales partículas. Semejante estulticia es asombrosa: así quieren ser líderes del mundo… y, lo peor, lo son: ¡¡¡!!! Pero ella llega a lo supino cuando te das cuenta de que lo que quieren es decir que el mundo es material, que Dios no existe, que no hay orden, que todo es producto del azar, que el mundo actual se explica por una especie de virtualidad de esa explosión, a veces, unido todo esto a una ley: la evolución. Como si se pudiera ser materialista y, coherentemente, creer en leyes: las leyes no son materia. Además: si todo es materia, no hay naturaleza y no puedes decir lo que fue el pasado viendo el presente. Vamos a ver a las formas de Aristóteles, que son las formas de lo real, obrando, dejando su huella en las cosas materiales más elementales. Así haremos la rebelión de la esencia. Démosle, pues:

Tomando la ciencia moderna y las partículas subatómicas como objeto de estudio y como lo más cercano, de lo que conocemos hoy, a la elementalidad material, las conclusiones no variarán mayormente de ésas a las que llega Aristóteles respecto de la constitución del mundo, como se verá a continuación. En este sentido, han de plantearse tres problemas de íntima conexión mutua: 1) Aristóteles dice que lo activo es la forma,  la materia es pasiva[i].  El problema al parecer está en que hay electricidad, magnetismo, gravedad, y éstas parecen ser energías, principios de movimiento, estrictamente materiales. 2) La materia es ontológicamente estructurada por la forma, según Aristóteles, pero un átomo o, más bien, una molécula de cualquier material, sobre todo de los elementos de la tabla periódica, es lo que es según un algo material: el número de electrones y protones. 3) Al problema 2) se puede responder, pero la respuesta planteará un problema más profundo, que sería el tercero: Heisenberg dice que el electrón “fuera” del átomo no es lo mismo que “dentro” de él, porque lo que puede parecer que para él el átomo es una totalidad, una estructura de partes que forma unidad; luego, es un orden más que material. En realidad, los pensadores del círculo de Copenhague, Bohr, Heisenberg, Pauli, padres de la física cuántica, si bien no eran materialistas, como es claro de lo dicho, tampoco concebían una formalidad que dé totalidad a los seres macroscópicos, sino unas formalidades accidentales, relaciones, que reúnen, digamos, partes de materia, pero que pueden ser objeto de estudio de la cuántica, por lo que el mundo entero podría someterse a esta disciplina. Empero, y aquí está el mayor problema, el electrón, según lo dicho, fuera del átomo, parece no ser más que materia sin estructura, una partícula sin ninguna inteligibilidad, ni siquiera esta relación que pudieron ver los de Copenhague.

Sin embargo, los tres problemas dichos parecen no ser más que aparentes; por lo que se verá. Pero la consecuencia más resaltante de no responder a ellos está en que, si las partículas subatómicas son materia simplemente y son la fuente de energía, entonces lo demás, los organismos vivos incluidos, podrían ser no más que materia movida por energía material.

Para empezar, el electrón no parece ser pura materia sin estructura, forma o naturaleza, ni siquiera la “materia prima” de los clásicos. Él tiene un modo de comportarse, que se manifiesta precisamente en su aptitud para formar átomos y moléculas diversas según su número, en su carga de energía [convencionalmente llamada] “negativa” que se relaciona de un modo determinado con los protones, etc. Es decir, la estructura atómica, que está en la base de todo lo que se dice y se escribe sobre el átomo, necesita de estructuras subatómicas. Esto es claro, también, porque los electrones son electrones y permanecen siéndolo; es decir, hay un orden esencial estable de las partículas subatómicas, ese orden es inteligible y tiene consecuencias fundamentales en la conformación de estructuras superiores. Si no fuera así, no podría haber estudio de esta rama de la física, pues, para ponerlo en términos expresados por Platón en El Sofista, “sin inmutabilidad no puede haber intelecto ni ciencia”.

Por otra parte, dado que hay forma o principio formal de las partículas subatómicas, lo que esto hace es confirmar una parte de la teoría aristotélica, según la que la materia y la forma tienen una proporcionalidad muy estrecha. Hay distinción, claro, entre ellas, pero no son “dos cosas”, sino dos componentes de un solo ente. A este nivel, la estrechez de la relación es proporcional a la “cercanía” que tienen estas partículas con la materia prima, que es inmensamente superior a la que puede tener el ser humano total, porque en él, la forma no está totalmente inmersa en la materia. Aunque ha de decirse que de esto es claro que las formas de las partículas, más inmersas en la materia, tienen una mayor conveniencia con la materia y, por eso, su capacidad de actualización de la misma es inferior; y de ahí que la “gobiernen” en una medida inferior y se note infinitamente menos su distinción respecto de la materia.

Aquí, es menester traer a la consideración dos observaciones muy importantes inspiradas por el filósofo de la ciencia australiano George Molnar (hechas en la obra de título Powers, citada por Carlos Augusto Casanova, en Reflexiones metafísicas sobre la ciencia natural, RIL editores, Santiago de Chile, 2.007, pp. 175-195). En primer lugar, un electrón es, como se dijo, parte de un átomo, el átomo parte de la molécula, una molécula es parte de una estructura superior, e. g., un ser vivo, un hombre, por ejemplo. El electrón es lo que es, un electrón, pero es, además, parte del átomo. Su condición de parte puede alterar cualidades suyas, en especial en su relación con las otras partes de ese todo, por ello, Heisenberg habla, como se refirió, de la dificultad de su estudio. Mas la parte no se desnaturaliza de tal modo que deje absolutamente de ser, perdida en el todo, pues, precisamente, es tal parte, por su naturaleza. Y eso es verdad tanto del lado de la parte, como del lado del todo. En efecto, no cualquier cosa puede ser parte de cualquier todo; un motor de un carro no puede ser de goma espuma, el corazón no puede hacerse con hierro oxidado y las mitocondrias no se pueden sustituir por partículas de uranio. Igualmente, el ATP de nuestras células, nuestro componente que nos da energía, es un compuesto de fósforo y, si me extraen una célula, de ella se podrá obtener fósforo no algo que fue fósforo pero que ya no lo es; por eso, podemos comer restos de ciertos animales o plantas que son muy nutritivos, porque son ricos en fósforo.

Entonces, ¿la contradicción es admisible, pues el fósforo, por ejemplo, participa, a la misma vez, de dos formas sustanciales, la del propio fósforo y la mía? Obviamente, no: un electrón en el átomo o el fósforo en el animal o cualquier otra parte en cualquier todo siguen siendo lo que son, en cuanto a un aspecto y potencialmente, son partes de un todo; pero también, en otro aspecto y de manera actual, tienen otra formalidad, la del todo, que las hace unas en la totalidad, en la que cumplen la función que les es propia, en tanto que tales partes. Así, en un todo, hay propiedades de cada parte consideradas en sí mismas, individualmente; hay propiedades totales, pero que están derivadas de una parte o de un conjunto de ellas o de sus relaciones mutuas; igualmente, hay propiedades del todo en cuanto tal, como la vida y la unidad del animal.

Por último, se ha de saber que cada ser en el mundo, de acuerdo con Molnar (Ibíd.), en este punto en total conformidad con Aristóteles, tiende a realizar su operación, su actualidad segunda. Punto bastante obvio, por el que estamos seguros de muchas cosas, desde que el imán se quedará adherido a la superficie metálica en la que lo dejamos por un momento, casi totalmente descuidados, hasta cuando esperamos acciones humanas libres, productos de decisiones racionales. De esto es claro que hay naturalezas, modos estables de obrar, consecuencias de la estructuración ontológica; así como que las partes del todo tenderán normalmente a cumplir sus “misiones” en la unidad de todas ellas, salvo alguna interferencia o alguna “descoordinación” debida a su ser material, por lo que el todo tenderá, no sólo por su formalidad actualizadora, sino por la misma estructuración efectiva de sus partes, a la conservación de sí, en cuanto tal.

De todo se muestra de manera diáfana, pues, que no conocemos una materia absolutamente sin información y sólo tenemos una vaga idea de ella por lo que sucedería removidas todas las formalidades. Proceso imposible de llevar a cabo del todo, pues nuestro intelecto necesita de la connaturalidad de los cognoscibles con él, en orden a inteligir.

Incurren en absurdos inaceptables, pues, Stephen Hawkins y otros teorizadores del Big Bang, como origen del cosmos, pues tratan de dar una explicación material del universo y dicen lo que sucedió hace miles de millones de años, por lo que saben hoy del orden que se da entre las partículas subatómicas; no se dan cuenta de que esa regularidad sólo es posible si hay una naturaleza estable de las partículas; es decir, aún dándose cuenta de que hay tal naturaleza, no ven que esa estabilidad no puede ser producto de una materia sin estructuración ni inteligibilidad. Eso, sin entrar en el problema de la desproporción entre un mundo de regularidad infinita de fenómenos, por un lado, y el remoto origen azaroso del mismo en unas partículas que se pretenden sin estructura más que material (reducida a su materia misma); es decir, ya la pretensión de decir, a partir de lo actual, lo que fue contradice ese materialismo y mecanicismo (de base “azarosística”, “afinalística”).

Así es como la revolución aparece como el peor de los oscurantismos, que niega lo obvio, que ay orden, para negar que estemos sometidos al mismo y a lo que se sigue de él evidentemente: que hay Ordenador. Es ideologismo, a lo Nietzsche: vamos a negar que haya gramática, porque, si hay gramática, hay Dios, acabemos con el lenguaje, pues… La respuesta a esta locura de usurpación de los derechos del Creador, en nombre de la voluntad de poder, es la rebelión, la única verdadera en el mundo de la revolución: LA REBELIÓN DE LA ESENCIA…


[i] Einstein pensaba en sentido similar, y, por eso, creía que había una causa no material del mundo; pero Einstein entendía “materia” en un sentido distinto y no es muy claro que su “Dios” sea distinto al de Spinoza, que era “Naturaleza”. Claro que el hecho que lo llame “Dios” es señal de que Einstein percibe que la física sola no basta para explicar todo lo que pasa en el mundo.

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