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Funerales ecológicos: sigue el progreso, ahora las personas serán abono, como el estiércol

Este progreso es tan adelantado que ya vamos más abajo que los paleolíticos o la Roma del Circo de fieras y gladiadores o los pueblos antropófagos

Eco-funerales: material reciclable, de cuya identidad personal no debe quedar ni el recuerdo, eso es lo que somos en la revolución

Eco-funerales: material reciclable, de cuya identidad personal no debe quedar ni el recuerdo, eso es lo que somos en la revolución

Occidente, civilización cristiana, que nació bajo la égida de la Iglesia fundada por Jesucristo, que asumió el aporte de los clásicos griegos, los tomó y los superó, en cuanto a la filosofía y por la integración sintética de sus contribuciones con la Biblia y las de otras sociedades, como Roma y las civilizaciones la bizantina e islámica, en esta sociedad, se ha venido a caer en el más feroz y loco materialismo; que, para colmo, se ha venido a mezclar con gnosticismos y esoterismos de la más baja ralea, fundidos en ese mar de panteísmo llamado new age. Éste es el ámbito de los funerales ecológicos (vid. Los “funerales ecológicos” y la vuelta de la gnosis, InfoRIES 271, 09-03-13).

Vamos a comparar, para que veamos el barranco por el que caemos: se llama revolución. Un programa en la televisión: “el origen del hombre”; están hablando de unos “homínidos” de hace 300 mil años; saben que son pensantes, porque practican ritos funerarios. Cualquiera que reflexiones segundo y medio sobre el particular sabrá que, si eso es EL signo, para los arqueólogos y paleontólogos, de la presencia de la personalidad, del espíritu, se trata de un ser con anhelo de infinito, un ser que es el único del mundo visible –que sepamos– que no sólo está ahí, sino está consciente, le busca un sentido, agradece, ve en las cosas un Infinito subyacente, etc. Lo mismo es expresado por el arte, la ciencia, la filosofía: porque las tenemos, las practicamos, estamos abiertos a una belleza trascendente, que nos fecunda, como dice Platón en El Banquete. Pero hay mucho más. Los hombres viven en comunidades, punto; NO se UNEN, no, no es como dicen Hobbes, Locke o Rousseau: no puede ser, pues nacemos de unos papás, nos enamoramos, queremos comunicarnos, ser amados, nos reconocemos en el amigo. La comunidad, desde siempre y para siempre, se reconoce en la posesión de un algo que la conecta con ese Infinito y con el que se tiene relación especial: quienes no pertenezcan a esa amistad particular están excluidos de la comunidad y no pueden participar de los ritos sagrados, que son el centro de su vida (Fustel de Coulanges): sólo una religión universal puede reunir a toda la humanidad en un solo regazo: Cristo, se acabó. Y hay más: Montalbán, las cuevas de Montalbán, los toritos: símbolos sagrados: de allá aquí no hay comunidad que no posea una cierta visión de lo sagrado… salvo alguna en severa crisis, ya llamada “comunidad” por la inercia de siglos, en proceso de franca desintegración. La más potentemente sometida a esto: el Occidente progresado, el de las drogas, el de el filicidio masivo, el de la familia en desintegración… El Occidente en que los ritos funerarios dejaron de ser piedad para con los muertos y expresión de la verdad de nuestra trascendencia, manifestada en el anhelo de infinito; y han venido a ser una especie de sujeción vergonzosa, por voluntaria y manifiestamente falsa y desconocedora de la historia del pensamiento, una sujeción vil a lo más básico y elementalmente material…

¿Cómo es esto? Lo dice Eric Voegelin muy claramente. Tiene varios matices, pero vamos a señalar dos centrales: 1) a pesar de todas las tonterías que se dicen de la “revolución científica” (aunque haya algo de verdad en la etiqueta), la más grande revolución científica tuvo lugar hace más de dos mil años: Tales de Mileto descubriendo que había ciencia y filosofía, percatándose, sobre la base de los hallazgos egipcios y babilonios, que los fenómenos suceden con base en principios intrínsecos universales; más adelante, tiene lugar el segundo salto: Sócrates dándose cuenta de que todo esto era producto de un Nous, una inteligencia, como dijo Anaxágoras, pero inmaterial y obrando conforme a razones universales, que son principios intrínsecos de las cosas y el fundamento de todo el orden que permite que se estudien las cosas de manera universal, científica y filosófica (Platón, Fedón 96-101; y El Sofista 247-248). Así, pues, Voegelin comenta: se descubrió el alma, se descubrió la inmaterialidad y la espiritualidad de nuestro entendimiento y nuestra voluntad, se definió nuestra alma de la manera más perfecta, como sensorio de Trascendencia, de sentido, en medio del mundo sensible. Así, fuimos libres, hallamos nuestra libertad, por ser algo tan superior al devenir sensible y temporal: vimos lo eterno y, desde ahí, hallamos el sentido del mundo. “Pero, en particular, pretender ignorar la última [la Realidad trascendente] sería como volver a una fase previa al nacimiento de la noesis clásica, sometiendo al Hombre al Cosmos. Más aún, sería peor, pues en el tipo cosmológico de verdad del ‘espíritu’ estaba presente de modo compacto, fundido, con el ámbito de la percepción sensible, mientras en un naturalismo posterior a la diferenciación de la realidad, la dimensión espiritual o luminosa sería sencillamente negada o ignorada. Se caería en un gravísimo desorden, contrario a la experiencia de los hombres de casi cualquier ámbito civilizacional, que han procurado vivir siempre en comunidades que dieran sentido a sus vidas. No sólo que les permitieran ‘subsistir, pragmáticamente, sino que les ‘señalaran’ su lugar en el mundo y en la Historia o en el Cosmos”. 2) Así llegamos al segundo punto: el totalitarismo: caídos en semejante desorden, no extraña que el hombre se use como rata de laboratorio, que se aniquilen poblaciones enteras sin remordimientos, que se trafiquen drogas como si se tratara de atoles (en cantidades navegables y para niños), que se maten a niños como si fueran cerditos, que se corrompa a la infancia para que sea esclava total de pasiones bajas (sexuales, mayormente). Y, como dice Michael Jones, como la “liberación” es función de totalitarismo, de poder y subyugación sin límites, Voegelin no puede sino tener razón: en la ausencia de sentido, orden, verdad, dignidad, lo único que queda es la tiranía más feroz, que se cree capaz, como los marxistas, los nietzscheanos, los capitalistas, etc., de definir al hombre y todas sus dimensiones existenciales, con base en sus torcidos, ciegos y nihilistas “parámetros”.

En este ámbito espiritual, es decir, de creencias –que son naturalmente intelectuales, espirituales–, nace esta “moda que, llevada al extremo, resta la debida importancia al hecho que en ese momento se recuerda y que puede incluso faltar a la debida dignidad del difunto. Por ejemplo, con propuestas como la de la asociación sueca «Promise», que aboga por el enterramiento desnudo en el suelo, para que el cuerpo humano se convierta en un fertilizante útil. ¿Hasta dónde puede llegar la moda de los funerales verdes y la influencia del New Age? (Los “funerales ecológicos”…, cit.).

“Según Massimo Introvigne, intelectual y sociólogo italiano, director del Centro de Estudios Sobre las Nuevas Religiones o CESNUR, todo esto pertenece a un concepto de la ecología profunda que, en realidad, «difunde la idea de que, una vez muerto, uno vuelve a ser parte de la naturaleza. La identidad del hombre, que había sobresalido por un tiempo como si fuera una ondulación del gran mar panteístico que es la naturaleza, debe volver a sumergirse en este mar, perdiendo su identidad propia»” (ibíd.).

Pero no nos extrañe ver quién está practicando el “rito”; quién está aplicando las creencias; por supuesto, algún totalitario contemporáneo. ¿Y quién tiene los mayores méritos para ser considerado el principal candidato a el tirano contemporáneo? Adivinaron: nuestro amigo, el marxista… y en su papel de anticristo, of course. “«Una larga tradición de ataque contra un bastión del cristianismo, es decir, a la diferencia deontológica, que nos dice que el hombre es la única criatura que Dios ha amado por sí mismo; lo demás, los árboles, los campos y los animales, han sido queridos por Dios en función del hombre», explica” Introvigne. Y continúa: «Yo vivo en Turín, y allí nuestro gobierno de centro-izquierda ha dado la posibilidad de ser simplemente olvidado en una gran fosa común donde se pierde la identidad, e incluso el nombre. En realidad, la Administración, más que alentar esta iniciativa, la ha recibido de un asociacionismo radicalmente ateo, que se ha opuesto incluso a que fueran proyectados los nombres de los difuntos. No han aceptado eso ni siquiera» (ibíd.).

Es necesario fundirse en el todo, en la Tierra, en el universo material, en dios-energíauniversal, en ese dios que cambia, que tiene partes, que se engañan y se separan, que comete mal, que es pura materia pero es espíritu, que debe purificarse, purificarse por la conciencia, por el conocimiento, por la gnosis, del peor pecado: la diversidad, que es engaño. «Se trata básicamente de la vieja idea gnóstica que sostiene que el afirmarse en el propio yo es un mal al que la muerte pone, afortunadamente, remedio. Recordar al muerto perpetuaría este mal. Como sucede a menudo, el panteísmo —del que este ecologismo profundo no es más que su última encarnación—, se combina con el gnosticismo. Es decir, la idea de que el surgimiento en el universo de una fuerte identidad como la del hombre no es un bien, sino un mal», advierte”. Concluye Introvigne: es una reviviscencia “de viejas ideas gnósticas” (ibíd.).

En un nivel más profundo, se trata de esa amalgama sin sentido llamada revolución. Un materialismo que niega que haya orden, para proyectar sus fantasías, fantasías de dominación sin estorbos ni cortapisas; en la que los subyugados tejen con alegría sus grilletes y arman con ansia sus patíbulos. Contra esto: la rebelión de la esencia…

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