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Cuando la revolución arrasó la expresión de la sociedad

Gnosticismo revolucionario y arte

La Madre Teresa y Lady Diana: dos bellezas, la más luminosa es la que refleja más a Dios, aunque eso, como sabía El Principito, "sólo se ve con el corazón"

La Madre Teresa y Lady Diana: dos bellezas, la más luminosa es la que refleja más a Dios, aunque eso, como sabía El Principito, “sólo se ve con el corazón”

¿Qué tienen de común, en cuanto bellos, un bebé de 5 meses, una monjita que despliega una generosidad increíble, formando una congregación llamada Misioneras de la Caridad, Miss Universo, un amanecer de oro y grana, la amistad y la justicia, la Capilla Sixtina, la Alhambra? Lo dice Aristóteles, al presentar a la “virtud total en relación con otros”, a la justicia: “brilla más que el Héspero y el Lucero”. La belleza es luminosidad (S. Th., I, 5, 1). El arte siempre ha tendido a ello, en cualquier sociedad. Ahí están las piletas de la Alhambra, representaciones brillantes del Brillo inefable, para demostrarlo. Pero el arte occidental, el Cristiano, refiriéndose siempre a la manifestación sensible perfecta de la Gloria celestial, tuvo por tema a la luz, desde el Románico al Barroco, pasando por el más bello, en arquitectura, el Gótico, y por el más bello en la pintura, el mal llamado “Renacimiento”. De nuevo, el arte es vida interior de la comunidad y expresión de ella que se desborda; y el arte es reflejo de la teología comunitaria: de ambas teologías, la civil y la trascendente (cfr. Voegelin, New Science of Politics), el arte es conexión con el fondo trascendente, el sentido profundo de la comunidad, es exteriorización de esa legalidad más profunda, que subyace a la legalidad superficial (cfr. Orestes Brownson, The American Republic; Voegelin, ibíd.; Platón, La República, II-IV). Por eso, el arte fecunda, pues es conexión con lo Bello en sí (Platón, El Banquete), por mejor decir, conexión con Dios, Belleza suma subsistente, en cuanto la sociedad es “pueblo elegido”, una manifestación particular del orden del cosmos y de la Voluntad que subyace al mismo (cfr. Voegelin, ibíd.; Brownson, ibíd.).

Pero desde el siglo XVIII, cuando fructifican el espíritu de Westfalia, el nominalismo versión cartesiana, el cientificismo y la rebelión contra Dios, contra Cristo y su Iglesia, la conexión se cortó, el hombre dejó de ver al orden y trató de suplantar a su Causa, Eficiente y Ejemplar. Como el hombre no opera more geometrico, al principio, sólo se manifestó la ruptura en el ámbito de las letras: desde Locke y Voltaire a Lamettrie y Sade y Shelley y Godwin, etc. En la arquitectura, la pintura y la escultura, el primer momento es de un arcaísmo, que pretende conectar con otras sociedades, que se consideran superiores a la Cristiandad: el neoclásico, el romanticismo y los nacionalismos del siglo XIX. Más tarde, en lo pictórico, vendría la primera gran ruptura, el movimiento que, siendo la frontera, todavía conservaba algo del esplendor del pasado reciente: el Impresionismo. A partir de éste y, merced a un desarrollo, ahora sí, acelerado de caída libre, se pasaría a los cubismos, los expresionismos y todo tipo de vanguardismo. Hasta que, desprestigiados los dioses falsos de la modernidad y caídos ya en un nihilismo sin máscaras, se ha caído en fenómenos como el pop, con su héroe Warhol, el arte povero, y otra serie de claudicaciones, incluso, de constituir un lenguaje expresivo común. En las letras, se ha llegado a abandonar todo tipo de expresión de sentido y se ha pasado a la protesta; la sátira que derriba “mitos”, símbolos del sentido social verdadero (ya desprovistos de la Historia y la visión del mundo en que se podía captar su significado); el cinismo y la amargura de un Phillip Roth. La arquitectura vive en la desolación del utilitarismo y la geometría, carente de toda ornamentación, pues se obtura todo paso de la materialidad a alguna forma de expresión trascendente, incluso, de alguna capacidad de la materia para expresar más que figuras geométricas, a lo Descartes: Gropius, Le Corbusier. En música, se ha llegado a severas alteraciones: el Politburó del partido comunista ruso pidió, en 1927, el diseño de una música revolucionaria (Jones, 2.006), y, luego de muchos intentos, Bob Dylan dio con la piedra filosofal, al hacer el pasó del Rithm and Blues al Rock and Roll, con instrumentos eléctricos (festival Folk de 1.965). La norma de la Ley cívica (La República, II), la música, no se movió unos centímetros, voló kilómetros, en segundos. Fructificó en salsa, rap, hip hop, disco music, punk, heavy metal, tecno y pare de contar.

El arte es la vida interior de la comunidad. Así, la revolución espiritual de Occidente, dio pie a un “arte”, vida interior de la sociedad del consumo de drogas y de filicidio masivo. Gnosticismo puro, llevado hasta el último extremo, en la revolución de los años 60, cuando Freud, Heidegger, Marx, Nietzsche y Sade-Lamettrie-Byron, juntamente con el new age y, por tanto, los orientalismos, mezclados con la psicología trans-personal y con el dios interior de Jung, se fundían en Sartre, Reich, Marcuse, para inspirar movimientos como el hippie y sus secuelas, hasta el día de hoy. Todos los gnosticismos caídos en un solo movimiento y de una sola vez sobre el mundo cristiano, con toda su virulencia anti-orden y anti-Autor del orden.

Devolver la vida interior trascendente a la comunidad es la obra de los que amamos el bien, la belleza y la verdad del hombre. Es menester, para conseguir la verdadera libertad, en esta opresión del espíritu en la era de la revolución. Eso es la rebelión, la rebelión de la esencia…

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