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San Agustín: el hombre que, cambiándose, cambió al mundo (1)

San Agustin: En su itinerario vital, se preparó para servir a Cristo, siendo hábil para enfrentar todas las batallas

San Agustin: En su itinerario vital, se preparó para servir a Cristo, siendo hábil para enfrentar todas las batallas

Eric Voegelin, quien es uno de los autores que conoció y entendió mejor la historia de la humanidad y del pensamiento humano, dice que San Agustín es el padre de Occidente. Déjenme parafrasear, para que no queden equívocos en el aire: no es que fue el único “padre de la Iglesia” en la parte oeste del Imperio romano, no; es que es el progenitor de la civilización occidental. Por supuesto, hay muchos otros aspirantes al título o, por mejor decir, el padre de una sociedad así no puede ser uno solo, sino un esfuerzo conglomerado de los valientes, los sabios, los piadosos, los prudentes y justos de los siglos. Cuando San Bonifacio lograba la coronación de Pipino, en el siglo VIII, cualquiera podría decir que estaba siendo el padre de Occidente; o lo fue el Papa León III, cuando, en la Navidad del año 800, coronaba a Carlo Magno; o puede haber sido este gran emperador, al extender la sociedad cristiana y poner su imperio completamente a la órdenes de Cristo; pudo ser Alcuino, su consejero, su mentor, el jefe de su más grande invención, las escuelas catedralicias, madres de las universidades. El Padre pudo ser San Patricio, quien, fundando la Iglesia de Irlanda, en el siglo V, puso las bases de todo lo que siguió en la isla, en los siglos siguientes, desde San Brendan el Navegante, Santa Brígida, el gran San Columbano, que sembró un bosque de monasterios irlandeses en el centro de Europa, y, más que nada, ese Cristianismo del norte de Gran Bretaña, que se encontró San Agustín de Canterbury, cuando estaba llevando adelante su misión, con tanto futuro en la historia de la humanidad. El padre puede decirse que fue San Benito, con su regla y sus monasterios, que salvaron la cultura, por los siguientes 8 siglos, desde la invasión de los lombardos, hasta las de los normandos y los magiares, elemento clave para todo renacimiento cristiano, desde la evangelización de la Gran Bretaña, hasta el mismo nacimiento de las universidades, pasando por el Renacimiento Carolingio y la Reforma de Cluny. O el padre fue ese hijo de San Benito, San Gregorio Magno, con una obra tan grande, con su canto polifónico, con las misiones, salvando al mundo, en el más completo caos, cuando todo parecía hundirse, bajo la bota de los lombardos, sangre y fuego. O el padre es una madre: Santa Brunihilda, logrando la conversión de Clovis y lanzándolo a la formación del imperio merovingio, franco, base de operaciones, en la Galia, de toda la política católica, en lo porvenir, hasta la división del Imperio, en el testamento de Carlo Magno.

Sin dudas, todos éstos son candidatos, pero el gran obispo de Hipona es el gran intelecto que pone la mayor carga de comprensión del mundo en la espectacular e increíble empresa que fue parir esta civilización. Por eso, no en balde todavía, cuando Santo Tomás o San Buenaventura u Ockham o Lutero o Descartes escribían, la gran referencia cristiana era el Doctor de la Gracia, título obtenido en sus disputas con los pelagianos, de las que hablaré luego. Lutero escribió el De Servo Arbitrio pretendiendo interpretar el De Libero Arbitrio de San Agustín y Descartes, adulterándolo, copió del áfrico-romano el famoso cogito ergo sum.

Agustín fue un gran obispo africano, de Hipona, del 398 al 431, y llevó a esa pequeña localidad a la prominencia, merced a su genio. Y fue un obispo monje, completamente dedicado a la pobreza evangélica y a la contemplación divina. Así fue como el genio, según Dawson, se hizo padre de Occidente, fundando el monasticismo típicamente occidental, un monasticismo con la excelencia romana occidental de la virtud cívica y el espíritu práctico; un monasticismo comprometido con el pueblo cristiano, con los pobres, sobre todo los de espíritu, un monasticismo misionero. Un monasticismo antepasado de las escuelas monacales de San Benito y antepasado remoto de la gran obra institucional del Occidente que es la universidad y más remoto aún de la invención de la escuela y el sistema de educación pública de San José de Calasanz; un monasticismo que prefigura a San Vicente de Paúl y a San Juan de Dios y a la Madre Teresa; un monasticismo que abría paso a la labor civilizadora de los monjes-obispos que, sirviendo de funcionarios, insuflaron prudencia y sabiduría para que, del caos de la barbarie, saliera la civilización occidental; un monasticismo que prepara a Santa Teresa y San Juan de la Cruz, así como a San Francisco, Santo Domingo, San Alberto Magno y Santo Tomás y a San Ignacio: elevación mística, trabajo apostólico, frente de batalla espiritual, altura artístico-estética, genio intelectual desplegado; un monasticismo que preparaba las misiones irlandesas y el celo formativo de gente como San Gregorio Magno, San Agustín de Canterbury, San Benito Biscop, San Beda el Venerable. Un monasticismo embarcado en las grandes batallas de la época, batallas del espíritu, batallas contra el caos y la catástrofe que los bárbaros dejaban a su paso. El genio y el santo se unieron para dejarnos ese monumento que son los 18 tomos de la BAC de las obras completas del grande de Tagaste. San Agustín, desde el ocaso del viejo mundo romano, preparaba el camino para la gran epopeya del nacimiento de un nuevo mundo: el Occidente cristiano, la Cristiandad latina.

Fue, entonces, merced a su vida anterior a su conversión, a su tortuoso itinerario espiritual, a su genio descomunal, a su eximia santidad y al Espíritu de Cristo, un grande de las batallas espirituales, al que debemos, aunque seamos tan desagradecidos, una enorme parte de nuestra manera de ver el mundo; como dicen en mi tierra, le debemos hasta la forma de caminar… y no lo sabemos. ¡Terrible analfabetismo cultural del mundo de la revolución!

Agustín nació en Tagaste, en el año 354. Hijo de la cristiana Mónica, de la gran Santa Mónica y del romanísimo Patricio, recibió de niño instrucción cristiana básica, pero nunca fue bautizado. A los 18 años, leyó una obra de Cicerón que hoy está perdida, el Hortensio, que lo encendió en deseos de conocer la verdad, a cuya búsqueda dedicó los siguientes 15 años, al cabo de los cuales fue arrebatado por la Luz esplendorosa de Cristo. Antes de ello, conoció a los maniqueos, esa secta gnóstica de Mani o Manes, un persa que quiso reunir todas las doctrinas en un sincretismo que las superara a todas, un new age temprano, que tomó de Zoroastro, de Cristo, de las religiones mistéricas de Grecia, Siria y Egipto, de Confucio y de Buda y de otros elementos hinduistas, cuya secta fue, por tanto, perseguida en todas partes, en parte por el éxito relativo que tuvo [cuando Dioclesiano la persiguió en el Imperio romano, puso las bases jurídicas que luego seguirían los cristianos que establecieron inquisiciones, fueran católicos o protestantes]. La secta prometía un conocimiento completamente racional de los misterios de la vida y de Dios, lo que ejerció una gran atracción en el futuro cristiano. Por otra parte, el rasgo más saliente de la enseñanza de Manes y sus seguidores es el dualismo teológico-ontológico o, para decirlo más propiamente, metafísico. Simplificando las infinitas y muy complejas y fantásticas emanaciones desde el Pléroma original de los gnósticos antiguos y su descripción del mundo como caída existencial, los maniqueos predicaron dos dioses, uno bueno y otro malo, productor de la materia. Mucho de lo más central del legado agustiniano está en la refutación formal, racional, de este dualismo, con todas las consecuencias que se siguen de la misma: hay un solo Dios, sumo ser, origen de todo, por su Sabiduría y Amor, por lo que todo, en cuanto ser, en cuanto participante de la naturaleza misma de Dios (el ser), es bueno; el mal procede de alguna otra parte… Más adelante, más detalles sobre este episodio y este tema. Porque, antes de esa refutación, mucho antes, Agustín se decepcionó de los maniqueos, pues se dio cuenta de su oferta engañosa: las doctrinas de la secta no eran racionales, eran, más bien, una colección de gratuidades superpuestas, sin mucho cuidado de la coherencia. Quedó desolado, terminó en el escepticismo…

Pero sucedieron dos cosas trascendentales, en su vida y en la suerte de miles de millones de personas, todas las que hemos formado parte de esta civilización. En primer lugar, refutó al escepticismo, duda radical de toda proposición intelectual, dándose cuenta de que si duda y lo sabe, tiene dos certezas, de que duda y de que es… exactamente, formuló el cogito ergo sum, sólo que, en San Agustín, el mismo es sólo una cura para la infirmitas, enfermedad-“infirmeza”, llamada escepticismo, por la afirmación de la certeza; en Descartes fue la piedra angular para la “ciencia admirable”. El otro acontecimiento fue el hallazgo por Agustín de los neoplatónicos, quienes le señalaron el camino de la verdad sobre el mundo y sus principios y, con ella, una ética, al mismo tiempo, elevada, verdadera y racional.

A los neoplatónicos, pues, debería mucho de los caminos que tomaría su genio, en la comprensión del mundo y de lo humano, por lo que, por supuesto, debería mucho su comprensión y explicación del dogma cristiano. Pero, aunque lo discípulos de Amonio Saccas y de Plotino y Orígenes, que Agustín conoció por la vía del converso Mario Victorino, le mostraban un camino al inmoral y amargado retórico romano (pues ésa era su ocupación antes de convertirse a la Iglesia), padre por una relación juvenil ilegítima de Adeodato, de San Adeodato, a quien educó el futuro obispo, antes de que muriera tempranamente, si ellos le enseñaban una senda de bien, él “quería querer, pero no quería”. Un día, estaba pensando distraído y oyó un canto infantil: “toma y lee, toma y lee”, cogió la Biblia y leyó en San Pablo que sólo vencería sobre las heridas del pecado, la concupiscencia, la tendencia apetitiva desordenada, merced a la herencia de nuestros primeros padres, sólo la superaría con la gracia de Cristo: septiembre del 386. Por supuesto, este rasgo de su experiencia también tuvo consecuencias muy importantes, no en balde el Obispo de Hipona es recordado como el Doctor de la Gracia. Él emprendió la primera gran disputa teológica del Occidente, contra la primera gran herejía occidental: el pelagianismo, la secta de los seguidores de Pelagio, quien sostuvo las tesis de que el hombre podía ser bueno, meritorio delante de Dios y salvarse por su solo arbitrio o albedrío.

Apenas se bautiza, se va a Tagaste, vende todo lo que tiene, se lo da a los pobres y se pone a vivir vida monacal, en un descampado, junto a unos compañeros. Su fama se extiende por los alrededores, por el África romana. En 391, va a Hipona a buscar vocaciones monacales y lo ordenan sacerdote. En 395, quedando vacante la sede de esa ciudad, Agustín es aclamado Obispo a pesar suyo, que no pudo resistir el clamor del pueblo fiel. Se trasladó al palacio arzobispal, al que convirtió en monasterio, donde escribió su gran Regla, que sería tan trascendental, como expliqué arriba.

Pero, aparte de muchas cosas dignas de nombrarse y que trataré más adelante, vale la pena comenzar diciendo que, desde esa posición, San Agustín tuvo una primera gran intervención en el destino de la Tierra. Que sepamos hoy, el primer canon bíblico del Nuevo Testamento es el llamado Canon de Muratori, por el clérigo italiano que lo redescubrió en el siglo XVIII, que es del años 170, aproximadamente. Antes de él, el primer escrito en que se conoce que atribuye el carácter sagrado a las Escrituras cristianas es la segunda carta de Clemente a los corintios o Pseudo-Clemente, ya que, aunque la firme supuestamente el cuarto obispo de Roma, la autoría es espuria; la carta es del año 100, aproximadamente. Así comienza esta historia tan importante, que concluye con el Concilio de Trento o con la Dei Verbum del Concilios Vaticano II. Pero, antes de eso, hubo otras listas, que se fueron multiplicando, durante el siglo IV, la más importante es la del Concilio de Cartago, del año 397, que es asumida por los padres de Trento, y en el que destaca la gran figura del más grande de todos los cristianos del siglo IV y del V: el obispo de Hipona, San Agustín.

Sin embargo, se trata de la época en que el mundo romano estaba por venirse abajo, con grietas por todos lados, sucumbiendo bajo sus vicios, ya insoportables, su propia falta de vida. Agustín, por tanto, tiene que asumir ciertas labores apologéticas, para salir al paso de los paganos romanos que achacaban a Cristo la caída de Roma. Esa tarea la emprendió con su gran teología y filosofía de la historia, una de las obras más grandes de la humanidad: la Ciudad de Dios, escrita entre 412 (dos años después del saqueo de Roma por los godos de Alarico) y el 426. No era a causa de Cristo, sino de los pecados los vicios y los demonios, esto es los dioses falsos, que Roma caía. Esta obra es una verdadera suma del pensamiento agustino, sobre la que cabe hacer muchos comentarios, aunque dejaremos para próximos artículos sólo alguno de ellos.

En el año 430, Hipona se hallaba bajo asedio, montado por los vándalos de Genserico. Entre la angustia de ver perecer al mundo que conoció, su diócesis amada, su grey querida, en el hundimiento del saeculum senescens, del mundo agonizante, el 28 de agosto, Agustín se fue a reposar y a gozar de su gran amor, en esa patria de la Vida Feliz, de la que habló en esa obra temprana (386), de ese mismo nombre y que añoró toda su vida…

Antes de ello, como dije, dejó una obra inmensa. Pero cabe destacar el De Beata Vita, el De Libero Arbitrio, sobre libertad y Providencia, el De Doctrina Christiana, de gran importancia en la concepción que la Cristiandad tuvo sobre la formación de los fieles, Las Confesiones, obra maestra de la espiritualidad más obra maestra filosófica, el De Trinitate, el Comentario al Génesis, De Genesi ad Literam, el De Diversis Questionibus 83, el De Civitatem Dei, las disputas contra maniqueos, las contra pelagianos. Y así fue como San Agustín pasó de un muchacho irresponsable cualquiera a Gran Doctor de la Iglesia y gran prohombre de toda la humanidad, padre de la civilización occidental. En los próximos artículos, veremos sus contribuciones en el ámbito práctico y teórico. Mientras contemplemos, hermanos, cómo un hombre que puede parecer uno cualquiera se levanta sobre sí, por la gracia de Dios, el genio y el denuedo y la valentía, a una gran santiddad y sabiduría. Pura rebelión de la esencia…

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