Kalós

Inicio » Antropología » La virtud, madurez, paz y libertad (4)

La virtud, madurez, paz y libertad (4)

Diversas capacidades psicológicas, diversas virtudes; las curas del alma; virtud es paz y libertad verdaderas

La suma de la sabiduría, una virtud muy eminente: luz y vida, gracia de Dios: los grandes clásicos, con Santo Tomás y el Cielo abierto

La suma de la sabiduría, una virtud muy eminente: luz y vida, gracia de Dios: los grandes clásicos, con Santo Tomás y el Cielo abierto

Para un mayor entendimiento del significado de la virtud y, más aún, de en qué consiste un carácter virtuoso, hay que considerar el esquema de las capacidades del alma humana; y revisar las virtudes o vicios que corresponden a cada capacidad. Las capacidades relevantes son las intelectivas y las sensitivas, cognoscitivas y apetitivas, ya que el carácter reside precisamente en tales capacidades; y él, que consiste en los modos como nos relacionamos con el mundo, con los bienes que contiene, está “compuesto” por nuestros hábitos, viciosos o virtuosos. De este modo, adicionalmente, se puede ver cómo distintas virtudes, incluso de distintas capacidades se relacionan entre sí.

Hay cinco tipos de capacidades: vegetativas, locomotrices, sensitivas e intelectivas; pero estas dos últimas son cognoscitivas y apetitivas. Ni las vegetativas ni las locomotrices forman nuestro carácter. Tampoco lo hacen las sensitivas cognoscitivas. Este rasgo no quita nada de la importancia de todas estas capacidades. Mas, de lo anterior queda claro que el carácter reside tanto en los apetitos sensibles, como en el intelectivo, es decir, la voluntad, y en el intelecto. Como las capacidades se diversifican por el modo en que ellas consideran su objeto, la manera en que se relacionan con él, el apetito intelectivo, que depende de la capacidad cognoscitiva correspondiente, es uno solo, pues la inteligencia capta al bien en tanto que bien. Mientras que hay dos tipos de apetitos sensibles, pues uno apetece los bienes deleitables, es decir, aquellos que toma como sus fines: este tipo es el llamado ‘concupiscible’; mientras que el otro nos hace tender a los medios proporcionados a obtener dichos fines: éste es el apetito llamado ‘irascible’, al menos desde Platón. Ha de repararse en que, en el caso de los apetitos concupiscibles, si bien son de un solo tipo, no son sólo uno, ya que hay diversidad de bienes deleitables y, como ha quedado claro, la capacidad se conoce por su objeto o, mejor, por la perspectiva desde la cual lo considera.

Las virtudes del intelecto son bastante fáciles de distinguir: en lo que se refiere a lo práctico, prudencia, o recta razón práctica; además, puede poseer artes o técnicas, que se refieren a la producción de bienes externos o corporales, conforme a razones universales; en lo especulativo, las virtudes intelectuales son ciencia (conocimiento de las conclusiones; razonamiento a partir de las causas), el llamado hábito del intelecto (que no debe confundirse con la capacidad de la que es una virtud y que se refiere a la posesión habitual de los principios del razonar) y la sabiduría (que incluye a las dos anteriores, pero las supera, pues no conoce sólo las causas, sino además a la Causa).

La virtud más propia de la voluntad es el amor a la verdad, según la conoce el intelecto, y, en consecuencia, a los objetos de los hábitos intelectuales enumerados: el bien conveniente, es decir, proporcionado al hombre en una situación determinada (objeto de la prudencia); el arte y la técnica; la verdad especulativa sobre el mundo y, principalmente, sobre Dios. De ahí también que la voluntad sea sujeto de la virtud de la estudiosidad, o deseo recto y habitual de aprender las cosas provechosas. Como la voluntad debe amar el bien conveniente, es decir, el bien según la verdad de vida de la persona o, también puede decirse, el bien conveniente y proporcionado, que sólo puede captarse por el intelecto, toda la ética depende de que este apetito conserve su señorío sobre los apetitos sensibles, especialmente los que tienen como objetos a los bienes deleitables. Dado que la justicia se refiere a la recta repartición de bienes exteriores, en los intercambios y distribuciones, según la igualdad aritmética o proporcional, respectivamente, la justicia es también virtud de la voluntad; que corresponde a la juris-prudencia, que es virtud intelectiva, en la que consisten el arte de jueces y abogados. Igualmente, la sinceridad, el amor a expresar la verdad, es virtud intelectiva, virtud de la voluntad. Más allá de la justicia, la voluntad es sujeto de la generosidad, sea liberal o magnificente, según los medios que posea el hombre virtuoso respectivo, lo mismo que de la misericordia, que adorna a la justicia humana con esa dosis de lo que hoy se suele llamar “humanidad”. En último término, la virtud de la voluntad es el orden del amor, producto de la participación de la persona de la prudencia y de la sabiduría (aunque no sea sabia o prudente, sino que sea dirigida por un sabio y prudente y se someta a él libremente).

Los apetitos sensibles también tienen sus virtudes propias. En general, las virtudes propias del apetito irascible son la fortaleza, para dirigirse a los medios para conseguir los bienes proporcionados, también los deleitables; y la valentía, para enfrentar los obstáculos que se interpongan en el camino. La prudencia es formal también aquí, de modo que se será fuerte y valiente, dependiendo de las proporciones que se puedan encontrar con la razón. A veces lo prudente, esforzado y valiente será poner la vida en grave riesgo, si las circunstancias y el valor de los bienes en juego así lo imponen. A veces, lo mejor es retraerse: no es valiente, sino temerario e imprudente, arriesgar la vida sólo para pavonearse frente a los amigos. Otra virtud del apetito irascible es el amor ordenado de la propia fama: el honor, la gloria, propios de los triunfos militares, son bienes que atañen a esta capacidad.

En el caso de los apetitos concupiscibles, los bienes deleitables corporales son los bienes que les corresponden. En general, de nuevo, la virtud de este “nivel” de las capacidades del alma es la templanza, el sometimiento de la misma a la voluntad y a los dictámenes de la razón. Pero, como son muchos apetitos, referidos a muchos bienes, hay un catálogo importante de virtudes, referentes a cada uno de los bienes. Así, se tiene a la sobriedad, la modestia, la moderación en el comer, la castidad, el pudor, la mansedumbre, la virtud opuesta al deleite cruel, cuyo nombre ignoro, la recta ordenación hacia el dinero y las cosas que éste puede comprar, y un largo etcétera: habrá tantas como tipos de bienes en este ámbito; se podrían incluir la fidelidad conyugal, las drogas, el cigarrillo, las apuestas y muchos otros: con tal de que se posea, en cada caso, un hábito que nos disponga para tender adecuadamente a esos bienes. Hay virtudes que se puede decir que son consecuentes de las enumeradas, como la fidelidad conyugal es consecuencia de la castidad y de la constancia; y la constancia de la esperanza, la fortaleza y la castidad. También hay algunas que son partes de otras. Como el patriotismo o amor a la patria es parte de la justicia y de la piedad, del agradecimiento debido a aquellos que nos han hecho bienes que nos es imposible devolver: los padres, la patria, Dios.

A cada virtud tocan, al menos, dos vicios correspondientes, según que la virtud es un término medio entre dos extremos, un exceso y un defecto viciosos. Como con las virtudes, no se pretenderá hacer un catálogo exhaustivo de vicios, ni siquiera de los extremos correspondientes a las virtudes ya enumeradas. No es difícil hallar vicios opuestos a las virtudes que hemos nombrado y descrito sumariamente, sin embargo. En efecto, en el caso del intelecto, a la prudencia se oponen la falta de discreción, el apresuramiento, el ser atolondrado, la indecisión; a la ciencia y la sabiduría, la ‘estulticia’: la no aceptación de evidencias patentes, por las razones que sean, en especial, la decisión absurda de rechazar cualquier principio que pueda llevar a la aceptación de la existencia de Dios o de cualquier cosa que pueda ser sentido metafísico de la vida. A la buena voluntad y su amor al conocer, la estudiosidad, se oponen la curiosidad insana, la soberbia autosuficiente y la abulia respecto de este tema, la pereza intelectual. La injusticia; o la tacañería, como defecto de generosidad, o la prodigalidad, como su exceso. Para la misericordia el defecto es un hábito que podemos llamar dureza de corazón o la sevicia, el exceso en las correcciones; el exceso es una debilidad de carácter, que nos retrae, incluso, de corregir de sus errores a los demás, en especial a los parientes, por no causarles disgustos.

En el caso del apetito irascible, los vicios característicos son claros: pereza, falta de fijeza, inconstancia, son contrarios a la fortaleza. La cobardía y la temeridad son defecto y exceso, respectivamente, de valentía. El amor excesivo a la fama y la gloria son otros tantos vicios, por excesivos en cuanto a su ordenación a los bienes a los que se refieren. En el concupiscible, están los vicios que nos son más familiares: gula-anorexia; alcoholismo; lujuria-insensibilidad; impudicia, vanidad y mojigatería; adicción a las drogas; irascibilidad-apocamiento; crueldad; avaricia y codicia; la llamada “ludopatía”, y otro larguísimo etcétera.

Por otra parte, la sola revisión de estos hábitos y de las capacidades psicológicas en las que inhieren es una muestra importante de lo acertado que es Platón en su formalización del estudio sobre el alma: cada capacidad tiene un objeto que le es propio; y esa relación muestra claramente la diversidad misma de las capacidades. Mas es claro igualmente que el alma es una y por eso da unidad al hombre. De aquí podemos tomar pie para lo siguiente. Un catálogo cualquiera de hábitos de capacidades distintas, tomados al azar, puede mostrar la impresionante implicación en cada acto de todo el “aparato” psicológico humano. Antes de pasar a los casos, es menester tener presente que en estas observaciones no opera la lógica, sino, más bien, la experiencia; es decir: observar una implicación entre capacidades y hábitos no es asunto de sacar cuentas matemáticas, es más bien un trabajo en el que, haciendo un uso determinado del método de Platón, a partir de los ejemplos que nos presta la propia vida, se hacen claras las implicaciones. Por supuesto, en esa aplicación del método, no se puede incurrir en falacias, contradicciones u otros modos de razonamiento inválido, pero no se pasa a alguna conclusión haciendo un mero uso de la razón discursiva: la ética, también aquí, requiere de experiencia, por el solo hecho de que es una materia práctica.

Un ejemplo espectacular lo aportan dos virtudes tan disímiles como la fe y la castidad. Fe no es castidad; pero, sin ésta, muy difícilmente se puede perseverar en aquélla. La lista de hombres, en especial, por supuesto, jóvenes, que han perdido la fe, virtud intelectual, por problemas de lujuria, vicio apetitivo sensible, podría llenar bibliotecas enteras. He aquí una implicación impresionante: como dice Santo Tomás, la presión del apetito, de un apetito corrompido, corrompe el juicio del intelecto. Algo parecido sucede con la descripción que se dio arriba de la estulticia: intelectivamente no se acepta una verdad, a pesar de la evidencia que se presenta, pero eso es con una condición: una decisión previa de no aceptar nada que pueda implicar el inicio de un camino que, vía la metafísica o no, termine en Dios o, quizás, en lo que cree el Cristianismo de Dios o algo similar. Pero hay muchos otros modos de ilustrar el punto. La falta de modestia y de pudor y la vanidad terminan muy frecuentemente en lujuria: ¿cuántas mujeres no empiezan por “enseñar lo que tienen” y terminan en enredos mucho más profundos? Igualmente, el alcohólico termina en prostíbulos, y, políticamente, esto se manifiesta en el urbanismo, inclusive: los bares y los burdeles van unos al lado de los otros, o se funden en una sola “institución”. La irascibilidad es un modo de destemplanza del apetito concupiscible, pero depende en mucho de falta de fortaleza del irascible, precisamente. Hay avaricia e injusticia debidas a los deseos destemplados del apetito concupiscible. A veces, no se puede saber si un hombre es avaro o destemplado, otras, el problema es un puro y simple amor a la riqueza. Los lujuriosos suelen ser crueles, cobardes e inconstantes: su apetito desordenado se deleita en aberraciones, su deseo de placer los retrae de aquellas empresas que requieren de esfuerzo y sacrificio, su necesidad de satisfacción inmediata los “obliga” a abandonar los esfuerzos prolongados. En innumerables ocasiones, detrás de un apocamiento, de una indecisión, de la falsa prudencia, lo que hay es cobardía sencillamente.

Y es que no se puede ser prudente si un apetito o un conjunto de ellos ciegan a la razón o la retraen a la hora de ejecutar sus dictámenes. Pero es muy claro que adquirir un vicio, que afecta directamente a una capacidad, no queda sin efectos “secundarios” en el resto del alma. No es que no se pueda ser virtuoso en absoluto, si se tiene un vicio, un solo carácter puede reunir en sí contradicciones aparentes, pues se trata de capacidades distintas, aspectos distintos del alma. Mas la unidad del alma está plenamente significada por estas implicaciones entre los hábitos que anidan en la misma, de manera que, al anidar un vicio o una virtud, toda el alma se abaja o se eleva, según sea el caso.

Pero conocer esta verdad da buenas pistas para la formación del carácter, en especial cuando se quiere rectificar en el curso de una vida. Un hombre con problemas para creer, pero que quiere hacerlo, puede empezar por fortalecer su afectividad desordenada; y eso, muy posiblemente pondrá bases para una mejor aceptación de los contenidos de la fe. Ha de aclararse que la Fe sobrenatural, obviamente, no la adquirimos por esfuerzos propios, es regalo de Dios. Pero también es verdad que la gracia no anula la naturaleza, sino la perfecciona y la eleva: un hombre templado es, con mucha posibilidad, un mejor candidato a la conversión que uno tiranizado por la lujuria (sin desconocer, por supuesto, la posibilidad del milagro). Igualmente, un hombre con problemas de algún tipo de destemplanza puede ir superándolos, si (cosa curiosa, pero real) se enamora de la sabiduría y su intelecto lo “arrastra” fuera del cieno. Un cobarde por lujurioso puede recuperar su valentía, si comienza a tender, con decisión, a la castidad. Los caminos aquí son infinitos, infinitas las posibilidades.

Sin embargo, se ha de tratar de ir levantando el todo del alma-una mediante esfuerzos puntuales en puntos clave, valga la redundancia. La discreción para identificar problemas y remedios es clave. Pero, es cosa bastante cierta que, aunque haya vicios que parecen irremediables, con ayuda en otras áreas, pueden ir mejorando: conocemos a un hombre que estaba siendo devorado por las drogas, que ha  mejorado hasta niveles insospechados hace poco por la sola introducción de la esperanza en su vida.

Un carácter ordenado es uno en el que hay un orden de cada “nivel” de capacidades y de todos entre sí. Esto es lo que Platón, en el libro IV de La República, llamó ‘justicia’ del hombre particular, y que Aristóteles, corrigiendo a su maestro, en el libro V de la Ética, llamó ‘justicia metafórica’. Esa “justicia” es precisamente la paz: una paz en la que lo mejor manda y lo inferior obedece sin oponer resistencia. Una paz esencial para la felicidad. El orden intelectivo, es decir, un intelecto que pone a cada cosa en su sitio, en el orden natural del alma y del cosmos, es determinante. También lo es el de la voluntad, el de una voluntad que ama más a lo superior y menos a lo inferior. Igualmente, el apetito irascible tiene que ser fuerte y sometido a lo intelectivo. El apetito concupiscible debe ser templado: moderado y sujeto también a lo intelectivo. Pues todos deben estar preparados para amar al bien último con todas las fuerzas del alma. Así, el alma es libre, es decir, en esto consiste la libertad: en la recta ordenación del alma para dirigirse adecuadamente al sentido de toda la vida y poner, consecuentemente, en su sitio a todo lo demás.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: