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La virtud, madurez, paz y libertad (3)

Virtud, recta pasión, segunda naturaleza: libertad verdadera, en el apetito recto por la razón recta

Santo Tomás: su gran templanza fue premiada con una gran sabiduría y una gran agudeza intelectual

Santo Tomás: su gran templanza fue premiada con una gran sabiduría y una gran agudeza intelectual

Como se vio en el anterior artículo, la virtud moral-apetitiva supone sabiduría, por la que conocemos el fin último, el bien que da sentido a todas nuestras vidas; y prudencia, la virtud de nuestra inteligencia que nos permite ponderar adecuadamente las situaciones y los bienes y determinar, en cada circunstancia, lo que es adecuado realizar, según sea proporcionado al fin último del hombre o no. Pero supone más, la virtud supone recta pasión, es decir, un orden de los afectos, de los apetitos. Para ver esto de un mejor modo, hace falta distinguir entre la virtud, el vicio, la continencia y la incontinencia, que son como grados de separación o cercanía respecto de los hábitos buenos o malos. La virtud, como se dijo, es recta razón, una razón apta para distinguir lo bueno, lo proporcionado; pero es también recta pasión, o un apetito que tiende, digamos, espontáneamente a los bienes adecuados y con el ímpetu adecuado. La continencia también es recta razón, pero no es recta pasión; en este caso, el hombre elige el bien, dado que lo puede reconocer, pero para realizarlo requiere de un esfuerzo, pues sus apetitos no están ordenados a él: la voluntad juega un papel central “contralor”. El incontinente sabe también lo que es bueno y lo que es malo, pero no realiza el bien, puesto que sus pasiones no están ordenadas y no puede controlarlas: es dominado por ellas. El vicioso es el que tiende a los bienes aparentes, desproporcionados a su naturaleza; y que cree que eso es muy bueno.

Así, no es lo mismo uno que sabe que drogarse es malo y que no tiene ninguna tendencia a ello, que uno que lo sabe, pero que tiene que luchar para no hacerlo. Y aquellos son muy distintos de otro que sabe que es malo pero que no puede evitar hacerlo, sin embargo. El peor es el que está plenamente convencido de que enajenar su consciencia y rebajarla de tal modo es una gran maravilla. De hecho, entre los dos últimos, el incontinente puede albergar cierta esperanza, pues puede pedir ayuda, para suplir su impotencia; el vicioso no podrá pedir ayuda, él cree que su mal es un bien muy grande. Desde este punto se ve claramente que la virtud es libertad, capacidad para reconocer el bien y perseguirlo por elección propia; que perseguirla es “amar lo libre en el ser humano” (Andrés Eloy Blanco, Coloquio bajo la palma); y que realizarla es realizar la humanidad, esencia del único ser sensible libre por naturaleza. Pero es claro también que es recta pasión, pues no es lo mismo virtud que continencia.

Ahora bien, que virtudes y vicios conlleven pasiones rectas y torcidas, respectivamente, implica un rasgo más profundo en la estructura del alma, según que las pasiones son actos de potencias de la misma, a saber, de los apetitos sensibles. Efectivamente, virtudes y vicios son hábitos. Y los hábitos no son meras costumbres, actos repetidos; son segundas naturalezas.

Para entender bien esto, hay que profundizar en la constitución de los seres. La forma es el principio de actualidad de los entes, ese principio inmaterial e inteligible que les da unidad y los hace ser lo que son; es su principio estructurador. La forma es entonces principio esencial, que fundamenta que este ente pertenezca a tal especie y tal género, a la humanidad y al género de los animales, por ejemplo. Pero, puesto que de una estructuración que es esencialmente de tal modo, se sigue una manera de actuar que es específica o propia de tal especie, la forma es también naturaleza o principio de los modos de obrar.

Así, pues, los hábitos son naturalezas (segundas) en ese mismo sentido: son estructuraciones segundas de los apetitos y demás potencias del alma, que determinan modos estables de obrar de éstas. Cuando se nace, se es humano, obviamente, y las potencias de nuestra alma tienen ya unas tendencias naturales; pero ellas irán adquiriendo una conformación ontológica, que las hará connaturales con los respectivos bienes; y las hará tender a ellos de manera más o menos equilibrada, ajustada, firme, vehemente, etc., o lo contrario, según los casos. Esa connaturalidad es una mutua correspondencia o proporción entre la naturaleza del bien y la de la potencia respectiva.

Ahora, la adquisición de los hábitos, virtuosos o viciosos, depende de la repetición de los actos tendientes a ello. Por elegir muchas veces un bien y deleitarnos en él, nos connaturalizamos con el mismo. Y eso, tanto por la elección, como por el deleite. Por la elección, puesto que tendemos al bien en cuanto captado por el intelecto; y así la forma del mismo se imprime en el apetito. Lo mismo que a esa impresión contribuye el deleite por su posesión, por la perfección inherente a eso, inherente al bien de que se trate, cuya posesión nos da la sensación de plenitud. De modo que para la adquisición de la virtud, desde esta perspectiva, también es clave la educación; al igual que la formación que decidamos darnos, cuando ya estemos por nuestra cuenta.  Mas, dado que una virtud o un vicio, en tanto que hábitos o segundas naturalezas, requieren de un arraigo muy profundo en el alma, en realidad hay pocos viciosos o virtuosos; aún cuando, en casos de bienes muy adictivos, como las drogas o el alcohol, pueden encontrarse jóvenes con verdaderos vicios. La mayor parte de las veces, la verdadera virtud sólo se encuentra en la madurez; luego de pasar toda la etapa previa de la vida en un esfuerzo por llegar a esa madurez.

Al adquirir los hábitos, luego de años de construcción personal, en el caso de las virtudes, o de algún tiempo de destrucción, en el caso de los vicios, la realización o posesión de los bienes correspondientes produce placer, aún siendo difíciles, en algunos casos, y se tiende a esos bienes espontáneamente. Es decir, no tiene lugar una batalla interior entre deseos contrarios ni se termina de algún modo forzando a una parte de la persona a obrar “a disgusto”, sino que las pasiones surgidas acerca de los bienes de que se trate serán, si el hábito es virtuoso, las adecuadas. De ese modo el placer aparece en la vida feliz, por la connaturalización entre nuestras potencias y los bienes a los que tendemos al realizar la actividad.

Que los hábitos son segundas naturalezas también es claro si se considera lo que sucede con un adicto a las drogas, con un alcohólico o con una persona que ha dedicado su vida a trabajar responsablemente: los primeros requieren de ayuda especial para abandonar sus vicios y muchas veces dicha ayuda no basta: es suficiente mirar a tantos y tantos hombres que han enajenado completamente su capacidad para elegir el bien para constatar hasta qué punto puede llegar a anidar un hábito en el hombre. Lo mismo cabría decir de tantos mártires de la justicia y la piedad, que, por su radical connaturalización con los bienes respectivos, prefirieron dolores inmensos y la muerte, antes que la apariencia, incluso, de injusticia o impiedad.

De manera que si un hombre dedica su energía vital a enajenar sus posibilidades de querer el bien, en las que consiste precisamente la libertad, en unas pasiones de las que él no es responsable –por eso se llaman pasiones–, y a perder las posibilidades de realizar lo que él mismo reconoce como bueno o de abandonar lo que sabe malo y hasta de perder toda perspectiva, de modo que crea que el bien es mal y el mal bien, lo cual es peor, a someter lo más noble en él a lo inferior y animal que hay en él, se convierte en esclavo y semejante a las bestias. Y su única salvación, como ya se sabe, es o una borrasca que lo estremezca a niveles de anegación casi total o someterse a durísimos tratamientos de rehabilitación, que al final no se sabe si podrán tener resultado: se pone en la necesidad de un milagro.

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