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La virtud, madurez, paz y libertad (2)

Las virtudes, la  recta proporción, que se opone a los extremos, y la verdad

San Juan de la Cruz, modelo de sabiduría, por su intensa concentración permanente en el Amor divino

San Juan de la Cruz, modelo de sabiduría, por su intensa concentración permanente en el Amor divino

En el artículo anterior, se hizo claro que la virtud, en general, es decir, la posesión de todas las virtudes en un solo carácter o personalidad, es la madurez del hombre; mientras que, en particular, cada virtud es una cualidad, un hábito, una segunda naturaleza, una conformación de nuestras capacidades, que nos inclina a tender, apetecer, y realizar el bien. Se debe desentrañar más detalladamente en qué consiste, como se adquiere y qué consecuencias se siguen de su posesión o de la privación de ella, que es precisamente el vicio. En primer lugar, conforme con el plan anunciado, se ha de decir que la virtud es un término medio entre dos extremos viciosos. Y no se ha de confundir virtud con mediocridad, ya que lo que quiere decir la expresión ‘término medio’ no es otra cosa que recta proporción, que se opone al exceso y al defecto. Pero lo proporcionado en lo práctico no es nunca una receta universal; depende de las circunstancias en que se halla la persona. De este modo, la castidad es un término medio entre el exceso, que es la lujuria, y el defecto, que es la frigidez, en las mujeres, y, en los hombres, la “insensibilidad”, por decirle de algún modo. La moderación en la comida es recta proporción entre la gula y la, digamos, “inapetencia”. La sobriedad es un término medio entre la ebriedad y –lo que difícilmente pueda pensarse que es un vicio– la abstinencia. Pero, por ejemplo, qué sea gula o glotonería, qué inapetencia y qué moderación es un asunto que depende de muchas circunstancias; no será la misma cantidad de comida la que constituya un exceso para una muchacha de cuarenta y cinco kilogramos y un metro sesenta de altura, que la que lo haga para un muchacho de noventa y cinco kilogramos de peso. Igualmente, la laboriosidad puede reclamar que alguien se mantenga estudiando partes importantes de los días por venir, cuando un examen está cerca; pero, si ya se domina la materia, por haber estudiado la persona muchas horas, incluso antes del comienzo del período académico, lo mejor posiblemente sea ir al cine o a la playa, para despejar la mente, y retomar los libros apenas horas antes de la prueba. También, es mejor la salud que la enfermedad, pero si lo que está en juego es la vida y la integridad de toda mi familia, parece que lo mejor es arriesgar la salud para intentar repeler a, digamos, unos asaltantes, violadores y asesinos que la amenazan. Los ejemplos podrían multiplicarse ilimitadamente, como en todo lo práctico, que es infinito.

Puesto que la captación de las proporciones entre los bienes, entre éstos y nuestros apetitos y, de nuevo, entre los bienes y nuestra naturaleza, es asunto intelectivo; la virtud requiere de recta razón. Es decir, de un intelecto educado en cuatro niveles de verdad, cuyo conocimiento es necesario para la ética. Se requiere, consiguientemente, de un conocimiento de lo que es la rectitud humana, en universal; que no es otra cosa que la realización de lo que es proporcionado a nuestra naturaleza, en cuanto ella tiende a la plenitud de lo humano, a la madurez; es decir, necesita de conocer lo que es la virtud humana, según se definió en el artículo anterior. Aunque también su relación con el bien que da sentido a nuestra vida. En segundo lugar, la persona debe conocer, también en universal, en qué consisten las virtudes; o, por ponerlo de otro modo, lo proporcionado en tipos, especies o clases de situaciones prácticas: como, por ejemplo, que es un bien el mantenerse sobrio o dar a cada quien lo suyo. En tercer lugar, el hombre debe estar bien informado de las circunstancias que rodean su situación, a la hora de elegir un modo u otro de conducta. En cuarto lugar, debe poder distinguir las proporciones concretas entre los bienes en juego, entre las posibilidades que se presentan a su elección, y su naturaleza y fines más parciales, en las circunstancias en que se halla. Por eso, la decisión sobre los asuntos prácticos, se llama veredicto, vere-dicto, dicho verdaderamente o con verdad.

La recta razón es lo que se llama prudencia o discreción (que no es cobardía o apocamiento, como se supone vulgarmente, sino la capacidad de distinguir las proporciones adecuadas en las circunstancias concretas, para elegir bien). De la manera más propia, se refiere a los dos últimos niveles de verdad nombrados en el párrafo anterior, pero supone también los dos primeros. Los niveles uno y dos se aprenden, generalmente, por educación o, digamos, tradición. Mientras que los niveles tres y cuatro suponen experiencia; aunque también estudio. Como no todos tienen la educación adecuada, por esa razón, entre otras, se dictan las leyes, para ayudar a la prudencia de quienes no han tenido en “suerte” la adquisición de esta virtud intelectual.

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