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La virtud, madurez, paz y libertad (1)

La virtud en general: la madurez

La Madre Teresa y juan Pablo II, par de modelos eminentes de virtud en nuestros días

La Madre Teresa y juan Pablo II, par de modelos eminentes de virtud en nuestros días

Una primera aproximación es la de la virtud, como excelencia total del hombre, como realización total de lo que él es ésta: El hombre es un caso muy particular, pues él puede llegar a su plenitud en dos sentidos, por ser material y espiritual. Pero para que se entienda bien este ejemplo, se debe hacer una precisión muy importante. Un animal de reproducción sexuada es generado en el momento en que se fecunda la madre por su acción conjugada con la del padre. En ese momento, el animal de que se trate empieza a ser; y por eso llega a ser perfecto. Mas la semilla que se produce allí, de la que se puede decir que es, sin referencia a ninguna otra cosa, no se puede decir que sea perfecta simpliciter, o sin más referencias, sino sólo en cierto sentido. La razón de ello es que en el embrión, primero, y luego en el niño, las perfecciones del animal, del hombre, en este caso, sólo están en él potencialmente; y requieren de un desarrollo temporal para desplegarse. Siendo el embrión o el niño seres humanos, sin embargo, la generación no es total hasta la madurez. Es decir, la generación es instantánea en el primer momento de la concepción, pero el niño tendrá que ir actualizando, desplegando, realizando, potencialidades, hasta el pleno desarrollo. Es claro que el embrión es un ser humano, pues esa actualización no le viene de otro lugar que de sí mismo; y, como lo potencial, lo que puede ser, no puede actualizarse, sino por la actualidad, por lo que ya se ha realizado, que ha dejado de ser posible meramente, en él ya hay actualidad humana; además de que esa potencialidad que se realizará es también intrínseca al embrión, desde el primer momento.

Las potencialidades humanas, no obstante, no son de una sola índole, pues el ser humano es corpóreo, pero también espiritual. Así, en él hay dos desarrollos diversos y paralelos. Ésa es la razón de los problemas de la adolescencia, cuando el cuerpo se “dispara” y el intelecto va como rezagado, aunque halado por el cuerpo. Al final de todos estos cambios viene como una cierta paz para el joven adulto; pero su madurez no llegará sino mucho tiempo después, unos veinte años, en la mayoría de los casos… y cuando llega. La madurez espiritual, con sus aspectos emocionales e intelectuales, es, entonces, la perfección del ser humano.

Que esa perfección sea intrínseca y temporal, en cuanto implica un despliegue de posibilidades que son también intrínsecos a la naturaleza humana, muestra que no hay nada extrínseco que constituya la referencia valorativa del hombre, algo como un “deber ser” o cualquier cosa semejante. La madurez del hombre es su virtud; y ella consiste en la plena realización de su propio carácter. La atrofia del hombre, el choque con algún obstáculo en el desarrollo de sus capacidades, entonces, a diferencia de los demás seres vivos, puede ser física o mental; y esta última incluye, como caso paradigmático, a los “viejos verdes”, hombres que, con canas y todo, jamás salen de la adolescencia, niños de edad avanzada, con una inmoralidad arraigada en su carácter. La plenitud de lo humano, la total actualidad de lo humano, a lo que tiende la generación, es la madurez, esto es, la completa actualización de la humanidad en el particular.

La virtud es, pues, la total realización de un humano en cuanto es humano. Es la recta formación de su carácter, de su personalidad. Y, en tanto que la esencia es naturaleza y la del hombre es naturaleza humana, esa realización es una adecuada conformación psicológica, de las capacidades del alma, respecto de sus bienes respectivos. Es una recta disposición para obrar bien. Aristóteles llamó a las virtudes “segundas naturalezas”, en el libro II de la Ética a Nicómaco; eso no es un error, es verdad, pues a la naturaleza “bruta”, digamos, de la capacidad respectiva, se le imprime la formalidad del bien conforme a verdad; por eso la necesidad de la prudencia, de la virtud intelectual por la que elegimos adecuadamente los bienes, en la forma de toda otra virtud, de las virtudes de los apetitos. Pero la misma verdad se puede expresar de modo más exacto; diciendo que la virtud es la recta maduración de las distintas potencias, según lo que son, según su naturaleza, dada la temporalidad de nuestro ser, de acuerdo a lo dicho arriba. En los artículos siguientes, un estudio sobre la virtud, que toma en cuenta ambas perspectivas.

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