Kalós

Inicio » Antropología » El anticristo y la virtud verdadera

El anticristo y la virtud verdadera

Un hombre extraordinario, el mejor… “¿el mejor?” El más excelente

Mao, Kim Il-Sung, Ho Chi Minh, Leenin, grandes tiranos, cuando aparezca el anticristo éstos quedarán como mediocres

Mao, Kim Il-Sung, Ho Chi Minh, Leenin, grandes tiranos, cuando aparezca el anticristo éstos quedarán como mediocres

Es previsor y astuto, se da cuenta de los íntimos matices de las situaciones y reconoce en ellas los modos y los medios útiles. Es decidido y capaz de tomar las determinaciones precisas y perfectas en fracciones de segundos; o, si el caso lo requiere, detenerse y proveer para asuntos de gran alcance. Y sabe rodearse de los que pueden aclarar cualquier panorama. Conoce los modos y las sutilezas de lo real, es una especie de recolector y procesador de “inteligencia”, superior a todo el G2 cubano y la CIA. Es audaz, tenaz, trabajador, de hecho, una máquina incansable. Es constante, persistente hasta el punto de cansar al espectador. En sus apetitos, es moderado, es más,  es un duro asceta. Posee una coherencia perfecta, siempre trata a las cosas de modo consistente con sus principios; de modo que, además, reconociendo las particularidades, matiza de manera exactamente proporcional a los casos. Con los suyos, es absolutamente confiable; de hecho, muestra afecto y despierta el afecto de todos, con un carisma incomparable. Descolla a tal punto que todos saben que llegará hasta la cima. Es uno de ésos de los que habla el libro IV de La República, los que tienen la educación musical y gimnástica en un punto preciso de tensión y relajación, de la que salen personalidades firmes, “sea para bien o para mal” (425a). Cuando toca, es simpático y jovial, tiene don de gentes, oratoria espontánea, profunda y cautivante, a veces, encendida: puede dejar llorando a una multitud de duros combatientes; es excelente dialéctico. Además, puede animar cualquier fiesta, con sus salidas, su baile a ritmo de puro Caribe, su talento para la teatralidad y el humor. Posee una especial admiración por cierto tipo de estética. El hombre, podría decirse, es el mejor partido, al menos al parecer, que haya entrado en el tercer milenio de la Era cristiana; porque, además, es bello, alto y esbelto, de voz profunda y musical, gestos varoniles pero tiernos y sensuales y movimientos de gracia atrayente.

Pero hay un pequeño problema. Este hombre es el anticristo. Sus “virtudes”: o hay que decir que son falsas o que son demoníacas. Podríamos llamarlo Stalin, Mao, Ho Chi Minh, Hitler; pero con un matiz: todos éstos, mezclados, en versión profundamente corregida… y aumentada. Pero falta algo: conoce la religiosidad, a su modo, como en la carta de Santiago: “también los demonios creen… y tiemblan” (St. 2,19), o sea, de una manera profunda, hasta cierto punto y dentro de lo que cabe, pero gravemente distorsionada.

Santo Tomás, hablando de este tipo de “virtud”, da la clave de lo que es verdaderamente un hábito bueno, que dispone para el bien. “El bien se dice de dos modos. Por un lado, el que es verdaderamente bueno y perfecto simpliciter [en sí mismo y sin referencias ulteriores a otras cosas o aspectos]. Por el otro, se dice que alguien sea bueno, según alguna similitud, a saber, que es perfecto en la malicia, como se dice ‘buen o perfecto ladrón’, como es puesto de manifiesto por el Filósofo, en el libro V de la Metafísica. Y, como respecto de aquellas cosas que son verdaderamente buenas se halla alguna causa altísima, que es el último fin, por cuyo conocimiento el hombre se dice verdaderamente sabio; así también, entre los males, se puede encontrar a lo que las demás cosas se refieren como último fin, por cuyo conocimiento el hombre se dice sabio para obrar el mal; según aquello dicho por Jeremías, IV: ‘sabios son para hacer el mal, mas no supieron obrar bien’. Así, pues, quienquiera que se aparte del fin debido, es necesario que se trace un fin indebido, porque todo agente obra por un fin. De donde, si se traza como fin algo perteneciente al bien exterior terreno, se dice que tiene sabiduría terrena; si se trata de un bien corporal, sabiduría animal; mas, si se trata de alguna excelencia, se llama sabiduría diabólica, por imitación del diablo, del que se dice en Job, XLI, ‘él es rey sobre la totalidad de los hijos de la soberbia’” (S. Th., IIª-Iiae, q. 45, a. 1, ad 1).

Virtudes directrices: sabiduría, caridad y justicia, relación con Dios y Bien Común

El hombre anteriormente descrito no posee virtudes, posee excelencias diabólicas, virtudes falsas, que no participan de la razón perfecta de virtud (S. Th., IIª-Iiae, q. 47, a. 13 y Iª-Iiae, q. 65, a. 1, entre muchos lugares pertinentes). Él es “prudente”, ha de notarse, y en un grado eminente: es bueno en el consejo, el juicio y en el imperio sobre lo decidido y, de nuevo, en grado eminente. Según esto, él debería ser considerado virtuoso, ya que hay un orden integral de la virtud y una íntima conexión entre ellas, en el que prudencia, justicia, fortaleza y templanza y, máximamente, la prudencia, en el orden formal, constituyen la vida ética (S. Th., Iª-Iiae, q. 61, a. 2). Pero no realmente, le falta algo, un requisito dirimente… o quizás dos. Le falta la verdadera sabiduría, por la que nos relacionamos con el bien último: “como la prudencia se refiere a las cosas humanas y la sabiduría a la causa más alta, es imposible que la prudencia sea virtud mayor que la sabiduría, ‘a no ser que el hombre fuera lo más grande que hay en el mundo’, como dice el Filósofo, en el libro VI de la Ética. De donde ha de decirse, como se dice en ese mismo libro, que la prudencia no rige sobre la sabiduría, sino más bien lo contrario, ya que ‘la sabiduría juzga de todo y no es juzgada por nadie’, como se dice en I Cor., II. Así, pues, la prudencia no ha de entrometerse en lo que se refiere a lo más alto, lo que considera la sabiduría, sino imperar sobre aquellas cosas que se ordenan a la sabiduría, a saber, indicando de qué modo pueden los hombres llegar a ella” (Ibíd.: Iª-Iiae, q. 66, a. 5, ad 1).

Pero hay dos planos de virtud (Ibíd.: Iª-Iiae, q. 62, a. 1), uno natural, que nos dirige al fin de este orden, la felicidad natural (Ibíd.); y otro sobrenatural, que nos dirige a la eterna bienaventuranza y al amor amicitiae Dei , por el que amamos más a Dios que a nosotros mismos e, incluso, más que la bienaventuranza, que el propio disfrute eterno del Bien sumo, ya que Él es bien mayor que este gozo (Ibíd.: IIª-Iiae, q. 26, a. 3, ad 3). En este amor amicitiae Dei impera la caridad, que, si bien es virtud de la parte intelectual, no lo es del intelecto, sino de la voluntad (Ibíd.: IIª-Iiae, q. 24, a. 1, ad 2). De modo que, al parecer, en el plano sobrenatural no impera el intelecto o alguna virtud suya, sino la voluntad. Y, en el propio ámbito natural, la virtud imperante parece pertenecer a la voluntad, pues, como se dice en S. Th., Iª-Iiae, q. 56, a. 3, las virtudes intelectuales permiten razonar y juzgar bien en su ámbito, pero corresponde a la buena voluntad dirigirlas al bien de toda la vida. Y, más aún, la propia prudencia se refiere a los medios para el fin, pero sin la virtud apetitiva, máximamente la buena voluntad y la justicia, no se dirige al bien adecuado, como es patente de la Suma Teológica (Iª-IIae q. 57 a. 1, q. 57 a. 4 y q. 58 a. 5).

Mas ha de saberse lo siguiente. La caridad misma tiene como medida y norte no la sabiduría humana, pero sí la divina (Ibíd.: Iª-IIae q. 66 a. 5 ad 1). Y, en el plano natural, el apetito recto supone la recta razón, como es claro dado que la razón misma de virtud apetitiva incluye la conformidad del apetito a la razón (Ibid.: Iª-IIae q. 59 a. 1).

De todo esto es claro, pues, que sin unas virtudes directrices, que se refieren a la razón última de bien, que es medida de cualquier razón particular, cualquier excelencia de carácter es falsa virtud (Ibíd.: Iª-IIae q. 1 a. 6 y q. 19 a. 9). Esas virtudes se refieren al fin último, sea señalando las acciones adecuadas para llegar a él, como la prudencia; sea señalándolo directamente, como la caridad y la sabiduría. Lo que he llamado buena voluntad no se incluye aquí como virtud directriz, pues, en el plano natural, una voluntad así es el resultado de la posesión de las cuatro virtudes cardinales y las que les son anejas, no una virtud especial. Ahora bien, en ambos planos, lo más propiamente directriz es la sabiduría, que guía al apetito en su referencia a los bienes respectivos, subordinando todo al bien último. Esa sabiduría es la natural, en el plano de las virtudes humanas; o divina, en el orden de las virtudes teologales infusas. Sin éstas, un hombre, ciertamente y en algún sentido, excelente, puede ser el más nefasto de todos los tiranos y un verdadero demonio.

Empero, si la virtud, para ser tal en sentido pleno, debe tender al bien mayor, entonces la virtud ética es virtud política, debe tender al bien común; o, de otro modo, sin justicia no hay virtud. Eso, de nuevo, se entiende en dos planos, que, como en el orden particular, son de algún modo complementarios. Se trata del bien común de la ciudad terrena y el de la comunión de los santos en la Iglesia y de ésta como un todo. Sin embargo, en este artículo, se prescindirá de la consideración de las cuestiones eclesiásticas, en lo que a ellas pertenece; para dedicarse a los asuntos de la república, en cuyo seno se han de considerar, igualmente, dos niveles de bien común: también, natural y sobrenatural.

Sin justicia, sin atender al bien común, pues, no hay virtud. Esto se muestra, de manera clara, por la caridad, en su razón propia, y por la recta razón. En efecto, por la caridad amamos a Dios más que a nosotros mismos, porque Él es Bien infinito y subsistente y porque Él es un bien más fundamental para nosotros que nuestro propio ser (Ibíd.: IIª-IIae q. 26 a. 3, sed contra). Por ella, entonces, amamos a cada cosa, en su recta medida, y al prójimo como a nosotros mismos. Por ello amamos al bien de otro, como si fuera propio, por la unión que es consecuencia del amor amicitiae, propio de la caridad. Pero es bien mayor que el particular el común, por lo que es más amable, más digno de ser amado. De ahí que la rectitud del amor reclame que él sea puesto por encima del bien particular (Ibíd.: sol.). Además, para el particular es mejor y más ventajoso el bien común, porque la prosperidad de su ciudad es su prosperidad y porque su bien no puede darse sin lo común; y porque el bien de la parte adquiere su razón de tal por el bien del todo (Ibíd.: ad 2).

Por ello, en quien reside la prudencia que nos lleva a ese fin, de manera principal, es quien posee la forma de razón práctica más alta. Lo más propio de la prudencia es el acto de imperio, por lo que, donde hay gobierno, debe haber prudencia y donde hay una forma especial de gobierno hay una forma especial de prudencia. Al que le toca la forma de gobierno más amplia y perfecta y dirigida a un fin más alto le pertenece la prudencia de ese mismo tipo (Ibíd.: IIª-IIae q. 50 a. 1).

Toda virtud, por tanto, ha de ordenarse al bien común. Y, sin embargo, eso no lo hacen de suyo. Ésa es la obra de una virtud especial: “Cualquier virtud, según su propia razón, ordena sus actos al fin propio de la tal virtud. El ordenarse a un fin ulterior, sea siempre sea de vez en cuando, sin embargo, no lo tiene por su propia razón, sino conviene que sea una virtud superior la que la ordene al fin de ésta última. Y así conviene que sea una virtud superior la que oredene a todas las virtudes al bien común, la cual es la justicia legal, que es, además, distinta, por esencia de todas las demás virtudes” (Ibíd.: S. Th. II-II, q 58, a. 6, ad 4). De modo que, entre las virtudes directrices, hay una que se refiere al bien político, al bien común, ella es todas las virtudes, en esa referencia; y, sin embargo, es una virtud especial:

De algo se dice ‘general’ en dos sentidos. Primero, por predicación, como ‘animal’ es general para  el hombre, el caballo y todos los seres de esta naturaleza. Y, de este modo, conviene que lo general sea lo mismo esencialmente que estas cosas para las que es general, porque el género pertenece a la esencia de las especies y cae en sus definiciones. De otro modo, se dice que algo es general según su poder, como la causa universal es general para todos los efectos, como el sol para todos los cuerpos, que son iluminados o cambiados por su virtud. Y este modo de ‘general’ no conviene que sea lo mismo en esencia que aquellas cosas de las que es general, ya que la causa y el efecto no son de la misma esencia. Este modo de justicia legal, sin embargo […], se dice que es virtud general, en cuanto ordena el acto de las otras virtudes a su fin, que es mover por imperio a todas las otras virtudes. Pues, como la caridad puede llamarse virtud general en tanto ordena los actos de todas las virtudes al bien divino, así también la justicia legal, en cuanto ordena los actos de todas las demás virtudes al bien común. Por tanto, la caridad, que mira al bien divino como objeto propio, es una virtud especial según su esencia; así también la justicia legal es virtud especial según su esencia, según que mira al bien común como objeto propio. Y así está principalmente en el príncipe y de modo como arquitectónico; en los súbditos, en cambio, de manera secundaria y como ejecutiva. Cualquier virtud puede, no obstante, llamarse justicia legal en cuanto se ordene al bien común por la virtud expuesta anteriormente, que es especial en cuanto a su esencia, pero general según el poder, según se ordena al bien común. Y, en este modo de hablar, la justicia legal es lo mismo en esencia que todas las virtudes, aunque difiera según su razón. Y de este modo habla el Filósofo” (S. Th. II-II, q 58, a. 6, sol.).

Así, pues, caridad y justicia son dos virtudes que nos empujan hacia los bienes mayores. Pero la justicia requiere de la prudencia, que la dirige, en cuanto es intelectual y “ve”, y respecto de la cual ella es ejecutora (Ibíd., II-II q 50, a 1, ad 1), así como con la caridad se nos infunde la prudencia sobrenatural (I-II, q 65, aa 1-3) y el don de la sabiduría (II-II, q 45). Mas, como ha quedado dicho, cada una de estas virtudes debe participar en un cierto grado, al menos, de la sabiduría, para adquirir la razón plena de virtud. La caridad la participa de la Sabiduría divina, que nos la infunde; la prudencia y la justicia deben tener claro cual es el fin del hombre y de la polis, deben ser guiadas por la sabiduría y la propia caridad. Esto reclama, pues, que se investigue el bien común y como se concretan los aspectos generales y específicos del mismo en la respectiva comunidad, pero esto es materia de artículo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Respicite

His autem fieri incipientibus respicite et levate capita vestra quoniam appropinquat redemptio vestra

voiceofthesheepblog

...Should not shepherds feed the sheep? Ezekiel 34:2

James Perloff

formerly refugebooks.com

HERMANOS ESPERADOS

Apologética catolica

A %d blogueros les gusta esto: