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La revolución “mata” a Dios y se construye a dios (2)

Equivocaciones que ayer fueron callejones, hoy son avenidas que podemos transitar

(Sergio Pérez, Poeta y cantante venezolano)

Descartes, en él, la soberbia y el egoísmo solipsista llegaron a cuotas nuevas en la humanidad... él es el primer moderno que produce su auto-apoteosis

Descartes, en él, la soberbia y el egoísmo solipsista llegaron a cuotas nuevas en la humanidad… él es el primer moderno que produce su auto-apoteosis

Ockham realiza una legitimación de la conducta por el poder, aunque la coloca en Dios. Sin embargo, la tal legitimación es el antepasado más remoto que conoce Occidente de arbitristas radicales de la voluntad de poder, como Marx o Nietzsche, sin duda alguna. No es ninguna casualidad que la rebelión del espíritu humano tome prestadas expresiones como sacadas de la obra de Ockham: “o Dios es el soberano o el hombre es el soberano. Una de las dos es una falsedad”, dirá Marx (Crítica al derecho del Estado de Hegel, 1.843. Tomado del artículo: Textos marxistas sobre religión. En: Cuestiones y respuestas, esquemas de documentación doctrinal IV. Orientación bibliográfica, S. A. Madrid, 1.977. p. 112). Esto no es una mera inocuidad de intelectuales, esto se presenta como una corrupción del intelecto, que tiende a pasar a los hechos.

Voegelin, cita la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel (1843): “la crítica de la religión es lo que presupone toda crítica”, Dios es un producto del hombre y, si se sabe esto, el hombre llega a su plenitud: Dios es una proyección de lo mejor del hombre [como en la psicología de la religión de Feuerbach], si se borra la proyección, queda lo proyectado, el superhombre. El hombre religioso, el iluso, es un no-hombre, el verdadero hombre es el ateo, el que absorbe al superhombre-dios: éste es el hombre nuevo, un superhombre-dios. Ya la religión está en su sitio, ahora viene la política, a lo que Marx iba desde el principio, o sea, pasado el presupuesto necesario, pasa al meollo: la lucha contra la religión es una lucha contra el mundo del que ella es el aroma, es el comienzo para salir del ‘valle de lágrimas’. El hombre real está en la sociedad, cuando ésta se pervierte, produce la religión, el corazón y espíritu del mundo des-corazonado y des-almado, es el grito desesperado del oprimido, es el opio del pueblo. No es buena ni siquiera como un analgésico, es anestesia para evitar la lucha, o sea que es radicalmente mala, en los parámetros del Manifiesto Comunista. Por eso, la crítica de la religión es crítica de este mundo malvado; y tiene que completarse con la crítica total del derecho y la política. Pero la crítica no es teórica, es práctica: “a lo que se refiere [la sociedad des-almada] es su enemigo, que no busca refutar, sino aniquilar… La crítica ya no actúa como un fin en sí mismo, sino sólo como un medio. Su emoción esencial es la indignación [no habla de principios intelectuales, sino de emociones]; su tarea esencial es la denuncia [no la búsqueda de la verdad]”. Dice Voegelin: “aquí habla la voluntad de asesinato del mago gnóstico. Los lazos de la realidad se han roto. Los prójimos humanos ya no comparten el ser con él; la crítica ya no es debate racional. Se ha pasado sentencia; lo que sigue es la ejecución” (Science, Politics and Gnosticism, cit., pp. 64-67; la alusión al Manifiesto comunista es mía).

Éstos son sólo unos puntos en los que se ve la inmensidad del gnosticismo de esta secta, una de las más importantes del mundo, desde hace ya muchas décadas. Agréguese su deseo de exterminio de los “burgueses”-oligarcas[i] y se verá también su potencial mortífero, tantas veces manifestado en la historia. Es, pues, un aspirante a tiranía mundial totalitaria, en efecto, un serio aspirante; es una aspiración de llevar al mundo entero algo similar a lo que describe Platón en los libros VIII y IX de La República (La República, 561e-577b), pero llevado hasta un punto no conocido por Platón, merced a las profundizaciones en la humanidad, el mundo, la divinidad y las relaciones entre éstos aportados por el Cristianismo, del que esta ideología es una corrupción bastante extrema.

Descartes abre la vía de la deificación usurpadora del hombre, en carta a Cristiana de Suecia, citada por Waldstein: “El libre arbitrio es en sí mismo la cosa más noble que podamos tener, porque nos hace en cierta forma iguales a Dios y nos exime de ser sus sujetos; y así su uso justo es el más grande de todos los bienes que poseemos y, más aún, no hay nada que sea más nuestro o que nos importe más. De todo esto se sigue que nada sino el libre arbitrio puede producirnos nuestro mayor contento”.

En Kant, ya es completa la deificación usurpadora del hombre: “Respecto al hombre (es decir, todo ser racional en el mundo), como ser moral, uno puede preguntar: ¿para qué fin existe?Su existencia tiene el más alto propósito en sí misma. Puede, en tanto sea posible, someter la naturaleza a este propósito. Por lo menos, él no se debe someter a ninguna influencia de la naturaleza contraria a este propósito. Ahora, si los seres del mundo, en cuanto seres que son contingentes en su existencia, están en necesidad de la más alta causa que actúa de acuerdo a un propósito, entonces el hombre es el propósito final de la creación. Pues, sin el hombre, la cadena de propósitos subordinados el uno al otro no podría explicarse enteramente. Sólo en el hombre y en él como sujeto de la moralidad en la que una legislación incondicionada referida a propósitos se puede encontrar, la cual lo capacita así a él solo para ser propósito final al cual toda la naturaleza está teleológicamente subordinada” (Waldstein, [51,2, nota 114: Crítica del juicio]). En el marco de la V vía de Santo Tomás, cuya referencia indirecta de este pasaje de Kant no puede esconderse, el hombre es el último fin del Cosmos, su causa ejemplar.

Mas, si no se ve de manera clara la deificación del hombre en la cita anterior, considérese ésta, traída por Waldstein, en la que se nota claramente un germen de la [pseudo-] “filosofía” de la religión de Marx y que supera las pretensiones deificantes de Descartes: ya no seremos iguales a Dios, seremos creadores de un “dios”: “Aquella que sola puede hacer al mundo un objeto de decreto divino y el fin de la creación es la Humanidad (el ser racional en general en el mundo) en su perfección moral total, de la cual la felicidad [la felicidad humana] se sigue en la voluntad del Ser Altísimo directamente como de su suprema condición. Este hombre, quien es el único agradable a Dios [‘Éste es mi Hijo amado, en quien tengo mis complacencias {Mt., 3,17}’], ‘está en Él desde toda la eternidad’ [el Verbo era Dios {Jn., 1,1}]; la idea de hombre procede del ser de Dios; el hombre no es, por lo tanto, una cosa creada, sino el hijo unigénito de Dios [Jn. 1,18 y 3,16-18], ‘la Palabra (¡el Fiat!) por la cual todas las demás cosas son y sin la que nada de lo hecho existiría’ [Jn., 1,1-3] (porque por él, es decir, por el ser racional en el mundo, como se lo puede pensar de acuerdo a su determinación moral, todo fue hecho [‘todas las cosas fueron creadas por él y para él {Col., 1,16}]). ‘Él es el reflejo de su gloria’ [Heb. 1,3]. ‘En él, Dios amó al mundo’ [Jn., 3,16] y sólo en él y por la adopción de sus disposiciones podemos esperar ‘llegar a ser hijos de Dios’ [Jn., 1,12]; etc.”.

Comienza, pues, en Ockham, un camino en el que el mundo es despojado de todo significado intrínseco (reflejo del trascendente) y en el que el hombre se convierte en el supremo ser del universo, sin ataduras de ningún tipo; pero no es el hombre como ser intelectual, no es el hombre que es parte del mundo y que recibe de él sentido, para el que el cosmos es un don precioso del Creador, es el hombre deificado, el que da el sentido que le parezca a todas las cosas materiales, incluso a su propio cuerpo, es un ser que o bien es el centro del universo o la única trascendencia con sentido; para la que lo que vale es la autosatisfacción, no en la contemplación, sino en algún apetito indeterminado. Es un hombre sin límites. Que tratará de torcer al mundo, de doblarlo a su antojo, sin que nada le ponga coto, sin la atadura de la verdad, del bien según la verdad de su ser. Es el hombre gnóstico, revolucionario, que cree haber hallado, místicamente, que el mundo está podrido y que debe ser recreado a su imagen, del capítulo XLII de Agosto de 1.914, de Solzhenitsyn (Farrar, Straus and Giroux, New York, 1.971, pp. 410-411, citado arriba, en la sección 2.A.2.a.1, textualmente [Vid., en mi blog, el artículo Solzhenitsyn y los reformadores sociales]). Es el mundo de la [pseudo-] ciencia contemporánea, que puede experimentar con cuerpos humanos, “material biológico” (en realidad, es con humanos, simplemente, porque el hombre es una unidad, pero, separados cartesianamente alma y cuerpo o convertido el hombre en pura materia, la experimentación con el cuerpo se considera experimentación con el hombre). El cuerpo humano está, cartesianamente, a la disposición de la conciencia y el cambio de sexo o de “identidad sexual” y el aborto obtienen pingües beneficios. En este ámbito, las relaciones humanas se ven gravemente afectadas, ahora el amor de hombre y mujer se traduce en relación de dominación y la afirmación de la femineidad está, según conspicuas [pseudo-] “feministas”, en la masturbación o en el lesbianismo, en el acto de autosatisfacción, que “prueba” que las mujeres no necesitan y desprecian a los varones (Michael Jones, Libido Dominandi, sexual liberation and political control, cit., pp. 564-566, 580, 587-590). Sin Dios, el sentido de la vida, de la muerte, del dolor y del mal que hay que soportar, se pierden completamente; y las drogas estupefacientes, la depresión, los antidepresivos y el suicidio se adueñan del panorama.

Según el gran “guerrero cultural”, Leo Pfeffer, el triunfo total del secularismo vino como lo había prescrito el profeta Wilhelm Reich: por la revolución sexual de los años 60 (Ibíd., pp. 541-546). Esta revolución, que, desde los años 20 del pasado siglo, tenía entre ceja y ceja su gran profeta, el mismo Reich, constituye el progreso, puesto que destruiría a la familia y la religión (Waldstein, Ibíd., p. 1). La gran luchadora de esta revolución, la Libertadora de la mujer, quien abogó por el aborto y la contracepción con más fuerza, quien fundó la más grande transnacional de destrucción de la familia y del niño no nacido, Planned Parenthood Federation, la que en 1.913, en nombre de su socialismo, pedía la cabeza de John D. Rockefeller Jr. en una bandeja (Jones, Ibíd., pp. 140-142) y, desde 1.924, recibía inmensas cantidades de dinero de su antiguo enemigo (Ibíd., p. 142), Margaret Sanger, consideraba la principal batalla a aquella contra la esclavitud, esto es, la maternidad (Waldstein). Si el fondo de la política y de la esencia y racionalidad de la autoridad se halla en la naturaleza relacional del hombre y su apertura correspondiente, a otros hombres, a la realidad toda y a su sentido trascendente, entonces se puede imaginar hasta qué punto la comprensión de estas materias tiene que haber sufrido de la corrupción radical de las concepciones y de la consecuente estructuración de la sociedad, a partir de ella. Éste es, pues, el triunfo del secularismo mal llamado “ilustrado”.

Así, Nietzsche, Comte o Bentham se pueden convertir en inspiradores de totalitarismos concretos. O se puede transmutar a Marx en un ideólogo, mezclado con Adam Smith y Huxley, de una forma de estalinismo que, bajo la apariencia de la libertad absoluta, se somete a los incautos a un régimen, que podría dejar al caucásico como un niño de pecho. En variantes que van desde la democracia estadounidense, en vías de suprimir la libertad de conciencia y religión (Colin Mason y Steven Mosher, Primero lo primero, Reporte semanal del Population Research Institute, Número 70, 2.008, del 13 de febrero de 2.009), al salvaje capitalismo-comunismo chino, pasando por el socialismo español y la hipocresía europea, el mundo sexualmente revolucionado e inmerso en las drogas estupefacientes, dominado por el “modernismo” ateo, mal llamado “ilustrado”, avanza por caminos de totalitarismo. Reich es uno de los profetas, pero a él se deben unir Sanger, Marcuse, Sartre, el psicoanálisis, el constructivismo, el deconstructivismo, el genealogismo, el positivismo jurídico, el liberalismo económico, el cientificismo, la gran mescolanza gnóstica new age y todo progresismo. A todo esto es que se llama la “erupción del mal” (Juan Pablo II, Memoria e identidad, Planeta, Madrid, 2.005, pp. 13-30), cuyos orígenes, según Juan Pablo II, se remontan hasta Descartes (Ibíd.) y, siendo consecuencia de la negación del orden de la realidad, halla su raíz más profunda en la negación, en el asesinato, del Creador de esa realidad y su orden, como dice Voegelin (NSP, cit., pp. 60-75, 77-80 y 107-132; y SPG, cit. pp. 23-49).

Esto toca uno de los elementos centrales de la antropología teológica y filosófica: “pues la ira de Dios se manifiesta desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia. En efecto, lo cognoscible de Dios es cognoscible entre ellos, pues Dios se los manifestó; porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y divinidad, son conocidos mediante las obras. De manera que son inexcusables, por cuanto, conociendo a Dios, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se entontecieron en sus razonamientos, viniendo a oscurecer su insensato corazón; y, alardeando de sabios, se hicieron necios, y trocaron la gloria del Dios incorruptible por la semejanza de la imagen del hombre corruptible y de aves, cuadrúpedos y reptiles […]. Por esto, Dios los entregó a los deseos de su corazón, a la impureza, con que deshonran sus propios cuerpos, pues trocaron la verdad de Dios por la mentira y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar de al Creador […]. Por lo cual, los entregó Dios a las pasiones vergonzosas, pues las mujeres mudaron el uso natural en uso contra naturaleza; e igualmente los varones, dejando el uso natural de la mujer, se abrazaron en la concupiscencia de unos por otros, los varones por los varones, cometiendo así torpezas y recibiendo en sí mismos el pago debido a su extravío. Y como no procuraron conocer a Dios, Dios los entregó a su réprobo sentir, que los lleva a cometer torpezas y a llenarse de toda injusticia, malicia, avaricia, maldad, llenos de envidia, dados al homicidio, a contiendas, a engaños, a malignidad, chismosos, calumniadores, abominadores de Dios, ultrajadores, orgullosos, rebeldes a los padres, insensatos, desleales, desamorados, despiadados”, etc. (Romanos, I,18-32).


[i] Cfr. Manifiesto Comunista, Partes II y III. En la parte III, introduce esta perla de bondad humana: todo intento de libre industria, mezclada con caridad, intento de encontrar justicia en las relaciones, esfuerzos por promover a los trabajadores, etc. (al estilo de la doctrina social de la Iglesia y las leyes laborales que surgieron en el siglo XX) es echado por la borda, aduciendo la necesidad de que las cosas sean como son en la sociedad capitalista y su carácter odioso que impulsa indefectiblemente a la lucha de clases: habla el profeta, ya ha pasado la sentencia de la historia, de la que él es voz. En el Discurso a la autoridad central del partido comunista, de abril de 1.850, dice que, luego de la revolución de 1.848, los socialdemócratas estaban buscando condiciones favorables de crédito, de parte del gobierno, no de los capitalistas, para los pequeños empresarios de todo tipo, mejores salarios, seguridades, atención pública y mejora total de los trabajadores, medidas para evitar mucha concentración de capital; en una palabra: en el modo marxista de leer la realidad, “sobornar” a los trabajadores, mejorando su situación. De acuerdo con Marx, esto es inaceptable, como la religión, puesto que la revolución tiene que ser permanente, tiene que lograr que los proletarios tomen toda la propiedad y manejen, aplastando toda oposición de los poseídos, todos los medios de producción. Eso es propiedad “pública”, según Marx. Ese fin debe obtenerse en todo el mundo. No hay que mejorar la sociedad, hay que hacer una nueva; no hay que mejorar al trabajador, hay que hacer la revolución. Esto es realmente aterrador.

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