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Nihilismo, arte de la confusión y la esperanza del resurgir del Espíritu

Serie sobre estética, subjetivismo e historiografía del arte occidenntal, round once

El Románico surgió en tiempos de devastación bárbara y floreció en ellos: nada obsta para que vuelva a haber un renacer espiritual poderoso, de las cenizas de la devastación anti-humana llamada modernidad y postmodernidad

El Románico surgió en tiempos de devastación bárbara y floreció en ellos: nada obsta para que vuelva a haber un renacer espiritual poderoso, de las cenizas de la devastación anti-humana llamada modernidad y postmodernidad

Llegamos al artículo final de esta serie, compañeros. Esta serie me parece una de las más importantes imaginables, ¿por qué? Por lo que hemos venido comentando: el arte es vida interior del hombre en sociedad, de él depende mucho, si se corrompe, como sabían Platón, San Francisco, Santo Tomás y los revolucionarios del siglo XX, se corrompe todo, de manera imparable, imperceptible y casi que sólo reversible por una “caída y mesa limpia”, por una destrucción sistemática y un renacer de las cenizas. Creo que eso sucedió y nos queda tratar de luchar esta “batalla perdida” para llevar la sanidad a nuestras vidas y las de los nuestros y a todos los que podamos. Eso equivale al mandato apostólico de Jesús: si no se logran unas manifestaciones sanas, no hay modo de que el interior de las personas sea conforme a la belleza evangélica; y, así, no hay mucha oportunidad para la virtud, siquiera, meramente humana. De la caída modernista de Dios a un ser tan limitado como el hombre, creyéndose, de manera muy tonta, un “superpoderoso”, nuestra sociedad, como era de esperar, cayó en la desilusión, abandonó la “geometría naturalista”, pero no para remontarse al orden cósmico y su Fuente, de la que aquél es “metáfora”, como dice Il Postino, sino para claudicar definitivamente a todo orden, toda racionalidad, toda universalidad, todo vigor, todo optimismo, todas nuestras capacidades naturales de hallar lo verdadero y trascendente. Se cayó en una gran confusión, en una Torre de Babel, en el mejor de los casos, y, en el peor, en el nihilismo.

Éste se expresa, en palabras de uno de los más importantes nihilistas posmo, Jaques Derrida, así: “El sustituto no sustituye de suyo nada que de algún modo lo preexistiera. De ahí en adelante, quizás haya sido necesario empezar a pensar que no había centro, que no podía pensarse el centro en la forma de un estar-presente, que el centro no tenía un lugar natural, que no es un lugar fijo, sino una función, una suerte de no-lugar en el cual entraran en el juego un número infinito de signos-sustituciones. Este momento fue ése en el que el lenguaje [o cualquier forma expresiva humana] invadió la problemática universal; fue ése en el cual, en ausencia de centro u origen, todo vino a ser discurso –supuesto que podamos estar de acuerdo en el significado de esta palabra–, es decir, cuando todo se convirtió en un sistema en el que lo central significado, el original o trascendental significado, no está nunca absolutamente presente fuera del sistema simbólico. La ausencia del trascendental significado se extiende al ámbito y a la interacción de las significaciones ad infinitum” (citado por Jones, 2008). No puede existir la verdad, pues no puede haber un contacto cognoscitivo entre nuestra mente y una realidad que se niega, mucho menos con lo que la subyace y trasciende. El problema es el mismo del primer artículo de esta serie, llevado hasta sus últimas consecuencias. Así, el arte y la belleza y toda interpretación quedan como mera expresión de arbitrios ciegos, si bien incardinado, no se sabe cómo, en sistemas lingüísticos, que no pueden sino ser esotéricos, como en el arte pobre. Lo que Comienzan Locke, Hume y Kant, en la época “clásica” de la modernidad, los posmo lo rematan, sacando las conclusiones debidas.

“Romano Guardini, en la primera mitad del siglo pasado, afirmaba que en la modernidad hubo elementos buenos y nuevos. Pero el bien no es nuevo porque deriva de su raíz cristiana y lo nuevo no es bueno porque deriva del rechazo del cristianismo. Preconizaba que el fin de la modernidad sería un mal fin, previsible desde el inicio, desde su nacimiento, porque al separarse de su raíz cristiana la cultura moderna no podría más que degenerar en una pérdida de sentido” (Papa, El género literario de la condición postmoderna, Zenit, 21-08-12). En ésta última, precisamente, consiste la postmodernidad, lo posmo, que ya no cree ni en Cristianismo ni en su negación moderna ni en nada. Recurre, a veces, como uno de sus padres, Heidegger, a la India o algún otro paraje exótico, pero sólo como huida y por considerar, erróneamente, que, por allá, se conseguirán almas gemelas, rechazos de Dios y del orden.

“Por lo tanto, de alguna forma, todos los movimientos artísticos que surgen de la desilusión o de la pérdida de sentido, como el Pop Art o el Arte Pobre y diversas expresiones tales como el Minimal Art o el Land Art de los lejanos años sesenta del siglo pasado, tienen como mínimo común múltiplo una visión discontinua de la historia y la voluntad de deconstruir, fruto de la deslegitimación, todo metalenguaje” (Ibíd.), a lo Derridá.

Esto llega, entonces, mucho más lejos. Si la forma de un escrito responde a lo que se va a trabajar, es decir, en un modo particular, si el objeto rige el método y el contenido las formas literarias, la ausencia de contenido, la ausencia de referencias, la ausencia de órdenes, de capas de orden, de sentido, tiene que terminar en un abandono de toda posible distinción entre géneros literarios o, incluso, artísticos; o el modo de expresión, si se es fiel al espíritu que Derrida expresa, tiene que ser absurdo y su propio fin, siempre y cuando sea expresión de una nada interior, que, quizás, se comparta con otros de un círculo esotérico.

“Observado, desde un punto de vista propiamente artístico (lingüístico?), la deslegitimación de toda narración por parte de la postmodernidad, podemos notar que ya no existen más los géneros narrativos, o, si queremos establecer una metáfora con la poesía, los géneros literarios. Los géneros caballeresco, épico, trágico, cómico, místico, elegíaco… son de hecho considerados superados, anulados porque se fundan en un sistema considerado ilegítimo, como puede ser el saber filosófico o la fe, intrínsecamente ligados a la narración. Todo el amplio espacio de las representaciones expresivas si ha reducido a poquísimos géneros, a poquísimas formas consideradas todavía legítimas y por lo tanto, no deslegitimadas” (ibíd.). La “postmodernidad”, así, “anula todos los géneros poéticos porque ya no hay nada dentro de tal visión del mundo que pueda ser afirmado. De esta demolición lingüística permanece fuera aquello que pueda ser capaz de obrar una crítica o de perpetrar una ulterior deslegitimación, el instrumento capaz de deslegitimizar: LA SÁTIRA, La sátira se ha transformado en el género capaz de representar la condición postmoderna; ésta es capaz de declinarse en varias formas, desde la farsa hasta la invectiva. Gradualmente ha adquirido poder y ha llegado a ser, irónicamente, el género literario más difundido” (ibíd.). Desde el Decadentismo, del tercer cuarto del siglo XIX, la literatura se embarcó por estos caminos. Y, luego del Impresionismo, aproximadamente, ya el arte, inspirado e inspirando movimientos políticos y sociales, “lentamente renuncia a afirmar cualquier cosa y retoma el camino de la protesta y de la denuncia social, política, religiosa. Ya en el siglo XIX se presentan algunas obras de arte con temática de denuncia social, pero luego la cuestión se diversificó […]. Jean Cocteau, el mismo Picasso o los surrealistas toman este género mezclándolo con el sueño, la paradoja y la hipérbole convirtiéndolo en el género preferido” (Ibíd.).

Para el Marx de las tesis sobre Feuerbach y la Crítica a la Filosofía del Derecho de Hegel (1.843) no hay filosofía, hay denuncia, hay trabajo de demolición, la verdad no guía, busca una pasión de ira y odio, la realidad debe torcerse, debe doblarse ante el servicio a la revolución, la religión se debe combatir, por ser alma del mundo, afirmadora de su orden, por ser manifestación del anhelo de Infinito que pone Dios en el corazón y, en ese sentido, “opio del pueblo”. En la civilización que se crea bajo su égida o, en el curso que tomó ésta, fundada sobre Cristo, para abandonarlo y guiarse por la ideología, la gnosis del o, dio a lo humano (familia, sociedad, justicia, religión, la constitución metafísica del hombre, etc. caen en esta animadversión), en esta sociedad o en esta etapa de esta sociedad, en lo que se refiere a los movimientos dominantes hoy, llamado posmo, “cada afirmación propuesta en el interior de las opciones ideológicas postmodernas es de hecho un ataque a algo que es visto como residuo, todavía por abatir, de la historia” (Ibíd.).

En este espíritu, la publicidad, uno de los vehículos favoritos del “arte” de hoy, va de símbolo en símbolo, tratando de destruir todo a su paso. Curas, monjas, el Papa, la muerte en Cruz, la santidad, la moral, la ascética, la castidad, todo puede caer bajo la hojilla del sarcasmo blasfemo. Un papa aplastado por un meteorito es un acontecimiento célebre en galerías de Londres o en festivales en Venecia. Curas persiguen a monjas, para meterse en sus faldas y vender cigarros o agua mineral. En el Grammy, una invitada pone al Papa a buscar cómo abusar de algún menor, con un coro de monjas y sacerdotes. En eso consiste el “espíritu libre” de hoy, en satisfacer el espíritu totalitario de Marx…

“Los símbolos no son gratos a la condición postmoderna porque son expresiones de una cultura que tiene como centro afirmaciones veritativas para ella intolerables […]. Sin embargo, en el caso de las opciones artísticas son retomados para ser negados y, en el complejo caso del sistema publicitario, están sujetos a la sátira o a la ironía para afirmar la validez del producto publicitario. Todo se limita a juegos lingüísticos, a metáforas vacías, útiles sólo para una fugaz carcajada y para fijar en la mente el producto a adquirir” (ibíd.).

Bajo estos parámetros se forman nuestros hijos, sobrinos e hijos de nuestros amigos y conocidos. Bajo estos parámetros se forman los adictos a las drogas del futuro. En este clima, la moral de los muchachos y sus posibilidades de realización son pulverizadas. Sólo por azar, un muchacho lleva una vida contingentemente paralela a la moral, aunque desprovista de belleza. La rebeldía es la moral, la rebeldía es la afirmación del orden, la rebeldía es hacerse consciente de él y vivirlo por una decisión responsable. Ahí hay belleza si, al concienciar el orden, se lo ve en su esplendor. La belleza volverá, cuando muchos hayan tomado la decisión consciente, lo defiendan de manera valiente y sean capaces de la contemplación, de modo que surjan algunos talentos, que sean capaces de reproducir la belleza expresiva, conectando con ese pasado, con esa tradición artística occidental, asombrosamente luminosa. No se trata de embarcarse en un “tradicionalismo” “conservador”; se trata de ver la belleza y darse cuenta de que se puede expresar, eso, que es seguir la tradición, puede seguir los derroteros que marquen los respectivos genios, sin buscar imitar ni enfrascarse en modas antiguas: sus caminos serán sus caminos. Ahí no se puede poner cauces al Espíritu, “que sopla donde quiere y nadie sabe de dónde viene ni a dónde va”.

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