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Michael Jackson, Amy, Marilyn: dioses muertos de verdad

Reyes del pop, nuevos dioses, briznas que pasaron en su total fragilidad

Michale Jackson, gran artista, presa de mil vicios y fragilidades, de la monstruosidad, inclusive: un dios pop víctima de su deidad

Michale Jackson, gran artista, presa de mil vicios y fragilidades, de la monstruosidad, inclusive: un dios pop víctima de su deidad

Hace mucho tiempo, vi una película llamada Holy Matrimony, con Patricia Arquette y Joseph Gordon-Levitt. Hay una escena de esa película que me encanta. La muchacha ya adulta, una delincuente, escondiéndose en un pueblo Amish, termina casada con un niño impúber, por la Ley (del Antiguo Testamento) del Levirato (el hermano se debe casar con la viuda del hermano, si no ha tenido hijos, para darle descendencia al hermano). La referida escena es una en que ella, amante del glamur y la vanidad del mundo, le expresa al muchachito su admiración a Marilyn; y completa diciendo que tenía no sé cuántos televisores. El chamito está en desacuerdo: era una pobre persona, no podía ni estar sola consigo misma, necesitaba distracciones, para no enfrentarse a su vacío. Por eso, me imagino, necesitaba de las drogas. Pero ahora me parece más importante ver que nuestra sociedad suele presentarnos a unos modelos… bueno, menos que deseables. Una vez vi un libro sobre “los nuevos dioses”, con Marilyn, Elvis, Michael Jackson en la portada. Faltaría Amy Whinehouse y algún otro. Pobres, pero eran mentes atormentadas, por el vacío y el desorden, que terminaron mal por esa circunstancia. Esperamos que ese “terminar mal” sea sólo a esta vida y que Dios haya tenido misericordia de ellos.

Ya vamos para 4 años de la muerte de Michael Jackson y me encuentro con un artículo muy bueno, de la época, en el que Monseñor José Ignacio Munilla, obispo de Palencia, habla sobre el “Rey del Pop”. Estando en un retiro con muchachos que iban a hacer su confirmación, se halló en la necesidad de conversar del acontecimiento: “No creo que haga falta convencer a nadie del influjo tan notable que pueden llegar a tener las estrellas musicales en nuestro horizonte cultural, moral y espiritual, y especialmente en el caso de los jóvenes. El hecho de que un icono tan destacado de la música moderna, considerado como el “rey del pop”, haya llevado una existencia tan contradictoria y concluya sus días de una manera tan dolorosa, nos invitaba a una serena reflexión sobre la fragilidad de los valores de la cultura occidental”.

Un punto de gran relevancia lo da el gusto estético. Ya hace algún tiempo de que yo me di cuenta de que lo que me gusta revela quién soy. Así, lo que me gusta es un punto de examen: si me gustan barbaridades, entonces seré conforme con barbaridades, tendré algo de bárbaro. No es verdad que nos guste lo que decidamos o nos parezca; nos gusta eso con lo que somos conformes y eso está en la base de “lo que nos parezca” y no al revés. Cuando me encuentro aprobando con el gusto alguna barbaridad, me doy cuenta de que hay algo que está mal en mí. A eso se refiere monseñor: “El hecho de que la cultura dominante esté tan profundamente marcada por el subjetivismo y el relativismo, contribuye más, si cabe, a que el gusto estético sea entendido como algo puramente arbitrario […]. Son muchos quienes piensan que sus gustos e inclinaciones musicales nada tienen que ver con los valores de su vida […]. Lo cierto es que algunos mitos o “iconos” musicales han ejemplificado con sus vidas el inexorable callejón sin salida al que conduce la disociación entre la estética y el bien moral del ser humano. ¿Cómo se compagina el que un artista alcance el cénit de su carrera profesional, al mismo tiempo que crece su grado de desesperanza? ¿Cómo es posible que la opinión pública dirija su admiración hacia unos “reyes” que, en el fondo, no son sino “mendigos” de una felicidad, la cual son incapaces de alcanzar?”

El primer motor de la libertad es el deseo de felicidad; y el objeto natural de este deseo está dado por el infinito, por el que tenemos un anhelo invencible. El solo vislumbre del infinito y la promesa que conlleva ese vislumbre es un horizonte de esperanza, que eleva nuestros deseos. A esto, C. S. Lewis, autor de Narnia, lo llamó “la Alegría”, en “Sorprendido por la Alegría”. Ésta es la clave de toda nuestra vida; y es la clave de tanta desesperación y locura, incluso entre los “amos del universo” (como en He-Man), en nuestro mundo de hoy en día. Para éstos, a veces, el éxito es la maldición (con lo que me disgusta, esa palabra es adecuada aquí). Lo es, porque el éxito los hace creer que ellos o la fama o el dinero o los fans son el infinito; se les esconde el de verdad; o ellos lo meten en un baúl, en el ático… y la llave queda sepultada por el perrito en el patio. Adiós Alegría, adiós felicidad. Hello Elvis, Marilyn, Michael, Amy. A veces, niños y muchachos terminan así, porque creen que alguno de esos “ídolos” es el infinito, padecen de igual error, aunque desde diferente perspectiva. Esto trae otros errores, como dice Monseñor: “Posiblemente, una de las tentaciones más frecuentes en el mundo del espectáculo consista en desviar la atención de lo objetivo a lo subjetivo: de la obra musical, al cantante ídolo; del deporte, a la estrella galáctica… terminando por fomentar un culto a la imagen, que anula la conciencia de sabernos “instrumentos” de un misterio de verdad y de bondad que nos precede y nos supera. La vida y la muerte de Michael Jackson esconden la tragedia de toda una generación incapaz de alcanzar una libertad por la que suspira […]. ¿En qué consiste la libertad: en hacer lo que queramos, o en querer lo que nos corresponde hacer? En última instancia, ¿la felicidad consiste en inventar una realidad a nuestro capricho, o más bien en querer conformar nuestro deseo con la voluntad divina?”.

Monseñor da un paso atrás para decir que, aunque casi todo, no todo el panorama del Pop y la música contemporánea es como acaba de pintar; que hay artistas buenos y que pueden proponer otras cosas. Se atreve, incluso, a proponer a Bono, quien dice que se inspira en artistas verdaderos, como Gaudí, cuya obra invita a rezar, a ir más allá, más arriba. Y concluye el obispo de Palencia: “En efecto, la clave de un producto musical de calidad no puede estar exclusivamente en el genio del artista, sino también en su propuesta de sentido, además de en la coherencia moral de su vida”. Una propuesta de sentido que sea verdadera, hay que añadir, que apunte de verdad al infinito y lo que es conforme con él: la generosidad, lo bello realmente, lo ordenado, lo maduro y virtuoso. Estando allí, “ama y haz lo que quieras”.

Descansen en paz, muchachos, nos da tristeza que hayan pasado una vida trágica, entre los clamores del público; les deseamos una eternidad de alegría; y les damos las gracias por lo bueno que nos dejaron: Michael, por Billie Jean, Beat it, Thiller… y los bailecitos. Que allá arriba suenen y, por un milagro, en perfecta conformidad con los coros de ángeles.

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