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Dios contra todos los que se vengan: a Dios apuesto

Décimo y último de la serie Todos contra Dios

Flagelación de Caravaggio, Cristo en su agonía es Poder Infinito de Dios, desplegado en el amor

Flagelación de Caravaggio, Cristo en su agonía es Poder Infinito de Dios, desplegado en el amor

El mundo presenta un espectáculo increíble, a mí me parece que hay que tener algo malo para negar que exista el orden, porque, díganme que no, es tan evidente, admirable, grande y bello. Ese orden, tiene dos aspectos muy importantes, primero la unidad y estructura de las cosas, de un árbol, de los átomos y moléculas, de un elefante, del hombre: da cada especie de cosas, con sus estructuras y sus modos increíbles de obrar. El otro aspecto es el de las relaciones entre las cosas: hermanitos, piénsenlo, ¡las cosas están relacionadas!, no es, cada una, una isla, comparten sus tiempos, su existir, actúan unas sobre las otras. Piensen en las galaxias, piensen en las moléculas, piensen en los ecosistemas, en las sociedades humanas, desde la familia hasta las sociedades políticas y las civilizaciones y la Humanidad toda. Los dos aspectos tienen mucho que ver, porque unas obran sobre otras según lo que son, según sus naturalezas, porque todas son temporales y tienen una solidaridad inscrita en sus propios seres. Es algo muy digno de asombro. De nuevo, hay que estar ciego para ser materialista. Pero esta constatación tiene reflejos importantes en el modo de proceder de los evolucionistas, incluso de los católicos.

Fíjense bien. Antes dije que si uno tiene evidencias para la hipótesis A y para la B, lo razonable es ver qué se hace o esperar a ver cómo se dilucidan las cosas. De eso se trata. Las evidencias de que no hay evolución son aplastantes. Les vuelvo a pedir, perdónenme: piensen, si cada cosa es lo que es porque tiene, actuando sobre su materia, principios inmateriales, que le dan unidad, cualidades y, por sobre todas las cosas, ser lo que son, entonces cuesta mucho pensar que haya un proceso o una ley que rige un proceso, que implica que las cosas no tienen ningún “lo que son” ni ningún principio del que esto dependa. Bueno, hay unos cráneos y unos fósiles. Bien, tenemos 32 huesos; vamos a enfrentarlos a un billón, un millón de millones, de seres que están vivos hoy, frente a nosotros, incluidos nosotros mismos. No parece razonable concluir, sin más, que hay evolución, basados en tan magra evidencia, que, interpretada así, parece contradecir las experiencias mismas en que nuestra conciencia, nuestra inteligencia, se prepara para afirmar cualquier hipótesis. No hay hipótesis si no hay experiencia de la causalidad; no hay hipótesis sin la experiencia de la proporcionalidad de las causas y sus efectos, no hay hipótesis sobre leyes, si no captamos modos universales de obrar, modos que se deben a lo que pertenece a las especies y los géneros, que conocemos, precisamente, por el modo de estructuración, inmaterial-material, de las cosas.

Vega-Hazas, para defender la evolución y la creación al mismo tiempo, lo que es perfectamente legítimo, dice que el cuerpo se forma por causas segundas, por evolución, establecida por Dios mismo; mientras que la inteligencia, que no puede venir de la materia, procede de la acción directa de Dios. No puede venir de la materia porque, de otro modo, no podríamos conocer lo intemporal, no podríamos tener conocimientos reflexivos y, por tanto, careceríamos de conciencia, no podríamos abstraer, no seríamos artesanos universales (capaces de producir con nuestras técnicas todas la cosas), no seríamos libres, estaríamos sometidos a las causas físicas en nuestro obrar. Muy bien, no es indigno el argumento. ¡Pero está malo!

Vamos a llamar al principio estructurador inmaterial “forma”, como lo hizo Aristóteles y, antes que él, Sócrates y Platón. Y vamos a decir, con Aristóteles, que hay formas que son principios de vida; ésas son a las que llamamos almas. El argumento de Vega supone que el cuerpo se conforma de manera independiente de su forma. Claro, si nuestra alma es nuestra inteligencia, lo que es claro porque es nuestra operación vital más distintiva, explíqueme alguien cómo me conformo, cómo se conforma mi cuerpo, de manera independiente de lo que lo conforma. Y no se asusten, el argumento no vale sólo para el hombre, vale, más todavía, para los animales, que, aquí, no tendrían conformación alguna o la tendrían sin nada que fuera su causa. Lo peor es que las conformaciones d estadios anteriores de la tal evolución se darían sin relación con la formalidad definitiva o la formalidad humana, creación especial de Dios, no sería estadio definitivo o sería irracional decir que lo fuera. Yo sé que están los fósiles, hay que tomarlos en cuenta, pero ¿la evolución es la única respuesta posible? Ha habido otras y, además, podría ser buena, pero entendida de manera muy distinta. Nadie sabe nada ni del pasado de esos fósiles ni del destino de aquéllos de cuyos cuerpos ellos formaron parte. Pero, basados en ellos, se monta toda una historia fantástica. ¿No habrá que admitir otras explicaciones? O, en vista de la mucho más importante evidencia de lo actual, ¿no habrá que reformular esa misma historia? O, también se puede, ¿no habrá que permanecer callados y expectantes, con humildad, mientras no sepamos más? Ya sabemos, los amantes de la “muerte de Dios”, los sensacionalistas, etc., quieren dar esta respuesta y rápido. Allá ellos con su fanatismo.

Ciérrese esto recordando, con el profesor Vega-Hazas, que los amantes de los extraterrestres, como Sagan, quieren encontrar una bacteria, para concluir que hay humanos alienígenas, que son superiores a nosotros, que eso niega a Dios y, sobre todo, la Encarnación y la redención. Pueden ellos seguir con sus odios, no nos importa. Una bacteria no es un hombre. Admitiendo, como Vega, la evolución, hay muchos obstáculos para pensar que haya el paso de ellas a los inteligentes. La inteligencia no se da en cualquier cuerpo, dicen Vega y Santo Tomás. El sabio de Aquino precisa que, como tenemos la forma más digna, nuestro cuerpo es el más digno: tiene que haber proporción entre ambos, como muestra todo en la naturaleza. Además, eso no toca la Fe. La Fe no se refiere a la existencia o inexistencia de extraterrestres, sino, conforme a las partes del Credo, a Dios, uno y trino, la Creación, la Encarnación y la vida, muerte y Resurrección de Cristo, la Iglesia, la Salvación, la Comunión de los santos. Puede haber extraterrestres, ellos pueden ser unos que, no habiendo pecado, no “merecieron al Redentor” (como dice el Pregón Pascual) o unos redimidos también o lo que sea. Las opciones son variadas y están por sobre nuestros juicios pequeños, por encima de las locuras, grandes y pequeñas, de Carl Sagan, que en paz descanse y Dios haya tenido misericordia de Él (no era tibio el tipo).

Y al final, amigos, por cierto, acabados todos los enemigos, ¡¡¡EL DIOS INVICTO VOLVIÓ A VENCER!!! Estamos seguros y en buenas manos. ÁNIMO.

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