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Avanza la ciencia, ya no habrá creencias

Primero de la serie sobre inteligencia artificial y materialismo

Daniel Dennett, materialista radical, según él, las creencias son una ilusión, no puede existir nada cualitativo, nada que no sea masa informe: ésa es su creencia

Daniel Dennett, materialista radical, según él, las creencias son una ilusión, no puede existir nada cualitativo, nada que no sea masa informe: ésa es su creencia

Queridos compañeros, en el mundo de hoy, parece como si muchas veces necesitáramos “más que nunca” de los que son nuestros amigos, de los que tienen mente y corazón como los nuestros. Parece como si viviéramos en estado de sitio constante; asediados por orcos, troles, uruk-hais y demás bichos feos: ataques a la Fe, ataques a la sensatez en la interpretación del mundo, ataques a la posibilidad de dirigir la vida en una sociedad respetuosa del orden, ataques a nuestras pasiones y al orden de los apetitos. Esas ayudas y hay bastantes, gracias a Dios, se hacen cada vez más necesarias. Hoy quiero darles una, respecto de unos troles que quieren hacernos creer que somos unas máquinas.

En verdad, el materialismo es algo bastante tonto; lo malo es que, muchas veces, si no tenemos a alguien que nos señale por qué es así, no lo vemos. Pero, créanme, es muy tonto, tan tonto como esto: si todo fuera materia, no habría ‘yo’, ego, no habría persona ni identidad personal; tampoco habría vida ni seres materiales que conformaran todos reales, no habría lenguaje ni bien ni belleza.

Los materialistas de verdad lo saben muy bien: vean lo que dice uno de los más importantes hoy, Daniel Dennet: creer que hay creencias es un rasgo de psicología folk, que será superado por la ciencia: ¡¡¡!!! Éste cree que entre un robot o un cadáver movido con cables y descargas eléctricas y un hombre vivo no hay diferencia alguna. John Searle, otro materialista, dice que la identidad real de los seres no existe, sólo proyecciones de conciencia: ¿la conciencia de quién? Las porciones de materia, entonces, según él, sólo están separadas por cantidad y lugar, de modo que nada obsta para que en un momento dado, esto que YO llamo YO pueda, en cualquier momento, desintegrarse total o parcialmente, o fundirse con otra cosa, o pasar a ser algo otro que humano. Por supuesto, todo esto no es más que modos de hablar, pues, si no hay sino materia, no hay integridad, ni humanos o cosas otras que humanas, ni cosas, ni yo ni lo distinto de mí: sólo materia dividida en porciones, separadas por cantidad y lugar. Materia que es solo materia, no los elementos, por ejemplo, metal y no metal u oxígeno y nitrógeno: ninguna distinción, sólo materia, sin determinación de ningún tipo. Ahí no hay orden, ni libertad, ni justicia, ni amor, nada de nada.

¿Ya ven? Nadie puede creerse esto, porque creerlo es una completa negación de todo lo que es mucho más que meramente evidente, evidentísimo, lo más evidente de todo. Así, quedan unos ciertos materialismos folk, siguiendo el modo de hablar de Denett, ese materialista radical (de la boca para afuera) del que hablamos arriba; distintos de los que llamo arriba “materialistas de verdad (de la boca para afuera)”. Materialismos en los que hay yo y ciencia y creencia y computadoras y programas y leyes del mundo (las que la ciencia afirma, al menos, y, principalmente, la mentada ‘evolución’, comodín explicativo de todos los materialistas). Materialismos que admiten rasgos no materiales del mundo. Materialismos que no convencen a cualquiera que piense un poco las cosas, con una pequeña guía. Materialismos que convencen… a los demás, a la mayoría, a los que “andan como ovejas sin pastor”.

Pero, entonces, a qué viene afirmar algo que saben que es falso. Busquemos una confesión, porque, como dicen los abogados, “a confesión de parte, relevo de pruebas”. Hay un defensor de la tiranía y que la respalda y propugna fuertemente que nos da la confesión que buscamos. Aunque haya muchos otros, como Marx o Nietzsche o el Marqués de Sade, esta confesión del autor de Un mundo feliz, Aldous Huxley (en Ends and Means, 1.937), me gusta mucho, por lo clara que es: “al filósofo [hay que ser audaz para llamarlo así] que no encuentra sentido en el mundo no le interesan exclusivamente los problemas meramente metafísicos. A él le interesa también probar que no hay razón válida por la que él mismo, personalmente, no debería hacer como le plazca o por la que sus amigos no deberían tomar el poder político y gobernar en la forma que consideren más ventajosa para sí mismos. Las razones voluntarias [para el empirismo anglosajón, apetitivas, en general y, principalmente, sensibles], en tanto que opuestas a las intelectuales, para sostener las doctrinas del materialismo, por ejemplo, pueden ser predominantemente eróticas, como en el caso de Lamettrie […] o predominantemente políticas, como en el caso de Karl Marx”.

A veces, como en Nietzsche o en el propio Marx o en Freud –arquitectos, mayormente, de lo que corresponde a hoy en el “mundo de hoy”, sobre todo en lo que tiene de malo–, se trata de odio al hombre y al orden de Dios. Como una alumna mía oyó de su profesora de psicología: “¿qué es el hombre, profesora?; imagínate una rata… ¿ya? Bueno, eso es, eso mismo”. Y, cuando oí el cuento, mi comentario: “pobre rata, si supiera que una así se equiparó a ella”. Y, fuera de juego, piensen: si somos menos que ratas, materia sin determinación, ¿qué importa matarnos, atropellarnos, abusar de nosotros, corrompernos? ¡¡¡SI NO HAY NINGÚN ORDEN!!! Todo cabe, toda tiranía. Recuperemos, con la sensatez más elemental, nuestra dignidad, la justicia, el bien y el respeto que se merece el ser humano y la realidad toda.

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