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La libertad en el Infinito, en la virtud, en la realización del arquetipo

Vicios adicciones y remedios: esclavitud y libertad (VIII y último)

A mi hermana, María Isabel, en su cumpleaños
La Transfiguración de Rafael: el Arquetipo, desde mucos puntos de vista: el hombre perfecto, perfectamente libre, perfecta paz, perfecta vida-oración, perfecta obra de arte que conecta de manera sublime con el Infinito, etc.

La Transfiguración de Rafael: el Arquetipo, desde muchos puntos de vista: el hombre perfecto, perfectamente libre, perfecta paz, perfecta vida-oración, perfecta obra de arte que conecta de manera sublime con el Infinito, etc.

Compinches, hemos visto, en esta serie de artículos, una cantidad de cosas que considero son de la mayor importancia. Me parece que cualquiera de nosotros que tenga alguno de los problemas de los que hemos hablado, en sí mismo o en alguien cercano (pues, como creo que dejamos claro, el vicio lo sufren también los amigos y familiares cercanos), puede encontrar aquí alguna orientación general, para entender mejor lo que está sufriendo y, quizás, ojalá, para ver cómo levantarse. Pero ahora quiero que nos demos cuenta de algo que para mí es muy importante e interesante y que puede ayudar todavía más. Lo que importa no es no caer en vicios; aunque eso sea muy relevante, como lo es salir de ellos. Lo importante es darse cuenta de la razón de que los vicios sean vicios, de cómo ellos son desviaciones de nuestro camino, señalado por Quien nos creó, al darnos una naturaleza. Los vicios son, verdaderamente, desviaciones: quiero ser libre, hago lo que me dé la gana, pierdo el camino y termino bajo una esclavitud descomunal, peor de lo que se haya visto en cualquier película de herederos de los abolicionistas gringos del siglo XIX, denostando de los sureños. Quien nos creó diseñó para nosotros una tremenda plenitud de nuestro ser, que se expresa en esa sensación de estar completo y satisfecho (pleno); así puedo desviarme de la misma y enamorarme de unas pequeñas satisfacciones, de unos pequeños placeres, aunque muy fuertes para un animal libre y de naturaleza herida, con una cierta tendencia al desorden y una ignorancia difícil de vencer respecto de su trascendencia. Me enamoro de placeres pequeños pero fuertes para el hombre, me encadenan, y termino creyendo que ellos, que creo son toda plenitud, me definen o son el sentido de mi vida. Termino frustrado, desilusionado, muy radicalmente.

Entonces, el hombre, ser libre y para la plenitud, en la verdad de su ser, que llega a la trascendencia, se envicia, se esclaviza, se frustra, va detrás de lo que es falsedad. Así, pierde la paz. Pero el punto último está en la razón más profunda de la frustración que hay detrás del vicio. Ya la hemos tocado, en estas conversaciones. Es el anhelo de infinito, que se manifiesta en el arte y nuestro amor a la belleza; que se expresa en la ciencia y la filosofía y nuestra tendencia a conocer y a buscar el sentido; que se patentiza en el hecho de que nuestra conciencia, aunque en un aspecto sea temporal, en lo más relevante es superior al tiempo y, por eso, puede juzgar del paso, de la duración, hallar sentido en ella, lo que sería imposible si no permaneciera. Nuestro anhelo de infinito se revela en las técnicas y las artes con las que dirigimos nuestras vidas, conforme a lo que es universal y necesariamente adecuado a los casos, a los problemas, a las necesidades. Se manifiesta en la universalidad de las verdades de la filosofía, así como muchas de las ciencias; en el hallazgo de “leyes” de los aconteceres sensibles, así como del ser íntimo y la esencia de las cosas, desde los que subimos al Eterno, al que Es. Se manifiesta en la vocación de nuestros amores terrenos; en los ritos funerarios, propiamente humanos; en nuestra clara e inequívoca (universal, de todos los hombres) búsqueda del infinito… sin más. El vicio es una infernal negación de nuestras tendencias más íntimas y definitorias. Nuestra conciencia está conformada como realidad activa de nuestra inteligencia, en la que, conforme a la naturaleza de lo inteligente, se juzga lo temporal, desde lo permanente[1]. Somos seres de infinito, damas y caballeros. Por eso, cada una de esas formas de desviarse del camino son tremendas negaciones de nosotros mismos.

De este modo, como dijimos en el primer artículo de la serie, la virtud resplandece, porque ella es esa madurez esencial nuestra; es ese control de nuestras apetencias, que es verdadera libertad; esa conformidad de nuestras capacidades, cada una con las otras, que es la paz. Y es, entonces, verdad de nuestro ser. Pero, en tanto que tal, es una apertura radical, de nuestra inteligencia y nuestras capacidades por las que tendemos a bienes, al único Bien que puede saciarnos, desde el que las demás satisfacciones toman su puesto adecuado; sin el que ellas pueden ser trampa infernal. Así, sabiendo bien, ahora, que la sobriedad no es NO TOMARÁS, sino “REALÍZATE EN LIBERTAD Y PAZ”, nos es más fácil ser sobrios. O que la castidad no es un mero NO CONSENTIRAS, SIQUIERA, DESEOS IMPUROS, sino AMARÁS CON CORAZÓN LIBRE, LIBRE DE CRÁPULA QUE IMPIDA LA ENTRADA DEL INFINITO EN TU AMOR. La vida, así, es muy otra. No es verdad que “lo bueno o engorda o es pecado”; lo bueno no puede ser pecado, no puede ser vicioso: ESA FRASE ES REVOLUCIÓN. lo bueno es afirmación, plenitud y, por eso, no puede tener ninguna participación de nada que nos esclavice y nos lance a un infierno. Lo bueno, obviamente, es bueno, es realización en la verdad, es madurez del ser, es alegría verdadera, profunda, duradera, resistente, consistente: ES ESENCIA Y, HOY, REQUIERE DE NUESTRA REBELIÓN, POR AMOR…


[1] He ahí, my friends, lo que tiene de verosímil cualquier visión del universo platónica, inspirada en Platón o parecida a su filosofía de cualquier modo: Platón creyó que lo realmente real eran unas ideas, arquetipos de todo lo sensible, que, siendo de naturaleza proporcional a la de la inteligencia, eran eternas; mientras que lo temporal tiene un ser reducido, dependiente de las ideas y digno de tenerse por real, sólo en la medida de su participación. Hay un Hombre eterno y todos los demás podemos llamarnos tales en la medida en que tenemos un ser que formó un “Artesano” divino, llamado Demiurgo, teniendo como diseño a ese hombre universal y perfecto. Desde esos arquetipos se juzga de lo temporal. Yo no creo en este platonismo, los principios del orden están en las cosas, son los principios de su estructuración, sus formas, sus almas, que proceden de Ideas que, estando en Dios, no pueden sino ser Dios, porque, en Él, no puede haber distinciones de ideas e intelecto, pues eso supone imperfección. Yo no creo en ese platonismo, pero tiene algo de verdadero: lo inmaterial es claramente más determinante, en la esencia de las cosas materiales, que la materia misma; por lo que el juicio sobre ellas se tiene que sujetar a esa inmaterialidad.

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