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Dos fundamentalismos opuestos vs. católicos

Octavo de la serie Todos contra Dios

En 1.999, Jack Lemmon y George C. Scott revivieron el drama del juicio a Darwin que los fundamentalistas biblistas hicieron en Tennessee, en 1.925

En 1.999, Jack Lemmon y George C. Scott revivieron el drama del juicio a Darwin que los fundamentalistas biblistas hicieron en Tennessee, en 1.925

Hasta aquí, hemos seguido al profesor Julio de la Vega-Hazas, casi punto por punto, aunque con añadidos. Ahora vamos a seguirlo un poco más; pero vamos a llegar al punto en que, al menos yo, amigos, no podré sino plantearle dudas. Sólo eso, dudas, pues, en verdad que no estoy seguro en lo que se refiere a varias afirmaciones suyas. Ya vamos a ver de qué se trata, pero creo que si uno tiene dos series de evidencias distintas sobre un tema, unas que lo dirigen a A y otras que lo dirigen a B, tiene que saber que la respuesta al enigma debe estar por encima de sus conocimientos actuales. Si las pruebas de A son muy superiores a las de B, uno tenderá a considerar más probable que la solución final tiene que incluir a A, aunque deba o incluir de algún modo a B o buscar nuevas evidencias que muestren que las existentes a favor de B, lo son sólo en apariencia. Eso es la posición que yo tiendo a sumir sobre el tema de la evolución. Pero hay que ver algunos puntos, antes de pasar a hablar de la misma.

Lo primero es que estos intentos de refutar a la religión, mediante desvíos de la ciencia, no tienen sentido en ambientes católicos. Los reformadores del siglo XVI fueron fuertemente nominalistas, o sea, creyeron que en el mundo no hay orden y que no tenemos capacidad para conocer otras cosas con la inteligencia. De modo que fueron irracionalistas y fideístas, que sólo aceptaban como portadora de verdad a la fe (fides, en latín), sin la razón. Darwin, en sus pretensiones de refutar a la creación, muestra no sólo que le gustaba dar brincos ilegítimos de la biología a la teología, sin pasar por la paleontología, sino también de que esa teología era heredera de la Reforma. Se trata de fideísmos biblistas radicales, fundamentalistas. En los años 20, en los Estados Unidos, eso llegó a conformar una especie de guerra, entre científicos, cientificistas y modernistas, por un lado, y, por el otro, “creacionistas”, gente que cree en la Biblia literalmente y que ella, por tanto, habla de ciencia y de todos los temas de manera infalible: Dios creó el mundo hace 6000 años y en seis días.

Los católicos no tenemos ningún problema de tal tipo, pues, desde el principio del Cristianismo, la Tradición decía cosas como: “entiendo para creer” o como las frases más famosas de Clemente de Alejandría, según quien la sabiduría humana era instrumento para entender a Dios. Prácticamente todos los autores de los primeros siglos, con excepciones como Tertuliano, que terminó fuera de la Iglesia, abogan, desde el capítulo I de la Carta a los Romanos, por una incorporación de la sabiduría a la Fe, a una Fe universal, una Fe en el Logos divino, de la Razón creadora. Con esa Tradición es que rompen los reformadores del XVI, desconociendo 15 siglos de historia de la Salvación. En épocas críticas como los siglos XII y XIII esa fecundidad del Cristianismo dio lugar a empresas enormes, las más grandes que ha conocido la humanidad. Se asimiló la ciencia griega, la árabe, la india, el romanticismo hispano-islámico, con sus modales corteses, la filosofía, la teología. Fue algo increíble. Hoy en día se denuesta de la Europa de la época: “edad media”, con gran estupidez, hermanitos. Porque no existen edades, porque fue de una época gran luminosidad para la civilización europea, como les digo, como nunca se ha visto (superior, pues, al horrible mundo actual, de la drogas, las guerras, los totalitarismos, la falta de familia, la desesperación… y paremos de contar). Y, para colmo, quieren meter en un solo saco a todo el Cristianismo, como si fuera lo mismo ser un teleevangelista gringo y un teólogo, filósofo y científico católico. La iglesia no le teme a nada, porque sabe que Dios es invencible, porque sabe que todo viene, en cuanto ser, de Él, porque sabe que todo lo verdadero, bello y bueno procede de La verdad, Belleza y Bien infinitas que es Dios mismo.

El más grande ejemplo es Santo Tomás. El santo de Aquino pudo tomar la ciencia griega, los aportes árabes, la teología de los musulmanes, las especulaciones de los neoplatónicos, el arte jurídico de Roma, el álgebra indio, la teología y la filosofía judías, los aportes cristianos de los siglos y, principalmente, a ese gigante llamado Aristóteles y al Evangelio y hacer una síntesis admirable, cuya juntura es la coherencia de lo real, en la que cabe, entonces, cualquier verdad, venga de donde venga. El santo de Aquino, además, tenía muy claro lo que era ciencia, en sentido duro, y lo que era mera construcción matemática para salvar fenómenos, datos de los sentidos, metiéndolos en estructuras conceptuales meramente aproximadas a la realidad. Sabía claramente qué pertenecía a la religión y qué no; qué se podía obtener por la razón y qué provenía estrictamente de la Revelación y cómo estas dos partes podían conjugarse. En una palabra, Santo Tomás fue un monstruo. Desde esa perspectiva es maestro de pensamiento y de rigor para todos los cristianos. Propuesto todavía en la admirable encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II. No se confundan, mis hermanitos, esas disputas de fundamentalistas cristianos y fundamentalistas cientificistas son ajenas a nosotros. Nosotros no tenemos al Génesis por una especie de engaño de Dios ni por un modo de burla del Creador, que después pone evidencias, fósiles, por ejemplo, que parecen tener millones de años, pero en apariencias engañosas. Hay que distinguir. En el próximo artículo distinguiremos aún más entre racionalidad científica y filosófica.

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