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El Amor: una apertura saciada en el Infinito y nada más

Serie sobre el amor en José Luis Perales, 3

El Cántico Espiritual de San Juan de La Cruz, obra sobre el amor infinito, inspira a Dalí, que nos da esta representación de un infinito de amor inenarrable. Perales, otro español, va por estos caminos

El Cántico Espiritual de San Juan de La Cruz, obra sobre el amor infinito, inspira a Dalí, que nos da esta representación de un infinito de amor inenarrable. Perales, otro español, va por estos caminos

Uno puede imaginar, ya que no “todavía” vivir, un amor en la plenitud de la virtud, un amor completamente puro, “sin mancha ni arruga” (Efesios 5,22), un amor sin sombras de duda, de corrupción, de mudanzas del ánimo, de debilidad, de estar sujeto a “los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne”, como dice Hamlet. Uno puede imaginar un amor de intensidad máxima, sin miedo a que el cuerpo se rompa, sin miedo a no ser correspondido en la misma intensidad o sin considerar, siquiera, que eso sea un problema, un amor de perfecta humildad y generosidad. Un amor de un Bien que satisfaga completamente todas las ansias y para siempre, un amor que cumpla la promesa del amor personal: “te amo para siempre”; un amor que no pueda no cumplirla. Uno imagina o puede imaginar una entrega mutua tan espectacular que, afirmando el ser de cada amante, queden los dos fundidos en una unidad espiritual indescriptible. Uno puede imaginar… leyendo a Santa Teresa, sus Moradas, esos éxtasis en los que Jesús se dignó a entregarse a esta criatura… y la dejó tan sublime; se pueden imaginar sus “flechazos” en su alma, harían que Lewis viera que en esta vida, aunque halles a Cristo, le creas y lo ames y le des tu vida, siempre puedes sentir lo que él llamó la “alegría”: el vislumbre y el deseo del infinito, cuando no lo conoces. Siempre la podemos sentir, ahí están los flechazos de Santa Teresa, ahí están la santa castellana y su amigo Juan de la Cruz: muriendo porque no mueren, porque a tanta dicha esperan, porque viven si vivir en sí.

De un modo, esto, la “alegría”, mueve la oración, la oración de los que aman a Dios, de los que lo buscan a Él, más que cualquier cosa que de Él pueda venir y más que un modo de suplir su dependencia. Pedir y apoyarse son humanos y Dios lo quiere, pero hay que llegar a mucho más. Eso es el amor, el amor que es oración, oración que es “hablar de amor con el Amado”, dice la santa de Ávila.

Éste me parece el tema de la otra canción de Perales. Tú dirás: “compinche, te fuiste, te pasaste pal otro lado”. A lo mejor, a lo mejor es así. Pero piensen: un ejemplo prosaico: el tonto que “quiere”, como el niño al caramelo, a su novia, porque está… porque es físicamente atractiva. Vean al que ama de verdad, a la persona, no a una cara o a un cuerpo, aunque la novia tenga cara y cuerpo, como de Dios viene todo y en Él debemos apoyarnos.

El amor es un espacio de intimidad, de total pureza, en el que no hace falta hablar, en el que las palabras, a veces, son tácitas, en el que un manantial brota del intelecto, de la voluntad, del corazón, de todo el ser, llenando de lo bello, de anhelo de infinito, de anhelo de unión, de entrega… y de recepción, pues recibir es la mayor entrega, porque es la confirmación del otro en el bien que es él, en sí. El amor es un espacio, en el que todo está pletórico de significado, hasta lo que parece trivial para los que no pueden entrar a ese espacio; el amor es ese espacio, que es un mundo nuestro, en el que suena nuestra canción, en el que el trigo habla, canta y baila las maravillas del amado, esa persona que nos es dulce como la miel, hasta en los momentos más duros. El amor es buscar comprender a otro, conocerlo, buscarlo, tratar de encontrarlo donde él está y, ahí, él nos encontrará, porque vivimos en él. El amor es buscar comprender ese casi incognoscible e inefable que es otro, en su íntimo significado y valor; el amor es un revelarse mutuo, un motor de sinceridad imparable. El amor es eterno, anhelo de eternidad e infinito. El amor humano es un impulso hacia el Creador. Es una intimidad donde cabemos sólo tú y yo, pero que, en la fecundidad impresionante, abre caminos a la vida y a la verdad, procrea en cuerpos y almas, dice Platón, procrea belleza, santidad y vida. Hijos, otras personas; y verdades y virtudes. El amor es un vínculo, tuyo y mío, que forma un espacio, un espacio de fecundidad infinita. El amor subsiste en un Dios que es Amor: “el amor es rezar poniendo el corazón”.

Eso es lo que me dice la canción de Perales llamada El Amor. Que Dios los bendiga, amigos, que los bendiga en el amor, que los bendiga, dándoles amor.

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